La semiosis estética en los
textos literarios
Manuel Ángel Vázquez Medel
Consideraciones
preliminares.
Pese a los espectaculares avances de
la Teoría y la Crítica literarias en el siglo XX, es preciso reconocer que todo
su “edificio”, pretendidamente científico, se asienta sobre arenas movedizas.
En los umbrales del año 2000 no puede decirse que exista un modelo comúnmente
admitido de su propio objeto: la literatura. Es evidente que hablamos de modelo
teórico de su objeto, ya que, en el caso de la Teoría Literaria no puede
decirse que su dominio de estudio sea ninguna “realidad” material, sino
fenoménica. O, dicho de otro modo, las dimensiones materiales de los que
comúnmente reconocemos como textos literarios escapan, en última instancia, de
la competencia de la Teoría Literaria. Otra precariedad se añade a las ya
numerosas que amenazan nuestro dominio: el punto de partida de nuestra
reflexión no puede ser otro que el que determina la convención social (la consideración
misma de un texto como literario), en tanto que la experiencia objeto de
nuestro análisis es -ha de ser- individual (la “comunicación” literaria).
Cada vez más la Teoría de la
Literatura se orienta hacia una Teoría General del Discurso, que tiende a
diluir las peculiaridades (si existen) del hecho literario. Con todo, las
premisas de la semiótica estructural no han sido superadas, sino desplazadas.
Sigue, de algún modo, vigente la afirmación de Lotman (1978: 34): “decir que la
literatura posee una lengua, que no coincide con la lengua natural, sino que se
superpone a ésta, significa decir que la literatura posee un sistema propio de
signos y de reglas de combinación de éstos, sistema que le es inherente, que le
sirve para transmitir comunicaciones peculiares no transmisibles con otros medios".
Una de las supuestas cualidades de la comunicación literaria es, precisamente,
la de ser susceptible de percepción estética, A lo largo de estas páginas
intentaremos sostener este aserto, precisamente, desde la perspectiva inversa:
es la percepción estética de un texto verbal la que, en definitiva, le confiere
su consideración (individual y social) de texto literario. Debemos reconocer
como uno de los mayores logros de la semiótica su comprensión del signo no sólo
como signo de algo, sino, sobre todo, como signo para alguien. Es
en esta esfera de la consideración pragmática del funcionamiento textual, en la
relación del signo con un interpretante, en la que ha de formularse toda teoría
acerca de la semiosis estética.
Límites teóricos en la
consideración del texto literario.
Todos los modelos parciales sobre el
texto literario oscilan entre dos definiciones maximalistas que encierran buena
parte de razón: 1. “La literatura es ‘arte de la palabra’”; 2. “Literatura es todo aquello que
una colectividad determinada en un momento y lugar determinados reconoce como
tal”. La primera, esencialista en sus raíces, nos remite a las dos dimensiones
básicas del proceso literario, trasladando el problema a cada uno de esos dos
ámbitos: su codificación verbal y su dimensión estética. Sin embargo ignora la
condición histórica de los procesos de codificación/descodificación. La
segunda, netamente sociológica, replantea la pregunta “¿qué es la literatura?”
en términos de “¿por qué una colectividad determinada reconoce como literarios
determinados productos verbales frente a otros no identificados como tales?”
Propuestas claramente formalizadas, como la de Mignolo (1985), no resuelven
dicha pregunta, sino que plantea las bases para que pueda ser contestada. Así,
su caracterización de la “norma de literariedad” y de la “norma historiográfica”:
“Hay una norma de literariedad (NL) o historiográfica (NH) en una comunidad
disciplinaria (CmD) siempre que todo miembro de CmD, al realizar una acción
lingüística AL, la realice y espere que otros miembros en CmD reaccionen de
acuerdo a NL o a NH y acepten que el escritor o historiador opera dentro del
concepto x de literatura o y de historiografía establecidos por
NLx o por NHy (Mignolo, 1985: 39). Para Mignolo, pues, el
proceso de enunciación literaria y el reconocimiento de un texto como
literario, se asientan en el carácter perlocutivo -en sentido austiniano- del enunciado; en el pacto entre enunciador y
enunciatario. Sobre ello volveremos más adelante.
