DON JUAN EN LAS FRONTERAS
INFERNALES
(DON JUAN VISTO POR JOSÉ BERGAMÍN)
Manuel Ángel Vázquez Medel
Catedrático de la Universidad de Sevilla
amedel@cica.es
Leo Weistein, en su Catalogue of Don
Juan Versions recoge los títulos de casi quinientas versiones
de nuestro mito en distintos ámbitos de la creación estética.
Es evidente que, si pudiera establecerse con rigor y exhaustividad -pasadas
varias décadas- dicho catálogo, el número de versiones
sería muy superior. Y no digamos ya de las mil y una interpretaciones
de este singular personaje que ha cruzado los más diversos espacios
culturales desde el claroscuro pre-barroco a la proteica y amable visión
romántica, hasta llegar a las diversas encarnaciones dionisíacas
de afirmación de la voluntad y transgresión, en nuestros días.
Es cierto que no todas las interpretaciones estéticas o ensayísticas
tienen el mismo alcance. Es más:pocas ahondan en los elementos básicos
que constituyen, desde sus primeras formulaciones, este drama entroncado
con dimensiones imaginarias y psicológicas de los seres humanos de
todo tiempo y lugar. Drama de amores y de engaños, de búsquedas
imposibles, de cobardías y de valor, de retos y de muerte, de infierno,
de salvación o de condenación eterna... de soledad y agonía...
José Bergamín (1895-1983), que sabe del misterio que afronta cada hombre al abandonar la infancia y tener que creer en la realidad dolorosa de este mundo; que cree en ese espacio infernal en cuyos límites contempla al contraluz la figura de Don Juan, sí tiene algo nuevo que decirnos. Sus matices son sutiles y no se refieren a una interpretación orgánica o integral de nuestro Don Juan. Bergamín no entra en los complicados vericuetos de los antecedentes de nuestro personaje-mito, que algunos retrotraen al Romancero ("Pa misa diba un galán..."/ "En la corte de Madrid..."); ni se preocupa demasiado por los antecedentes de Tirso, ni por las distintas versiones previas al XIX. El suyo es, como veremos de inmediato, un Don Juan más romántico que barroco, fascinantemente byroniano, definitivamente zorrillesco. Pero será, sobre todo, tras su propia interpretación, un Don Juan bergamasco. Un Don Juan en contrapunto (o, más castizamente, "a contrapelo") que no escapa a la ley esencial que Bergamín formula y asume:"Un mundo de verdad implica otro mundo de mentira, ilusión o irrealidad, que lo verifica porque lo miente. Si al primero le llamamos -porque así lo creemos- de realidad y certeza, llamaremos al otro de irrealidad o ilusión o sueño. Porque, a su vez, este otro mundo irreal implica, como el real, su correspondiente y su contrario"1
. Un mundo, una vida y una verdad que valgan la pena ser experimentados, vividos y sostenidos, requieren otro mundo, otra vida y otra verdad:esto es lo que Bergamín pide a toda gran creación artística. Él nos ayudará a ver perfiles y aspectos de Don Juan que escapan a otras miradas. En su interpretación se nos ofrece un Don Juan `excéntrico'; esto es:alejado de supuestos `centros' de interpretación válida y única. Y un Don Juan que, en última instancia roza lo litúrgico y sacramental.
Intentaremos atisbar -en las páginas que siguen- qué dimensiones del ser quedan establecidas en la morada verbal (Heidegger) que construye su mito; qué entresijos de amor y de destino constituyen la trama y la urdimbre de un drama que Bergamín considera radicalmente español y esencialmente andaluz. Bien es verdad que el propio Bergamín, a fuerza de arañar los límites del misterio, a fuerza de buscar más que una liturgia de la razón, una liturgia del sentimiento, terminó desplazando lo español fuera de su propio ámbito... Tal vez debamos aprender con Bergamín y en Bergamín que sólo el pensamiento contradictorio puede aprisionar fragmentos de una verdad en relieve que se nos escapa:"Cervantes trazó en la figura quijotesca algo que no fue ni puede ser nunca singularmente español; y muchísimo menos manchego (los locos manchegos se suicidan tirándose a un pozo). Ni Don Juan Tenorio tampoco tiene nada de exclusivamente español, andaluz o gallego, aunque nos lo parezca tanto. Pero sea o no cierto lo que digo, sus figuraciones poéticas tienen su realidad de verdad para nosotros en un mismo sentido misterioso de la vida:el cristiano. Porque si no hay quijotes ni donjuanes posibles, ni en España ni en niguna parte, Quijanos o Quijadas y Tenorios los hay y puede haber siempre en todas"2.
