‘Dublineses’, de James Joyce
Presentar al lector a James Joyce
plantea un problema de educación: es, en realidad, una grosería.
Considerado como uno de los escritores más importantes e influyentes
del siglo XX, si no el más, los elogios y alabanzas que despierta
su obra, sobre todo Ulises (1922), convierten los ditirambos en
definiciones objetivas. Su primer libro publicado, Música de
cámara (1907), contiene 36 poemas de amor; el segundo, Dublineses
(1914), es un conjunto de 15 relatos en el que recrea recuerdos de infancia
y adolescencia, escenas familiares y de la vida pública de su
ciudad natal, y en el que se incluye una de las
joyas más brillantes de la cuentística contemporánea,
Los
muertos, libro que podrá adquirir mañana el lector de
EL PAÍS por tres euros. Escritos en Triste (Italia), primera etapa
estable de un voluntario exilio -París y Zúrich completarían
los lugares esenciales de su errabunda vida-, y en compañía
del gran amor de su vida, Nora Barnacle, Dublineses, y sobre todo
el ya citado Los muertos, es uno de los más hermosos testimonios
de amor a un país ya una mujer. Adaptado magistralmente por un octogenario
y agónico John Huston en 1987 (moriría antes del estreno
del filme), estos relatos nos muestran ya un maestro de la narrativa al
que le faltaban dos años para publicar su primera novela, Retrato
de un artista adolescente (1916), y algunos más para alcanzar
el olimpo literario con Ulises. El valor y la grandeza de su obra
bordea lo épico ante las incomprensiones, censuras y penurias económicas
que le acompañaron durante toda su vida.
De la celebración y la muerte
El gran experimentador
Éxito
Al estallar la Primera Guerra
Mundial, Joyce, su mujer y sus dos hijos vuelven a Zúrich, la ciudad
donde también se han refugiado Lenin y Tristan Tzara. Pasan por
apuros económicos, pero el escritor comienza a ganar reputación
como un prometedor escritor de vanguardia tras la publicación de
la novela autobiográfica Retrato del artista adolescente,
que aparece primero en la revista The Egoist en 1914 y luego como
libro dos años después.
La familia se instala en París en 1920.
Allí Joyre encuentra el tiempo necesario para terminar de escribir
su novela más ambiciosa, Ulises, que aparece publicada en
Francia en 1922. La censura impidió que la novela se publicara en
Gran Bretaña y Estados Unidos hasta 1933. Al año siguiente,
el escritor comienza Finnegans Wake, mientras se le manifiestan
los primeros síntomas de un glaucoma. La primera parte de esta novela
aparece en Transatlantic Review, la revista de Ford Madox Ford,
en 1924. Los siguientes 14 años de la vida de Joyce estarán
consagrados a esta novela, para la que el escritor crea un lenguaje, una
especie de koiné, integrada por elementos de unas sesenta lenguas.
El libro se publica finalmente a principios de 1939. Tras la invasión
de Francia por las tropas de Hitler, Joyce regresa a Zúrich, donde
morirá el 13 de enero de 1941 prácticamente ciego y decepcionado
por la acogida que ha recibido Finnegans Wake/ A. PADILLA
La odisea de 15 relatos
El Mundo, jueves 3/10/02, p. 51
TITULO 11 / ENTREGA 13 / RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE / JAMES JOYCE
MAÑANA, 'RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE'.
James Joyce es uno de los nombres más importantes
e influyentes de la literatura contemporánea. Con sólo algunos
relatos y tres novelas, se le considera entre los fundadores de las nuevas
letras del siglo XX. Retrato del artista adolescente viene a ser la introducción
más adecuada a su obra. Su protagonista, Stephen Dedalus, busca
la verdad sin dar con ella en la historia de su nación, Irlanda,
ni en los rituales y liturgias de una religión, la católica,
que no le otorga ningún consuelo.
A James Joyce le preocupó siempre la verdad,
y le siguió preocupando incluso una vez alcanzada la conclusión
de que hay tantas verdades como seres humanos, animales, minerales y plantas.
