1. REVOLUCIÓN BIO-TECNO-COMUNICACIONAL
Y NUEVO HUMANISMO
“Es
preciso formular en nuevos términos teóricos y políticos la cuestión
transcendental de la justicia social en la era de la globalización.
(...)
“En
primer término esto supone una decisiva crítica
de la ideología neoliberal del globalismo, de su unidimensionalidad
económica, de su pensamiento único lineal, de su autoritarismo político en
relación al mercado mundial, que se impone apolíticamente y que actúa de manera
altamente política”
(...)
“A los
diez errores del globalismo contrapongo diez respuestas a la globalidad y a la
globalización:
1.
Cooperación internacional.
2. Estado
transnacional o “soberanía incluyente”
3.
Participación en el capital.
4.
Reorientación de la política educativa.
5. ¿Son
las empresas transnacionales ademocráticas o antidemocráticas?
6.
Alianza para el trabajo ciudadano.
7. (...)
La fijación de nuevos objetivos culturales, políticos y económicos.
8.
Culturas experimentales, mercados nicho y autorrenovación social.
9.
Empresarios públicos y trabajadores autónomos.
10.
¿Pacto social frente a exclusión?”
(U. Beck:
¿Qué es la globalización? Falacias del
globalismo. respuestas a la globalización, Barcelona, Paidós, 1998,
pp. 22. 181-182)
Pese a los ingentes avances de las grandes épocas de
descubrimientos en el pasado, nunca se había incorporado un cúmulo tal de
innovaciones tecnológicas a la vida humana como en nuestros días: nuevos materiales (compuestos sobre matrices
orgánicas -fibras de vidrio o de carbono-, nuevos materiales cerámicos,
polímeros técnicos -nuevos adhesivos-, materiales para el hábitat y para la
electrónica -silicio amorfo, cristales líquidos, superconductores-, multimateriales,
etc.); nuevos componentes para la
microelectrónica (tubos de vacío,
semiconductores, circuitos integrados y bipolares, nuevas resistencias y
condensadores, tarjetas electrónicas); nuevos servicios de informática y comunicaciones (sistemas expertos, reconocimiento vocal; robótica, burótica
y domótica; redes locales, redes telemáticas con terminales, redes por
satélite; TV por cable, por satélite y de alta definición; videotexto,
teletexto, videoconferencia); realidad
virtual...
La revolución tecnológica, de fuertes implicaciones
comunicacionales, ha entrado en convergencia con una no tan prevista, pero
ahora acelerada, revolución biológica. La ingeniería genética, con programas
tan radicales como el proyecto genoma
humano, abre nuevas esperanzas a viejas espectativas de longevidad y salud,
a la vez que introduce nuevas amenzas y retos éticos.
Algunos afirman, incluso, que entramos en un horizonte de
potenciación de nuevas formas de inteligencia no biológicas, a la vez que a la
hibridación entre tecnología y biología. Comienza a generalizarse, tras
nociones extendidas como el final de la
historia, el final del arte, la más
radical del final de lo humano. Sea
como fuere, lo cierto es que el reto está planteado y, a partir de ahora, nada
podrá volver a ser como antes.
Somos espectadores y protagonistas de un momento
excepcional de la historia de la Humanidad: el tercer salto cualitativo de la
vida del hombre sobre el Planeta. En efecto, tras las revoluciones neolítica e industrial, esta revolución bio-tecno-comunicacional transforma, como las anteriores, el
equilibrio entre el tener (la base
productiva y material, las estructuras de posesión), el poder (la regulación de los
mecanismos de la interacción y de la imposición social) y el saber (todo el conjunto de
conocimientos, cualificados como científicos o no, así como sus expresiones
culturales y artísticas). Pero, sobre todo, asistimos a una transformación de la imagen de lo humano,
de la conciencia del hombre, de sus principios y de sus escalas de valores.
También de la sociabilidad y de los modos de confrontación. Y, por supuesto, de
la educación, de los sistemas de transmisión del saber y de los conocimientos,
que se consideran imprescindibles para la formación personal y la integración
social. Nada afecta tanto al sistema educativo como este conjunto de cambios
sin precedentes. Nos encontramos en una gran encrucijada, en una gran
bifurcación.
