El País. "La cultura", sábado 30/11/02, pág. 38
 
 

‘Dublineses’, de James Joyce

EL PAÍS  edita un conjunto de extraordinarios relatos del autor más influyente del siglo pasado

    Presentar al lector a James Joyce plantea un problema de educación: es, en realidad, una grosería. Considerado como uno de los escritores más importantes e influyentes del siglo XX, si no el más, los elogios y alabanzas que despierta su obra, sobre todo Ulises (1922), convierten los ditirambos en definiciones objetivas. Su primer libro publicado, Música de cámara (1907), contiene 36 poemas de amor; el segundo, Dublineses (1914), es un conjunto de 15 relatos en el que recrea recuerdos de infancia y adolescencia, escenas familiares y de la vida pública de su
ciudad natal, y en el que se incluye una de las joyas más brillantes de la cuentística contemporánea, Los muertos, libro que podrá adquirir mañana el lector de EL PAÍS por tres euros. Escritos en Triste (Italia), primera etapa estable de un voluntario exilio -París y Zúrich completarían los lugares esenciales de su errabunda vida-, y en compañía del gran amor de su vida, Nora Barnacle, Dublineses, y sobre todo el ya citado Los muertos, es uno de los más hermosos testimonios de amor a un país ya una mujer. Adaptado magistralmente por un octogenario y agónico John Huston en 1987 (moriría antes del estreno del filme), estos relatos nos muestran ya un maestro de la narrativa al que le faltaban dos años para publicar su primera novela, Retrato de un artista adolescente (1916), y algunos más para alcanzar el olimpo literario con Ulises. El valor y la grandeza de su obra bordea lo épico ante las incomprensiones, censuras y penurias económicas que le acompañaron durante toda su vida.

De la celebración y la muerte

GUILLERMO CABRERA INFANTE
    La mayor parte de los cuentos de este libro la escribió James Joyce (Dublín, 1882-Zúrich, 1941) en su exilio de Trieste alrededor de 1905. La importancia que da Joyce al cuento como género literario aparece evidente cuando se dice que Ulises fue primero un cuento. Dubliners es su primer libro de ficción. Antes había publicado un libro de poemas, Música de cámara. Este Dublineses (1941) precede al auto biográfico Retrato del artista adolescente, y en ambos Joyce describe lo que él llama "la parálisis de la vida irlandesa". Tanto que Portrait of the artist as a young man pudiera llamarse Retrato del autista adolescente.  Joyce mismo da una interpretación cabal de su libro de cuentos:
    "Mi intención fue la de escribir un capitulo de la historia moral de mi país, y escogí Dublin para su escenario porque la ciudad me parecía el centro de la parálisis".
    La colección consta de 15 cuentos y Joyce la enumera como dividida en "cuatro aspectos: níñez, adolescencia, madurez y vida pública", y declara "haberlos escrito en ese orden ... en un estilo de ecrupulosa parsimonia". En el primer cuento aparece la niñez, que se encuentra con la muerte de un cura poco apreciado. La niñez termina con un encuentro de  dos colegiales furtivos con un pederasta más tímido que temido. En Después de la carrera consigue el conjuro de la velocidad, mientras que Dos galanes presenta al lumpen dublinés como una pareja de cómicos de la legua. Efemérides en el comité está presidido por la figura de Parnell, el héroe epónimo de la política nacionalista irlandesa y un fantasma que recorre Irlanda. Pero es en Los muertos donde Joyce muestra y demuestra su poderío narrativo en un cuento que es casi una novella. Presidido por la celebración y luego la muerte, es un cuento que podríamos llamar romántico, en un final lleno de dolor y de una sabia apelación a los sentimientos. Llevado al cine recientemente (y brillantemente por John Houston en su última película) The Dead hace del luto activo por el recuerdo de la novia, mientras que el novio ve caer la nieve sobre los vivos y los muertos.
    Los cuentos están influidos por la estética naturalista, es decir, más cerca de Zola que de Flaubert. Pero la gran influencia, además del leve dejo de Chéjov, es la de Maupassant. Joyce, que en Ulises produjo la obra maestra de las obras maestras modernistas, en Dubliners no cultiva la paronomasia ni las parodias de su gran novela. Hay que aclarar que el modernismo es una estética acogida con pasión por los escritores anglosajones y no tiene nada que ver con el modernismo que produjo a un José Martí o un Rubén Darlo y que tiene su expresión plástica mayor en la arquitectura de Gaudí.
    Pero en Dubliners (que he traducido por Dublineses y no Dublinenses, porque igual se llama berlineses a los nativos de Berlín) está su gran cuento Los muertos, una de las cumbres de la cuentística en inglés. La traducción evita la posible comicidad de la frase "el muerto", ya que en inglés los muertos y el muerto son la misma palabra. El cuento Los muertos está definido por el sentido de la muerte católica de los irlandeses.
    Ahora que se habla de posibles traducciones, tengo que decir que todo el original de Joyce está informado y formado por la desfachatez irlandesa tanto como la traducción recurre con abundancia a los cubanismos y al habla de los habaneros, ambos dialectos usan y abusan de la falta de respeto con todo y para todos, la constante burla y la parodia creativa. Es así que se puede leer Efemérides en el comité como una veraz presencia (o presidencia) de la chacota en el duro oficio diario de la política y las preocupaciones inmediatas de los "sargentos políticos" con las conmemoraciones oficiales. El mismo término "sargento político" equivale a la visión de John Ford en una de sus películas menos favorecidas por la crítica, El último hurra. Que es lo que es este cuento, en que lo folclórico. es un elemento de la concepción del mundo que tienen irlandeses—y cubanos ante un idioma imperial. Odi et amo.

