ARTHUR RIMBAUD

Iluminaciones

 

Infancia

 

I

Este ídolo, de ojos negros y pelaje amarillo; sin parientes ni corte, más noble que la fábula, mejicano y flamenco; si dominio, azur y verdor insolentes, se extiende por playas nombradas, olas sin navíos, con nombres ferozmente griegos, celtas, eslavos.

En la linde del bosque, las flores de ensueño tintinean, estallan, esplenden; la muchacha con labios de naranja, las rodillas cruzadas en el claro diluvio que mana de los prados, desnudez que sombrean, atraviesan y visten los arcos iris, la flora, el mar.

Damas que rondan terrazas cercanas al mar, infantas y gigantas, negras soberbias en el musgo verdegris, joyas erguidas en el suelo pingüe de los bosquecillos y de lo jardincillos deshelados, madres jóvenes y hermanas mayores con las miradas llenas de peregrinaciones, sultanas, princesas de andares y atuendo tiránicos, pequeñas forasteras y personas gratamente infelices.

Menudo aburrimiento, la hora del "querido cuerpo" y del "querido corazón.

 

II

 

En el bosque hay un pájaro, su canto os detiene y ruboriza.

Hay un reloj que no suena.

Hay un hoyo con un nido de animales blancos.

Hay una catedral descendente y un lago ascendente.

Hay un pequeño carruaje abandonado en el soto, o bien bajando a toda prisa por el sendero, adornado con cintas.

Hay una compañia de cómicos ambulantes, vestidos para la representación, divisados en el camino por entre la li nde del bosque.

Hay siempre, en fin, cuando se tiene hambre y sed, alguien que llega y os echa de allí.


Vidas

I

¡Ah, las enormes avenidas del país santo, las terrazas del templo! ¿Qué ha sido del brahmán que me explicó los Proverbios? ¡Incluso veo todavía las viejasa de entonces, de allá lejos! Recuerdo las horas de sol y de plata cerca de los ríos, con la mano del campo en mi hombro, y nuestras caricias de pie en las llanuras de pimienta. Un revuelo de palomas escarlatas truena alrededor de mi pensamiento. Exiliado aquí, he tenido un escenario en donde interpretar las mejores obras dramáticas de todas las literaturas. Podría revelaros las riquezas inauditas.. observo la historia de los tesoros que encontrasteis. ¡Ya veo sus consecuencias! Desdeñáis mi sabiduría tanto como el caos. ¿Qué es minada al lado del estupor que os aguarda?

III

En un granero donde me encerraron a los doce años conocí el mundo, ilustré la comedia humana. En una bodega aprendí historia. En alguna fiesta nocturna de una ciudad del Norte encontré a todas las mujeres de los pintores antiguos. En un viejo pasadizo de París me enseñaron las ciencias clásicas. En una morada magnífica, cercada por el entero Oriente, concluí mi inmensa obra, pasé mi ilustre retiro. He braceado mi sangre. He sido dispensado de mi deber. Ni siquiera debo pensar ya en ello. Soy realmente de ultratumba, así que basta de encargos.


Partida

Visto lo suficiente. Hallada la visión en todo el espacio.

Tenido lo suficiente. Rumores de ciudades, al anochecer, y al sol, y siempre.

Conocido lo suficiente. Los decrectos de la vida. ¡Oh rumores y Visiones!

¡Partida hacia la afección y el sonido nuevos!


 

Juventud

II

SONETO

Hombre de constitución normal: ¿acaso no era la carne un fruto madurando en el huerto (¡oh aquellos días niños!), el cuerpo un tesoro que prodigar, y ¡amar! El riesgo o la fuerza de Psique? La tierra tenía vertientes fértiles en príncipes y en artistas, y vuestra sangre y vuestra casta os empujaban a los crímenes y a los lutos: el mundo era vuestra fortuna y vuestro riesgo. Pero ahora, cumplida esa labor, tú, tus conjeturas, tú , tus impaciencias, no son ya sino vuestra danza y vuestra voz, ni establecidas ni tampoco forzadas, aunque (surgidas) de un doble acontecimiento inventado y exitoso (durante) una temporada, en la humanidad fraternal y discreta por el universo sin imágenes; la fuerza y el derecho reflejan la danza y la voz que sólo hoy comienzan a ser valoradas.


POEMAS

 

A la música

 

Plaza de la estación, Charleville

 

A la plaza recortada por mezquinos céspedes,

jardín en donde todo es correcto, árboles y flores,

todos los asmáticos burgueses que se asfixian de calor

traen, los jueves por la tarde, sus envidiejas.

La banda militar, en medio del jardín,

banancea sus chacón en el Vals de los pífanos.

