NARRACIÓN Y ENSAYO EN FRANCISCO AYALA

Manuel Ángel Vázquez Medel
Universidad de Sevilla

 

Quiero comenzar esta conferencia -en el sentido menos pretencioso de su etimología: un caminar en compañía, orientar, conferir cumfero- haciéndoles partícipes de un convencimiento, que dejará muy clara mi posición ante nuestro autor y nuestro tema desde las líneas iniciales: considero a Francisco Ayala como uno de los grandes pilares del espléndido edificio de nuestra literatura del siglo XX. Hasta tal punto que, si la axiología literaria y los procesos de "canonización" de la escritura lo exigieran (y, sin duda lo exigen), no dudaría ni un momento en alinearlo con nuestras figuras mayores: estoy hablando, para que se me entienda con claridad y para que no haya ninguna duda, de autores como Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle Inclán, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez... por sólo citar a algunos ya indiscutibles que, generacionalmente, le precedieron...

Escritor de estirpe cervantina, se da en él -además- una circunstancia que constituye un gran mérito, imputable en parte a su biología y a la sucesión de los contextos históricos que le ha cabido en suerte vivir, pero sobre todo a su ingenio, a su calidad creativa y ética: Ayala es uno de los más destacados testigos y analistas de este siglo tremendo y fascinante que concluye. Lo es tanto en sus obras ensayísticas como en sus relatos de ficción. Y si unas y otros admiten -como así ha sido en gran medida- una lectura independiente que basta, en cada parcela, para considerarle como un gran sociólogo y ensayista, y como un gran narrador, conjuntamente y dinamizándose ofrecen un perfil único de imponderable altura.

Se trata, por supuesto, de un convencimiento personal. Lo cual no quiere decir, en absoluto, que se trate de un convencimiento no fundado; y, en cualquier caso, será tan cuestionable como otros juicios de parecida índole que circulan si ser cuestionados y con menos solidez en nuestra feria de las vanidades literarias. Así se conforman los sistemas de valoración literaria. Pero como el rigor obliga y el autor y su obra lo merecen y lo permiten con holgura, intentaré esbozar en algunas pinceladas -desde nuestra perspectiva de la relación entre ensayo y narración- este rostro gigante que se refleja en un espejo trizado (alusión al carácter fragmentario y perspectivo de su producción), como él ha indicado en acertada expresión en el prólogo a El jardín de las delicias y como ha desarrollado Carolyn Richmond con justeza y perspicacia crítica recientemente.

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Desde que la escritura ensayística alcanzara en el siglo XVIII esa madurez que no ha hecho sino incrementarse hasta nuestros días, ha sido frecuente, en nuestra literatura y en todas las de nuestro marco cultural, encontrar magníficos narradores que, de manera circunstancial o más asidua han acudido al ensayo como natural complemento de una voluntad de expresión y comunicación que no se agota en la creación ficticia. Tampoco es del todo insólito encontrar el perfil inverso: grandes pensadores y ensayistas que, en algún momento, acudieron al universo de la ficción para ofrecer sus grandes cuestiones en otro marco y con otras posibilidades vedadas por el discurso factual (que también quiere serlo, aunque en otro orden de "hechos" el discurso filosófico). Escritores hay -bastaría pensar en Unamuno- cuyos perfiles quedarían fatalmente mutilados si prescindiéramos de una u otra de estas vertientes. Estamos ante un tipo de escritor, que ha existido a lo largo de toda la historia literaria occidental, que como las grandes montañas exigen ser contemplados desde diversas laderas, sin romper su esencial unidad.

A esta gran estirpe de creadores pertenece Francisco Ayala, quien da continuación en su obra -con propio y personalísimo sesgo- a la gran pregunta (abierta y múltiple) sobre la condición humana y su encarnación en el momento histórico presente. En Ayala, pues, creación ficticia y escritura reflexiva -narrativa y ensayo- brotan de un mismo origen y responden a una misma inquietud, que se matiza cuando se trata de la pregunta por nuestra condición o por nuestra situación en el cosmos. Ese origen y esa raíz no son otros que la pregunta por el sentido.

Volveremos, de inmediato, a retomar nuestra reflexión en este punto, pero me parece conveniente traer ante nosotros, a modo de recordatorio, el "mapa" de las obras fundamentales de nuestro autor y la mención de sus contextos e implicaciones. Para ello me serviré, con cierta libertad, matizando y sobre todo ampliando algunos extremos, del texto de la propuesta de Francisco Ayala como candidato al Premio Nobel de Literatura, cuyo fundamento mismo es "la excepcional calidad de la plasmación artística de sus intuiciones acerca de la realidad esencial del hombre, en una narrativa de alcance universal, así como por su interpretación del curso de la historia del siglo XX de la que es testigo, en la más alta prosa ensayística".