Inclasificable Bergamín.
En la presentación al número monográfico que Revista de Occidente dedicó a José Bergamín, Nigel Dennis insiste en el carácter inclasificable de nuestro escritor:no sólo por la "envergadura y variedad de una obra literaria que va desde el ingenioso apunte aforístico y el esbozo dramático hasta el ensayo largo e intrincado y la mesurada reflexión en verso", sino por el carácter multidimensional de su impulso creador, por el hecho de que "no puede, ni debe, considerarse exclusivamente como escritor", ya que conviene no perder de vista "entre otros, al pensador original (apasionado, heterodoxo...), ni al activista cultural (creador de revistas y editoriales...) ni al comentarista político (disidente empedernido...), ni al maestro de aprendices". Se trata, por todo ello, de "una figura que, desde su radical independencia, utilizó la palabra no sólo como vehículo de elegante auto-expresión sino también como arma de combate para ahuyentar a los fantasmas -reales o imaginarios- que intentaron silenciarle"3
. Constituye Bergamín un caso verdaderamente singular en nuestra historia literaria, y no faltó razón al jurado de Litoral que le proclamó, allá por 1977, como el perfil más completo de esa generación del 27 de la que se le margina y que a él -republicano hasta su muerte- gustaba llamar "Generación de la República".
Desde el fondo de su palabra, Bergamín se levanta con toda nuestra cultura a sus espaldas, con una autenticidad que nos hace olvidar sus ocasionales y pintorescas defensas de causas imposibles (y posiblemente injustas). Y ocupa, por méritos propios, un lugar de honor en esa nutrida nómina de nuestros intelectuales que vivieron y sufrieron España con amargura:"¿Es en la muerte donde nuestra España más nos duele? Pues ¿ha muerto España, como de Dios se dijo un día, como ahora se ha empezado a decir del hombre? ¿Muerto el pueblo español? Allá, en la entraña desangrada, desgarrada de una España eterna, por temporal, por pasajera, por histórica, sentimos un dolor, un gran dolor los españoles"4
Muy acertadamente indica Francisco Ayala5
a propósito de El disparadero español: "de crítico se ha calificado a Bergamín, no sabiendo qué hacer con tan raro talento; crítica es toda su producción, en cuanto que disocia, analiza, descompone, recompone luego en síntesis sorprendentes, y muestra de las cosas tan pronto el revés, lo oculto por deficiencia, como la magnificencia oculta por desconocimiento o por escrúpulo y gracia". Es, en efecto, ese espíritu crítico, esa capacidad asociativa y disociativa -esa rara facultad de mostrarnos aquello a lo que estamos acostumbrados desde otra perspectiva- la que preside la interpretación "bergamesca" de Don Juan.
Don Juan, en los orígenes.
¿Cómo y cuándo aparecería en el firmamento de temas y personajes de Bergamín Don Juan? Es difícil saberlo, pero es cierto que su presencia debió ser muy temprana, en sus diversas versiones (fundamentalmente, Tirso, Byron y Zorrilla). Como la presencia de Lázaro o la de Celestina, como la del mundo de Cervantes o de Lope, como la del Segismundo de Calderón, la del Fausto de Goethe, Don Juan va acrisolándose en el recipiente de la vida, y acompaña a Bergamín hasta sus años finales.
Ya en su primera obra aforística (¡tan poética!), El cohete y la estrella (1923), hace su temprana aparición Don Juan, en una especie de quintaesencia dramática interpretativa:
"DON JUAN.- Acto I. Escena única:
La mujer:¿Sí o no?
Don Juan:No.
Acto II. Escena única:
La estatua:¿Sí o no?
Don Juan:Sí. (Le da la mano afectuosamente.)
Epílogo en el cielo:
El Señor (a Don Juan):Yo no te digo que digas que sí ni te digo que digas que no; te digo que si quieres que te cuente el cuento que nunca se acaba...
(Don Juan se duerme. Y el Diablo se ríe
de la mentira... Coro de Ángeles cantando:Gloria a Dios en las
alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad)." .
Más adelante añade:"DON JUAN no cambia de parecer más que una sola vez en su vida.
NINGUNA o cualquiera - piensa don Juan."6.
