LOS SIGNOS DE LA
VIOLENCIA /
LA VIOLENCIA DE LOS
SIGNOS
(Una reflexión contra
el racismo, la xenofobia y la intolerancia)
Manuel Ángel Vázquez Medel
Universidad de Sevilla
Hay quienes aún piensan que la
semiótica, esta reflexión crítica sobre los sistemas simbólicos de los que
formamos parte y que nos constituyen, es un ámbito abstruso, complicado...y en
el fondo inútil. Yo, muy al contrario, estoy convencido de que la semiótica es
un saber para la vida, una teoría crítica de la cultura, un lugar de encuentro
interdisciplinar y fecundo en el que reflexionamos sobre las grandes cuestiones
del presente. En un momento de encrucijada como el actual, en el que lo humano
se redefine en un contexto de turbulencias sociales desconocido en el pasado,
en el marco de una globalización inevitable pero que no ha de construirse
necesariamente desde las premisas del pensamiento único y globalitario que
supedita todos los órdenes de la vida a un economicismo ciego y a un mercado
salvaje... en este momento la semiótica es más necesaria que nunca. Y lo es,
sobre todo, para recordarnos que los signos no son realidades externas a
nosotros; que, muy al contrario, pueblan nuestra mente. Constituyen el alimento
que respiramos o del que nos nutrimos en esa semiosfera que es más que
una metáfora cultural. A través de los signos circula el poder y la violencia.
1. De los signos de
la violencia a la violencia de los signos.
“Un
incendio con señales de atentado causa diez muertos en un refugio de extranjeros
en Alemania”; “Inmigrantes ilegales devueltos en avión a África y drogados en
el trayecto”; “Joven marroquí asesinado de un disparo por la espalda en
Madrid”; “Las casas de familias gitanas devastadas por el fuego provocado...”
Podríamos seguir: son algunos titulares recientes de los medios de comunicación
(y que me temo seguirán apareciendo en años próximos) que ponen de relieve la
existencia de una sociedad enferma. Son los signos, los síntomas, las
manifestaciones de una grave patología social: de una sociedad del riesgo y de
la amenaza. De una sociedad confundida que se debate -en los límites del caos-
en la búsqueda de nuevas fórmulas que hagan posible y viable una vida humana
digna. En la encrucijada de los procesos de globalización y de afirmaciones
identitarias de todo tipo, que en ocasiones se convierten en manifestaciones de
exclusión.
Los
hechos referidos, y otros de la misma índole, revisten en sí mismos una
extraordinaria gravedad. Sin embargo no nos podemos quedar en ellos. Apuntan
hacia raíces más profundas, hacia otras causas latentes de implicaciones
múltiples (psicológicas, sociales, económicas, políticas, culturales, religiosas,
etc.) que deben ser discernidas y a las que habrá que aplicar tratamientos
diversos. Al igual que en el caso de las disfunciones y patologías
individuales, el cuerpo social en su conjunto reclama diagnósticos ajustados,
pruebas que los confirmen, pautas de discernimiento diferencial y propuestas de
terapias eficaces que no queden en meros tratamientos sintomáticos, sino que
desciendan a la etiología misma: a las causas que provocan estos males y
desajustes.
Por
ello es importante que sepamos escrutar
los signos de la violencia en el universo de lo humano y en sus tres
esferas fundamentales de lo individual, lo social y el ecosistema natural. Como
afirma Felix Guattari, la búsqueda de un ámbito de vida digno debe realizarse
en esos tres dominios ecológicos tan profundamente interrelacionados: la
ecología de la mente, que busca el equilibrio, la homeostasis de cada sujeto en
situaciones muy cambiantes; la ecología social, que debe establecer nuevos
modos de interacción colectiva; la ecología medioambiental, que regula la
relación de los seres humanos con todo un entorno que nos constituye y del que
formamos parte.
Parafraseando
a Marx podríamos decir que “Un fantasma recorre Europa...” es el fantasma de la
xenofobia, del rechazo de lo ajeno. El manifiesto Contra el racismo y la intolerancia de la Asociación Pro-Derechos Humanos de Andalucía de hace unos
años comenzaba recordando: “En las pasadas elecciones europeas, cerca de diez
millones de personas votaron partidos racistas (...) cuando se cumplen
cincuenta años del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando se creía
arrinconado en la historia el recuerdo trágico del nazismo, el impresionante
ascenso de ideas y comportamientos racistas y xenófobos por toda Europa ha
hecho sonar muchas sirenas de alarma”. Esta situación se ha agravado aún más en
los años posteriores.
Uno
de los últimos informes de Amnistía Internacional (1997: 13) se inicia con una
introducción titulada: “Refugiados: los derechos humanos no tienen fronteras”.
En ella se nos indica: “Hace una década había unos ocho millones de refugiados
en todo el mundo. Hoy, el número de personas que buscan protección contra
terribles violaciones de derechos humanos casi se ha duplicado: asciende a más
de 15 millones. Los refugiados son personas que han huido de sus países porque
sienten un justificado temor a ser perseguidos y no pueden confiar en que sus
gobiernos les protejan. Esto es lo que diferencia a los refugiados de otros
emigrantes. De forma creciente, estas personas ponen en evidencia el alcance
que en la década de los noventa han adquirido los abusos masivos contra los
derechos humanos en guerras civiles y otros conflictos”. En efecto, nuestra
década, caracterizada por el “final de la guerra fría”, parece haber dado paso
a formas de guerra más “caliente”, aunque localizada. Afganistán, Zaire y las
Zonas de los Grandes Lagos, Oriente Medio o Argelia son nombres para esta
geografía del terror. Pero también en el corazón mismo de Europa, en la
ex-Yugoeslavia, se ha vivido la peor crisis de derechos humanos desde los años
cuarenta.