El gran experimentador

    James Joyce era el mayor de los lO hijos de la familia de John Joyce que sobrevivieron a la infancia. Nació en Dublin en 1882, ya los seis años fue internado en el colegio Clongowes Wood, conocido comó "el Eton de Irlanda", pero tuvo que abandonarlo tres años después porque su padre, un hombre apático y aficionado a la bebida, había terminado de hundir a su familia en la pobreza. Durante los dos siguientes estudió en casa hasta que obtuvo una beca en el Belvedere, un colegio regentado por jesuitas del que salió sin el mínimo asomo de fe católica. En la universidad estudió lenguas, leyó mucho y se negó a participar con sus compañeros en las revueltas nacionalistas. Tras graduarse en 1902, trabajó como periodista y maestro en París para volver a Dublín al año siguiente, donde conoció a Nora Barnacle, su mujer. Juntos se instalaron en Zúrich y luego en Trieste, donde Joyce se ganó la vida dando clases de inglés. En 1907 publicó en Londres su primer libro, un poemario titulado Música de cámara. En 1912 regresó a Irlanda con la intención de publicar un libro de relatos, Dublineses. Lo editó dos años más tarde.

Éxito
    Al estallar la Primera Guerra Mundial, Joyce, su mujer y sus dos hijos vuelven a Zúrich, la ciudad donde también se han refugiado Lenin y Tristan Tzara. Pasan por apuros económicos, pero el escritor comienza a ganar reputación como un prometedor escritor de vanguardia tras la publicación de la novela autobiográfica Retrato del artista adolescente, que aparece primero en la revista The Egoist en 1914 y luego como libro dos años después.
La familia se instala en París en 1920. Allí Joyre encuentra el tiempo necesario para terminar de escribir su novela más ambiciosa, Ulises, que aparece publicada en Francia en 1922. La censura impidió que la novela se publicara en Gran Bretaña y Estados Unidos hasta 1933. Al año siguiente, el escritor comienza Finnegans Wake, mientras se le manifiestan los primeros síntomas de un glaucoma. La primera parte de esta novela aparece en Transatlantic Review, la revista de Ford Madox Ford, en 1924. Los siguientes 14 años de la vida de Joyce estarán consagrados a esta novela, para la que el escritor crea un lenguaje, una especie de koiné, integrada por elementos de unas sesenta lenguas. El libro se publica finalmente a principios de 1939. Tras la invasión de Francia por las tropas de Hitler, Joyce regresa a Zúrich, donde morirá el 13 de enero de 1941 prácticamente ciego y decepcionado por la acogida que ha recibido Finnegans Wake/ A. PADILLA

La odisea de 15 relatos

    En 1904, George Russell ofreció a James Joyce una libra esterlina por cada cuento que el escritor le enviara para publicar en su gaceta The lrish Homestead; una revista de agricultores. Así nacieron Las hermanas, Eveline y Después de la carrera, que Joyce firmó con el seudónimo de Stephen Dedalus, nombre de uno de los personajes de Ulises. Después de estos tres primeros envios, el editor decidió que los relatos no eran los adecuados para sus lectores. Joyce siguió escribiendo el resto de los cuentos en Trieste y, tras una dura experiencia de ocho meses trabajando en un banco de Roma, ideó el último de los 15 relatos: Los muertos. De regreso a Irlanda en 1912, envió el manuscrito al editor Grant Richards,que lo aceptó, aunque exigió cambios. Los impresores, por su parte, encontraron ofensivas expresiones como: "Ella cambió repetidamente la posición de sus piernas". Joyce se negó a alterar nada aclarando que su estilo era "de una escrupulosa vulgaridad". El libro se publicó finalmente en 1914, pero su "peculiar aroma de corrupción no fue nada rentable: sólo se vendieron 499 ejemplares el primer año. Medio siglo más tarde, Guillermo Cabrera Infante llevó a cabo una de las traducciones clásicas de esta obra al castellano. Ahora, el escritor cubano ha revisado su traducción para publicarla en esta colección.