Don Juan, enfrentado al arquetipo, mujer o estatua. Don Juan, reducido a la elección esencial:Sí o No. Don Juan acunado en el cielo por el cuento que nunca se acaba, más allá de toda elección, mientras el diablo ríe y los ángeles cantan. Nada hay de costumbrismo o pintoresquismo en el Don Juan bergamasco:todo es en él metafísico y desdramatizadamente trágico (valga la paradoja). Es difícil ofrecer con mayor concisión los dos grandes referentes del mito de Don Juan:por un lado, su relación como burlador (o como seductor) con las mujeres (ninguna o todas, tal vez porque busca más allá de lo que hay en cada una, y termina encontrándolo en doña Inés); por otro, su osadía (o su valor) ante la muerte... ¿Don Juan en los infiernos? En el cielo se duerme, mientras el Diablo se ríe de la mentira...
Don Juan, ante la muerte.
Para Bergamín la tradición verdadera, que "suele parecer revolucionaria" quiere decir "que hay que terminar lo que estaba bien empezado, continuar lo que vale la pena continuarse"7
. Por ello extrae de la tradición hispánica los más importantes elementos de su pensamiento y de su universo simbólico. Hemos de descubrir en él, siempre, un doble movimiento:interpretación de los grandes referentes míticos y continuación de lo que potencialmente estaba apuntado en ellos. En nuestro autor está de más querer encontrar una interpretación "arqueológica", que apunte al sentido originario del espacio simbólico. Bergamín parte siempre de una intensa interpretación y de una voluntad perfectiva de los potenciales significativos apuntados:"Cuando pienses, mejor o peor, no lo hagas nunca a medias./ No pienses nada o piensa hasta el fin. ¡Qué pocos se atreven a seguir hasta el fin su propio pensamiento!" 8
¿Cuál es el pensamiento de Bergamín? Sin duda, como en todos los grandes autores, la muerte. O, mejor, la actitud ante la muerte:"el valor verdadero es una actitud espiritual ante la muerte"9
. Y es esa actitud espiritual, que en él se nutre de ese catolicismo heterodoxo y progresista que profesa, la que él persigue en la construcción de su universo literario.
Jorge Sanz Barajas, en su artículo "Goethe en Bergamín" afirma que "demonio, muerte, infierno" es el subsuelo infernal sobre el que late el pensamiento bergamasco:"un espacio cuyas certezas atrapa Bergamín en lecturas de Goethe, Max Jacob, Chesterton, Bernard o Unamuno", y en el que, en caso de que la fe no despierte la esperanza, se establece la disyuntiva de perderla definitivamente en las puertas del infierno o encontrar la fe en el camino de la superstición, que es el del diablo. "Sin embargo -añade- el caso de Don Juan, el Hermano Juan de Unamuno, la mantiene porque persevera en su teatral tragedia su carácter apolíneo y demoníaco:por ello se mantiene católico Don Juan, por su superstición en el diablo, y porque no se le puede negar su carácter demoníaco a riesgo de confundirlo, tal y como se dice en el aforismo bergamasco de El cohete y la estrella (1923):`Negación de lo negativo, ¡Don Juan artificial!'"10
Don Juan en los infiernos.
En ese volumen verdaderamente excepcional que es Fronteras infernales de la poesía, Bergamín señala con acierto el núcleo de toda verdadera poesía:la muerte. "Trazando la naturaleza y figuración fronteriza de la poesía -nos dice-, encontramos en sus fronteras una sola letra inicial por las que todas sus definiciones nominales comienzan: letra inicial que es la de la muerte. Cuando la poesía vuelve sobre sí misma su propio sentir y sentido, cuando se ensimisma, se concentra, definiéndose, limitándose, trazando sus fronteras, por su propia magia o metafísica, mística, moral o música, que la encierra en círculos concéntricos definidores de ese ensimismamiento, como cuando se enfurece y halla fuera de sí aquel mismo sentir y sentido que buscaba dentro, la poesía se pregunta por la muerte. Dentro o fuera del hombre, esa es la línea definidora de la poesía"11
Bergamín realiza su recorrido a través de "cuatro parejas de sombras infernales" (Séneca, Dante, Rojas, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, Sade, Byron) que van acompañadas de Nietzsche. "En estos nueve siento verdaderamente una vida eterna", afirma Bergamín. Una vida eterna en la que la única alternativa posible al infierno es la cruz y, en ella, el Cristo crucificado:"Cristo en la cruz sigue siendo el símbolo más sublime". Son las últimas palabras del volumen.