Francisco Ayala (Granada, España, 1906), como todo gran creador, se inició en el ejercicio de la emulación de los mejores, para llegar a formar parte de ellos por la impregnación de lo más cumplido de la tradición literaria universal, resuelto en una cosmovisión y en un estilo indudablemente irrepetibles. Rara vez podemos encontrar en la Literatura contemporánea una tensión tan equilibrada entre la búsqueda de lo permanente, y la fidelidad al momento histórico desde el que tal indagación adquiere sentido. Por ello, ya atisbamos anticipos de los rasgos esenciales del mejor Ayala en sus dos primeros ejercicios literarios, dos novelas de corte tradicional, Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925) e Historia de un amanecer (1926).

Pero su voz es ya claramente perceptible en los relatos de El boxeador y un ángel (1929) y Cazador en el alba (1930), escritos en ese momento único de la experiencia de la modernidad que protagonizan las vanguardias históricas. Suponen una singular aportación, un ensayo de libertad creativa, al tiempo que la sensibilidad simpatética de Ayala logra prefigurar una dimensión trágica de la existencia en algún relato de la época como "Erika ante el invierno", que barrunta otros inviernos más terribles por los que pronto pasaría España, Europa y el mundo. Es -no lo olvidemos- el momento en el que Ayala, junto a sus relatos vanguardistas va publicando y posteriormente recoge en un precioso librito, la primera de las cuatro versiones de lo que llegará a ser El escritor y el cine (1996): Indagación del cinematógrafo (1929). Nunca se insistirá lo suficiente en el enriquecimiento mutuo que supone la lectura de los relatos de vanguardia y de esta crítica cinematográfica personalísima, vehemente, llena de brío, de ideas, de estilo y de imágenes. Ejemplo prematuro pero ya significativo de la importancia de una lectura en paralelo de la obra ensayística y narrativa de Ayala.

El impulso creador de Ayala encontrará su natural continuidad en narraciones como "El Hechizado", a decir de J.L.Borges, "uno de los cuentos más memorable de las literaturas hispánicas". En Los usurpadores (1949), conjunto de relatos en que se integra, el principio "el poder ejercido por un hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación" toma cuerpo en diferentes ilustraciones de inspiración histórica, ahora ficcionalizadas y proyectadas, por tanto, hacia la esencial realidad que revelan. La narrativa de Ayala tiene la virtud de aproximarnos a situaciones cuya construcción hace perfectamente verosímiles, pero cuya dimensión imaginaria apunta a una realidad más profunda. Así ocurre con La cabeza del cordero (1949), narraciones que tienen como referente la guerra civil española, pero, que en el fondo, vuelven a referirse a la condición del hombre degradado o sometido a circunstancias extremas, por causa de la confrontación intransigente y la violencia. Por ello se trata de una obra cuya lectura se enriquece cuando se hace paralelamente a Los usurpadores y, ambas, junto a los importantes ensayos de sociología y crítica social de estos años, centrados en el problema de la libertad, el liberalismo y los derechos del individuo en la sociedad de masas. De 1947 es la primera edición del Tratado de sociología. No olvidemos por otra parte que, como si acompañara como un hermano menor los grandes momentos de inflexión de la obra de Ayala (sin quebrar su continuidad), de 1949 es la segunda ampliación sobre cine, El cine, arte y espectáculo.

Los tres lustros que van desde 1950 a 1976, años de dedicación docente en distintas universidades norteamericanas no le alejaron en absoluto de la construcción de su universo ficcional, cada vez más trabado, complejo y completo. De estos años son la colección de relatos breves Historia de macacos (1955), las novelas complementarias Muertes de perro (1958) y En el fondo del vaso (1962), que revelan las luces y sombras, tanto de la dictadura como de la democracia formal, y las recopilaciones El as de bastos (1963) y De raptos, violaciones y otras inconveniencias (1966). Un análisis ejemplar que contempla la relación entre ensayo y narración aplicada a esta época la constituye el estudio introductorio de Carolyn Richmond a Historia de macacos: "Dada esa correlación entre la obra del escritor Francisco Ayala entre su producción ensayística y sus invenciones literarias, he optado por analizar según el orden en que fueron publicados por primera vez cada uno de los relatos que integran el volumen, haciendo referencia a aquellos escritos discursivos del autor que pudieran iluminar cada uno de sus textos narrativos" (en F. Ayala, 1995a, 9-10).