Alrededor, en la primeras filas, se pavonea el pisaverde,

el notario cuelga de sus dijes grabados,

rentistas con binóculos subrayan todos los desafines,

gordos burócratas engreídos arrastran a sus gruesas damas

junto a las cuales van, como serviciales cornacas,

aquellas cuyos volantes tienen un aire de reclamo.

En los verdes bancos, clubs de tenderos jubilados

que atizan la arena con su bastón de pomo,

discuten muy seriamente los tratados,

aspiran rapé en plata y prosiguen: "en resumidas cuentas...

Espachurrando en el banco los redondeces de sus caderas,

un burgués de botones claros y flamenca barriga

saborea su onnaing, de la que se desprenden briznas

de tabaco -de contrabando, sabe usted.

A lo largo de las verdes gramas se mofan los golfos;

y, amorosamente rendidos al canto de los trombones,

muy cándidos, fumando cigarrillos baratos, los guripas

acarician a los bebés para engatusar a las niñeras...

 

Yo persigo, despechugado como un estudiante,

a las alertas muchachas bajo los verdes castaños:

ellas se percatan y vuelve hacia mí, riendo,

sus ojos repletos de cosas indiscretas.

 

No digo una palabra: continúo mirando la carne

de sus blancos cuellos, bordados de locos mechones;

persigo, bajo la blusa y los frágiles atavíos,

el divino dorso parejo a la curva de sus hombros.

 

En seguida descubro la botina, la media, y...

Reconstruyo los cuerpos, consumidos por hermosas fiebres.

 

Ellas me encuentran gracioso y hablan entre sí, muy quedo...

Y mis deseos brutales se cuelgan de sus labios.


El mal

 

Mientras los escupitajos rojos de la metralla

silban todo el día en el infinito del cielo azul;

mientras escarlatas o verdes, junto al rey burlón

se desploman en masa los batallones bajo el fuego;

 

mientras una espantosa locura machaca

y hace de cien millares de hombres una pila humeante

-¡pobres muertos!, en el verano, en la yerba, en tu alegría,

¡oh Naturaleza!, tu que hiciste a estos hombres santamente-,

hay un Dios que se ríe de las telas adamascadas

de los altares, del incienso, de los grandes cálices de oro;

un Dios que con el balanceo de los hosannas se duerme

 

y sólo se despierta cuando algunas madres, recogidas

en su angustia y llorando bajo su vieja toca negra,

le dan una perra gorda liada en su pañuelo.


Mi bohemia

(Fantasía)

Iba por ahí, con las manos metidas en los bolsillos rotos;

hasta tal punto mi gabán se volvía ideal;

caminaba bajo el cielo, ¡oh Musa!, y era tu vasallo.

¡Hay que ver! ¡Cuántos amores espléndidos he soñado!

 

Mi único pantalón tenía un hermoso agujero.

Pulgarcito soñador, desgranaba en mi trayecto

algunas rimas. Mi albergue estaba en la Osa Mayor.

En el cielo, mis estrellas tenían un suave frufrú.

 

Y yo las escuchaba, sentado al borde de los caminos,

aquellas gratas noches de septiembre en que sentía gotas

de rocío por la frente, como un vino reconfortante;

 

en que, rimando en medio de fantásticasa sombras,

estiraba, cojmo si fuesen liras, las gomas

de mis zapatos heridos, ¡a un palmo de mi corazón!


El corazón robado

Mi triste corazón babea a popa,

mi corazón lleno de tabaco:

sobre él arrojan escupitajos,

mi triste corazón babea a popa:

bajo las burlas de la tropa

que suelta una risotada general,

mi triste corazón babea a popa,

¡mi corazón lleno de tabaco!

 

¡Itifálicos y sorchescos

sus insultos lo han depravado!

En la velada narran relatos

itifálicos y sorchescos.

¡Oleajes abracandabrantescos,

tomad mi corazón, salvadlo!

¡Itifálicos y sorchescos

sus insultos lo han depravado!

 

Cuando sus chicotes hayan cesado,

¿cómo actua, oh corazón robado?

Se oirán estribillos báquicos

cuando sus chicotes hayan cesado:

tendré sobresaltos estomáquicos

si degradan mi triste corazón.

Cuando sus chicotes hayan cesado,

¿cómo actuar, oh corazón robado?

Mayo, 1871


EL BARCO EBRIO

Mientras descendía por ríos impasibles,

sentí que los sirgadores ya no me guiaban:

pieles-rojas chillones los habían tomado por diana

tras clavarlos desnudos en postes de colores.

 

Ya no me preocupaba tripulación alguna,

portadora de trigo flamenco o de algodón inglés.

Cuando aquel jaleo acabó con mis sirgadores,

los ríos me permitieron descender adonde yo quería.

 

En los chapoteos furiosos de las mareas,

yo, el invierno pasado, más sordo que el cerebro de un niño,

¡corrí! Y las penínsulas desamarradas

jamás experimentaron guirigáis más triunfantes.