En
esta situación -nos recuerda el informe de Amnistía (1997: 16-17)-, el mundo
responde: “Aquí no damos refugio”. “Durante los años noventa los Estados han
realizado esfuerzos insuficientes para prevenir las violaciones de derechos
humanos que fuerzan la huida de los refugiados y al mismo tiempo han eludido su
responsabilidad hacia los refugiados”. Más allá incluso de estas situaciones
límites, la situación precaria en la que viven muchas personas en el corazón
mismo de los países más prósperos indica que algo no funciona. Que hace falta
aplicar otras claves de desarrollo económico, de organización política, de
estructuración de la sociedad. Que hace falta, también, un nuevo pensamiento
que reclame y oriente no sólo comportamientos diferentes, sino actitudes
distintas que permitan la convivencia y la construcción de una nueva
civilización terrestre en el marco planetario. Este nuevo pensamiento deberá
ser, necesariamente, como reclama Edgar Morin, un pensamiento complejo, frente a la simpleza, a la simplificación, a
veces maniquea, de muchas reflexiones actuales; un pensamiento débil, no por
su incapacidad de sopesar un mundo complejo, sino por su apertura a otras
opciones y a otras interpretaciones del mundo; un pensamiento borroso, como
afirma Bart Kosko, que pueda captar los matices de un mundo real en el que nada
es definitivamente blanco o negro, y que cambiará nuestras nociones de la vida
y la muerte, nuestra ética, nuestros sistemas legales... Es un pensamiento que
habrá que construir comunitariamente
y replantear a cada paso; contrario a la instalación en las certidumbres y
abierto a las dudas y a las diferencias. Un pensamiento -y un sentimiento- que
nos conduzca no sólo a la realización de una acción estratégica en el mundo
(esa acción finalista, teleológica e instrumental), sino a auténticos marcos
para la acción comunicativa, aquella que está encaminada al entendimiento y a
la comprensión entre iguales, tal y como ha sido esbozada por Jürgen Habermas.
Tal pretendemos que sea el trasfondo de nuestra reflexión.
* * *
El
integrismo, el racismo y la xenofobia, la intolerancia y el sectarismo, las
diversas formas de fanatismo, con los comportamientos violentos que suelen
desencadenar, son manifestaciones de colectivos que -la mayor parte de las
veces injustificada y exageradamente- se sienten amenazados (por otros
colectivos, etnias, grupos religiosos, etc.), y que reaccionan a través de
complejos procesos que tienen por objeto la eliminación del otro (o la
reclusión en ghetos que no amenacen su tranquilidad). Este sentirse amenazado, sea inmediatamente o a corto o largo plazo,
participa de raíces psicológicas de prejuicio, pero en ocasiones tiene otros
componentes económicos, políticos, sociales, etc. Como indicaremos más adelante
la tipología del racismo y, en general, de las actitudes y comportamientos
excluyentes y agresivos es muy variada y cada caso requiere pautas de intervención
distintas.
Intolerancia
y sectarismo se manifiestan por igual entre quienes desean mantener sus a veces
desmedidos privilegios en la sociedad y muchos de los que luchan por alcanzar
los derechos que les han sido negados. Evidentemente, los medios utilizados y
las acciones de unos u otros suelen ser bien distintos. La exclusión es la forma más manifiesta de su dinámica y
el imaginario social de “pureza” (y el consiguiente temor a la “contaminación”)
su motor más poderoso. No en vano la palabra pureza viene de pyr, fuego, instrumento de limpiezas étnicas y violencia.
En
una sociedad plural, heterogénea, fragmentada y fragmentaria, la necesaria búsqueda de la identidad se traduce en
ocasiones en un rechazo de la diferencia
(de lo que nos resulta ajeno y distinto). El ser humano, en líneas generales,
se siente amenazado por lo que ignora. En medio de esta inseguridad, la
búsqueda de un fundamento, de algo sólido que nos haga sentirnos seguros, y su
consiguiente preservación frente a todo aquello que pueda socavarlo, puede
conducir al fundamentalismo.
Los
medios de comunicación social (prensa, radio, televisión) tienen un papel
determinante en la erradicación o en la consolidación de actitudes y
comportamientos excluyentes y sectarios. Son ellos los que construyen -aunque
la mayor parte de las veces sin diseños explícita e intencionalmente
elaborados- los valores sociales dominantes, los imaginarios sociales. Son
ellos, también, los que para bien o para mal los ponen en crisis. En una
sociedad polarizada por el tener, en la que el consumo y la economía libre
(a veces salvaje) de mercado son los únicos referentes que quedan en la vida
cotidiana tras una crisis generalizada de valores y proyectos sociales, muchos
de los sectarismos potencian y a la vez encubren esta necesidad desmedida de
seguridades. Sin embargo, es muy posible que si conseguimos un proyecto humano
que realmente valga la pena que sea denominado como tal, sea absolutamente
imprescidible aceptar una inevitable dimensión de riesgo en lo personal y en
lo social, si no queremos potenciar estos modos funcionales y peligrosísimos de
autismo.
En
efecto, entre los indicadores mayores de las patologías sociales actuales, que
podríamos comprender desde la metáfora de las patologías individuales, se encuentra
esa tendencia al aislamiento de individuos y grupos y la casi imposibilidad de
contacto y comunicación con otros (autismo); el sentimiento desmedido de
riesgo, amenaza, manía persecutoria (tendencia paranoide); la tendencia hacia
la desintegración, hacia la fragmentación y la quiebra de una mínima unidad en
las instancias de control (tendencias esquizoides). El cuerpo social siente,
además, cómo prolifera en su interior un crecimiento desmedido de células
patógenas, sin control que, como el cáncer, a veces amenaza centros neurálgicos
y vitales del control social.
Al
abordar algunas de las implicaciones más notables de la relación entre las diversas formas de exclusión y los
lenguajes y sistemas que las manifiestan nos debemos plantear, entre otras, las
siguientes cuestiones: ¿son conscientes los comunicadores de su papel en la
consolidación de valores que tiendan a una sociedad libre, plural y heterogénea
y no excluyente? ¿cómo se traduce esta responsabilidad en los códigos
deontológicos, implícitos o explícitos? ¿se tienen en cuenta, en los procesos
formativos de los comunicadores y de los mediadores sociales, estos aspectos?
¿qué pretenden los grupos que acceden al control de la comunicación o pretenden
hacerse con el control de una parte del proceso formativo de los comunicadores?
¿Cómo se viven, en la práctica profesional cotidiana (en prensa, radio y TV),
estas preocupaciones? ¿qué tipo de presencia se detecta en los discursos
publicitarios, con su fuerte capacidad ahormante de comportamientos?
