Aniversario del creador de Ulises |
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artículos
publicados en El País en 1991 con motivo de los 50
años
de la muerte de Joyce, que pueden servir de introducción a su
obra.
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Artículos:
Aniversario del creador de “Ulises”
El 13 de enero de 1941 fallecía en un hospital de Zúrich el escritor irlandés en lengua inglesa James Joyce (1882-1941), uno de los autores más influyentes de la literatura contemporánea. En estas páginas se analiza cómo a través de sus libros más conocidos, como Ulises, El retrato del artista adolescente, Dublineses y Finnegans Wake, el escritor rompe con la tradición literaria del siglo XIX y realiza una exploración psicológica, desde una personalidad compleja a través de unos procedimientos narrativos que revolucionaron la escritura de su época.
Dublín
El Dublín enmarcado en
los libros de Joyce, por tanto, está tan muerto como el Londres
de Oliver Twist o el Madrid de Torquemada. El libro de relatos titulado
Dublineses
muestra cómo era la ciudad en 1904—moral y sexualmente
paralizada,
pero socialmente bulliciosa, llena de conversación y bebida--.
La
ciudad sigue en su sitio en el Retrato del artista adolescente,
aunque centrada en el desarrollo de un espíritu joven que
intenta
volar contra las redes impuestas por la religión, la familia y
el
nacionalismo que rechaza el vasallaje al imperio Británico.
Ulises,
una de las novelas más influyentes de nuestro siglo, trata de un
Dublín transformado en ciudad arquetipo, y su personaje
centrales
el ciudadano arquetipo. Leopoldo Bloom no es un dublinés
típico.
Es medio judío. Los dublineses niegan pro la memoria de sus
padres
que hubiera tantos judíos en su católica ciudad. Los
había,
pero había muchos más en Trieste, donde Joyce
empezó
a escribir el libro. Combinar las imágenes de ese puerto
adriático
con las del mar de Irlanda es resaltar la naturaleza cosmopolita de la
visión de Joyce. Escribe sobre la condición de todas las
ciudades modernas. Blom es todos los hombres modernos.
No es, sin embrgo, la
cuestión
temática del Ulises lo que lo hace distinto. El
argumento
es escaso. Bloom, que ha perdido a su hijo, encuentra un hijo adoptivo
en el joven poeta Stephen Dedalus—el protagonista de Retrato del
artista
y una versión casi sin subterfugios del propio Joyce--. Molly,
la
esposa de Bloom, comete adulterio, pero está deseando la llegada
a casa de Stephen—como hijo, redentor y, probablemente, amante--. El
libro
trata de la necesidad recíproca que tienen las personas, en la
estructura
menor de la familia y en la más amplia de laciudad. Ese sencillo
tema se universaliza por la imposición de un mito intemporal, el
del errante Odiseo en busca de su reino insular. Bloom es Odiseo o
Ulises.
Sus bastante triviales vivencias de un día en Dublín—el
16
de junio de 1904—se transforman en un paralelo cómico del
personaje
de Homero, y, a su vez, adoptan varias formas de resaltar el
paralelismo
con el clásico, sobre todo a través del estilo y del
lenguaje.
Así, Bloom encuentra
en un bar de Dublín a un nacionalista irlandés llamdo El
Ciudadano. Su paralelo homérico es el cíclope. Eso
sugiere
un estilo literario conocido como gigantismo, en el cual el lenguaje es
inflado inconscentemente. Se exagera todo, a la manera de la
retórica
demagógica o de la verborrea seudocientífica. Es el
capítulo
en el que Bloom visita un hospital de maternidad para preguntar por el
parto de una amiga de su esposa, la señora Purefoy, el paralelo
homérico es la matanza de los compañeros de Odiseo por
los
toros el Sol, que son la representación de la fertilidad, y los
estudiantes dublineses de medicina blasfeman contra la fertilidad al
glorificar
la “copulación sin población”. La estructura del
capítulo
imita el desarrollo del feto en el útero. La semilla masculina
fertiliza
al femenino latín; tenemos una historia completa de la lengua
inglesa
siguiendo el progreso de su literatura, con Joyce como oficiante mayor.
El estilo resulta más
importante que el contenido, pero la intensa concentración en el
lenguaje permite a Joyce llegar a los límites de la mente humana
que antes eran inasequibles para el novelista. El lenguaje no
sólo
es complejo, sino también de una claridad sin precedentes:
abundan
las alusiones sexuales y se utilizan palabras que, en el año de
la publicación (1922) y en los 40 años posteriores, eran
oficialmente tabú. Ese es el motivo de que Ulises
hubiera
estado prohibido y de que Joyce, injustamente, hubiera sido tachado de
tratante de obscenidades y pornografía.