También descubrió que hay tantas verdades como mentiras,
y que unas y otras coinciden en un punto situado -nadie sabe dónde-
más allá de la verdad y de la mentira, y más allá,
también, quizá, de la vida y de la muerte.
Escribió tres novelas
fundamentales en la historia de la literatura. Antes había reunido
sus relatos en un libro que llamó Dublineses, cuya última
entrega engranaba con asombrosa destreza e impresionante elocuencia los
temas que nutren la verdad y la mentira, y que siempre le obsesionaron:
el amor, la culpa, los celos, la expiación, y esos intensos y profundos
momentos de revelación -a los que llamó «epifanías»-
en los que la vida y la muerte ofrecen sus misterios con una evidencia
conmovedora e inmediata a la vista, el oído, el gusto, el olfato
y el tacto.
Son esas «epifanías»
como fogonazos en los que el enigma se abre por un instante y se muestra
desprovisto de las luces que ciegan y de las sombras que atemorizan, del
estruendo que ensordece, de los ingredientes e impurezas que amargan el
paladar, dispersan los aromas y embotan el tacto. El último de esos
relatos se llama Los muertos y fue llevado al cine por John Huston
con el mismo título.
Escribió después
tres novelas. La primera es el relato de una juventud, la de Stephen Dedalus,
el protagonista de Retrato del artista adolescente, en su dolorosa
búsqueda de un camino por el que encontrar y abrazar algún
sentido radicalmente personal de la vida. Ese joven atribulado y dispuesto
a emprender una biografía huérfana y errante, aparece de
nuevo en la segunda novela de Joyce, Ulises, para encontrarse con
Leopold Bloom, un hombre de mediana edad, no menos peregrino que el joven
Stephen. Este creerá encontrar en aquel al padre perdido. Aquel
pensará que éste muy bien pudiera ser el hijo que nunca tuvo.
Ulises es la novela del
hombre maduro que es Leopold Bloom, también huérfano como
Stephen Dedalus, también lanzado a la vida como si ésta fuera
la eterna laguna de todos los naufragios, también desarraigado de
una patria que sólo pretende devorarlo en el altar de los sacrificios,
e igualmente despellejado por una religión de la que sólo
entiende la despótica voluntad de quien le exige la entrega de su
carne viva a la ceniza de la penitencia y al horror de los infiernos.
Esas vidas, la de Stephen Dedalus
de Retrato del artista adolescente, y la de Leopold Bloom, con quien se
mezcla en Ulises, se disipan finalmente en la última novela
de Joyce, Finnegan's Wake, un verdadero laberinto -el dédalo
que corresponde al apellido de Stephen- en el que la vida y la muerte se
transforman en el callejero impensable, en la improbable geografía
donde los vivos y los muertos intentan dar los unos con los otros y consigo
mismos, en un incesante tumulto de voces, presencias y fantasmas.
Encuentros de huérfanos
El tiempo y el espacio, la eternidad
y el infinito, el cielo puesto en duda por Leopold Bloom y el infierno
tan temido por Stephen Dedalus, se resuelven de tal modo en los mil y un
encuentros de cuantos huérfanos han poblado y poblarán la
historia y de cuantos sollozos se alzan y claman por los hijos y los padres
perdidos.
Tales son los senderos por los
que Retrato del artista adolescente viene a ser la introducción
más adecuada a la totalidad de la obra de uno de los escritores
más singulares de todos los tiempos.Esa verdad que Stephen Dedalus
busca tan desesperadamente en esta novela, sin dar con ella en la historia
de su nación, Irlanda, ni en los rituales y las liturgias de una
religión, la católica, que ningún amparo ni consuelo
le otorga, es la que Joyce intentó investigar y atrapar en los sueños,
las imaginaciones y las fantasías de una humanidad continuamente
chasqueada por los designios de un azar caprichoso y de un destino insondable.
Una verdad tan infinita y eternamente
confundida por el error y la mentira como para formar con ellos la materia,
la arcilla que desde los confines del infinito hasta los de la eternidad,
espera el soplo que la haga sabia e inmortal, que la libere del destierro
del Paraíso y del terror del Infierno para poder mirar a Dios cara
a cara, como el mismo Dios querría mirar a la criatura que El hizo
a su imagen y semejanza para abandonarla luego a la intemperie de los espejos
engañosos y de los fuegos fatuos.