Pero
es evidente que los medios y sistemas de comunicación no viven al margen de una
sociedad. A la vez que influyen sobre ella son, sin lugar a dudas, expresión de
ella. Conviene, pues, que consideremos sistémicamente nuestro problema,
partiendo de ciertas raíces antropológicas y analizando cómo se concretan en
nuestra hora presente. Esto es: aquí y ahora, ¿cuáles son las principales
causas del racismo y de la xenofobia, de los neofundamentalismos y de la
intolerancia?
En
estos momentos preliminares es imprescindible señalar dos grandes raíces. La
primera es estrictamente antropológica -que no biológica-: los seres humanos,
destinados a gestarse en colectividades, han necesitado hasta el momento
presente marcar límites y fronteras, a veces físicas, pero siempre simbólicas,
que preserven su integridad y su identidad. Si las tribus vinculadas a formas
básicas de cultura suelen autodenominarse los Hombres o ‘los seres humanos’,
por contraste con los individuos de otros grupos, hemos de deducir de ello una radical
discontinuidad en relación con la vivencia de nuestra única especie. Mayor,
incluso, que quienes en la actualidad consideran a otros seres humanos de
segunda (tercera o cuarta categoría).
En
un momento de globalización, de emergencia de una conciencia planetaria, el
reto es acelerar los procesos simbólicos por los que la percepción básica de lo
humano se sobreponga a cualquier otro tipo de distinciones, por legítimas que
sean. Claro que globalización y planetarismo no son en sí mismo valores, y se
pueden realizar de muchos modos y pagando precios muy diferentes. La amenaza de
un pensamiento globalitario economicista que -como acertadamente ha señalado
Ignacio Ramonet- puede convertirse en una nueva manifestación de pensamiento
totalitario nos ilustra muy bien de este problema.
La
naturaleza humana no es inmutable. No depende sólo de lo biológico. Se encarna
y se transforma en concretas coyunturas históricas, sociales, políticas,
económicas, etc. Lo cultural -segunda raíz del problema- es determinante en
nuestra experiencia. Por decirlo con términos bien consolidados en la tradición
filosófica no sólo tenemos una natura
naturans, esto es, una naturaleza
que nos conforma, que nos ahorma, que nos indice a ser y a actuar de un
determinado modo, sino que tenemos una natura
naturata, que en el caso de los
humanos es una naturaleza mediada por la cultura y, sobre todo, por los
sistemas simbólicos, por el imaginario. En este marco, el signo mayor de la
violencia es éste: de los 5.000 millones de seres humanos del planeta sólo 500
viven confortablemente y los 4.500 restantes en la necesidad. Estamos en “un
planeta en el que la fortuna de las 358 personas más ricas, milmillonarias en
dólares, es superior al ingreso anual del 45 por 100 de los habitantes más pobres,
es decir, 2.600 millones de personas. Tales desequilibrios son fuentes de
amenazas contra las que las tradicionales armas de las potencias no tienen
ninguna eficacia” (I. Ramonet, 1997: 245-246).
2. Problemas del
lenguaje.
Decía L. Wittgenstein que “los
límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo”. Y si dicha
afirmación merece ser pensada y repensada es, precisamente, porque el mundo
es una construcción del lenguaje.
No quiero decir -es evidente- que
los seres, los objetos y los procesos que constituyen el universo material sean
flatus vocis, un “soplo de la voz”, un engendro de
palabras. Pero sí lo es la representación
(mental y cultural) que cada uno de nosotros tenemos de los objetos del mundo,
de sus valores y de sus relaciones. Bien es cierto que tampoco quiero indicar
que el mundo, como construcción cultural, sea una configuración sólo de
palabras. Cuando utilizo el término “lenguaje” apunto a todo sistema de
re-presentación de la realidad, sea visual, auditivo, táctil, etc. Finalmente,
tampoco quiero decir que las construcciones culturales de la realidad tengan
que ser del todo arbitrarias, ni que todas guarden la misma distancia y el
mismo respeto en relación con sus referentes. Hay construcciones, mundos, que violentan y fuerzan aquello a lo que se refieren; otros son
profundamente respetuosos y esencialmente benevolentes.
Pues bien: este mundo construido en el
lenguaje (en los lenguajes) se nos ha ido dilatando, por un lado, a la vez que
el espacio de la representación ha sido ocupado por muchos mundos, muchos sistemas de
comprensión, acerca de los cuales no es fácil indicar cuál sea más verdadero.
Como dice Vattimo, se ha desatado el conflicto de las interpretaciones.
Se ha perdido el eje dominante de la
historia, y aunque es innegable que algunas fuerzas económicas, políticas,
culturales, etc. imponen su rección y su dominio a todos los demás, también es
verdad que han dejado de ser justificados -en gran medida- por sistemas de
pensamiento. Aunque se siguen justificando en la sub-ideología del pragmatismo,
del funcionalismo, de la necesidad ciega de una economía simbólica,
especulativa y de macro-cifras que oculta tras la estadística el drama personal
de millones de criaturas.
Por primera vez en la historia de la
humanidad, un amplio número de pensadores se niega a dar una justificación
metafísica a una religión, a una cultura, a una ideología, a un colectivo
humano frente y contra todos los demás. Lo cual tampoco quiere decir que no
sigan existiendo “metarrelatos de legitimación”, sistemas ideológicos que
pretendan justificar un sistema de construcción del mundo frente a otros
posibles.
Esta época nuestra de crisis de la
modernidad ha puesto sobre el tapete el problema mismo del fundamento: ¿existe algo (o
alguien) que permita cimentar y construir un modo universalmente válido de
estar-en-el-mundo? Hasta hace poco se nos decía que la Razón. Pero esta Razón
instrumental que desplazó de su hornacina a los dioses e incluso se atrevió a
proclamar la muerte de Dios, acabó por convertirse en una diosa implacable que
exigía más sacrificios que todos los ídolos del pasado. Y que conducía
inexorablemente al disenso y a la eliminación del otro.