El Mundo, jueves 3/10/02, p. 51

TITULO 11 / ENTREGA 13 / RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE / JAMES JOYCE

MAÑANA, 'RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE'.

James Joyce es uno de los nombres más importantes e influyentes de la literatura contemporánea. Con sólo algunos relatos y tres novelas, se le considera entre los fundadores de las nuevas letras del siglo XX. Retrato del artista adolescente viene a ser la introducción más adecuada a su obra. Su protagonista, Stephen Dedalus, busca la verdad sin dar con ella en la historia de su nación, Irlanda, ni en los rituales y liturgias de una religión, la católica, que no le otorga ningún consuelo.
 
 

En busca de la verdad

EDUARDO CHAMORRO

A James Joyce le preocupó siempre la verdad, y le siguió preocupando incluso una vez alcanzada la conclusión de que hay tantas verdades como seres humanos, animales, minerales y plantas. También descubrió que hay tantas verdades como mentiras, y que unas y otras coinciden en un punto situado -nadie sabe dónde- más allá de la verdad y de la mentira, y más allá, también, quizá, de la vida y de la muerte.
    Escribió tres novelas fundamentales en la historia de la literatura. Antes había reunido sus relatos en un libro que llamó Dublineses, cuya última entrega engranaba con asombrosa destreza e impresionante elocuencia los temas que nutren la verdad y la mentira, y que siempre le obsesionaron: el amor, la culpa, los celos, la expiación, y esos intensos y profundos momentos de revelación -a los que llamó «epifanías»- en los que la vida y la muerte ofrecen sus misterios con una evidencia conmovedora e inmediata a la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto.
    Son esas «epifanías» como fogonazos en los que el enigma se abre por un instante y se muestra desprovisto de las luces que ciegan y de las sombras que atemorizan, del estruendo que ensordece, de los ingredientes e impurezas que amargan el paladar, dispersan los aromas y embotan el tacto. El último de esos relatos se llama Los muertos y fue llevado al cine por John Huston con el mismo título.
    Escribió después tres novelas. La primera es el relato de una juventud, la de Stephen Dedalus, el protagonista de Retrato del artista adolescente, en su dolorosa búsqueda de un camino por el que encontrar y abrazar algún sentido radicalmente personal de la vida. Ese joven atribulado y dispuesto a emprender una biografía huérfana y errante, aparece de nuevo en la segunda novela de Joyce, Ulises, para encontrarse con Leopold Bloom, un hombre de mediana edad, no menos peregrino que el joven Stephen. Este creerá encontrar en aquel al padre perdido. Aquel pensará que éste muy bien pudiera ser el hijo que nunca tuvo.
    Ulises es la novela del hombre maduro que es Leopold Bloom, también huérfano como Stephen Dedalus, también lanzado a la vida como si ésta fuera la eterna laguna de todos los naufragios, también desarraigado de una patria que sólo pretende devorarlo en el altar de los sacrificios, e igualmente despellejado por una religión de la que sólo entiende la despótica voluntad de quien le exige la entrega de su carne viva a la ceniza de la penitencia y al horror de los infiernos.
    Esas vidas, la de Stephen Dedalus de Retrato del artista adolescente, y la de Leopold Bloom, con quien se mezcla en Ulises, se disipan finalmente en la última novela de Joyce, Finnegan's Wake, un verdadero laberinto -el dédalo que corresponde al apellido de Stephen- en el que la vida y la muerte se transforman en el callejero impensable, en la improbable geografía donde los vivos y los muertos intentan dar los unos con los otros y consigo mismos, en un incesante tumulto de voces, presencias y fantasmas.

Encuentros de huérfanos
    El tiempo y el espacio, la eternidad y el infinito, el cielo puesto en duda por Leopold Bloom y el infierno tan temido por Stephen Dedalus, se resuelven de tal modo en los mil y un encuentros de cuantos huérfanos han poblado y poblarán la historia y de cuantos sollozos se alzan y claman por los hijos y los padres perdidos.
    Tales son los senderos por los que Retrato del artista adolescente viene a ser la introducción más adecuada a la totalidad de la obra de uno de los escritores más singulares de todos los tiempos.Esa verdad que Stephen Dedalus busca tan desesperadamente en esta novela, sin dar con ella en la historia de su nación, Irlanda, ni en los rituales y las liturgias de una religión, la católica, que ningún amparo ni consuelo le otorga, es la que Joyce intentó investigar y atrapar en los sueños, las imaginaciones y las fantasías de una humanidad continuamente chasqueada por los designios de un azar caprichoso y de un destino insondable.
    Una verdad tan infinita y eternamente confundida por el error y la mentira como para formar con ellos la materia, la arcilla que desde los confines del infinito hasta los de la eternidad, espera el soplo que la haga sabia e inmortal, que la libere del destierro del Paraíso y del terror del Infierno para poder mirar a Dios cara a cara, como el mismo Dios querría mirar a la criatura que El hizo a su imagen y semejanza para abandonarla luego a la intemperie de los espejos engañosos y de los fuegos fatuos.
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Eduardo Chamorro es autor de una edición anotada de Ulises, de Joyce, publicada por Planeta
 