Es evidente que, en estas fronteras del infierno y de la poesía, no podía faltar Don Juan. Pero este Don Juan -como Harold, Manfredo o Caín- es aquí una de las máscaras de Byron. Una máscara a la que Bergamín atribuye el sentido de la autenticidad, tanto con el personaje como con el autor (a quien le venía justa, "tan ajustada, que vive con ella en el rostro sin sentirla"):"Las dos características del Don Juan español de Tirso, las que componen la figura visible de Don Juan, las que riman su genio, su garbo, su "española arrogancia", su brío espiritual:la virilidad y la gracia, están enteramente captadas por la profunda intuición donjuanesca byroniana"12.
Nos encontramos ante un Don Juan que ha dejado de ser el pelele arlequinesco italo-francés-alemán:
"¡Conciencia luminosa de su -iba a decir nuestro- Don Juan! Byron debió contagiarse en Sevilla y Cádiz, no sólo de aquel duende andaluz, que tan bien coincidía, por el canto, con el hondo gemido, lamento, imprecación, de su voz más viva, sino de ese mismo duende, por los ojos musarañeros de las bailaoras moriscas o gitanas. Y esta gracia la tiene, al injertarse en la farsa veneciana la comedia española, su, en más de un aspecto, no imitado sino contagiado españolísimo Don Juan. Es la única máscara de Don Juan, en Europa, la de Byron, que, a pesar de pasar por Venecia, o precisamente por pasar por ella, al filtrarse por las maravillosas irisaciones de luz de sus espejismos, deja de ser el triste pelele arlequinesco italo-francés-alemán"13.
Para Bergamín el Don Juan de Byron se caracteriza, en palabras del poeta inglés, por su naturalidad y su adaptabilidad, por vivir "perfectamente bien en todas las esferas sociales:hallábase contento y satifecho del campo, a bordo de una embarcación, en los palacios y en las cabañas; tenía esa feliz serenidad del alma que jamás se altera, y aceptaba siempre con modestia la parte que le correspondía en las penas o en los placeres; sabía, además, sostener sus relaciones con todas las mujeres, sin la afectación ni la fatuidad de los hombres afeminados"14.
Este Don Juan que sabe oír a las mujeres y que bailaba como un bolero personificado, se estrella en el escollo del vacío amoroso que busca ser llenado en el corazón de las damas:"Pero el Don Juan de Byron -añade Bergamín15
-, como el de nuestro Tirso original, llega siempre a la playa después del naufragio; a una playa donde le aguardan siempre amorosos brazos desconocidos. Ningún Don Juan tan hoja en el viento como el byroniano, tan fuerza del sino, tan a la ventura de verdad; tan juguete del viento de verdad, tan de verdad Don Juan". Nos quedamos, finalmente -como el inacabado poema de Byron- en las puertas mismas del infierno. Allí, en un juego de máscaras, Don Juan se nos va transformando en Byron y Byron en Euforión por la mano de Goethe, y uno y otro convocan a ese Nietzsche que siempre late en el trasfondo de Fronteras infernales de la poesía: "Byron-Euforión abriendo el siglo XIX con tan radiante luz, anuncia con ella la profunda tenebrosidad en que van a envolvernos, al final de él, sus poderosas sombras. La voz de Nietzsche salta como la sangre de una herida de esos tenebrosos abismos".
Don Juan -no deja de ser curioso- aparece como un referente mítico que se gesta en la modernidad remota e incipiente y que llega, de la mano del romanticismo y de la modernidad triunfante hasta las fronteras mismas de la crisis de la modernidad, del nihilismo, de la desfundamentación. Es muy posible que Bergamín no llegara a alcanzar una explícita conciencia de tan curioso fenómeno. En el juego en el que se enfrenta la idea (premoderna) del destino humano basada en la providencia al progreso como nuevo horizonte de lo humano en la modernidad y a la consumación nihilista en la crisis de ella, Bergamín quiso añadir y hacer compatibles progreso y desfundamentación al fundamento providencialista de su sincera, crítica, controvertida fe católica...
Y en dicho marco -que se hace explícito
en la voluntad de cooperación entre marxismo y cristianismo- aparece
de nuevo Don Juan:"el diálogo adopta la forma y los arquetipos
literarios que le son más queridos, entre ellos las figuras alegóricas
de Don Quijote y Don Juan:el sueño cristiano superracional y el sueño
racional de absoluto del hombre moderno./ El cristiano es un loco que sueña
en Dios porque tiene hambre de él, mientras que Don Juan -el comunista-
sueña con un mundo racional porque ama el mundo. Su razón
de amor se opone a la sinrazón amorosa del loco cristiano (...) A
la creencia del Don Juan comunista de que el Quijote cristiano es un desengañado
del mundo, responde este último que, al igual que su interlocutor,
es un desengañado de Dios" 16. La posibilidad de hacer compatibles ambas verdades, la
de Don Juan y la de Don Quijote se percibe en la frase que éste dice
a aquél a la vista de Sancho-Pueblo:"Llevémosle, amigo,
nuestras verdades juntas como una sola, la entera verdad, la sola verdad
que espera".