Puesto en tela de juicio el papel
fundante de la Razón, ¿qué nos queda? Por ahora, una especie de vertiginosa simultaneidad:
los fundamentos del pasado, que parecían haber sido arrinconados por la razón y
por la ciencia, vuelven a surgir con fuerza; ídolos aún más inconsistentes,
como el dios del dinero y del consumo, pasan a fundamentar en la epidermis un
vivir humano desprovisto de toda profundidad. A la vez, aparecen nuevos
valores... Estamos en Babel. Los lenguajes se han desatado, es casi imposible
entendernos y nos amenazan muy diversas formas de diáspora.
El proyecto de la modernidad -al
igual que el de la construcción de la mítica torre- no era ‘malo’ en sí. Era,
además, un proyecto de emancipación y de solidaridad. Jurgen Habermas sigue
defendiendo, agónicamente y casi en solitario sus grandes propuestas. Pero en
su desarrollo ha sido falseado. Y, sobre todo, ha situado al hombre fuera de
sus límites. Y cuando el hombre excede sus límites queda abocado a la
confusión.
Babel exige la dispersión, la
separación, porque los hombres no pueden entenderse entre sí. Algunos piensan
que es preferible aceptar la imposibilidad de un proyecto común: “Babilonios
somos; no nos vuelva la tentación de levantar ninguna torre juntos. Más bien
¡dejémonos ya de una vez por imposibles los unos a los otros, como buenos
hermanos!”, nos dice Sánchez Ferlosio.
Un cierto pesimismo domina el
horizonte de nuestra experiencia finisecular y milenarista. Nos encontramos en
tiempos sombríos, una vez que los últimos destellos de las luces comienzan a
apagarse. Algunos piensan que será preferible -antes que la luz que nos guíe
sea la del fuego purificador y destructivo- acostumbrar nuestros ojos a las
sombras y aprender a caminar (en compañía) a través de la noche. Al fin y al
cabo, decía Nietzsche, somos un tránsito y un ocaso.
Mas no todo se ha perdido. En el
fondo del cofre de Pandora queda la esperanza, la promesa de una rehabilitación
humana. El principio-esperanza del que hablaba Bloch tiene que ser repensado,
rescatado, incorporado a nuestras vidas. De él puede surgir la gaudium essendi, esa alegría de ser que tan poco tiene que ver con el disfrute
inmediato y vacío.
Mientras, conviene que
reflexionemos.
3. Algunas precisiones
terminológicas y conceptuales.
De todos los términos que se ponen
en juego para reflexionar sobre el conjunto de problemas que aquí nos convocan
es preciso comenzar por la noción de fundamento.
El Diccionario de a Lengua Española de la R.A.E., en su vigésima primera (y
por ahora última) edición nos ofrece varias acepciones que nos interesan:
“Principio y cimiento en que estriba y sobre el que se apoya un edificio u otra
cosa // 2. Hablando de personas,
seriedad, formalidad. // 3. Razón
principal o motivo con que se pretende afianzar y asegurar una cosa // 5. fig. Raíz, principio y origen en que
estriba y tiene mayor fuerza una cosa no material”.
Todos los seres humanos necesitamos
un fundamento: un cimiento en el que apoyar el edificio de nuestra existencia,
una razón que nos afiance, un principio y origen para nuestro sistema de
creencias.
No hay ser humano que pueda vivir
sin fundamento, y cuando este falla, estamos abocados a la muerte. Es ese
territorio intangible sobre el que caminamos, sobre el que edificamos nuestras
vidas, el punto de partida de todo “metarrelato legitimador”, sea mitológico,
teológico, ideológico-político o de cualquier otra índole. Como acertadamente
afirma Viktor Frankl todo ser humano, individual y colectivamente debe buscar
un sentido. Y la ausencia de este sentido aboca a los individuos y a las
sociedades a una situación de neurósis
noógena, de alteración profunda
ante la incapacidad de encontrar el sentido, el fundamento, el referente...
Hay, por debajo de los fundamentos
ideológico-culturales, un fundamento puramente biológico, animal, que también
nos constituye. La vida como pulsión o, en términos freudianos, eros y thánatos, el amor y la muerte; en términos nietzscheanos, la voluntad
de poder nos sostienen... Pero tales pulsiones carecen de sentido. Los sistemas
culturales, los cimientos ‘eideológicos’ los canalizan.
Hasta el siglo XVIII los fundamentos
sobre los que las sociedades habían construido sus proyectos habían sido de
índole mágica, mítica o religiosa. El racionalismo cree que tales fundamentos
son infundados, y coloca la razón como único fundamento fundado.
Ya interpretemos el fracaso del
proyecto emancipador de la modernidad en términos absolutos o relativos,
esenciales o accidentales, habremos de reconocer que el uso que se hizo de esa
razón técnica e instrumental fue brutalmente infundado.
Puesto en crisis el fundamento de la
razón, se abre bajo nuestros pies el más terrible vacío. Es la caída
preconizada por el nihilismo: nada nos sustenta. Caminamos sobre el vacío. Lo
terrible es que tales proposiciones que sustentan la afirmación de la nada
pasan a convertirse en fundamento, y fundamento que puede ser profundamente
arbitrario.
Las palabras “fundamentalismo” y
“fundamentalista” no aparecen en el DRAE. Todos entendemos, sin embargo, que el
fundamentalismo es el conjunto de creencias y comportamientos que derivan del
convencimiento de que el único fundamento posible para la construcción del
hombre y de la sociedad es nuestro propio dogma. Todos los demás son falsos.
Ello nos exige imponerlos a los demás, sea por la vía del convencimiento
proselitista, sea por la fuerza. El bien que se deriva de ello es -se supone-
superior a todos los males que pueda causar.
La denominación “fundamentalismo”
deriva de un conjunto de publicaciones protestantes americanas aparecidas entre
1910 y 1915 en Chicago, agrupadas bajo el nombre de “The Fundamentals. A
testimony to the truth”. En ellas se defienden ciertos
principios del cristianismo y la literalidad de la Biblia. Años después se
aplicó a los excesos dogmáticos de algunas concepciones religiosas,
extendiéndose más tarde a otros “fundamentalismos laicos”.