La consideración de la literatura como
“arte verbal” posee un extraordinario valor didáctico y heurístico. Al trazar
dos ejes sobre el dominio en que se sitúa la creación literaria, determina
cuatro cuadrantes que delimitan otros tantos procesos y códigos comunicativos:
verbales no-estéticos; no-verbales estéticos; no-verbales no-estéticos y,
finalmente, verbales estéticos, que son los que corresponden sensu strictu
a la literatura. Al ser el material “lingüístico” fácilmente identificable -con algunas reservas, desdeñables para nuestra
reflexión-, la creación literaria se define netamente frente a
los procesos comunicativos, sean o no estéticos, que se realizan, asienta y
transmiten sobre otros soportes. Sin embargo, al no estar tan clara la frontera
de la dimensión estética de determinadas formas comunicativas, y de la propia
experiencia estética en general, el problema se plantea en la frontera que
separa comunicaciones verbales no literarias de comunicaciones literarias, verbales
por naturaleza. Así pues, la pregunta sigue siendo: “¿Qué convierte un mensaje
verbal en una obra literaria?”, o si queremos, “¿en qué consiste la literariedad?”
En la actualidad sabemos casi con
certeza que todo intento de encontrar “algo” presente en todas y en cada una de
las obras literarias y ausente en los mensajes verbales no literarios está
condenado al fracaso, si esperamos una definición formal de dicho(s) rasgo(s)
de identidad. Sabemos, sin embargo, que ese “algo” no es una propiedad o
elemento “material”; que no existe una teoría satisfactoria que, más allá de
principios, detecte la especificidad de lo literario en una peculiar configuración
de las relaciones estructurales que constituyen el entramado textual. Las
reflexiones derivadas del esquema jakobsoniano de las funciones internas del
lenguaje, tan contestado como asumido en el ámbito de la teoría literaria,
ocasionan más problemas de los que resuelven. Algo que, en sí, es positivo, ya
que evidencia dimensiones inadvertidas del fenómeno literario. Igual ocurre con
todas las teorías cimentadas en el carácter connotativo del producto literario
y su peculiar esquema de relaciones con un “designatum” y un “denotatum”.
Tampoco podemos afirmar que la semiótica haya sido muy esclarecedora al
respecto: al establecer su propio dominio o, más bien, instancia de análisis,
ha privilegiado el estudio de todo cuanto de común tiene el texto literario con
otros textos artísticos y aun no artísticos. El problema de la especificidad ha
sido obviado en razón de un interés superior: el conocimiento de todos aquellos
mecanismos, procesos y estructuras que rigen, orientan y sustentan la semiosis.
Con todo, no puede decirse que el
interés por la “cualidad” estética del fenómeno literario sea nuevo en el
ámbito de la semiótica. Sin duda, quien más tempranamente acometió el difícil
reto de relacionar la estética con la teoría de los signos fue Charles Morris,
quien, en 1939, publicaba su “Esthetics and the Theory of Signs”, y planteaba
algunas cuestiones básicas que iba a reformular en escritos posteriores. Hoy es
posible retomar los planteamientos de Morris desde un nuevo paradigma teórico,
que intentaremos caracterizar brevemente.
En los últimos años, el tránsito de la
semiótica estructural al postestructuralismo semiótico ha llevado consigo un cambio
de perspectiva, en el que los objetos de investigación y las categorías
nucleares también se han desplazado. El enfoque estático de la semiótica
estructural ha sido sustituido por el dinamismo del postestructuralismo
semiótico. La teoría ha gravitado desde la consideración del código a los actos
de habla; desde el signo al texto, desde la estructura a los procesos de
enunciación que la generan y dan razón de ella. Las consideraciones acerca de
la lengua literaria se han transformado en teorías del texto literario. El componente
pragmático de la semiótica ha ensanchado la óptica, desde la investigación del
signo y sus procesos internos, hacia el análisis de la relación del signo con
los restantes factores comunicativos, y se amplía la teoría del signo hacia el
proceso en el que un signo material produce la semiosis.
Si la experiencia histórica de muy
diversos pueblos, alejados en tiempo y espacio, reconoce determinadas
configuraciones sígnicas como estéticas, independientemente de sus
soportes materiales y códigos, hemos de suponer que, en tales casos, se indica
una producción de sentido “estética”, adicional a los significados que
tales textos transmiten en el proceso comunicativo.