Don Juan, de Zorrilla, vivo en el universo de la ficción.
Al comienzo casi de esa extraña y espléndida película que es Los Ángeles exterminados, de Michel Mitrani, en la que Bergamín teje la España de la luz y la España de las sombras en la palabra viva de Manrique, Cervantes, Lope, etc., cruza, fulgurante, Don Juan. A propósito de él se nos recuerda -con Unamuno siempre al fondo- que de los grandes personajes de la ficción no se debe preguntar si existieron, sino si existen, si obran, mientras los soñamos -y nos sueñan.
Don Juan, para Bergamín, es un personaje extraordinariamente vivo; sólo podría hablarse de él como mito en la medida en que ayuda a fundar nuestra propia experiencia de la realidad. Sobre todo, la experiencia de la soledad. Como se nos recuerda en la cubierta de la primera edición de Lázaro, Don Juan y Segismundo, "Lazarillo, Don Juan y Segismundo como Don Quijote nos dicen soledades de España. Soledad de soledades, cantar de soledad al fin y al cabo nuestra poesía y pensamiento más íntimo español".
Don Juan pertenece, pues, a esa lucha conflictiva de Bergamín con España y lo español:Peregrino en su patria, habitante del Laberinto de la soledad, oyente sutil de la música de la piedra, Bergamín ha visto una y mil veces reflejado el desengaño en el azogue del espejito de la muerte... Una de sus irisaciones se puede llamar Don Juan.
He aquí una clave, si no inédita, bastante inusual en la comprensión de Don Juan:una soledad andaluza y romántica llevada a los límites mismos de la muerte. Por ello, al recordar la celebración del culto a los difuntos con el "drama religioso-fantástico" de Zorrilla, "al que llamó por eso Unamuno, misterio. Al que calificó, tan justa como ajustadamente Azorín, de `el drama más excelso de todo el teatro español'", Bergamín nos dice:"Estamos, con esos versos (que indudablemente recuerdas, lector, ahora) al final del drama religioso-fantástico, excelso y maravilloso, de Zorrilla, cuando Don Juan, como un torero -como lo que es, en definitiva, el burlador y burlado Don Juan- grita a sus espectros y fantasmas mortales:
"¡Dejadme morir en paz
a solas con mi agonía!"
¡Morir en paz y en agonía!... ¡Paradoja al canto! -que exclamaría regocijado el inolvidable don Miguel- Sí, claro -y oscuro-; porque este es otro canto, siendo el mismo y el mismo cuento:el de la soledad. Este es ya otro cantar. Cantar andaluz -y romántico (barroco-romántico, desde Tirso a Zorrilla)- de soledad. De humana y divina soledad"17
Bergamín no oculta su fascinación por el drama de Zorrilla, de cuyos siete actos no se sabe cuál es mejor ("los siete son mejores:inmejorables"), cuyas dos partes compara en la dificultad de elección a la que presenta El Quijote, y cuya dimensión religioso-fantástica y misteriosa pone en paralelo con el Entierro del Conde de Orgaz. Por si nos quedara alguna duda, añade:"Todas estas comparaciones pueden hacerse, y hasta deben, para ir acostumbrando a los españoles a situar críticamente el Don Juan Tenorio, de Zorrilla, al verdadero nivel, estético y poético, moral y religioso, que le corresponde. En justa equivalencia, decimos, de las obras novelescas y dramáticas de más alta y más honda significación espiritual de la literatura española:El Quijote, La vida es sueño, La Celestina. Que a esa altura -y a esa profundidad- de significado español se encuentra el famoso y popularísimo "misterio" de Don Juan Tenorio" 18
Bergamín recrea en un hermoso texto ("Las estrellas solitarias") el acto quinto de Zorrilla, y ve a Don Juan ante su "trágico destino inmortal". Un Don Juan reconocido no a la luz de la luna, sino de las estrellas, aquellas que ya aparecen en Tirso:
"¡Estrellas que me alumbráis
dadme en este engaño suerte,
si el galardón es la muerte
tan largo me lo fiáis!"