El fundamentalismo nos lleva,
inmediatamente, a la consideración de otras actitudes y comportamientos
asociados: dogmatismo, sectarismo, integrismo, intolerancia...
Dogmatismo
es “conjunto de las proposiciones que se tienen por principios innegables en
una ciencia”. El dogmatismo, por tanto, no siempre es negativo. Es, junto con
el cuestionamiento constante, el motor mismo del conocimiento científico. Pero
dogmatismo, en la acepción que consideramos ahora, es “presunción de los que
quieren que su doctrina o sus aseveraciones sean tenidas por verdades
inconcusas”. Aquí doxa, en tanto que creencia u opinión, se opone a episteme, fundamentación científica, si no objetiva, al menos
intersubjetiva.
El ámbito más propio del dogmatismo
es el de las religiones. Al fin y al cabo se trata de vincular, de re-ligar la
existencia relativa de los hombres a un absoluto. Pero no olvidemos que las
ideologías de la modernidad ocuparon el lugar de las religiones, establecieron
sus absolutos, sus principios de autoridad y sus dogmas. El dogmatismo, pues,
se manifiesta por igual en los ámbitos de las iglesias o de los partidos.
Responde a ciertas raíces antropológicas más que a configuraciones concretas de creencias.
Tras el fundamentalismo y el
dogmatismo se oculta una necesidad desmedida de seguridades, de certezas. El
peligro más terrible es la supeditación de los individuos a la sociedad y de
ésta a un imperativo absoluto que dispensan algunas autoridades.
Inmediatamente caemos en una
dinámica de principios contrapuestos: el mantenimiento integral de la doctrina
y la segregación sectaria del grupo. Integrismo
es la “actitud de ciertos sectores religiosos, ideológicos, políticos,
partidarios de la inalterabilidad de las doctrinas”. La doctrina debe ser
suscrita en su integridad, y su valor por encima de tiempos, lugares y
circunstancias, explican que deba ser defendida en toda su ‘verdad’ (dogmatismo),
‘integridad’ e ‘inalterabilidad’ (integrismo). Es un caso interesante de
‘anclaje’ o absolutización de un sistema interpretativo a un contexto u
horizonte vital determinado, sin tener en cuenta que, en la experiencia humana,
incluso las verdades ‘inmutables’ mutan con el decurso temporal.
Sectario es
el “secuaz, fanático e intransigente, de un partido o de una idea” y fanático quien “defiende con tenacidad
desmedida y apasionamiento, creencias u opiniones, sobre todo religiosas o
políticas”. Sectarismo y fanatismo son ya factores que vemos con claridad en
los comportamientos racistas, que a veces, en el colmo de la impudicia, se
intentan justificar ‘científicamente’.
El telón de fondo de nuestro
espectáculo es el de la tolerancia,
entendida como “respeto o consideración hacia las opiniones o prácticas de los
demás, aunque sean diferentes a las nuestras”. Podríamos subrayar: sobre todo,
si son diferentes a las nuestras. Incluso cuando nos causan molestia o
incomodidad. No es preciso ser tolerantes con quienes compartimos nuestras
opciones vitales; ni siquiera con quienes no nos incomodan. La tolerancia
exige, hasta cierto punto, la aceptación de una cierta incomodidad, porque por
encima de ella somos capaces de sobreponer valores más importantes.
Dos componentes aparecen como
fundamentales en el ejercicio de la tolerancia: a) el respeto, la apertura a la
alteridad, a la otredad, como radical antropológico y b) poder soportar la
diferencia e incluso las incomodidades y el cuestionamiento de nuestras
certezas. Ambos componentes pueden potenciarse, cultivarse, reforzarse
socialmente o, por el contrario, debilitarse.
Es evidente que el ejercicio de la
tolerancia exige un conjunto de condiciones, sin las cuales deviene imposible.
Ser tolerantes supone tener
seguridad suficiente en sí mismo y en las propias creencias como para poder
soportar el cuestionamiento por parte de las que nos son ajenas. Las sociedades
tolerantes exigen condiciones económicas y sociales a partir de las cuales no
sea posible ver al otro como una amenaza, sino como un complemento.
Es cierto que, junto con sus
condiciones, la tolerancia tiene sus límites. Estos están trazados por la
intolerancia ajena. Ser tolerantes con la intolerancia supone poner en riesgo
las condiciones de su ejercicio. Pero tampoco se puede caer en comportamientos
intolerantes.
Nos situamos en el límite mismo del
peligro: el del respeto a la diferencia.
4. La diferencia.
Con frecuencia el lenguaje cotidiano
nos sorprende con su sensatez y profundidad. Si dos amigos acaban de discutir e
indagamos acerca de las razones que les han llevado a ello, tal vez nos puedan
contestar: “Hemos tenido unas diferencias”. En efecto, amigo significa
etimológicamente “el que va conmigo”; differentia viene del verbo fero, “llevar”. Cuando hay
una diferencia, cada uno tira por su lado; ya no vamos por el mismo camino. Si
la diferencia no se corrige (esto es: se rige compartidamente por ambas partes
en litigio), terminará la amistad.
Que existan diferencias no sólo es
normal, sino inevitable. Es una consecuencia de la misma pluralidad de objetos,
seres, culturas, proyectos, etc. Es frecuente que las diferencias de opinión y
de decisiones puedan conciliarse. En este caso existe un espacio para la libre
manifestación de los seres que difieren entre sí.
Sin embargo, no es extraño que si
algunos quieren tirar por un camino y otros por otro, cuando se comparte el
mismo vehículo, no sea posible armonizar las voluntades encontradas. La
voluntad de una parte termina imponiéndose sobre la otra. Eso es lo que ocurre
en democracia: la mayoría arbitra las grandes líneas por las que debe discurrir
el proyecto común, con respeto a las minorías, y éstas aceptan la solución, no
sin seguir intentando alcanzar el suficiente peso para hacer prevalecer su
proyecto.
Sin embargo, la práctica cotidiana
de respeto a la diferencia no es fácil: no lo es en las relaciones
interpersonales, ni en las de pequeños grupos, ni en las grandes
colectividades. En el fondo, termina prevaleciendo la fuerza del poder (que a
veces es sólo el poder de la fuerza). Y en muchas ocasiones la única solución a
una situación constante de diferencias es romper el proyecto que obliga
(ob-liga) a caminar juntos: así se rompen las parejas, las empresas, los
Estados...