A continuación vamos a preguntarnos
acerca de la experiencia estética y la semiosis estética, en general, para
concluir con algunas reflexiones acerca de la semiosis estética producida por
textos literarios. Aceptamos esta incursión por terrenos más que resbaladizos
convencidos de que “no hay nada menos científico que el querer ignorar la
presencia de fenómenos todavía no exactamente definidos” (Eco, 1968: 53). Pero,
más aún, en la seguridad de que “la estética no alcanza su máximo carácter
científico estableciendo científicamente (de acuerdo con leyes psicológicas
o estadísticas) las reglas del gusto, sino definiendo el carácter a-científico
de la experiencia del gusto y el margen que se deja en ella al factor personal
y perspectivo” (Eco, 1968: 64).
La experiencia estética.
“Es obvio -afirma E.F. Carrit (1974: 21)- que la experiencia estética constituye el objeto de
la filosofía, reflexión o análisis estético”. Por tanto, la determinación de en
qué consista esa experiencia a la que llamamos estética, debe constituir el
punto de partida de toda reflexión acerca de la naturaleza artística de cualquier
proceso comunicativo. “Algunos escritores -nos recuerda J. Hospers (1982: 110)- han desesperado de encontrar criterios para
distinguir la actitud estética de los demás tipos de actitudes. Por ejemplo,
algunos críticos han negado que haya una actitud propiamente estética y
encuentran la característica distintiva de lo estético, no en determinada
actitud, experiencia o modo de atención que pueda tener el observador, sino en
las razones que da para respaldar sus juicios.” De suerte que la distinción
entre contemplación estética y no estética sería motivacional y no perceptiva.
Este desplazamiento tiene, para nosotros, una doble importancia: a) por una
parte soslaya el problema de la “percepción” en la literatura, ya que la
recepción literaria no se fundamenta en percepciones visuales, auditivas, etc.,
sino, básicamente, en procesos de configuración de “sentidos” a partir de
conjuntos significantes; b) en segundo lugar, permitiría establecer el módulo
de la experiencia estética a partir de lo que podríamos llamar “convención de
esteticidad”, en cada momento determinado.
Sin embargo, plantearnos el problema
de la experiencia estética desde la hermenéutica literaria significa reconocer
con Jauss (1977: 17) que “en el análisis de la experiencia del lector o de la ‘comunidad de lectores’ de una época histórica determinada,
las dos partes de la relación texto-lector (es decir, el efecto, como
momento de la concretización del sentido, condicionada por el texto, y la recepción,
como momento condicionado por el destinatario) tienen que ser diferenciadas,
organizadas e interpretadas como dos horizontes diferentes: el literario
interno, implicado por la obra, y el entornal, aportado por el lector de una
sociedad determinada. Y todo ello para reconocer cómo la expectativa y la
experiencia se enlazan entre sí, y si por tanto se produce un momento de una nueva
significación”.
Jauss piensa que la organización de un
horizonte de expectativa literario interno, al ser deducible del propio texto,
es mucho menos problemática que la de un horizonte de expectativa social. Es
decir, que los indicadores que el propio texto encierra, para su virtual
reconocimiento, como texto estético, en la medida en que dependen de su
organización semántica y sintáctica, son formalizables; por el contrario, el
módulo desde el que la sociedad los percibe e identifica, es difícilmente
descriptible.
Parece, sin embargo, que Jauss olvida
que ese “horizonte interno literario de expectativa” se construye, en gran
medida, en función de la expectativa social; a la vez que ésta viene determinada
por la habituación a esos indicadores de reconocimiento que, como rasgos
estructurales internos, existen en los textos. En otras palabras, debemos
admitir que el “horizonte de expectativa literario interno” se actualiza de
formas distintas en cada proceso de lectura y que su existencia al margen de la
experiencia lectora es tan sólo una virtualidad.
Con todo, no podemos desechar, de
entrada, algunos planteamientos objetivistas del valor literario, siempre que
maticen adecuadamente esa relación bidireccional del texto, tanto en el proceso
de producción como con el proceso de recepción. Así, las afirmaciones de Marcel
Breazu: “Si el artista obliga, mediante la imagen, a cierta apreciación
de la realidad, si el ‘imperativo’ del artista es válido para todos los
que captan estéticamente su obra, esto significa que el valor contenido
en la imagen tiene una realidad objetiva, ya que se impone necesariamente. Esta
realidad objetiva (...) reside en el objeto, ya que de otro modo el
sujeto no reaccionaría en su presencia, independientemente de su voluntad. Pero
esa realidad inmanente del objeto es puesta en evidencia sólo cuando
aparece la humanidad; no puede valorarse sino cuando la actividad social
del hombre (...) crea no sólo un objeto para un sujeto, sino también un sujeto
para el objeto (Marx)” (R. Garaudy et al., 1969: 81). A pesar de ciertas
referencias incómodas a la “imposición” del objeto estético en el acto de la
captación estética, Breazu no ignora la dimensión histórico-social del proceso.