Fantasía
El Ulises, usando la
técnica del monólogo interior para descubrir los
pensamientos
y sentimientos más íntimos de sus personajes—de una forma
presintética y casi preverbal, llevó al límite el
examen de la fantasía de la conciencia humana, Joyce
tenía
sólo 40 años cuando se publicó el libro, y la
cuestión
era evidente: ¿qué podía hacer, después de
haber llegado tan lejos, con el resto de su vida creativa? De hecho, no
le quedaban de ella más que 19 años, y fueron totalmente
ocupados por la composición de una increíblemente densa y
difícil pseudonovela titualda Finnegans Wake.
Después
de haber tratado la mente consciente, Joyce tenía que sumergirse
ahora en las profundidades del mundo onírico. El Finnegans
Wake
es el realto del sueño de una noche. El durmiente y
soñador
Humphrey Chimpden Earwicker, es el humilde dueño de un bar de
Chapelizod,
un barrio de Dublín, pero en su manifestación paternal se
convierte en la totalidad de la humanidad masculina, desde Adán
hasta el propio Joyce, en tanto que su mujer, Ann, es todas las madres,
su hija Izzy es todas las tentadoras (Eva, Dalila, lady Hamilton) y sus
hijos gemelos, Kevin y Jerry, son todos los rivales masculinos
enfrentados,
desde Caín y Abel hasta Napoleón y Wellington y
posteriores.
El lenguaje es el de los
sueños, oniroglota.
Lo mismo que el tiempo y el espcacio se disuelven en los sueños,
también las palabras, a través de las cuales vemos el
continuo
espacio-tiempo, han de distorsionarse para que el significado no se
trastoque,
sinoq ue se haga ambiguo. La ambigüedad tiene la naturaleza de los
sueños. Joyce sabía que las técnicas de
interpretación
de Freud y Jung no eran suficientes. Un invención como cropes es
una fusión de crops (cosechas) y corpse (cadáver), de
forma
que quedan unificadas las ideas opuestas de la vida naciendo de la
tierra
y del cuerpo muerto sepultado en ella. La acción del
sueño
tiene lugar en 1132, un año puramente simbólico en el
cual
11 significa la resurrección, después de haber contado
hasta
10 con los dedos, hay que empezar de nuevo) y 32 es la caída
(los
cuerpos que caen lo hacen a una velocidad de 32 pies por segundo). “The
abnihilisation of the otym” significa tanto la desintegración
del
átomo como la recreación del significado (griego, etymon)
a partir de la nada (ab nihilo).
Manifiesto vital
Para abreviar, la obra es
simplemente
un intento de reconciliar opuestos, de afirmar la vida, de insistir en
que nada muere. Es más que una novela, es una especie de
manifiesto
vital. Es tentador ver en eso al James Joyce católico, que
estuvo
a punto de ingresar en la orden de los jesuitas, pero que cambió
un tipo de sacerdocio por otro: el del arte, en el cual el oscuro pan
de
la vida diaria se convierte en la hostia eucarística de la
belleza
intemporal. Pero Joyce había dejado la Iglesia, negado a su
esposa
un matrimonio católico y privado a sus hijos de la
bendición
del bautismo. Había perdido su fe religiosa y nunca deseó
recuperarla, pero el ambiente de su obra es católico
europeo—más
próximo a Dante que a Goethe o incluso a su ídolo
Ibsen--.
Como medio judío agnóstico, a Bloom sólo le
interesa
la religión como fuerza de conexión social, pero su
esposa
Molly, nacida en Gibraltar, conoce el catolicismo en sus aspectos
mediterráneo
y puritano de Norte, y reza a una especie de Dios fanciscano. Stephen
Dedalus
parece no haber llegado a recuperarse del espantoso sermón sobre
el infierno que se predica en el Retrato, y es visitado por su
madre
muerta, que lo conmina a arrepentirse. A pesar del gran
número
de profesores ateos especializados en Joyce, proablemente sea cierto
que
sólamente un católico, creyente o apóstata, puede
comprender plenamente a Joyce. Pero conmemoramos el
cincuentenario
de su muerte,--como celebraríamos, más
pródigamente,
el centenario de su muerte—con un espíritu puramente literario.
Vivimos en la llamada era posmoderna, pero seguimos siendo los
herederos
del modernismo, y Joyce, junto con Pound y Elliot, dejaron
perfectamente
claro lo que es el modernismo. El modernismo, desde un punto de vista
lingüístico,
es el empleo de un vocabualrio que hace sonar las campanas de lo
coloquial,
de lo tradicionalmente poético y de la nueva tecnología.
Está implicado en la exactitud del lenguaje, pero sabe que la
naturaleza
del lenguaje es transportar una carga de ambigüedad aprovechable.