Pero puede haber una vuelta más de
tuerca: aquellas situaciones en las que una de las partes en litigio no se
conforma con que se deje una determinada decisión al libre arbitrio de los
interesados, porque entiende que hay un principio inalienable en juego. A
primera vista puede parecer que cuando esto ocurre estamos ante casos de
intransigencia, de fanatismo, de intolerancia. Pero no siempre es así.
“Distinta de un litigio -nos dice J.F. Lyotard-, una diferencia (différend) es
un caso de conflicto entre (por lo menos) dos partes, conflicto que no puede
zanjarse equitativamente por faltar una regla de juicio aplicable a las dos
argumentaciones. Que una de las argumentaciones sea legítima no implica que la
otra no lo sea. Sin embargo, si se aplica la misma regla de juicio a ambas para
allanar la diferencia como si esta fuera un litigio, se infiere una sinrazón a
una de ellas por lo menos y a las dos si ninguna de ellas admite esa regla”.
Cuestionada la existencia de un
derecho natural, las sociedades se han quedado sin puntos de referencia que
permitan orientar las confrontaciones culturales, religiosas, políticas, etc.
Tan sólo el imperio de la ley -una ley a veces aún injusta, desajustada, o
interpretada de modo irregular- garantiza la resolución de los conflictos. Pero
hay sus límites: nadie puede dudar de que la vida sea inviolable, ni de que un
crimen deba ser castigado. Pero, por ejemplo, el problema del aborto nos sitúa
ante una confrontación irresoluble, que para algunos sólo debería saldarse con
el respeto del no nacido y, para otros, con el respeto a la decisión de la
mujer. Ambos se plantean conjunta y simultáneamente como incompatibles en
determinadas situaciones, y la sociedad debe intervenir para regular de algún
modo el conflicto.
Quedan, en este marco del conflicto
cultural, muchas preguntas sin respuesta: ¿debe prevalecer la poligamia por
respeto a una cultura, o la monogamia, la pareja de iguales, por respeto a
otras que entienden éste como un derecho básico de la mujer y, en general, de
toda persona? ¿Hasta dónde llega el respeto a otras culturas? ¿Hasta la
cliterectomía? Yo me atrevo a contestar: es evidente que no. El respeto al otro
y a la diferencia debe tener sus límites. Pero, ¿quién establece estos límites,
que la historia ha demostrado tan débiles e inestables? ¿quién, y en nombre de
qué actúa como árbitro, toda vez que el arbitrio de la razón ha sido
cuestionado y el consenso social parece imposible?
En un momento de universalización de
las comunicaciones, de los procesos económicos, políticos y militares resulta
imprescindible la emergencia de una ética
mundial. Una ética laica que no sea
incompatible con el sesgo específico que pueda adoptar en el marco de cada
sistema de creencias. Pero esto no es fácil. Como no lo es la búsqueda de
fórmulas representativas a nivel universal. Los procesos planetarios están gobernados
por poderes fácticos que se sitúan más allá de todo control y de las instancias
estatales.
Noam Chomsky piensa que las
tendencias están bastante claras: “Apuntan a un gobierno mundial (de los ricos
y para los ricos), estados nacionales que movilizan recursos en torno a sus
bancos y grandes empresas con base nacional, y que controlan a la población; un
mayor crecimiento de las grandes empresas transnacionales que han de controlar
la economía mundial. Y en esta Nueva Era Imperial, de la que habla la prensa
financiera, van formando poco a poco sus propias instituciones de gobierno que
son reflejo de esas realidades económicas”. Tales tendencias, concluye, se
basan en la destrucción de toda democracia significativa. Sin embargo, surgen
tendencias contrarias, sin forma institucional, que suponen un avance cultural
y moral en la población. Pensemos, por ejemplo, en el papel esencial que
adquieren en nuestros días las ONGs y otros movimientos de carácter internacional.
En cualquier caso, si uno de los
grandes binomios que la modernidad se planteó y quiso resolver fue el de la
igualdad frente a la desigualdad, el gran reto de esta tardomodernidad no es
otro que el de situar en un nuevo marco de reflexión el problema de la
igualdad: igualdad vs. diferencia. Esto es: pensar un espacio en el que las
garantías de ciertas igualdades (no sólo de derecho especulativo, sino de
hecho) no anule la realidad enriquecedora de la diferencia.
5. De nuevo sobre la
violencia de los signos.
Nuestros sistemas simbólicos no son
estructuras añadidas o yuxtapuestas a nuestros sistemas biológicos y sociales:
cruzan a través de ellos y los orientan. La semiosfera, este espacio en el que
respiramos significaciones, interpretaciones y valores constituye nuestro
ámbito más humano. Y la semiosfera está gravemente dañada, profundamente
alterada por la violencia de los signos.
Las cuestiones que hemos planteado
sobre las relaciones intergrupales conflictivas -en cuyo núcleo situamos el
problema del racismo- deben ser retomadas desde un análisis del discurso que
revele hasta qué punto en las diversas manifestaciones discursivas sociales
late la violencia de los signos. A. Echebarría y otros (1995: 210) recogen
algunas de las más actuales e interesantes definiciones de racismo y su
tipología. Entre ellas nos parece especialmente importante la definición
funcionalista del racismo de Wetherell y Potter (1992), que parte de un
análisis de raíz marxista al considerar el discurso racista como ideológico
“porque es una forma de conocimiento falsa y parcial que defiende intereses
particulares: “El discurso racista debería verse como un discurso que tiene el
efecto de establecer, sostener, y reforzar relaciones de poder opresivas (...)
tiene un efecto de categorizar, colocar y discriminar entre ciertos grupos,
siendo un discurso que justifica, sostiene y legitima prácticas orientadas a
mantener el poder y el dominio”.