Los grados de la dificultad

SANTOS SANZ VILLANUEVA

El de James Joyce (1882-1941) es uno de los nombres más importantes e influyentes de la literatura contemporánea. Más citado y reverenciado que leído de verdad, se le considera entre los fundadores de las nuevas letras del siglo XX. Su obra capital, Ulises (1927), representa para la renovación de la novela en la pasada centuria algo así como lo que supuso El Quijote para la fundación del género.

    Empezó Joyce con narraciones tradicionales y de aspecto bastante sencillo y no con relatos muy intrincados. Su primer libro, Dublineses (1914), parece un conjunto de estampas costumbristas y críticas sobre la vida de su ciudad irlandesa. El siguiente, Retrato del artista adolescente (1916), resulta de comprensión bastante directa.

    No es que más tarde y de repente Joyce diera un giro radical a su manera de escribir. Los cuentos reunidos en Dublineses tienen una organización muy pensada, representan simbólicamente la propia vida humana y la crítica ha demostrado que su arquitectura se basa ya en la Odisea de Homero.

    Tampoco el Retrato del artista adolescente puede tomarse como una simple autobiografía. En él Joyce tuvo la intuición de uno de los rasgos de la modernidad, muy presente en nuestros días: el artista, adolescente o no, tiene que hablar del artista; su dedicación, el trabajo que lleva a serlo, es un motivo a tratar en la obra. Además, el libro está lleno de refinadas anotaciones estéticas que, por otra parte, se aplican a su propia escritura y sirven para entenderla.

    La primera gran dificultad llega con Ulises, una obra de cerca de mil páginas intrincadas donde un día en la vida del antihéroe Bloom, y en las que reaparece el protagonista de la anterior, Dedalus, penetran en la vida humana en su totalidad con una prodigiosa variedad de estilos. El monólogo mental, hoy de uso corriente, es un artificio brillante y eficaz para descubrir la conciencia de los personajes.

    Con Finnegan's Wake llega el rebuscamiento extremo, el último grado en la manipulación y casi destrucción del lenguaje. El juego verbal aunque busque una expresividad inédita se queda en un artificio ininteligible. Incluso en su lengua inglesa se han necesitado versiones o traducciones que ayuden a comprender lo que dice.

    ¿Cuántas personas en todo el mundo han leído entera esta incomprensible novela? ¿Merece la pena ese esfuerzo algo masoquista? Muchos hemos repasado algún fragmento sólo por la curiosidad que despierta lo raro y arriesgado.

El libro para comprender a Joyce
NORA
Brenda Maddox
Traducción de Roser Berdagué
Debolsillo. Barcelona, 2001
776 páginas. 1.375 pesetas