__________
Eduardo Chamorro es autor de una edición
anotada de Ulises, de Joyce, publicada por Planeta
El de James Joyce (1882-1941) es uno de los nombres más importantes e influyentes de la literatura contemporánea. Más citado y reverenciado que leído de verdad, se le considera entre los fundadores de las nuevas letras del siglo XX. Su obra capital, Ulises (1927), representa para la renovación de la novela en la pasada centuria algo así como lo que supuso El Quijote para la fundación del género.
Empezó Joyce con narraciones tradicionales y de aspecto bastante sencillo y no con relatos muy intrincados. Su primer libro, Dublineses (1914), parece un conjunto de estampas costumbristas y críticas sobre la vida de su ciudad irlandesa. El siguiente, Retrato del artista adolescente (1916), resulta de comprensión bastante directa.
No es que más tarde y de repente Joyce diera un giro radical a su manera de escribir. Los cuentos reunidos en Dublineses tienen una organización muy pensada, representan simbólicamente la propia vida humana y la crítica ha demostrado que su arquitectura se basa ya en la Odisea de Homero.
Tampoco el Retrato del artista adolescente puede tomarse como una simple autobiografía. En él Joyce tuvo la intuición de uno de los rasgos de la modernidad, muy presente en nuestros días: el artista, adolescente o no, tiene que hablar del artista; su dedicación, el trabajo que lleva a serlo, es un motivo a tratar en la obra. Además, el libro está lleno de refinadas anotaciones estéticas que, por otra parte, se aplican a su propia escritura y sirven para entenderla.
La primera gran dificultad llega con Ulises, una obra de cerca de mil páginas intrincadas donde un día en la vida del antihéroe Bloom, y en las que reaparece el protagonista de la anterior, Dedalus, penetran en la vida humana en su totalidad con una prodigiosa variedad de estilos. El monólogo mental, hoy de uso corriente, es un artificio brillante y eficaz para descubrir la conciencia de los personajes.
Con Finnegan's Wake llega el rebuscamiento extremo, el último grado en la manipulación y casi destrucción del lenguaje. El juego verbal aunque busque una expresividad inédita se queda en un artificio ininteligible. Incluso en su lengua inglesa se han necesitado versiones o traducciones que ayuden a comprender lo que dice.
¿Cuántas personas en todo el mundo han leído entera esta incomprensible novela? ¿Merece la pena ese esfuerzo algo masoquista? Muchos hemos repasado algún fragmento sólo por la curiosidad que despierta lo raro y arriesgado.
El libro para
comprender a Joyce
NORA
Brenda Maddox
Traducción de Roser Berdagué
Debolsillo. Barcelona, 2001
776 páginas. 1.375 pesetas
FRANCISCO PEREGIL
El 10 de junio de 1904 un James
Joyce de 22 años, delgado, ojos miopes azul claro, vio por la calle
a una muchacha alta, pelirroja, de ojos azul oscuro, y le tiró los
tejos. Joyce estaba considerado ya una firme promesa en el mundo de las
letras, y hasta él mismo no se esforzaba en bajar su voz de tenor
cuando afirmaba que iba a ser el mejor de todos los escritores irlandeses,
el hombre que cambiaría para siempre la historia de la literatura
en su país. Estaba convencido de que era un genio. La mujer a quien
abordó trabajaba de asistenta en un hotel. Se llamaba Nora. Tenía
20 años. Había ido a la escuela en un convento de monjas
sólo desde los 5 a los 12 años, y había repetido dos
veces cuarto curso. Él le pidió salir una noche y ella prometió
que acudiría. Pero faltó a la cita. Él le escribió
una breve carta en la que le insistía en salir. Y esta vez, ella
aceptó. Fueron más allá del puerto y los muelles,
a una zona desierta y... "para grata sorpresa de Joyce, Nora le desabrochó
los pantalones, introdujo en ellos la mano, le apartó la camisa
y, procediendo con cierta pericia (según él mismo precisaría
más adelante), hizo de él un hombre".