Las actitudes y comportamiento
raciales reflejan, pues, funciones ideológicas, y son el producto de la
interacción entre desigualdad y
etnocentrismo. El lenguaje y las estrategias discursivas son fundamentales
para comprender ciertas implicaciones del racismo: “existen en todo grupo
-señalan A. Echebarría y otros, 1995:213- normas
generales y valores sobre qué,
cómo, cuándo y dónde es correcto o incorrecto manifestar ciertas actitudes. Los
sujetos aprenden a utilizar ciertas
estrategias discursivas para afirmaciones prejuiciosas de forma
socialmente aceptable, tratando de mantener una imagen positiva de ellos.
Ejemplo de tales estrategias serían la negación
(“no tengo nada contra los gitanos,
pero...), afirmaciones de excepciones (“aunque
también hay gente buena entre los gitanos...”), o transferencias (“yo no
creo, pero mis vecinos dicen que los gitanos...”). En estas estructuras
semánticas se expresan tanto los modelos consensuales como los modelos
situacionales existentes sobre un grupo social. Las estructuras semánticas que
refleja el discurso racista pueden ser clasificadas en unas pocas categorías
básicas:
1. Diferencia de apariencia,
cultura y conducta.
2. Desviación por parte suya de las normas y valores.
3. Competición entre ellos y
nosotros por recursos de escaso espacio, empleo, educación y bienestar.
4. Amenaza percibida (“nos van a invadir”, etc.)
Las actitudes y comportamientos
racistas, que se manifiestan en las estrategias discursivas (no sólo en el
“discurso del decir” sino, sobre todo, en el “discurso del hacer”) afectan
fundamentalmente a tres esferas de discriminación que marcan una intensidad
inclusiva desde la primera a la última:
* Discriminación interpersonal.
* Discriminación política y
económica.
* Discriminación en el área de los
derechos civiles.
Kleinpenning y Hagendoorn (1993) han
establecido cinco grupos de actitudes en relación con la diferencia racial a
partir de la consideración de los siguientes factores:
1. Discurso sobre las razones de las
diferencias raciales.
2. Consideraciones sobre la
superioridad racial.
3. Percepción o no del otro como
amenaza.
4. Derechos interraciales.
5. Ajuste, egregación o integración
racial.
6. Distancia frente al grupo racial
ajeno.
7. Visión de la sociedad ideal desde
el punto de vista racial.
En función de todo ello consideran
las siguientes cinco formas:
1. No racismo
2. Racismo aversivo
3. Racismo etnocéntrico
4. Racismo simbólico
5. Racismo biológico
Evidentemente, desde otros puntos de
vista, pueden realizarse otras clasificaciones (p.e., Jones: racismo
individual, institucional y cultural) y establecer estrategias encaminadas
hacia la eliminación o reducción del racismo, así como determinar diferencias
en las comunidades de acogida (integración, asimilación, separación, anomía e
individualismo) (cf. A. Echebarría y otros, 1995).
Nos encontramos ante uno de los
problemas fundamentales a que ha de hacer frente nuestra sociedad si deseamos
un mundo más humano. Se trata de un problema de extraordinarias dimensiones,
implicaciones y niveles, que requiere el reconocimiento de aspectos
psicológicos, intergrupales y macrosociales y que, por tanto, exige
intervenciones psicosociales, institucionales y culturales.
Sólo así iremos desactivando las
verdaderas raíces cuyos signos de violencia hemos indicado, a fin de
posibilitar una comunicación no presidida por la violencia de los signos.
6. Epílogo en el
límite del futuro. A modo de prospectiva
Es evidente que las pautas de
comportamiento descritas y las posibles soluciones propuestas no pueden
plantearse al margen de las claves de fondo de la presente revolución
tecnológica y comunicacional. Por ello nos permitimos añadir unas notas para la
reflexión desde esta otra ladera. La tarea de dinamizar estos dos polos de
reflexión (el profundo cambio al que asistimos y la necesaria mutación de
nuestros sistemas de valores para afrontarlo) es ya inaplazable.
El investigador norteamericano M.
Benedikt (AA.VV. , 1994: 628-629)
define así el espacio cibernético: “un mundo virtual, multidimensional, creado
y en funcionamiento con la ayuda de ordenadores unidos en una amplia red. Cada
estación de trabajo es una ventana abierta a este mundo, donde las distancias
se han abolido. Los objetos vistos o entendidos no son ni objetos físicos ni
necesariamente representaciones de objetos físicos, sino que, más bien, han de
considerarse como puros datos, como la información en su estado bruto. Estas
informaciones provienen, sin duda, de las actividades del mundo natural y
físico, pero son, sobre todo, el fruto del tráfico inmenso de informaciones
simbólicas, de imágenes, de sonidos, todo ello producido por todo tipo de
personas en el campo de las ciencias, el arte, de los negocios y de la cultura”
.
¿Qué
tipo de ser humano habitará estos nuevos espacios? ¿Cómo conseguirá
compartirlos con los espacios físicos? ¿Cómo se manifestará su identidad a
través de estas vastas redes? ¿Cómo podrá elegir entre opciones que ni siquiera
conoce y que le desbordan?
Surge
una nueva generación de ciencia-ficción: los “cyberpunks”, como W. Gibson.
¿Serán capaces de contener su sobreexcitación, su violencia, al mundo de la
comunicación virtual? ¿Será gobernada esta sociedad virtual por alguien? ¿Por
quién o quiénes, cómo, para qué...?
Los
avances tecnológicos exigen de nosotros un tributo de tiempo proporcional al
que nos liberan: ¿realmente hay más vida humana o de más calidad gracias a
estas innovaciones? Y, a la postre, nos hacen depender de ellos. Ya somos
inválidos sin nuestro coche, sin nuestro ordenador, sin nuestro televisor... Y
aún la vida “pasa” por fuera de ellos. ¿Qué ocurrirá cuando nuestros
encuentros, nuestras transacciones, nuestros controles de salud, nuestro ocio
estén “dentro” de las redes informáticas?