El modernismo es honesto y enemigo de fórmulas
filosóficas
para salvar el mundo. Es extrapolítico y muy escéptico,
tanto
en lo que respecta al totalitarsimo como al populismo. Es
difícil,
lo mismo que Joyce es difícil, porque trata de ver la humanidad
como una complejidad que sólamente los políticos, curas y
novelistas de éxito en ventas, se niegan a ver de una forma
más
sencilla. La dificultad de Finnegans Wake es inmensa
precisamente
por la humanidad de su tema sujeto. El modernismo se atrevió a
profundizar,
pero a los hombres y mujeres normales les asusta ese coraje;
quizá
pueda destapar cosas que sea mas conveniente ignorar.
En este resumen de los logros
de Joyce se ignora una cualidad que debe considerarse como
preponderantemente
vital: su humor. A pesar del tremendismo de Dostoievski, de la
visión
trágica de Dreiser y de la implacable violencia de
tantísimas
grandes obras contemporáneas, la novela de todos los tiempos, Don
Quijote, es una gran comedia y Joyce aprendió de ella
más
de lo que estaba dispuesto a dmitir. El Ulises invierte
al
situación haciendo que el protagonsita sea una especie de Sancho
Panza y poniendo en segundo lugar, o posición filial, a una
especie
de Don Quijote. Cuando Leopold Bloom y Stephen Dedalus caminan
juntos
después de medianoche por un Dublín desierto, vemos
una figura alta y delgada y otra más baja y gruesa. Bloom sabe
más
que Sancho, pero su sabiduría es del estilo de la de Sancho,
expresada
en proverbios triviales; Stephen es el poético soñador
que
necesita el sentido común de su padre adoptivo. No obstante,
subsisten
en una realción cómica y están apoyados, o
más
bien enfrentados, por un numeroso reparto de prersonajes
cómicos.
El Ulises es uno de esos extraños libros que nos hacen
reír
a carcajadas. El Finnegans Wake también está
lleno
de carcajadas, con un lenguaje basado en las posibilidades
cómicas
el inglés. El inglés se puede considerar como una lengua
cómica por contener elementos irreconciliables—germánicos
y latinos—perpetuamente enfrentados. Traduzcamos el Finnegans Wake
al español y ese elemento cómico desaparecerá. El
milagro está en que, aunque Joyce explotó al
límite
las posisbilidades, e imposibilidades, del inglés, sigue siendo
un escritor europeo. Está amamantado en inglés, pero se
eleva
por encima de él.
Dickens
Al igual que todos los grandes
novelistas, de alguna forma consigue subsistir fuera de su medio
literario.
Don Quijote y Sancho Panza cabalgan alrededor de la plaza de toros de
Valladolid
en 1605 y siguen haciéndolo en los desfiles de carnaval
suramericanos.
Los personajes de Charles Dickens son reconocidos incluso por los
analfabetos.
Leopold Bloom, Molly Bloom, Stepehen Dedalus y Humphrey Chimpden
Earwicker
pertenecen a ese orden clásico. Son tan grandes que se pueden
someter
a todo tipo de excentricidad estilística o juego
lingüístico
y seguir brillando plenos, tridimensionales, desesperadamente vivos. Es
una época en que tantos de nuestros escritores son pesimistas,
es
bueno celebrar a uno que tomó partido por la vida.
Traducción: Leopoldo Rodríguez Regueira.
“Cesa de llover: cae la última gota en la
Rue de l’Odeon”. Así comienza el mágico prólogo de
Antonio Marichalar a la primera edición española
(1926)
del Retrato del artista adolescente, o, como entonces fue su
título
exacto, El artista adolescente (retrato), por James
Joyce.
En su Rolls Royce, la duquesa más elegante de París acude
a Shakespeare and Company a comprar un ejemplar de Ulysses,
pero
también se cuenta que hubo estudiante que pasó cuatro
días
en cama y sin comer para adquirirlo… La evocación de Marichalar
tiene ese aura literaria y fantástica que emana de los
descubrimientos
esplendorosos, de las revelaciones iniciáticas.
Yo mismo me privé hasta
de mi tabaco diario por un mes en mi afán por reunir el dinero
del
precio de un ejemplar de Ulises en la edición americana
de
Rueda, pero el Retrato… El Retrato fue el espejo, el
reconocimiento
de una decisión que unos cuantos adolescentes tomamos al
comienzo
de los años sesenta, con mejor o peor fortuna pero con
idéntica
resolución, de consagrar la vida al arte de narrar o morir en el
empeño.