Los dos habían tenido
padres borrachos, los dos se habían quedado sin madres, los dos
eran alegres, sardónicos y tenían la risa fácil. Cuatro
meses después Joyce le pidió que se fuera con él a
Europa, que fuera su amante para toda la vida, que nunca pensara en casarse,
porque él renegaba de la Iglesia, y ella lo dejó todo por
él. Se marcharon de Dublín a Trieste, empezaron a hablar
italiano en la intimidad, vivieron amancebados durante 27 años,
se casaron por lo civil en 1931 y sólo los separó la muerte.
Nora no vacilaba en decir polla
en vez de pene, fumaba, no entendía ni leía apenas los escritos
de Joyce, disfrutaba con los juegos sexuales y escatológicos que
el novelista le proponía y supo conservar el humor junto a un hombre
"cuyas obsesiones fueron fatales para muchas de sus amistades y, al parecer,
incluso para sus hijos".
El hombre que con más
descaro se atrevió a navegar en el alma, en el subconsciente del
ser humano, no iba a dejar que su Nora dejara de relatarle el más
mínimo detalle sobre sus recuerdos, sus sueños, sus anhelos,
sus frustraciones. El producto de todo eso, pasado por el tamiz de miles
de horas de investigación, es este libro que se publicó por
primera vez en 1988 y se ha reeditado ahora a raíz de la película
del mismo título que se estrenó el año pasado en el
Reino Unido.
Gracias al viejo vicio de guardar
las cartas, los más recónditos detalles de la relación
entre Joyce y Nora, salen a la luz, su correspondencia furtiva, las llamadas
"cartas sucias", todo... o casi todo. A veces, el lector respetuoso de
las intimidades ajenas se preguntará: ¿pero, qué hago
yo leyendo este libro que deja en pañales a las ñoñerías
de programas como Gran Hermano? Y el amante de la literatura contemporánea
se dirá: ¿cómo no habré leído has-ta
ahora algo tan necesario para entender uno de los libros más complejos
de la literatura contemporánea? Porque Nora es mucho más
que una historia de amor.
"Sé y entiendo que si
en el futuro tengo que escribir algo bello y noble tan sólo lo haré
prestando oídos a las puertas de tu corazón". Hasta tal punto
prestó oído Joyce al corazón de su amada que, tremendamente
celoso como era, no dudó en pedirle a Nora que se acostara con otro
hombre, para saber qué cosa era eso del adulterio ("la imaginación
es memoria") y poder reflejarlo en el Ulises. Pero Nora no se dejaba
manipular ni por Joyce ni por nadie. No era ni mucho menos la esposa del
artista William Blake, a la que Joyce describió en una conferencia:
"Como muchos hombres geniales, Blake no se sentía atraído
por las mujeres cultas y refinadas. Prefería (si me permiten utilizar
una expresión común en la jerga teatral) la mujer sencilla,
de mentalidad imprecisa y sensual o, en su ilimitado egoísmo, aspiraba
aque el espíritu de su amada fuera una lenta y dolorosa creación
suya para así liberary purificar ante sus ojos al demonio (según
él lo llama) escondido en la nube. Cualquiera sea la verdad, el
hecho es que la señora Blake no era ni muy bella ni muy inteligente.
De hecho, era analfabeta, y al poeta le costó grandes esfuerzos
enseñarle a leer y escribir. Hasta tal punto lo consiguió
que al cabo de pocos años su esposa lo ayudaba en sus grabados,
retocaba sus dibujos y cultivaba sus propias facultades imaginativas".
Por cierto que en esta edición
de 776 páginas (61 de las cuales contienen notas aclaratorias y
bibliografla) se comete el descuido de no aportar un índice con
los títulos de los 20 capítulos, cosa que no sucede en la
edición inglesa de Penguin Books, donde no sólo se aporta
un índice, sino que en la cabecera de cada página impar aparece
el título del capítulo correspondiente, con lo que la consulta
de notas se facilita enormemente.