Sólo que, para él, en la propia obra de arte, junto con los elementos objetivos
que la constituyen, está presente la actitud estética: “Al organizar ciertos
elementos seleccionados de la realidad infinitamente variada, al dar
determinada estructura a esos elementos seleccionados, significativos
(que expresan un sentido de la realidad), el artista crea un objeto
material, la obra de arte concreta, que permanece viva en tanto que realidad
estética objetiva, cristalizada, en la cual está incluida esa actitud
humana -la actitud estética- respecto a la realidad” (82).
Es evidente que esa inclusión de la
actitud estética en la obra artística se produce en el propio acto de creación
y que, por tanto, la actitud estética inclusa no es intemporal, sino que pertenece
al mundo de la experiencia histórica. La actitud del sujeto lector establecerá
los márgenes de convergencia y divergencia con el objeto estético y es este
proceso el que consagra la “dialéctica de lo estético”.
Esta dialéctica se regula, como afirma
Román de la Calle (1981: 105) en función de cuatro subprocesos que catalizan
las relaciones entre los cuatro polos del “hecho artístico” (polo productor,
“objeto” artístico, polo receptor y polo crítico-regulativo): “1. Entre el polo
productor y el objeto artístico se desarrolla el subproceso
poético-productivo (poiesis); 2. Entre el polo receptor y el objeto
artístico tiene lugar el subproceso estético-receptivo (aisthesis); 3.
Entre los núcleos se sustenta el subproceso distribuidor-difusor; 4.
Conectado directamente al objeto artístico, pero vinculado asimismo a los otros
núcleos, tiene lugar el subproceso evaluativo-prescriptivo”. Ahora bien:
la propia terminología utilizada puede inducir a posibles errores, ya que en la
actualidad reconocemos una innegable dimensión “poético-productiva” al acto de
lectura, del mismo modo que el acto receptivo encierra innegables dimensiones
valorativas.
A modo de conclusión.
En este rápido repaso, a modo de
muestreo, a algunos planteamientos teóricos -dispares entre sí- que conciernen al objeto de nuestra reflexión hemos
podido establecer:
a)La existencia de la experiencia
estética como respuesta del sujeto receptor frente a un objeto estético (y
ahora nos interesa de modo singular el objeto artístico: aquél que ha sido
producido por otro sujeto).
b) Esta respuesta está regulada tanto
por la existencia del objeto (física y artística) como por determinados
mecanismos motivacionales (individuales y sociales).
c) A uno y otro lado de estos
elementos reguladores se abren sendos universos de cuya investigación depende
el “contenido” y el alcance que ofrezcamos a ese tipo de experiencia: del lado
de la existencia del objeto (física y artística), el proceso productivo; del
lado de los mecanismos motivacionales, los procesos psíquico y
social-normativo.
Ahora bien: el problema que
inicialmente nos planteábamos sigue sin resolver. ¿Depende la experiencia
estética del objeto ante el que nos situamos o de la actitud que desplegamos
ante él? ¿Viene la experiencia estética urgida por la presencia del objeto o es
un simple mecanismo proyectivo sobre cualquier realidad? Ninguna respuesta
unilateral puede ser satisfactoria: la primera porque incurre en un
esencialismo inadmisible e ignora el propio proceso receptivo; la segunda, porque
contradice la propia experiencia histórica: el hombre no se ha situado
“estéticamente” ante cualquier objeto; siempre ha existido un canon (no
intemporal) que ha fijado el carácter artístico de unos objetos frente a otros
no considerados como tales.
En los últimos años Jenaro Talens ha
reelaborado algunos planteamientos teóricos precedentes y ha establecido una
interesante distinción entre espacio textual y texto, que puede
ser muy útil para determinar algunos aspectos de la “semiosis estética”.
Brevemente, la consideración de la literatura y aun del arte en general como comunicación
ha sido desplazada por su consideración como producción, tanto en el
proceso creador como en el proceso lector, y en última instancia, polarizada
desde el núcleo receptivo, reconociendo diferencias de grado, pero no
esenciales, entre los procesos de creación y lectura. Así, el espacio textual
sería un “lugar” al que nosotros, pretendiendo reconstruir/descifrar la
presencia del otro, otorgamos sentido: texto es “el resultado de un
trabajo de lectura/transformación operado sobre el espacio textual;
trabajo que tiene como objetivo hacerle no sólo ya significar (algo
inherente al propio espacio en tanto actualización del lenguaje y en absoluto
añadido a él) sino poseer sentido” (Talens, 1979: 44).