Pero, cuando todos pensábamos ya en una carrera literaria hecha y que admitía pocas modificaciones, Ayala nos sorprende con un nuevo modo de relacionar el fragmento y la totalidad -El jardín de las delicias (1971, 1978, 1990), obra en la que las fronteras entre realidad y ficción se desvanecen casi, dado el peso real de la fabulación narrativa, a la vez que las delimitaciones genéricas (los marcos del ensayo, la narración, los materiales autobiográficos o la digresión libre y espontánea) han caído en favor de una nueva escritura.

Simétricamente, con su aportación mayor al género literario de las memorias en el siglo XX, Recuerdos y olvidos (1982, 1983, 1988), de nuevo cuestiona los límites entre ficción y realidad, dado el alto valor literario de su escritura y la extrema capacidad de transcender la anécdota y dar entrada a reflexiones fulgurantes.

Don Francisco Ayala ha sabido transitar, a lo largo de su dilatada existencia territorios terribles y territorios gozosos. Ciudadano de una única Humanidad ha percibido las luces y sombras de la vida en los años infantiles en su Granada natal; en el Madrid republicano; en el Berlín en ebullición de los incipientes años treinta; en Argentina o Puerto Rico en el exilio; en Estados Unidos o de nuevo en España...

Es esa la dialéctica de El jardín de las delicias, en el que se opone el "Diablo mundo" a los "Días felices". Y ha sabido hacerlo, escritor en su siglo, con el rigor de los mejores intelectuales y la sensibilidad de nuestros mejores creadores. Ni necesitó en sus días más difíciles de elogios que no le llegaron, ni ha cambiado la rectitud de su curso por los reconocimientos que justísimamente, le han ido llegando. Entre ellos, su elección como miembro de la Real Academia Española (1983), el Premio Nacional de Literatura (1983), la medalla de Oro de su ciudad de Granada (1987), el doctorado honoris causa por la Northwestern University (1977), Complutense (1988), la Universidad de Sevilla y la de Granada (1994), la de Toulouse-Le Mirail (1996), la UNED (1997), el Premio Nacional de las Letras Españolas (1988) y el de las Letras Andaluzas (1989). Como culminación de todos, el Premio Cervantes de Literatura, en 1991, que destaca en su obra creativa un autor de estirpe cervantina y, como Cervantes, de alcance universal. Las numerosas traducciones de su obra a los principales idiomas así lo acreditan.

Ayala, además de estos excepcionales méritos -añadíamos en su propuesta como Premio Nobel a la enumeración de los estrictamente literarios- ha sido uno de los mayores teóricos y críticos literarios contemporáneos; traductor del alemán, el inglés o el francés y teórico de la traducción... Y un ensayista que une a su espléndida formación sociológica -acreditadas en el Tratado de Sociología o su Introducción a las Ciencias Sociales- un permanente interés por las innovaciones tecnológicas y la evolución de las sociedades (Hoy ya es ayer; Contra el poder y otros ensayos; El escritor en su siglo, etc.) así como la transparencia y calidad de su palabra justa y equilibrada con una visión profética acerca de la crisis de la modernidad y las claves para un futuro humano y realista cimentado en la libertad y en el cultivo del espíritu de los hombres y los pueblos.

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Desde el momento mismo de sus inicios, como hemos visto, la escritura de Francisco Ayala (la de creación, pero igualmente la ensayística) se ha caracterizado por ser una incesante búsqueda del sentido: del sentido íntimo de cada acontecimiento cotidiano; del sentido que el destino personal y colectivo ofrece a cada ser concreto; del sentido de las reglas que caracterizan la interacción social... del sentido del vivir mismo, en última instancia. Dar Razón del mundo, sería concisa fórmula para expresar lo que más amplia y minuciosamente nos declara en su obra de dicho título, al precisar el cometido de los intelectuales en tiempos de crisis: "Todo lo que pueden hacer es aferrarse al rigor de su vocación, abandonando cualquier perspectiva práctica; esforzarse sin descanso por hallar, en medio de la crisis y a favor de su coyuntura, el sentido de la realidad histórica en que se encuentran implicados y, desde el centro de esa realidad, pensar los temas eternos con sinceridad implacable; mantener viva, en incansable clamor, la demanda por el destino esencial del hombre" (1962: 126). Sólo así, nos dice Ayala, es posible "prepararse mediante un disciplinado ascetismo mental a recibir el mensaje de los valores absolutos capaces de salvar la cultura, en el instante preciso en que el giro de la Historia les permita entreverlos".