El País. "Babelia". 26/10/2000 pág.
4
John McCourt repasa en Los años de esplendor la época que el autor de Ulises pasó en Trieste. Es un retrato del escritor irlandés, los personajes de su entorno y la vida en el exilio, a la vez que se señala el período de 1904 a 1920 como el más enriquecedor de su vida
Los años de esplendor
John McCourt
Traducción de Juan José Utrilla
Turner/Fondo de Cultura
Madrid, 2002
364 páginas. 27,90 euros
JOSÉ MARÍA GUELBENZU
Los años de esplendor.
James Joyce en Trieste 1904-1920 son, según John McCourt, acreditado
experto en James Joyce, los que este último pasó en Trieste
entre 1904 y 1920. En su opinión, Trieste resultó ser no
sólo el escenario adecuado sino una forma de experiencia decisiva
en la escritura de las obras centrales del maestro irlandés. Como
sabemos, Irlanda es cuna y madre de Joyce y su valor simbólico y
emocional-culminado con la conciencia de culpa que lo afecta tras negarse
a acudir al lecho de muerte de su madre real-, así como la relación
de amor-odio que mantiene con su patria, es la cuerda que tensa el arco
de su creación literaria.
Pues bien, el libro de McCourt
viene a defender que en la experiencia triestina está buena parte
del enriquecimiento personal e imaginativo que hacen de Joyce el escritor
capaz de adentrarse en la aventura literaria que llegó a culminar.
Trieste es, hasta la Primera
Guerra Mundial, la llave de Austria para el Adriático. Cuando llegan
a ella James y Nora Joyce encuentran una ciudad de enorme solidez comercial
y de notable apertura intelectual. En ella armonizan italianos y germánicos
y posteriormente eslavos, aunque poco a poco el nacionalismo ?el irredentismo
de origen italiano- enconará las cosas. Pero, en todo caso, es una
ciudad rica con una mezcla extraordinaria de culturas y lenguas. Y es la
ciudad, el territorio, que Joyce elige comc "patria de exilio".
El profesor McCourt -irlandés
también y profesor de literatura en Trieste- pretende "revaluar
la influencia de Trieste en la formación artística de Joyce".
Y a fe que se pone a ello con una erudición que deja aplastado a
cualquiera que trate de oponérsele, pero conviene señalar
algunas insuficiencias antes de pasar a los elogios. En primer lugar, se
ocupa en exceso de documentar minucias, mientras que, por ejemplo, sólo
se refiere de pasada a su relación con ltalo Svevo; sin duda es
interesante para su tesis enumerar todas las óperas u obras de teatro
a las que Joyce asiste y le impactan; o acaso es muy puntilloso deducir
el año en que Roberto Prezioso intenta declararse a Nora; pero tanto
la relación con Svevo como el sentido de los celos en Joyce son
mucho más sugestivos e importantes. En segundo lugar, mucha de la
documentación que aporta tan sólo se utiliza con carácter
especulativo; por ejemplo, la probable influencia del método Berlitz
en el célebre capítulo de las preguntas y respuestas del
Ulises
o el develamiento de la persona que se oculta tras la dama misteriosa del
Giacomo
Joyce.
En otros aspectos, en cambio,
el libro se libera de su peso erudito y coge vuelo de verdad. La relación
entre penuria económica y obra literaria está muy bien contada
y muy bien matizada en la forma de dos angustias centrales de signo contrario,
depresiva la primera y vigorizante la segunda, que se intercambian de sentido
a su vez con el Joyce caradura, pedigüeño y frescales -sobre
todo con su hermano Stanislaus, muy bien visto- y el Joyce exasperado y
a punto de abandonar la literatura por las penurias sin cuento de sus ediciones.
Aquí hay un retrato de Joyce muy bien entrelazado con los personajes
que le rodean. Lo mismo puede decirse de la contundente exposición
de la importancia de la variedad lingüúistica triesttina en
su obra o el afán de Joyce por hacer negocios que lo saquen de pobre.