La distinción entre significado y
sentido se nos revela pertinente para cualificar las distintas fases del
proceso artístico: mientras el significado aparece como algo estable,
como consecuencia de su fijación sobre un material, y a partir de la
configuración que le ofrece un lenguaje, el sentido resulta de la
proyección de esos significados estables sobre el complejo módulo de recepción
individual, mudable como consecuencia de su constante proceso de “alimentación”
experiencial. Por tanto, no es posible la captación de significados sin que les
ofrezcamos un peculiar sentido. En pocas palabras, no podemos conocer el “espacio
textual” en sí, porque desde el mismo momento en que hayamos accedido a él se
habrá transformado en “texto”, gracias a nuestro trabajo de lectura. Esto
quiere decir, además, que los planteamientos inmanentistas en crítica literaria
están condena- dos parcialmente al fracaso. Decimos parcialmente, ya que, en
general, la estabilidad de la configuración de significados se impone a las
posibles distorsiones en la producción de sentido. En el fondo, era esa tarea
de desgajar lo personal-proyectivo de lo “objetivo” la que se proponía
Riffaterre cuando postulaba su teoría del “archilector”. Nos encontramos, pues,
ante procesos complejos que se resisten a la formalización simplificadora de
una teoría. Sin embargo, ahora podemos comprender algunas de las raíces de la
que hemos llamado “semiosis estética” y, sobre todo, apuntar hacia su posible
naturaleza.
La semiosis estética será la
producción de sentido (estable) que se origina del proceso de lectura que
transforma un espacio textual en texto. Resulta de la convergencia entre
determinados rasgos del espacio textual y la “convención de esteticidad” o
norma social que nos permite reconocer un texto como artístico. Esa “convención
de esteticidad” forma parte de nuestro módulo de recepción individual como
“código estético”. De aquí se deriva:
1) En el proceso de producción
textual, el autor acepta (o se opone a, o matiza, o transforma) la “convención
de esteticidad”, el canon de “lo artístico”. En el espacio textual resultante,
además de unos significados estables, quedan marcas de sentido reguladas por el
“código estético” (supraindividual) que lo origina.
2) En el proceso de lectura, la
captación estética dependerá de la integración de ese “código estético” en el
módulo de recepción individual del sujeto lector: por tanto, de la
confrontación de determinadas marcas textuales codificadas según el “código
estético” del autor con el “código estético” del lector.
3) Captación estética (posible gracias
a la semiosis estética) y placer estético (absolutamente individual: proyección
libre de sentido) son realidades independientes: se corresponden según el grado
de aceptación experiencial del “código estético”.
4) El “código estético” que regula la
producción de sentido estable (en relación con él) de un espacio textual, y
cuyo conocimiento permite su identificación en la lectura, cambia según el
proceso de evolución social del gusto.
5) Al igual que nuestro conocimiento
histórico de la lengua nos permite acceder a significados generados por una
“gramática lingüística” diferente a nuestro propio estado de lengua, el conocimiento
de los “códigos estéticos” de otros momentos históricos, nos permite la
captación estética de espacios textuales lejanos en el tiempo. En este caso,
podemos sobreponer varios procesos cuya explicitación crítica es fundamental:
a) el reconocimiento estético de la obra literaria (captación de su sentido
estable) en función de su propio “código estético”; b) el reconocimiento
estético de la obra literaria (captación de su sentido estable) en función de
nuestro actual “código estético”: en este caso transformamos, desde nuestra
lectura actual, las marcas textuales productoras de sentido estable, en función
de nuestro “código estético”; c) la experiencia de placer, derivada de otros factores
de nuestro módulo personal de recepción, etc.
La afirmación de la existencia de una
auténtica “semiosis estética”, reguladora de un sentido que se establece por
confrontación entre el propio objeto artístico y los códigos estéticos que
regulan sus marcas o permiten su identificación, integrados en los módulos
experienciales del autor o el lector, permite una mejor comprensión (teórica)
del fenómeno literario. Cosa bien distinta es que los “códigos” o “gramáticas”
de lo estético, más o menos estables socialmente en momentos y lugares
determinados, y siempre matizadas por componentes absolutamente individuales,
sean fácilmente formalizables.
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