Una transformación radical.
Ya las líneas básicas del poder y los controles del saber
no dependen de aquellos que detentan la propiedad de la tierra y de los
sectores productivos conocidos como primarios (agricultura, ganadería, pesca,
minería, recursos forestales, etc.). Ni de quienes poseen el control de los
medios de producción industrial y de transformación (sector secundario). Los
nuevos poderes del presente, pero sobre todo del futuro, están en manos de
quienes poseen las claves de las innovaciones tecnológicas, de quienes regulan
los procesos de información y de comunicación. Tener poder ahora es tener
información. Buena información y antes que otros. Y saber utilizarla. Un dato proporcionado
por ordenador a los agentes de bolsa puede hacer cambiar de manos miles de
millones. Más que una buena o una mala cosecha. Más que un incremento de
producción en una industria. Caminamos -por más que a veces se denuncie y se
intente corregir- de una economía productiva a una economía especulativa.
‘Speculum’ es espejo. Y esta economía
-como una buena parte de nuestra vida, costumbres y hábitos-, se ha
ficcionalizado, se ha espectacularizado. Es más importante la imagen que la
realidad que se supone refleja. Se trata de un paso adelante en el proceso de
emancipación de la naturaleza, de lo real... Pero, a la vez, nos hacemos más
dependientes de los nuevos apoyos tecnológicos que comienzan a funcionar como
verdaderas prótesis: nos sentiríamos inválidos, seríamos parcialmente inútiles
sin ellos. En este proceso cambia también nuestra relación con lo real, y se
diluyen las fronteras entre realidad y ficción.
Las grandes innovaciones de las últimas décadas son
consecuencia del desarrollo espectacular de la informática, de la electrónica y
de las telecomunicaciones. Yves Lasfargue ha clasificado los cambios
tecnológicos en seis grandes familias:
a) Cambios asociados a la micro-electrónica.
b) Cambios asociados a la opto-electrónica.
c) Cambios asociados a la informática y a los medios de
comunicación.
d) Cambios asociados a los nuevos materiales.
e) Cambios asociados a las biotecnologías.
f) Cambios asociados al control de la energía.
Estos cambios, a su vez, producen cuatro tipos diferentes de
innovaciones:
a) Innovaciones de los procesos.
b) Innovaciones de los productos.
c) Innovaciones organizativas.
d) Innovaciones sociales.
Ninguna de estas esferas hubiera podido progresar como lo
ha hecho sin las otras. Pero es sobre todo la integración de sistemas y de hallazgos tecnológicos lo que preconiza el futuro. Esa integración
se hace perceptible en nuestro vocabulario, en el que neologismos y palabras
compuestas o derivadas comienzan a apuntar hacia esas dimensiones
multifactoriales: la telemática indica la integración de la informática con las
telecomunicaciones; la robótica, la domótica y la burótica nos apuntan la
extensión de la informática a los ámbitos de autómatas y máquinas de precisión,
al control de la casa (edificios inteligentes) o al desempeño informatizado de
las tareas de oficina; se habla de nuevos servicios como telecompras; de nuevas
prácticas lúdicas (videojuegos)... El concepto de multimedia, con su vocación
de integración de sistemas, soportes y estímulos de comunicación (imágenes,
sonidos o textos codificados digitalmente) domina ya, y seguirá dominando el
mercado los próximos años. La biotecnología apunta a la llegada de medios,
sistemas y procesos tecnológicos e informacionales al terreno mismo de la vida.