Ya
apuntamos al principio un conjunto de capacidades que los nuevos entornos
humanos van a exigir: relación abstractiva con el entorno, plasticidad,
automatismo, lógica de la simultaneidad... Pero esta exposición constante a
flujos de información, forzando nuestra propia capacidad cerebral, situando
fuera de nosotros todo aquello que más que ser pensado por nosotros sustituirá
nuestra capacidad ante el mundo, transformará también nuestra psicología. Karen
Horney, entre otros muchos psicólogos, puso de relieve que la adaptación del
hombre a las formas de vida aceleradas por la industrialización y la nueva vida
de las metrópolis exigía un cierto grado de neurosis que dejaba de ser
patológico para adaptar el hombre ante las nuevas exigencias del medio. Jean
Baudrillard (1988: 22) apunta algunos de los peligros de un futuro que ya está
aquí: “Si la histeria era la patología de una puesta en escena exacerbada del
sujeto, de una conversión teatral y operática del cuerpo, y si la paranoia era
la patología de la organización y estructuración de un mundo rígido y celoso, a
partir de la promiscuidad inmanente y la conexión perpetua de todas las redes
en la comunicación e información nos hallamos en una nueva forma de
ezquizofrenia”. Este hombre actual que se siente constantemente amenazado
(paranoide) y escindido, dividido (esquizoide), abierto al mundo pese a sí,
enajenado de su voluntad y sin capacidad de encontrar sus propios límites y su
propia interioridad, que ha perdido todo sistema de valores más allá de la
urgencia del vértigo cotidiano, se parece poco al ideal humano expresado a
través de toda la historia de la humanidad. ¿Será entonces otra cosa distinta a
este homo sapiens sapiens que surgió hace unos 100.000 años en
África y que está en peligro de extinción?
Ervin
Lazslo (1990: 29), profesor de Yale y Pricenton, director del Instituto para la
Enseñanza y la Investigación de las Naciones Unidas, plantea con claridad en su
libro La gran bifurcación la alternativa en que nos encontramos: o
destrucción de la especie humana o salto a una forma nueva de organización y de
identidad: “las alternativas que hoy se le abren a la humanidad son
sorprendentes. Por una parte, podemos extraer placer de los frutos de la
cultura moderna y la civilización tecnológica. Podemos alcanzar un minucioso
conocimiento del yo y del mundo, disfrutar de la belleza natural y de la creada
por nosotros mismos, y tener experiencias de significación religiosa o mística.
Pero por la otra, podemos cometer suicidio colectivo y amplificarlo hasta
cometer también terricidio”. Para Lazslo no es exagerado pensar en la extinción
como alternativa: la considera, incluso, como una posibilidad muy alta de las formas
de vida inteligentes.
La
otra posibilidad sería un cambio cualitativo, un salto al desarrollo de
sorprendentes poderes e inimaginables capacidades. Considera que los años 90
serán, probablemente, “la época más crucial en la larga y azarosa historia de
nuestra especie”.
El
momento en que nos aproximamos a una cifra mágica en la población mundial, 1010
= 10.000 millones de habitantes, bien podría ser, como en otros saltos
evolutivos, el apropiado para que esos 10.000 millones de unidades íntimamente
vinculadas entre sí y con un propósito común den lugar a un sistema de un orden
nuevo y superior: la interconexión sería la clave. “Y si así fuese -afirma
Lazslo (1990: 28), muchos creen que el nuevo superorganismo sería algo así como
un supercerebro, con un cerebro y una conciencia propios. El proyecto parece
intimidante: los individuos podrían convertirse en neuronas robóticas, que
transmitieran obedientemente la información que circularía por el cerebro
colectivo, sin voluntad ni personalidad propias. Pero tales temores, si bien no
sin asidero, no son justificados. Depende de nosotros, ya de las generaciones
actuales, decidir si la humanidad entrará en un camino de esclavización
respecto de superorganismos societarios o si aprenderá a controlar las estructuras
y los procesos que cree”.
Parece
que aquí llegamos al límite mismo de lo que puede ser una prospección
científica para adentrarnos en el ámbito casi de la ciencia ficción. Sin
embargo, podemos extraer algunas conclusiones importantes:
a)
Asistimos a una fase de cambios cualitativos en la vida del hombre sobre el
planeta. Se trata de una crisis de civilización, pero podría ser incluso algo
más: la crisis del modelo humano sobre el que se han ido asentando las
civilizaciones hasta ahora conocidas.
b)
El futuro pasa por la informatización y por la comunicación global. Está
escrito en sistema digital y circulará a velocidad de la luz a través de fibras
ópticas. Los cambios que tales procesos provocarán van a afectar todas las
dimensiones y niveles de la existencia humana: desde la experiencia del espacio
y de tiempo (deslocalización y destemporalización) hasta la propia imagen del
yo y de la persona.
c)
Las grandes alternativas oscilan entre la posibilidad de destrucción y una
integración global, en la cual cada ser humano puede pasar a un nivel de
insignificancia o adquirir una dimensión cósmica.
d)
El desarrollo de estas posibilidades no depende sólo de las innovaciones
tecnológicas. Es nuestra voluntad la que debe conducir los procesos,
estabilizar sistemas de valores y construir un tipo humano nuevo. Y, en todo
ello, el papel de la reflexión y de los procesos educativos va a ser más
importante que nunca. Tal vez la tecnología marque la dirección de los
procesos; pero el pensamiento y la educación deben indicar su sentido: en una
orientación positiva o negativa.
Vale
la pena ser optimistas. Vale la pena luchar y esforzarse para que el nuevo homo
no sea un homo roboticus, sino un homo noeticus, un ser cuya
conciencia y cuya plenitud sean la máxima expresión de su realidad. Una
alternativa humana cuyos rasgos nos traza John White (en S. Grof, 1994: 176):
“Su psicología, ya modificada, está basada en la expresión del sentimiento, y
no en su supresión. Su motivación es cooperativa y amorosa, no competitiva y
agresiva. Su lógica es multinivel-integrada, no lineal/secuencial o “una cosa u
otra”. Su sentido de identidad es inclusiva-colectiva, no aislada-individual.
Sus capacidades psíquicas son utilizadas con propósitos benevolentes y éticos,
no dañinos e inmorales. Los medios convencionales de la sociedad no le
satisfacen. Le preocupa la búsqueda de nuevos medios de vida y nuevas
instituciones. Busca una cultura fundada en una conciencia más elevada, una
cultura cuyas instituciones están basadas en el amor y la sabiduría, una
cultura que satisface la filosofía perenne”. Así sea.
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® Manuel Ángel Vázquez Medel