Sutilmente, destaca cómo el tema del plazo se acorta en Zorrilla, se hace breve y perentorio:"El galardón en la muerte no se hará esperar. Entretanto, don Juan desespera". Pero no de su estrella:"Don Juan tenía una estrella sola que se apagó. Ahora es una sombra. Se llama doña Inés. Estrella de sombra que salvará con su mano de sombra, deshaciendo el hechizo diabólico, infernal, de la mano de piedra, a su enamorado don Juan..."19
Esta escena nocturna del quinto acto es interpretada por Bergamín muy acertadamente, como un canto sublime de soledad:la soledad que halaga, la soledad con acentos de íntima lejanía, andaluza (soleá) y romántica de un pueblo que, sin saber del todo por qué, se reconoce en las escenas del cementerio a la luz de la luna, "las más conmovedoras, más hermosas, más excelsas efectivamente, de la poesía dramática romántica, española y universal"20
Parece como si Bergamín se impregnara del más hondo espíritu romántico al enjuiciar el Don Juan Tenorio, para el que reclama la autoría poética del pueblo:"El -el pueblo- ha dado el ser a ese mundo invisible de las tradiciones religiosas, que puede llamarse el mundo de la mitología cristiana. El, inspiró al sombrío Dante el asunto de su terrible poema. El dibujó a Don Juan. El soñó a Fausto..."21
Ese Don Juan dibujado por el pueblo, pero pintado y repintado tantas veces, recibe de Bergamín un generoso regalo de restauración:en lugar de retocar aquí y allá, retira las capas de pintura (y de mugre) que se han ido adhiriendo con el tiempo. Al final nos queda el Don Juan que, como Cervantes en el coloquio de Cipión y Berganza, pide "un poco de luz, y no de sangre", pero que escribe con sangre su lema vital:"importa no estar dormido".
Pero... ¿no está dormido Don Juan? Volvamos al principio. Recordemos ese boceto en escorzo de Don Juan en El cohete y la estrella y su conclusión:"(Don Juan se duerme. Y el Diablo se ríe de la mentira... Coro de Ángeles cantando:Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad)". El Don Juan de Bergamín aparece siempre en contraluz, en juego paradójico o en negativo:así, quien contesta a la pregunta "¿Quién eres?" del Rey con un cínico "¿Quién ha de ser?/ Un hombre y una mujer" es el que lleva al límite la singularización de ese genérico hombre (Don Juan) y esa genérica mujer (Doña Inés), quien nos hace comprender la radical soledad; quien hizo del "qué largo me lo fiáis" el leit motiv de una transgresión cuyo castigo ve aplazado en el horizonte, es quien nos lleva, en desafío, al umbral mismo de lo que no admite aplazamiento, de la muerte... ¿Tal vez habría que dar un paso más allá? ¿Don Juan más allá de la hybris, más allá de la transgresión del horizonte que limita lo humano? ¿Don Juan diabólico o divino? Hemos de ver, aún, a Don Juan regresar de los infiernos. Y, sin embargo, Bergamín cree que una de las dimensiones más hermosas del Don Juan de Zorrilla está en la salvación que se propicia, a través de la teología sacramental de la penitencia, en ese "caer para levantar" que convierte -como la entraña misma de la poesía- un instante eterno en un momento histórico, e impide que la mano de Ulloa le arrastre al infierno22.
Don Juan y Don Quijote, en las puertas del infierno.
El pensamiento de Bergamín -que tanto debe a Unamuno- se construye por relaciones y contrastes. No olvidemos el subtítulo de Cruz y Raya:"Revista de afirmación y negación". Como quedó dicho, para Bergamín comprender la tradición es llevarla al límite, volverla de revés para comprender plenamente su derecho. Y esto es lo que él hace con la figura de Don Juan:ponerla cara a cara con Don Quijote, en el lugar bergamasco por antonomasia:las puertas del infierno.
En la película de Michel Mitrani Máscaras y Bergamascos (que es en el fondo un retrato del propio Bergamín, quien deambula por la pantalla como un esqueleto o como una sombra) encontramos, puesto en imágenes, un texto de extraordinaria riqueza y numerosos matices en relación con Don Juan, que transcribimos íntegramente con alguna anotación.
Bergamín camina por una calle de París, hacia su casa. Hermosas puertas de madera (que serán luego las puertas del infierno) le hacen desaparecer tras decir:"Hace tiempo imaginé un diálogo entre Don Quijote y Don Juan, y era un diálogo que tenía lugar a las puertas del infierno. Don Juan sale del infierno, abandona el infierno, y Don Quijote quiere entrar. Don Quijote para destruirlo, y Don Juan quizá para reafirmarlo eternamente".