 

La tempestad bendijo mis desvelos marítimos.

Más ligero que un corcho, bailé sobre las olas

que llaman arrolladorea eternas de víctimas,

durante diez noches, ¡sin añorar el ojo necio de los fanales!

 

Más dulce que, para los niños, la pulpa de las manzanas acedas,

el agua verde penetró mi casco de abeto

y me lavó las manchas de los vinos azules

y de los vómitos, dispersando áncora y timón.

 

Y desde entonces me sumergí en el poema

de la mar, infundido por astros, y lactescente,

devorando los azures verdes; donde, como flotación pálida

y arrebatada, un ahogado pensativo a veces desciende;

 

donde, tiñendo de pronto las azuldades, delirios

y ritmos lentos bajo las rutilaciones del día,

¡más fuertes que el alcohol, más vastos que nuestras liras,

fermentan los rubros amargos del amor!

 

Yo conozco los cielos que estallan en relámpagos, y las trombas

y las resacas, y las corrientes; conozco el atardecer,

el alba exaltada igual que una multitud de palomas,

¡y he visto algunas veces lo que el hombre creyó ver!

 

¡He visto el sol poniente manchado de horrores místicos,

iluminando los largos coágulos violetas,

y, semejantes a esos actores de antiguos dramas,

las olas rodando a lo lejos su batir de postigos!

 

¡Soñé la verde noche de nieves deslumbrantes,

beso lento que ascendía a los ojos de los mares,

la circulación de las savias inauditas

y el despertar azul y gualda de los fósforos cantores!

 

¡Seguí, durante meses enteros, igual que vacadas

histéricas, el oleaje al asalto de los arrecifes,

sin pensar que los pies luminosos de las Marías

pudiesen forzar el hocico de los océanos asmáticos!

 

¡Sabed que embestí increíbles floridas,

mezclando a las flores ojos de panteras con pieles

de hombre, arcos iris estendidos como bridas

bajo el horizonte de los mares, con glaucos tropeles!

 

¡He visto fermentar lasa enormes marismas, nasas

en cuyos juncos se pudre un Leviatán!

¡Hundimientos de aguas en medio de las bonanzas,

y las lejanías catarateando hacia los remolinos!

 

¡Glaciares, soles de plata, olas de nácar, cielos de brasas!

¡Horribles varaderos en el fondo de los golfos oscuros

donde las serpientes gigantes devoradas por lasa chiches

caen, de los árboles retorcidos, con negros perfumes!

 

Me hubiese gustado mostrar a los niños esos dorados

del azul oleaje, esos peces de oro, esos peces cantarines.

Espumas de flores me acuanron al abandonar la rada

e inefables vientos me han alado por instantes.

 

A veces, mártir cansado de polos y de zonas,

la mar cuyo sollozo atenuaba mi balanceo

subía hacia mí sus flores de sombra con ventosas amarillas

y yo permanecía igual que una mujer arrodillada...

 

Casi isla, balanceando en la borda las querellas

y los excrementos de los pájaros chillones de ojos rubios,

¡bogaba, mientras por mis frágiles ataduras

bajaban a dormir los ahogados, reculando!

 

Yo, barco perdido bajo cabello de las ensenadas,

arrojado por el huracán al éter sin un pájaro,

yo, cuyo armazón ebrio de agua no hubieran rescatado

ni los monitores ni los veleros de las Hansas;

 

libre, humeando, provisto de brumas violetas,

yo que perforaba el cielo enrojecido como si fuese un muro,

que llevo confitura exquisita para los buenos poetas,

líquenes de sol y mocos de azur;

 

yo que corría manchado de lúnulas eléctricas,

yo, tabla loca, escoltado por negros hipocampos,

cuando los meses de julio hundían a garrotazos

los cielos ultramarinos en los ardientes embudos;

 

yo que tembaba oyendo gemir a cincuenta leguas

el celo de los Behemonts y los Maelstroms espesos,

hilador eterno de las azules inmovilidades,

¡añoro la Europa de los viejos parapetos!

 

¡He visto archipiélagos siderales e islas

cuyos cielos delirantes están abiertos al viajero!

¿Es en estas noches sin fondo donde duermes y te exilias,

oh millon de pájaros de oro, oh futuro vigor?

 

¡Pero, en verdad, lloré demasiado! Las albas son desoladoras.

Toda luna es atroz y todo sol es amargo:

el acre amor me llenó de torpores embriagantes.

¡Oh, que mi quilla estalle! ¡Que me hunda en el mar!

 

Si algún agua deseo de Europa es la charca

negra y fría donde, hacia el crepúsculo embalsamado,

un niño, en cuclillas, lleno de tristezas, suelta

un barco frágil como una mariposa de mayo.