Dedalus
En la guarda de su libro de Geografía, el
héroe, el artista adolescente, ha escrito de su puño y
letra
su nombre y su residencia: “Stephen Dedalus. Clase de Naciones. Colegio
de Conglowes Wood. Sallins. Condado de Kildare. Irlanda. Europa. El
Mundo.
El Universo”.
¿Quién
podía
resistirse a aceptar este reto? A los 17 o 18 años, en un
“país
de todos los demonios, donde el mal gobierno, la pobreza, no son, sin
más,
pobreza y mal gobierno, sino un estado místico del hombre”, como
decía Jaime Gil, ¿Qué otra clase de
afirmación
hubiéramos comprado por el precio de una vida? Esas guardas del
libro de Dedalus nos redimían, si queríamos, de un camino
humillante por los ámbitos ateridos de un colegio, de una
sensibilidad
maltratada y despreciada, de un afán de libertad enfebrecido y
también
seco.
Experiencias
Ésa fue, en efecto, la primera lectura.
Recuerdo ese pasar de páginas que relatan los ejercicios
espirituales
del padre Cullen y su asombro sin límites al comprobar la
perfecta
similitud con nuestras propias experiencias; recuerdo esos paseos
idénticos
a los paseos discursivos de Stephen Dedalus con Lynch o Cronly;
recuerdo
la envidia y la excitación ante esas páginas finales en
forma
de diario que anteceden a su salida del país natal (Abril 16.
¡partir!
¡Partir!)
Creo que ese fue, en aquellos años, el libro
más excitante para cualquiera de los jóvenes dispuestos a
tomar el primer tren que los condujera al Mundo y quién sabe si
al Universo. O aún más lejos: a París.
Pero el buen lector no es el
que se identifica con el héroe, sino el que posee la
sensibilidad
e imaginación que necesita todo buen texto para respirar. Al
Retrato,
que de tal manera iluminó los deseos oscuros de tantos
aspirantes
a escritor, o tan sólo a una vida distinta y apasionada, le ha
ocurrido
en cierto modo lo que Harry Levin dice del propio Joyce respecto a su
alejamiento
de la fe: “Que perdió su religión, pero conservó
sus
categorías”. Lo que es una aguda descripción de la
educación y el talante del autor, en este caso deberíamos
aplicarlo más bien a un libro de culto que cuando pierde, con el
tiempo, su ritual iniciático, conserva y acrecienta sus
categorías
de satisfacción artística.
Arte
El arte, en lo que tiene de imaginación,
de libertad, de memoria, de sensibilidad… ha latido en cada uno de los
lectores del Retrato consciente o inconscientemente, porque está
ahí como una llamada a la que es difícil sustraerse. Por
su propio asunto, este libro ha despertado en todo lector un deseo,
aunque
fuera como un suspiro, de entregarse al arte, naturalmente en muy pocos
lectores se ha cumplido esa aspiración a creadores, pero yo me
pregunto
en cuántos se habrá cumplido como lectores.
Por decirlo de otro modo: creo
que casi ningún lector del Retrato sigue siendo pasivo
al
término de su lectura. Creo que aun aquellos que tienden a la
actitud
perezosa y menor de identificarse con el héroe, no pueden dejar
de percibir en este libro un algo que, incluso por la vía de la
identificación, penetra en ellos haciéndoles sentir que
la
percepción del arte es más, que la percepción del
arte también es artística para el perceptor y que si
éste
quiere mantener esa lámpara encendida, alumbrará de modo
distinto el trayecto de sus posteriores lecturas.
Cuando solicito a un lector
que emplee sus sentido artístico para leer estoy
pidiéndole
que sea un artista de la lectura, tratando de explicarle que ése
es el placer supremo e incomparable del lector.
Pues bien, el Retrato del artista adolescente
posee de modo casi mágico la cualidad de ser una puerta de
acceso
a tal estado. Es como ese momento en que “cesa de llover, cae la
última
gota en la Rue de l’Odeon”, se abren las nubes y la calle desnuda y
distraída
se llena de luz, de gente, de actividad y satisfacción.
El País, lunes 4 de enero de 1991, “La cultura” pág. 22.
El escritor irlandés en lengua inglesa James Joyce (Rathgar, Dublín, 1882-Zúrich, 1941), uno de los autores más influyentes de la literatura contemporánea, falleció el 13 de enero de 1941 en una clínica de Zúrich. En esta página se continúa el análisis—comenzado ayer—sobre las repercusiones de la obra del autor de Ulises, El retrato del artista adolescente, Dublineses y Finnegans Wake, entre sus libros más conocidos. En su obras a parece una Irlanda personal y una Europa en donde se movilizan las vanguardias artísticas. James Joyce fue un escritor propiamente del siglo XX y un revolucionario de la narración literaria, cuyo legado completo está todavía por descubrir.