Ayala se ha referido muy tempranamente, y lo ha reiterado a lo largo de toda su actividad intelectual, a una búsqueda de la realidad esencial, por encima de las diversas contingencias que constituyen el existir mismo: "Lo propio del hombre de letras es escrutar con toda libertad el mundo, preguntarse por los últimos misterios, tratar de descubrir el sentido de la vida humana, el sentido de todo lo existente y ofrecer sus intuiciones plasmadas en obra a la consideración de sus semejantes con objeto de despertar en ellos intuiciones o percepciones análogas" (1958: 61). Es esa búsqueda -en la medida en que se traduce en hallazgos o atisbos- la que dota de permanencia la actividad creativa, y sin resultar incompatible (todo lo contrario) con la atención a los acontecimientos que se desarrollan en torno, traza dos vertientes en su producción escrita: "por un lado, la del comentario encaminado a interpretar el curso de la historia donde me encuentro sumergido, y por otro, la plasmación artística de mis intuiciones acerca de lo que pueda ser la realidad esencial. Esta última vertiente, específicamente literaria, contiene también un sector de tipo teórico-crítico que responde a mi actividad docente, pues la mayor parte de mi carrera profesional ha estado dedicada, como enseñante, a los estudios literarios. Con todo, no he de ocultar -y más de una vez lo he declarado- que es en la creación imaginaria donde creo hallarme en terreno más propio, y donde espero que mis esfuerzos creativos puedan alcanzar alguna perduración. Pero, en definitiva, el conjunto de lo producido y publicado por mí en direcciones diversas presenta una íntima trabazón y remite en último extremo a la individual personalidad del autor" (1990: 11-12). Algo parecido ocurre con el suceder individual, en el que la suma de acontecimientos no puede explicar un sentido último que les subyace y les transciende: "el problema de toda biografía radica precisamente en esto: en la conexión entre los hechos externos, objetivamente comprobables, y el sentido íntimo de la vida individual, que aún para el propio sujeto que la vive está muy lejos de ser transparente". La memoria selecciona, "configura siempre ese pasado en modo selectivo", aunque puede valer el esfuerzo realizado desde instancias subconscientes "por conferir a las experiencias pretéritas una estructura acorde con el sentido profundo de la vida personal" (1988a: 22).

Vemos, pues, que la relación entre obra narrativa y ensayística en Ayala no es accidental, sino esencial; no es algo circunstancial, sino constante e inherente a su escritura. Por ello no nos extraña en absoluto que, casi todos los críticos, coincidan en señalarlo y, cada vez más, se considere esta interacción como fundamental para la mejor intelección de las propuestas y atisbos ayalianos. Estelle Irizarry (1971: 7) -por sólo citar algunos ejemplos significativos- comienza su monografía Teoría y creación literaria en Francisco Ayala con un capítulo titulado "Del estrecho entronque entre la actitud crítica y la imaginativa", cuyas primeras palabras, en las que se engarza el testimonio de nuestro autor, nos parece de interés citar:

"La confluencia de la obra discursiva de Francisco Ayala con la ficticia es un hecho sostenido por él mismo con bastante insistencia. En sus críticas ha señalado el fenómeno en otros escritores: Unamuno, Galdós, Machado, Santayana y Mallea. Sus palabras acerca de la unicidad de este último escritor son reveladoras: "En puridad todo escritor auténtico tiene un tema, y sólo uno, como tiene una personalidad y un acento, un tema que lleva dentro, clavado en la entraña y que se va desplegando de mil maneras a lo largo de su obra y de su vida. Este despliegue sin término da lugar a producciones distintas". No carece de significado que cite Ayala la afirmación de Unamuno: que 'un libro discursivo, como El sentimiento trágico de la vida, es también novela".

Y, en efecto, al igual que ocurre con nuestro don Miguel, la obra discursiva de Ayala tiene mucho de narrativo y, si prescindimos del caracter ficcional de la obra más creativa, nos encontramos ante una pareja calidad de lenguaje y ante un movimiento de ideas y de argumentos que se representan con la misma viveza que los personajes en su acción. Recíprocamente, la obra de ficción de Ayala tiene un soporte sociológico -como el mismo ha señalado- y una capacidad de penetración psicológica y existencial verdaderamente inusuales incluso en las mejores muestras de la narrativa contemporánea.