Incluso los datos a favor de la presencia de lo oríental en su obra,
aunque un poco traída por los pelos, es muy entretenida ... porque
una cosa más puede decirse a favor de este libro: que siendo puntilloso
y erudito, se lee con gusto y aporta una visión del territorío
de exilio elegido y querido por Joyce muy convincente.
Además, contiene también
información excelente sobre el clima y el ambiente cultural y social.
A título de ejemplo, la irrupción de Marinetti y el Futurismo
en una ciudad ya tocada por el nacionalismo es un episodio extraordinario
y muy bien contado, lo mismo que las concomotancias-apuntadas por el propio
Joyce entre el nacionalismo irlandés y el triestino. En fin: un
libro imprescindible para joyceanose interesante para lectores curiosos
de un mundo tan apasionante como fue el del Tríeste de aquellos
años.
Diario 16. “Culturas” 29/XII/93.
Núm. 423, págs. I-II
James Joyce construyó uno de los grandes
mitos de la literatura contemporánea, símbolo y arquetipo
de la modernidad con “Finnegans Wake”; también su obra más
divertida y laberíntica. La editorial Lumen presenta una extensa
traducción de este libro intraducible y uno de los más finos
análisis de la obra del escritor irlandés: “Las poéticas
de Joyce”, de Humberto Eco.
El viaje a Dublín de un héroe llamado Joyce
Benjamín Prado
Richard Ellmann tenía
razón: todavía no hemos aprendido a ser contemporáneos
de James Joyce. O por decirlo de otra manera, nuestro viaje hacia la modernidad
se detuvo mucho antes de llegar al final del largo túnel. La expresión
de este fracaso tiene nombres y apellidos: Finnegans Wake, los Cantos
de Pound, la poesía de Paul Celan o Valery. Lo que se conoce como
posmodernidad es sólo una vuelta al pasado. En este contexto, Finnegans
Wake (1939) es el ensayo de lago que aún no ha sucedido. Su
escritura poliédrica—según la define el propio Joyce--pone
cada palabra ante un espejo, nos enseña que todas las ideas proyectan
sombras y que nuestra confusión—esa extraña mezcla de principios
morales y secretos inconfesables—puede expresarse por medio de esas mismas
palabras. Sin embargo, Finnegans Wake es cualquier cosa antes que
un libro solemne. Su interminable cadena de proverbios obscenos,
juegos irreverentes, blasfemias y chistes soeces—Joyce habría dicho
sohezes—forman una de la sobras más divertidas y originales de la
historia. Él mismo ironiza desde el interior de su novela. “¿Te
sientes como perdido en el matorral, muchacho? Y dices: Esto no es
más que una tomadura de pelo rizado a base de rizar el rizo. (…)
¡Que me aspen si tengo la más poultriest idea de lo que quiere
decir!” Lo mejor es seguir el consejo de Anthony Burgess, quitarnos la
máscara de la solemnidad antes que empezar a leer y dejar que nos
diviertan.
Para algunos Finnegans Wake
es el traje invisible del emperador; otros lo consideran el punto culminante
de la indiscutible megalomanía de Joyce y aseguran que sólo
visto a través de su lu el libro parece más grande de lo
que realmente es. En realidad lo que el autor de Ulises hizo en su última
obra es, sobre todo, una rabiosa defensa de su propio estilo y un impresionante
demostración de cómo y hasta qué punto logró
perfeccionar la cualidad que más admiraba en Blake—la penetración
intelectual unida la misticismo--: “Armada con la espada de doble filo
del arte de Miguel Ángel y las revelaciones de Swedenborg, Blake
dio muerte a el dragón de la experiencia y el saber natural”.
Al otro lado de este mundo boca bajo donde la sobriedad
se convierte en soebriedad y Romeo y Julieta se llaman Romero y Jodieta,
Finnegans
Wake es un heterodoxa revisión de las leyendas irlandesas donde
el escritor se identifica con el país que por otra parte detesta
hasta llegar a exclamar: “Hirlanda, capital Joycin”. De alguna manera,
Joyce eligió el exilio en París, Trieste o Zurich para tener
un paraíso perdido. Pero además. Dublín y los irlandeses
son el arquetipo que usa para desenmascarar el puritanismo, la hipocresía,
la estupidez del mundo. Joyce altera las bases de la semántica y
la ortografía, satiriza la critica académica; no busca, inventa.