 

Ya no puedo, ¡ay las olas!, bañando como estoy por vuestra languidez,

seguir la estela de los cargueros de algodón

ni atravesar el orgullo de las banderas y los gallardetes

ni remar bajo los ojos horrilbles de los pontones.


UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO

Antaño, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que todos los corazones se habrían, en el que vinos de todas clases fluían sin cesar.

Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. -Y la encontré amarga. -Y la injurié.

Me armé contra la justicia.

Y huí. ¡Oh brujas, oh miseria, oh saña: sólo a vosotras os fue confiado mi tesoro!

Conseguí disipar en mi espíritu todo resto de humana esperanza. Sobre toda alegría, para estrangularla, realicé el salto sigiloso de la fiesta.

Llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Llamé a lasa plagas para así poder ahogarme en la arena, la sangre. La desdicha fue mi dios. Me revolqué en el fango. El aire del crimen me secó. Se la jugué a la locura.

Y la primavera me dio la risa horrenda del idiota.

Pero, recientemente, cuando ya estaba a punto de estirar la pata, decidí buscar la llave que me abriera las puertas del antiguo festín, en el que, quizás, recobraría el apetito.

La caridad es esa llave. -¡Esta inspirada afirmación demuestra que he estado soñando!

"Siempre serás una hiena, etc...", exclamaba el demonio que me coronó con tan amables adormideras. "Bien, gánate a pulso la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales."

¡Bueno! Ya he tenido bastante: -Pero , querido Satanás, se lo ruego, ¡no se irrite tanto! A la espera de esas pequeñas bajezas que no acaban de llegar, arranco, para u sted que ama el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, unas cuantas hojas repelentes de mi libreta de condenado.


Adiós

¡Otoño, ya! -Pero, ¿por qué añorar un sol eterno si nos hemos embarcado en el descubrimento de la claridad divina, -lejos de la gente que muere con el paso de las estaciones?

Otoño. Nuestra barca erguida en las brumas inmóviles pone rumbo al puerto de la miseria, a la ciudad inmensa con su cielo manchado de fuego y de fango. ¡Ah, los harapos podridos, el pan empapado de lluvia, la ebriedad, los mil amores que me han curcificado! ¡Así pues, no cesará nunca este vampiro reina de millones de almas y de cadáveres que serán juzguados! Ya me veo otra vez con la piel roída por el fango y la peste, con el cabello y las axilas atestados de gusanos y gusanos aún más gruesos en el corazón, tirado entre desconocidos sin edad, sin sentimientos... Podría haber muerto allí... ¡Qué espantosa evocación! Detesto la miseria.

¡Y temo el invierno porque es la estación del bienestar!

-A veces veo en el cielo playas sin fin, cubiertas de blancaas naciones radiantes de dicha. Por encima de mí, un gran navío de oro iza sus pabellones multicolores agitados por las brisas de la mañana. He creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. Probé a inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. Creí haber adquirido poderes sobrenaturales. Pues bien: ¡ahora debo enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y fabulador, al traste!

¡Ah! ¡Yo que me intitulé mago o ángel, exento de toda moral, me veo devuelto al suelo, obligado a buscar un deber y a abrazar la realidad rugosa! ¡Qué palurdo!

¿Estaré equivocado? ¿Será la caridad, para mí, hermana de la muerte?

En fín, pediré perdón por haberme alimentado de mentira. Y adelante.

¡Pero ni una mano amiga! ¿Y dónde conseguir ayuda?

 

***

 

Sí, la nueva hora es, al menos, muy exigente.

Por eso puedo decir que he logrado la victoria: el rechinar de dientes, los chiflidos de fuego, los suspiros apestados se atenúan. Todos los recuerdos inmundos se desvanecen. Mis últimas añoranzas se esfuman, -las envidias que sentía de los mendigos, los bandidos, los amigos de la muerte, los rezagados de todo tipo. -¡Condenados , si yo me vengase!

Hay que se absolutamente moderno.

Nada de cánticos: ir por delante. ¡Dura la noche! ¡La sangre reseca exhala vapor sobre rostro, y no dejo nada detrás salvo ese horrible arbolillo!... El combate del espíritu es tan brutal como la batalla de los hombres; pero la visión de la justicia es placer exclusivo de Dios.

Ya es víspera. Acojamos, pues, todos los influjos de vigor y de ternura real. Y a la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en la espléndidas ciudades.

¡A qué venia eso de una mano amiga! Es una gran ventaja poder reírme de los viejos amores embusteros, y cubrir de vergüenza a esas parejas mentirosas -he visto el infierno de las mujeres allá abajo. -Y me será permitido poseer la verdad en un alma y un cuerpo.

 

Abril-agosto 1873

Traducción: Juan Abeleira