FRANCISCO PEREGIL

    El 10 de junio de 1904 un James Joyce de 22 años, delgado, ojos miopes azul claro, vio por la calle a una muchacha alta, pelirroja, de ojos azul oscuro, y le tiró los tejos. Joyce estaba considerado ya una firme promesa en el mundo de las letras, y hasta él mismo no se esforzaba en bajar su voz de tenor cuando afirmaba que iba a ser el mejor de todos los escritores irlandeses, el hombre que cambiaría para siempre la historia de la literatura en su país. Estaba convencido de que era un genio. La mujer a quien abordó trabajaba de asistenta en un hotel. Se llamaba Nora. Tenía 20 años. Había ido a la escuela en un convento de monjas sólo desde los 5 a los 12 años, y había repetido dos veces cuarto curso. Él le pidió salir una noche y ella prometió que acudiría. Pero faltó a la cita. Él le escribió una breve carta en la que le insistía en salir. Y esta vez, ella aceptó. Fueron más allá del puerto y los muelles, a una zona desierta y... "para grata sorpresa de Joyce, Nora le desabrochó los pantalones, introdujo en ellos la mano, le apartó la camisa y, procediendo con cierta pericia (según él mismo precisaría más adelante), hizo de él un hombre".
    Los dos habían tenido padres borrachos, los dos se habían quedado sin madres, los dos eran alegres, sardónicos y tenían la risa fácil. Cuatro meses después Joyce le pidió que se fuera con él a Europa, que fuera su amante para toda la vida, que nunca pensara en casarse, porque él renegaba de la Iglesia, y ella lo dejó todo por él. Se marcharon de Dublín a Trieste, empezaron a hablar italiano en la intimidad, vivieron amancebados durante 27 años, se casaron por lo civil en 1931 y sólo los separó la muerte.
    Nora no vacilaba en decir polla en vez de pene, fumaba, no entendía ni leía apenas los escritos de Joyce, disfrutaba con los juegos sexuales y escatológicos que el novelista le proponía y supo conservar el humor junto a un hombre "cuyas obsesiones fueron fatales para muchas de sus amistades y, al parecer, incluso para sus hijos".
    El hombre que con más descaro se atrevió a navegar en el alma, en el subconsciente del ser humano, no iba a dejar que su Nora dejara de relatarle el más mínimo detalle sobre sus recuerdos, sus sueños, sus anhelos, sus frustraciones. El producto de todo eso, pasado por el tamiz de miles de horas de investigación, es este libro que se publicó por primera vez en 1988 y se ha reeditado ahora a raíz de la película del mismo título que se estrenó el año pasado en el Reino Unido.
    Gracias al viejo vicio de guardar las cartas, los más recónditos detalles de la relación entre Joyce y Nora, salen a la luz, su correspondencia furtiva, las llamadas "cartas sucias", todo... o casi todo. A veces, el lector respetuoso de las intimidades ajenas se preguntará: ¿pero, qué hago yo leyendo este libro que deja en pañales a las ñoñerías de programas como Gran Hermano? Y el amante de la literatura contemporánea se dirá: ¿cómo no habré leído has-ta ahora algo tan necesario para entender uno de los libros más complejos de la literatura contemporánea? Porque Nora es mucho más que una historia de amor.
    "Sé y entiendo que si en el futuro tengo que escribir algo bello y noble tan sólo lo haré prestando oídos a las puertas de tu corazón". Hasta tal punto prestó oído Joyce al corazón de su amada que, tremendamente celoso como era, no dudó en pedirle a Nora que se acostara con otro hombre, para saber qué cosa era eso del adulterio ("la imaginación es memoria") y poder reflejarlo en el Ulises. Pero Nora no se dejaba manipular ni por Joyce ni por nadie. No era ni mucho menos la esposa del artista William Blake, a la que Joyce describió en una conferencia: "Como muchos hombres geniales, Blake no se sentía atraído por las mujeres cultas y refinadas. Prefería (si me permiten utilizar una expresión común en la jerga teatral) la mujer sencilla, de mentalidad imprecisa y sensual o, en su ilimitado egoísmo, aspiraba aque el espíritu de su amada fuera una lenta y dolorosa creación suya para así liberary purificar ante sus ojos al demonio (según él lo llama) escondido en la nube. Cualquiera sea la verdad, el hecho es que la señora Blake no era ni muy bella ni muy inteligente. De hecho, era analfabeta, y al poeta le costó grandes esfuerzos enseñarle a leer y escribir. Hasta tal punto lo consiguió que al cabo de pocos años su esposa lo ayudaba en sus grabados, retocaba sus dibujos y cultivaba sus propias facultades imaginativas".
    Por cierto que en esta edición de 776 páginas (61 de las cuales contienen notas aclaratorias y bibliografla) se comete el descuido de no aportar un índice con los títulos de los 20 capítulos, cosa que no sucede en la edición inglesa de Penguin Books, donde no sólo se aporta un índice, sino que en la cabecera de cada página impar aparece el título del capítulo correspondiente, con lo que la consulta de notas se facilita enormemente.
 

 
El País. "Babelia". 26/10/2000 pág. 4

El exilio feliz de Joyce

John McCourt repasa en Los años de esplendor la época que el autor de Ulises pasó en Trieste.  Es un retrato del escritor irlandés, los personajes de su entorno y la vida en el exilio, a la vez que se señala el período de 1904 a 1920 como el más enriquecedor de su vida

Los años de esplendor
John McCourt
Traducción de Juan José Utrilla
Turner/Fondo de Cultura
Madrid, 2002
364 páginas. 27,90 euros
JOSÉ MARÍA GUELBENZU
 

