Cernuda verso a verso

 

 Taller de Análisis Poético y Creación Literaria

Pablo Rodríguez

Textos para el taller

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Texto I.

 Yo aprendí a aburrirme de niño y en verano. Me aburría, sobre todo, en la hora grande de la siesta. La casa soñaba su penumbra tras el portalón cerrado, los muros se enfriaban y al fondo una puerta entornada dejaba adivinar la mole de un armario, el cabezal de una cama, el abrazo de los allí dormidos o la sola oscuridad sola, deshabitada, de cualquier habitación vacía. Así, el único despierto, solía tenderme en el suelo frío y pensaba estas cosas muy quieto, templando con el beso de mi cuerpo cada losa de mármol que me acogía. A ratos pasaba alguna mosca y seguía su zumbido hasta olvidarla. A veces, incluso, me dormía.

Pero podía ocurrir que la cristalera al patio estuviera abierta, y entonces yo alinearía mis ejércitos de cuentas y guijarros, me haría cualquier arma definitiva con un palo basto y poca cuerda, me enfrentaría a mis enemigos y, sin duda, me subiría a un árbol.

El aburrimiento fue mi primera soledad por lo tanto, y a él entonces, como a ella hoy, iba yo esquivándolo esas tardes. Recuerdo sin embargo, de entre mis correrías por el patio, haberme acercado al pozo que allí había con el temor de lo que es cierto. Al fondo una retina de agua me devolvía mi silueta y yo arrojaba ahí una piedra que tocaba, tras de mí, lo que a mí se me velaba. Era lo inasible, el solo anhelo de hundirme con la piedra en el agua y dejar atrás un suelo frío, la cristalera, los patios, la casa.

 

 Texto II.

 Se derrumbó el mar, naufragó infinitamente en el bósforo y por el vértigo de un último remolino me pareció ver un arrobamiento de mariposas azules, como cenizas voladas o espumas de repente sueltas al aire.

            Luego quedó su cuerpo haciendo hondas en esta cala, llegándose apenas a la piel de la orilla por insinuarle una ola leve, a lo mejor una punta de lengua que rozara la palma del mundo y acariciara un dorso de arena.

            Me dije que esto, este mar u océano, en definitiva toda esta agua blanda, amansada, nocturna, de tan tibia podría ser tu cuerpo. Y poco a poco se fue desleyendo mi sueño y te entreví los ojos mirándome.

 

 

Inspirado en El soliloquio del farero, de Luis Cernuda.