Y, como vio Cyril Connolly, destruye: “Joyce ha acabado con la novela.
Ahora será necesario reinventarlo todo desde el principio”. Juzgar
Finnegans Wake utilizando las bases que utilizamos para la literatura
convencional es un disparate.
En Las poéticas de
Joyce, Umberto Eco traza un afiladísimo perfil de la obra del
autor de Retrato del artista adolescente, analizando sus inicios
en la escolástica, su encuentro crucial con Giordano Bruno y su
paso por el simbolismo, que ya señala Edmund Wilson, junto a los
elementos naturalistas, como ingrediente básico del modernismo.
También Pound definió a Joyce como el heredero natural de
Stendhal y Flaubert. Umberto Eco, sin embargo, está más
lejos de Joyce que Edmund Wilson en algunos aspectos. Eco se refiere a
la presencia notoria de Mallarmé en, por ejemplo, Retrato de
un artista adolescente, y a las coincidencias entre la estrategia literaria
de Joye y la poesía pura. Sin duda Ulises o Finnegans
Wake son objetos centrados sobre sí mismos que se resuelven
en sí mismos, no buscan como los versos impersonales de Mallarmé
una zona sagrada más allá de su propia realidad. Joyce aspira
al triunfo de un mecanismo perfecto; dentro de su escritura es, como quería
Huidobro, un pequeño dios. Pero no puede olvidarse que en sus obras
mayores se escucha, como nota Wilson en El castillo de Axel, una
tercera voz, que no pertenece ni al autor ni a su personaje. Joyce
no se basta a sí mismo siguiendo la fórmula medieval adopta
una especie de modelo enciclopédico, usa la técnica del inventario
para catalogar los objetos y acontecimientos del universo. Una vez reducidos
al tamaño de su propias necesidades, la autonomía del arte
es sólo una cuestión de estilo: Joyce consiguió su
gran triunfo porque supo quedarse a solas en medio de la inmensidad, encontrar
la armonía en el caos. Nunca olvidó a Santo Tomás
y siempre pensó que la única obra válida es la obra
perfecta. Eco encuentra la frontera de esa perfección en Finnegans
Wake y lo explica de una manera sencilla: Ulises llevó
más allá de toda la medida la técnica de la novela,
pero Finnegans Wake rebasa los límites de la imaginación.
El sueño sin fin. Como
decíamos, Finnegans Wake es una revisión irreverente
de los mitos irlandeses. “Finn again” (Finn es el que siempre vuelve) es
el héroe irlandés Finn Mac Cool y al mismo tiempo, como recuerda
Eco, la reencarnación de todos los grandes héroes del pasado,
una especie de Ave Fénix que continuamente cae y resucita. Tal vez
todo el libro sea, como sugirió Joyce, un sueño a la orilla
del Liffey que contiene toda la historia pasada y futura de Irlanda. Pero
el protagonista también es H. C. Earwicker, tabernero en un suburbio
de Dublín, Sus iniciales, H. C. E., significan here comes everybody
(aquí vienen todos): un anagrama que reúne la historia de
toda la humanidad. Por eso cada personaje del libro deja de ser él
mismo una y potra vez. Al ser todo el mundo, Finn atesora la suma
de todos los pecados y es juzgado por los Cuatro Maestros de la historia
irlandesa. Tras la larga noche, el día pone fin al sueño
de Finn: despertar es una metáfora de la resurrección.
Eco coincide con Ellmann en
señalar que Finnegans Wake sigue la lógica de los
sueños. Añadiría: su ambiente onírico y mítico
también demuestra la armonía necesaria para sistematizar
el desorden. No ofrece hechos, sino pensamientos. Finnegans Wake
somos todos nosotros.
El País. "Babelia" (20/IX/03), pág. 16.