    Los años de esplendor. James Joyce en Trieste 1904-1920 son, según John McCourt, acreditado experto en James Joyce, los que este último pasó en Trieste entre 1904 y 1920. En su opinión, Trieste resultó ser no sólo el escenario adecuado sino una forma de experiencia decisiva en la escritura de las obras centrales del maestro irlandés. Como sabemos, Irlanda es cuna y madre de Joyce y su valor simbólico y emocional-culminado con la conciencia de culpa que lo afecta tras negarse a acudir al lecho de muerte de su madre real-, así como la relación de amor-odio que mantiene con su patria, es la cuerda que tensa el arco de su creación literaria.
    Pues bien, el libro de McCourt viene a defender que en la experiencia triestina está buena parte del enriquecimiento personal e imaginativo que hacen de Joyce el escritor capaz de adentrarse en la aventura literaria que llegó a culminar.
    Trieste es, hasta la Primera Guerra Mundial, la llave de Austria para el Adriático. Cuando llegan a ella James y Nora Joyce encuentran una ciudad de enorme solidez comercial y de notable apertura intelectual. En ella armonizan italianos y germánicos y posteriormente eslavos, aunque poco a poco el nacionalismo ?el irredentismo de origen italiano- enconará las cosas. Pero, en todo caso, es una ciudad rica con una mezcla extraordinaria de culturas y lenguas. Y es la ciudad, el territorio, que Joyce elige comc "patria de exilio".
    El profesor McCourt -irlandés también y profesor de literatura en Trieste- pretende "revaluar la influencia de Trieste en la formación artística de Joyce". Y a fe que se pone a ello con una erudición que deja aplastado a cualquiera que trate de oponérsele, pero conviene señalar algunas insuficiencias antes de pasar a los elogios. En primer lugar, se ocupa en exceso de documentar minucias, mientras que, por ejemplo, sólo se refiere de pasada a su relación con ltalo Svevo; sin duda es interesante para su tesis enumerar todas las óperas u obras de teatro a las que Joyce asiste y le impactan; o acaso es muy puntilloso deducir el año en que Roberto Prezioso intenta declararse a Nora; pero tanto la relación con Svevo como el sentido de los celos en Joyce son mucho más sugestivos e importantes. En segundo lugar, mucha de la documentación que aporta tan sólo se utiliza con carácter especulativo; por ejemplo, la probable influencia del método Berlitz en el célebre capítulo de las preguntas y respuestas del Ulises o el develamiento de la persona que se oculta tras la dama misteriosa del Giacomo Joyce.
    En otros aspectos, en cambio, el libro se libera de su peso erudito y coge vuelo de verdad. La relación entre penuria económica y obra literaria está muy bien contada y muy bien matizada en la forma de dos angustias centrales de signo contrario, depresiva la primera y vigorizante la segunda, que se intercambian de sentido a su vez con el Joyce caradura, pedigüeño y frescales -sobre todo con su hermano Stanislaus, muy bien visto- y el Joyce exasperado y a punto de abandonar la literatura por las penurias sin cuento de sus ediciones. Aquí hay un retrato de Joyce muy bien entrelazado con los personajes que le rodean. Lo mismo puede decirse de la contundente exposición de la importancia de la variedad lingüúistica triesttina en su obra o el afán de Joyce por hacer negocios que lo saquen de pobre. Incluso los datos a favor de la presencia de lo oríental en su obra, aunque un poco traída por los pelos, es muy entretenida ... porque una cosa más puede decirse a favor de este libro: que siendo puntilloso y erudito, se lee con gusto y aporta una visión del territorío de exilio elegido y querido por Joyce muy convincente.
    Además, contiene también información excelente sobre el clima y el ambiente cultural y social. A título de ejemplo, la irrupción de Marinetti y el Futurismo en una ciudad ya tocada por el nacionalismo es un episodio extraordinario y muy bien contado, lo mismo que las concomotancias-apuntadas por el propio Joyce entre el nacionalismo irlandés y el triestino. En fin: un libro imprescindible para joyceanose interesante para lectores curiosos de un mundo tan apasionante como fue el del Tríeste de aquellos años.

Diario 16. “Culturas” 29/XII/93. Núm. 423, págs. I-II
James Joyce construyó uno de los grandes mitos de la literatura contemporánea, símbolo y arquetipo de la modernidad con “Finnegans Wake”; también su obra más divertida y laberíntica. La editorial Lumen presenta una extensa traducción de este libro intraducible y uno de los más finos análisis de la obra del escritor irlandés: “Las poéticas de Joyce”, de Humberto Eco.