En un escenario simple, pero cargado de simbolismo, aparecen tres figuras:Don Juan a la izquierda de la pantalla, Don Quijote a la derecha, ambos en pie y de espaldas, y en el centro, sobre un pedestal, sedente y silencioso, con una difusa iluminación blanca que contrasta con el fondo rojizo y los claroscuros de las figuras laterales, Segismundo. Al fondo, las puertas del infierno cerradas, iluminadas de rojo. Don Juan y Don quijote se vuelven lentamente hacia el frente.
Don Juan:Soy valiente y tengo un gran corazón.
Don Quijote:Si tú tienes un gran corazón, yo tengo un alma grande. No sé qué duele más.
Don Juan:Tú sueñas con el hambre, yo tengo hambre de soñar
Don Quijote:Tú necesitas razones de amor.
Don Juan:Tú, razones amorosas.
Don Quijote:El loco no soy yo, sino el otro. Fue él quien por bondad me dejó morir de melancolía.
Don Juan:Solo, solitario y vacío. ¿No estás desilusionado con el mundo?
Don Quijote:Como tú, desilusionado con Dios. ¿No ves que nuestras sombras se confunden en una sola, muy profunda? ¿No oyes el chapoteo del agua muerta? Regresamos del infierno, en cuyas puertas invisibles nos hemos encontrado.
Don Juan:Tú porque querías entrar, yo porque quería salir.
Don Quijote:El hombre no debe burlarse de su alma.
Don Juan:Ni el alma del hombre. Si el infierno es la muerte, ¿por qué has venido a su encuentro? ¿Para liberar a sus cautivos?
Don Quijote:El infierno es la muerte inmortal, por eso está vacío.
Don Juan:Como se dice, lleno de su vacío.
Don Quijote:Como el hombre en la tierra.
Don Juan:¿Qué hay allá en la otra orilla que se aparece a un hombre o a un animal?
Don Quijote:Un hombre y un animal. Mi fiel escudero con su burro.
Don Juan:Desde la otra orilla no verá más que una sola sombra, la del barquero de la muerte. Lo que representamos es una falsa realidad, señor Don Quijote. Porque si vuelve del infierno, si regresa de la muerte, podemos decirlo delante de la estrella de la mañana.
Don Quijote:De la mañana que es también la agonía. Y arde lentamente entre dos fuegos subrayando con sangre la esperanza.
(Don Juan y Don Quijote se vuelven hacia las puertas del infierno. En un plano total vemos a Segismundo recostado ante las puertas de la muerte). Una voz en off pregunta:
- ¿Y qué dice este héroe encadenado para quien la vida no parece ser más que un sueño?
La voz de Bergamín responde:
- Si continúa soñando o diciendo que cree que sueña, es la salida más fácil para hacer el bien o el mal sin responsabilidad directa. Por eso se ha convertido en rey.
(En este momento aparecen, sobre una de las gorgonas de las puertas iluminadas de rojo, los títulos del film:Reportaje sobre un esqueleto. Máscaras y Bergamascos).
Siguen, en palabras de Bergamín, esas espléndidas reflexiones sobre el esqueleto como lo más interior y más vivo, como lo que nos sostiene y queda invisible. También, su teoría de las máscaras, la máscara que cubre esa otra máscara que es el rostro, las máscaras que existen para que podamos desenmascararnos... Y ese recuerdo sobre el origen de su apellido, que procede de Bérgamo y que le hace pensar en el arlequín bergamasco, el arlequín negro, sin color, cuya máscara es su propio esqueleto... El resto -lo podemos imaginar- una lúcida (y deshilvanada) sucesión de diálogos por los que cruza el problema de la unicidad y la pluralidad, de la fe, de perder o ganar, de la realidad y las apariencias... Un compendio, en suma, del universo temático de Bergamín.
Pero ahí, en el pórtico, estaba Don Juan. Cara a cara con Don Quijote. En las puertas del infierno. ¿Don Juan en las fronteras del caos...?