Una invitación renovada para leer la obra cumbre de James Joyce sin prejuicios ni limitaciones. Que cada lector proponga su propia lectura. Este es el espíritu de la obra de Julián Ríos que ahora se reedita, una novela comentada de aquella obra y, a su vez, su comentario novelesco. El amor y el humor como una variación permanente del Ulises.
CASA ULISES
Julián Ríos
Seix Barral, Barcelona, 2003
271 páginas. 18 euros
JULIO ORTEGA
Publicado en 1991 en un majestuoso y festivo álbum
con el título de Ulises ilustrado (Circulo de Lectores),
que firmaban Eduardo Arroyo y Julián Ríos como actores de
una colaboración sistemática y pródiga, este libro
se presenta, ahora sin las ilustraciones, como una novela comentada del
Ulises de James Joyce y, a la vez, como su comentario novelesco. La novela
que se despliega en el comentario erudito, biográfico y literario,
se entrecruza con el comentario desplegado en el juego de leer alusiva
y, casi, abusivamente. Si la novela va de vuelta, el comentario viene de
ida. Releer el Ulises es reescribirlo, nos dice Ríos, porque
en la escritura está todo el lenguaje y, en éste, un mundo
habitable.
Como todo clásico moderno, el Ulises
incluye la biblioteca que lo ha anotado y sobreexplicado. Ríos demuestra
que esa biblioteca consigna también su catálogo de lectura
y que cada lector propone uno propio. En la lectura más actual coinciden
dos modos de leer esta novela: el que privilegia su geometría emotiva
y el que favorece una intervención operativa.
En Casa Ulises, el primer modo aparece
representado por el Cicerone, que recorre Dublin como mapa literal de un
día narrado por Joyce. Bloom sale temprano de su casa, ese 16 de
junio, y volverá tarde, luego de haber visitado o repasado la torre,
el bar, la biblioteca, el burdel, los baños, la imprenta, el cementerio,
los espacios, en fin, de su mundo afectivo. Julián Ríos acompaña
a Bloom de la mano de Joyce, viendo a éste en aquél, esquivo
pero implicado. Herido por los celos, desengañado de su papel menor
en el mundo, Bloom es el héroe moderno: urbano, mediocre, incierto.
Es un Quijote sensiblero y desencantado, de quien se burlan los chicuelos
imitándole, a sus espaldas, el paso plano. Ríos sigue a Bloom
para encontrar a Joyce; con empatía acuciosa, lo descubre espiando
a Bloom en el espejo.
El otro modo de leer, el de la intervención
operativa, predica que una novela mayor es aquella. que nos permite entrar
en ella, desmontaría y hacerla nuestra. No sólo porque la
autoría es un trabajo en marcha, sino porque la novela es una caja
de herramientas. Con su audaz demanda de una lectura que proclama "manos
a la obra", Ríos se complace en esta práctica de desanudar
las tramas. Cada palabra de la novela le suscitan otras; un personaje,
otro libro; y el libro, otros autores. "Al mito me remito", anuncia. Ulises,
así, es una casa en obras.
Si el primer modo de leer supone la definición
de la novela como la aventura de un héroe en pos de autenticidades
que el mundo ignora; el segundo presupone que la novela es la aventura
de un lector que la rehace (hace suya) para que el lenguaje torne más
habitable este mundo. Si una lectura es emotiva y crítica, la otra
es divertida e irónica.
La grandeza, claro, del Ulises de Joyce
es permitirse hacer de cualquier lectura otra novela. Julián Ríos
apuesta por esa ambición desmedida, o sea, tan admirable como irresoluble.
Y logra, gracias al riesgo, recontar el Ulises como si fuese una
forma superior de la manía literaria. O sea, una pasión "al
pie de la letra".
Esta "misa-parodia", que celebran tres lectores
distintos (un lector maduro y novelesco, un crítico viejo y erudito,
y una lectora joven y biográfica) termina demostrando que el amor
("¿cuál es la palabra que conocen todos los hombres?") y
el humor son una variación permanente que el Ulises celebra y esta
Casa Ulises tributa. Esta invitación a frecuentar la casa
joyceana es, al final, una apuesta por la renovación del vecindario
narrativo.