El viaje a Dublín de un héroe llamado Joyce

Benjamín Prado
    Richard Ellmann  tenía razón: todavía no hemos aprendido a ser contemporáneos de James Joyce. O por decirlo de otra manera, nuestro viaje hacia la modernidad se detuvo mucho antes de llegar al final del largo túnel. La expresión de este fracaso tiene nombres y apellidos: Finnegans Wake, los Cantos de Pound, la poesía de Paul Celan o Valery. Lo que se conoce como posmodernidad es sólo una vuelta al pasado. En este contexto, Finnegans Wake (1939) es el ensayo de lago que aún no ha sucedido. Su escritura poliédrica—según la define el propio Joyce--pone cada palabra ante un espejo, nos enseña que todas las ideas proyectan sombras y que nuestra confusión—esa extraña mezcla de principios morales y secretos inconfesables—puede expresarse por medio de esas mismas palabras. Sin embargo, Finnegans Wake es cualquier cosa antes que un libro solemne. Su interminable cadena de  proverbios obscenos, juegos irreverentes, blasfemias y chistes soeces—Joyce habría dicho sohezes—forman una de la sobras más divertidas y originales de la historia. Él mismo ironiza desde el interior de su novela. “¿Te sientes como perdido en el matorral, muchacho? Y dices:  Esto no es más que una tomadura de pelo rizado a base de rizar el rizo. (…) ¡Que me aspen si tengo la más poultriest idea de lo que quiere decir!” Lo mejor es seguir el consejo de Anthony Burgess, quitarnos la máscara de la solemnidad antes que empezar a leer y dejar que nos diviertan.
    Para algunos Finnegans Wake es el traje invisible del emperador; otros lo consideran el punto culminante de la indiscutible megalomanía de Joyce y aseguran que sólo visto a través de su lu el libro parece más grande de lo que realmente es. En realidad lo que el autor de Ulises hizo en su última obra es, sobre todo, una rabiosa defensa de su propio estilo y un impresionante demostración de cómo y hasta qué punto logró perfeccionar la cualidad que más admiraba en Blake—la penetración intelectual unida la misticismo--: “Armada con la espada de doble filo del arte de Miguel Ángel y las revelaciones de Swedenborg, Blake dio muerte a el dragón de la experiencia y el saber natural”.
Al otro lado de este mundo boca bajo donde la sobriedad se convierte en soebriedad y Romeo y Julieta se llaman Romero y Jodieta, Finnegans Wake es un heterodoxa revisión de las leyendas irlandesas donde el escritor se identifica con el país que por otra parte detesta hasta llegar a exclamar: “Hirlanda, capital Joycin”. De alguna manera, Joyce eligió el exilio en París, Trieste o Zurich para tener un paraíso perdido. Pero además. Dublín y los irlandeses son el arquetipo que usa para desenmascarar el puritanismo, la hipocresía, la estupidez del mundo. Joyce altera las bases de la semántica y la ortografía, satiriza la critica académica; no busca, inventa. Y, como vio Cyril Connolly, destruye: “Joyce ha acabado con la novela. Ahora será necesario reinventarlo todo desde el principio”. Juzgar Finnegans Wake utilizando las bases que utilizamos para la literatura convencional es un disparate.
    En Las poéticas de Joyce, Umberto Eco traza un afiladísimo perfil de la obra del autor de Retrato del artista adolescente, analizando sus inicios en la escolástica, su encuentro crucial con Giordano Bruno y su paso por el simbolismo, que ya señala Edmund Wilson, junto a los elementos naturalistas, como ingrediente básico del modernismo. También Pound definió a Joyce como el heredero natural de Stendhal y Flaubert.  Umberto Eco, sin embargo, está más lejos de Joyce que Edmund Wilson en algunos aspectos. Eco se refiere a la presencia notoria de Mallarmé en, por ejemplo, Retrato de un artista adolescente, y a las coincidencias entre la estrategia literaria de Joye y la poesía pura. Sin duda Ulises o Finnegans Wake son objetos centrados sobre sí mismos que se resuelven en sí mismos, no buscan como los versos impersonales de Mallarmé una zona sagrada más allá de su propia realidad. Joyce aspira  al triunfo de un mecanismo perfecto; dentro de su escritura es, como quería Huidobro, un pequeño dios. Pero no puede olvidarse que en sus obras mayores se escucha, como nota Wilson en El castillo de Axel, una tercera voz, que no pertenece ni al autor ni a su personaje.  Joyce no se basta a sí mismo siguiendo la fórmula medieval adopta una especie de modelo enciclopédico, usa la técnica del inventario para catalogar los objetos y acontecimientos del universo. Una vez reducidos al tamaño de su propias necesidades, la autonomía del arte es sólo una cuestión de estilo: Joyce consiguió su gran triunfo porque supo quedarse a solas en medio de la inmensidad, encontrar la armonía en el caos. Nunca olvidó a Santo Tomás y siempre pensó que la única obra válida es la obra perfecta. Eco encuentra la frontera de esa perfección en Finnegans Wake y lo explica de una manera sencilla: Ulises llevó más allá de toda la medida la técnica de la novela, pero Finnegans Wake rebasa los límites de la imaginación.

    El sueño sin fin. Como decíamos, Finnegans Wake es una revisión irreverente de los mitos irlandeses. “Finn again” (Finn es el que siempre vuelve) es el héroe irlandés Finn Mac Cool y al mismo tiempo, como recuerda Eco, la reencarnación de todos los grandes héroes del pasado, una especie de Ave Fénix que continuamente cae y resucita. Tal vez todo el libro sea, como sugirió Joyce, un sueño a la orilla del Liffey que contiene toda la historia pasada y futura de Irlanda. Pero el protagonista también es H. C. Earwicker, tabernero en un suburbio de Dublín, Sus iniciales, H. C. E., significan here comes everybody (aquí vienen todos): un anagrama que reúne la historia de toda la humanidad. Por eso cada personaje del libro deja de ser él mismo  una y potra vez. Al ser todo el mundo, Finn atesora la suma de todos los pecados y es juzgado por los Cuatro Maestros de la historia irlandesa. Tras la larga noche, el día pone fin al sueño de Finn: despertar es una metáfora de la resurrección.
    Eco coincide con Ellmann en señalar que Finnegans Wake sigue la lógica de los sueños. Añadiría: su ambiente onírico y mítico también demuestra la armonía necesaria para sistematizar el desorden. No ofrece hechos, sino pensamientos. Finnegans Wake somos todos nosotros.