Irizarry encuentra la unidad básica de la obra de Ayala, cuya ambigüedad e imposibilidad de encasillamento lleva nuestro autor con orgullo (ciertamente pagando el precio exigido por ello en una sociedad que se encuentra cómoda ante los estereotipos), en la motivación de su obra, en su "tema único" que "viene de la sensación de desamparo en un mundo caótico de estrago moral y crisis a partir de la primera guerra mundial, que ha traído un desmoronamiento del equipo de valores por los cuales el mundo occidental se había guiado anteriormente. Esta crisis ha creado un serio desajuste entre la conducta y las ideas, y una angustiosa seguridad acerca de las normas" (E. Irizarru, 1971: 9).

Quizás sería el momento adecuado para deshacer una idea falsa acerca de la obra de Ayala: la de que destila pesimismo o incluso violencia o truculencia. Como afirmó en una ocasión Luis Goytisolo sobre el universo ayaliano, no es ser pesimista afirmar que llueve cuando está lloviendo... Y en ocasiones parece que en este mundo en que vivimos no va a escampar... Por ello, precisamente, la antropología ayaliana está lúcidamente abierta a la esperanza. Pero a una esperanza concreta, realista, no a hueras utopías que exijan al hombre renunciar a su presente en aras de un futuro que tal vez no llegue nunca a existir. Esa esperanza se cifra en el proceso de humanización de la cultura y la educación. Por ello Ayala es uno de nuestros últimos grandes humanistas que nos recuerda (una y mil veces en su obra ensayística y de ficción) que el ser humano se animaliza (recordemos títulos como Muertes de perro o Historia de macacos) cuando se abandona a sus instintos, cuando es incapaz de construir una sociabilidad con las reglas imprescindibles para que se de un juego en el que el ser humano sea lo más libre posible en cada circunstancia concreta, respetando a su prójimo.

La cosmovisión ayaliana -como vemos- es de una riqueza y complejidad verdaderamente desconocidas en nuestro siglo, como también lo son los diversos registros de su estilo: su voz es capaz de modularse desde la ternura y los más delicados afectos hasta el expresionismo de la truculencia, la escatología y de la degradación contemplados con sarcasmo: son modos diversos que coexisten en el mundo en que vivimos, un retablo que no cabe contemplar parcialmente; un diablo mundo en el que también podemos (y debemos) encontrar días felices.

 

Pero si todo lo dicho hasta aquí es suficientemente importante como para hacernos cargo de la magnitud de Ayala, no queremos despedir esta invitación a su lectura -que es, en el fondo, lo único que desea ser- sin añadir algo acerca de su visión sobre nuestro presente y nuestro futuro. Un futuro que vislumbraba, ya en 1990, como Moisés la tierra que no iba a pisar, aun "sin la ilusión vicaria con que el patriarca bíblico vislumbraba un futuro que ya no sería el suyo, pues ciertamente la experiencia vivida en el presente siglo y lo que la historia enseña acerca de los pasados no me permite hacerme demasiadas ilusiones sobre la aptitud del ser humano para reconstruir sobre el terreno de la realidad el Paraíso perdido de sus ensueños" (1990: 11). Pero ese futuro basado en un nuevo orden no podría ser "la utópica felicidad soñada por progresistas de toda laya, pero sí la (promesa) de una existencia humana provista de sentido y orientada hacia el cumplimiento de valores razonables en una sociedad cuyos rasgos particulares son todavía difíciles de anticipar, pero que sin duda se parecerá muy poco a aquella en que hemos vivido hasta el presente" (1990: 22).

Su capacidad prospectiva, su amplitud de miras, le permiten atisbar más allá del radio que nos ofrece la mayor parte de nuestros analistas contemporáneos. Y, sobre todo, ofrecernos fórmulas concisas para el futuro: humanizar a través de la cultura y la educación; proseguir el empeño reivindicador de los derechos de la mujer; acelerar la construcción de las nuevas instituciones que se hagan cargo de la sociabilidad en una civilización planetaria, afrontar las innovaciones tecnológicas con optimismo pero con sensatez... y seguir trabajando por un mundo más justo y más libre...

"Dice Fernando Savater -afirma el Editor de De mis pasos en la tierra- que él, que aún no tiene cincuenta años, querría ser ahora mismo como Francisco Ayala a los noventa: lúcido, irónico, memorioso, dúctil, dotado del sentido del humor de los sabios, viajero, cosmopolita, buen conversador, buen patriota de la patria de la humanidad, un español que transpira inteligencia e inspiración, y que ha aplicado su perspicacia a la literatura y a la vida". ¡Y a nosotros añadimos! Amén.