En las páginas finales de una interesante obra23
que apunta hacia uno de los ingredientes claves del nuevo paradigma en constitución -la caología- aparece Don Juan, sobre el trasfondo nietzscheano que opone lo apolíneo a lo dionisíaco, el orden y el equilibrio al desorden, el exceso y la efervescencia. Y en ese contexto, se nos precisa el valor de los referentes míticos en sociedades de tradición y en las nuevas sociedades modernas:"En las cociedades de la tradición, el mito proclama el orden, pero a partir del caos, del desorden que él contribuye a ordenar y a dominar sin fin. Con la irrupción de las modernidades en el curso de la larga historia de las civilizaciones y las sociedades occidentales, aparecen nuevos temas y figuras, todos vinculados con el movimiento, la superación". Balandier recuerda tres figuras míticas que expresan la confrontación del orden y del desorden, de la necesidad y de la libertad, de la violencia fundante y la violencia devastadora:la idea fáustica de lucha y fuerza, que excede el horizonte individual; la idea prometeica de emancipación colectiva de los dioses y consecución de los instrumentos para el progreso... Y, en este contexto, aparece nuestro Don Juan:"Con la figura de Don Juan se encuentra exaltado el rechazo individual de todo orden; es la elevación de la transgresión al estado de valor supremo, aun a costa de la venganza divina. La seducción sin límites, el libertinaje y las contraconductas se traducen en un desafío llevado hasta el riesgo extremo:la muerte, último enfrentamiento en el cual la libertad absoluta del individuo está enfrentada con la Ley, el Comendador, en plena conciencia de que éstos quieren someterla".
Con estas palabras hemos entrado en otra interpretación de Don Juan que complementa la de Bergamín, pero que también nos lleva más allá de las fronteras infernales de la poesía... Y de las de nuestra reflexión.
REFERENCIAS
Ayala, F. (1989):Las plumas del fénix. Estudios de literatura española. Madrid, Alianza. Recoge "El Disparadero español" (1940) y "Bergamín, el esquinado" (1983).
Balandier, G. (1988):El desorden. La teoría del caos y las ciencias sociales. Elogio de la fecundidad del movimiento. Barcelona, Gedisa, 1989.
Bergamín, J. (1923):El cohete y la estrella. Madrid, Índice. Citamos por Bergamín, J. (1984).
Bergamín, J. (1933):La cabeza a pájaros. Madrid, Cruz y Raya. Citamos por Bergamín, J. (1984).
Bergamín, J. (1959):Lázaro, Don Juan y Segismundo. Madrid, Taurus.
Bergamín, J. (1959b):Fronteras infernales de la poesía. Madrid, Taurus.
Bergamín, J. (1972):El clavo ardiendo. Barcelona, Aymá, 1973.
Bergamín, J. (1973):Beltenebros y otros ensayos sobre literatura española. Barcelona, Noguer.
Bergamín, J. (1974):Cruz y Raya. Antología. Pról. y selección de J. Bergamín. Madrid, Turner.
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4 Bergamín, José:Lázaro,
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5 Ayala, Francisco:Las
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6 Bergamín, José
(1923):El cohete y la estrella. Madrid, Índice. Citamos por
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1984, pp. 77-78.
7 Bergamín, José:
El cohete y la estrella. Madrid, Cátedra, 1984, p. 79.
8 Bergamín, José:
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9 Bergamín, José:
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10 Revista de Occidente.
Bergamín en su centenario. Nº 166, marzo 1995, p. 90.
11 Bergamín, José:Fronteras
infernales de la poesía. Madrid, Taurus, 1959, p. 9.
12 Bergamín, José:Lázaro,
Don Juan y Segismundo. Madrid, Taurus, 1959, p. 187.
13 Bergamín, José:Lázaro,
Don Juan y Segismundo. Madrid, Taurus, 1959, p. 186.
14 Bergamín, José:Lázaro,
Don Juan y Segismundo. Madrid, Taurus, 1959, pp. 187-188.
15 Bergamín, José:Lázaro,
Don Juan y Segismundo. Madrid, Taurus, 1959, p. 189.
16 González Casanova,
J.A.:Bergamín a vista de pájaro. Madrid, Turner, 1995,
p. 172.
17 Bergamín, José:Lázaro,
Don Juan y Segismundo. Madrid, Taurus, 1959, pp. 54-55.
18 Bergamín, José:Lázaro,
Don Juan y Segismundo. Madrid, Taurus, 1959, pp. 56-57.
19 Bergamín, José:Lázaro,
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20 Bergamín, José:Lázaro,
Don Juan y Segismundo. Madrid, Taurus, 1959, p. 60.
21 Bergamín, José:Lázaro,
Don Juan y Segismundo. Madrid, Taurus, 1959, p. 70.
22Bergamín, J. (1972):El
clavo ardiendo. Barcelona, Aymá, 1973, p. 99.
23 Balandier, Georges.
(1988):El desorden. La teoría del caos y las ciencias sociales.
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