Ulises en obras

El País. "Babelia" (20/IX/03), pág. 16.

Una invitación renovada para leer la obra cumbre de James Joyce sin prejuicios ni limitaciones. Que cada lector proponga su propia lectura. Este es el espíritu de la obra de Julián Ríos que ahora se reedita, una novela comentada de aquella obra y, a su vez, su comentario novelesco. El amor y el humor como una variación permanente del Ulises.

CASA ULISES
Julián Ríos
Seix Barral, Barcelona, 2003
271 páginas. 18 euros

JULIO ORTEGA

Publicado en 1991 en un majestuoso y festivo álbum con el título de Ulises ilustrado (Circulo de Lectores), que firmaban Eduardo Arroyo y Julián Ríos como actores de una colaboración sistemática y pródiga, este libro se presenta, ahora sin las ilustraciones, como una novela comentada del Ulises de James Joyce y, a la vez, como su comentario novelesco. La novela que se despliega en el comentario erudito, biográfico y literario, se entrecruza con el comentario desplegado en el juego de leer alusiva y, casi, abusivamente. Si la novela va de vuelta, el comentario viene de ida. Releer el Ulises es reescribirlo, nos dice Ríos, porque en la escritura está todo el lenguaje y, en éste, un mundo habitable.
  Como todo clásico moderno, el Ulises incluye la biblioteca que lo ha anotado y sobreexplicado. Ríos demuestra que esa biblioteca consigna también su catálogo de lectura y que cada lector propone uno propio. En la lectura más actual coinciden dos modos de leer esta novela: el que privilegia su geometría emotiva y el que favorece una intervención operativa.
  En Casa Ulises, el primer modo aparece representado por el Cicerone, que recorre Dublin como mapa literal de un día narrado por Joyce. Bloom sale temprano de su casa, ese 16 de junio, y volverá tarde, luego de haber visitado o repasado la torre, el bar, la biblioteca, el burdel, los baños, la imprenta, el cementerio, los espacios, en fin, de su mundo afectivo. Julián Ríos acompaña a Bloom de la mano de Joyce, viendo a éste en aquél, esquivo pero implicado. Herido por los celos, desengañado de su papel menor en el mundo, Bloom es el héroe moderno: urbano, mediocre, incierto. Es un Quijote sensiblero y desencantado, de quien se burlan los chicuelos imitándole, a sus espaldas, el paso plano. Ríos sigue a Bloom para encontrar a Joyce; con empatía acuciosa, lo descubre espiando a Bloom en el espejo.
  El otro modo de leer, el de la intervención operativa, predica que una novela mayor es aquella. que nos permite entrar en ella, desmontaría y hacerla nuestra. No sólo porque la autoría es un trabajo en marcha, sino porque la novela es una caja de herramientas. Con su audaz demanda de una lectura que proclama "manos a la obra", Ríos se complace en esta práctica de desanudar las tramas. Cada palabra de la novela le suscitan otras; un personaje, otro libro; y el libro, otros autores. "Al mito me remito", anuncia. Ulises, así, es una casa en obras.
  Si el primer modo de leer supone la definición de la novela como la aventura de un héroe en pos de autenticidades que el mundo ignora; el segundo presupone que la novela es la aventura de un lector que la rehace (hace suya) para que el lenguaje torne más habitable este mundo. Si una lectura es emotiva y crítica, la otra es divertida e irónica.
  La grandeza, claro, del Ulises de Joyce es permitirse hacer de cualquier lectura otra novela. Julián Ríos apuesta por esa ambición desmedida, o sea, tan admirable como irresoluble. Y logra, gracias al riesgo, recontar el Ulises como si fuese una forma superior de la manía literaria. O sea, una pasión "al pie de la letra".
  Esta "misa-parodia", que celebran tres lectores distintos (un lector maduro y novelesco, un crítico viejo y erudito, y una lectora joven y biográfica) termina demostrando que el amor ("¿cuál es la palabra que conocen todos los hombres?") y el humor son una variación permanente que el Ulises celebra y esta Casa Ulises tributa. Esta invitación a frecuentar la casa joyceana es, al final, una apuesta por la renovación del vecindario narrativo.