No se trata de un proceso que afecte a unos pocos, ni de
cambios para especialistas. Los medios de comunicación dedican cada vez más
atención a estas cuestiones. Hace unos años -20 de octubre de 1994- Diario 16
publicaba un “Especial Autopistas de la Información”, en cuya
presentación se indicaba: “La ciudad global está al llegar. Las autopistas de
la información, esas invisibles redes por las que circularán voz, imágenes y
datos a extraodinaria velocidad, gracias a elementos como la fibra óptica y los
satélites, son un desafío mundial (...) España moverá unos 3 billones de
pesetas en el quicio del milenio. Pero el reto no es sólo económico. Telépolis
está ya al alcance de nuestras manos. La revolución de las telecomunicaciones
obliga a la sociedad entera a adaptarse a una nueva estructura en el ámbito
cultural, social y laboral. El verdadero cambio se acerca, aunque nadie sabe
con exactitud hacia dónde conducen estas macrorredes de alta capacidad”. Unos
años después sabemos que tales previsiones se han desbordado incluso, y que la era de la información es un hecho sobre la base de la construcción de una sociedad red cuyas implicaciones comienzan a ser certeramente analizadas por
investigadores sociales como Manuel Castells.
Todo sucede con una aceleración realmente sin precedentes,
a pesar del freno de la crisis económica. Pocos seres humanos han podido, antes
que nosotros, pasar de la “prehistoria” a la historia de los grandes procesos
de la humanidad. Tal parece ser nuestro destino. Estamos en la prehistoria del
nuevo universo comunicacional y apenas podemos intuir las consecuencias de
cambios tan importantes como los que se anuncian en la actualidad.. pero parece
que viviremos la historia de estas transformaciones, y que un buen número de
personas habrá asistido a la profunda crisis de la modernidad (política y
económica, pero también ética y estética, psicológica y social) y a la
alternativa que comienza -borrosamente- a dibujarse. Incluso, como advertencia
que convendría tener en cuenta para que el hecho no llegara a producirse, se
apunta a una gran catástrofe (en el sentido de René Thom, una gran
transformación que hace pasar de un sistema a otro) en la que, de una
tecnología al servicio de lo humano pasaríamos a contemplar lo humano al
servicio de las nuevas tecnologías inteligentes. Marvin Minsky ha llegado a
afirmar, provocativamente, que tendremos suerte si las nuevas criaturas
inteligentes nos conservan como animales de compañía.
No todos se adaptarán por igual a estas transformaciones,
que en la actualidad apenas alcanzan a un 10 % de la población mundial, pero
que tienen un importante peso cualitativo. Quienes no sean capaces de
desarrollar una relación fuertemente
abstractiva con su entorno, una plasticidad
extrema en la adaptación a las circunstancias, un fuerte automatismo en la respuesta a una interactividad creciente, una nueva lógica de la simultaneidad en tiempos y espacios (frente a nuestra
lógica lineal), una capacidad de metamorfosis,
de mutación constante, y una capacidad dinámica de afrontar los riesgos como parte constitutiva de la
vida... lo pasarán mal. Sin embargo, durante algún tiempo, coexistirán formas
del pasado con formas del presente y del futuro que se avecina. ¿Todo esto es bueno,
es malo? Tal vez sea inevitable, lo que no quiere
decir que debamos resignarnos a la presión de estas fuerzas en el desarrollo de
lo humano, que a veces se nos antojan -desde esta ladera- como profundamente
inhumanas. Pero tampoco se trata de rechazar innovaciones positivas para
determinadas dimensiones y problemas. Pensemos, por ejemplo, en la importancia
de los sistemas informáticos y audiovisuales de diagnóstico y tramiento de
enfermedades, o en las importantes aplicaciones médicas e industriales del
láser. Por no citar la extraordinaria utilidad de los sistemas informáticos de
simulación para prácticas profesionales tan delicadas como las de pilotos,
médicos, etc., o la utilización de las nuevas tecnologías biológicas para
mejorar la producción de alimentos (no sin controversias ni riesgos) o intervenir
en enfermedades cuya curación es difícil o imposible por procedimientos
tradicionales.
La reflexión sobre las nuevas tecnologías y su
incidencia social.
Una carta del entonces Presidente de la República Francesa,
Valery Giscard d’Estaing, dirigida a Simón Nora y fechada el 20 de diciembre de
1976, marcó en Europa el inicio de la preocupación del Estado moderno por los
nuevos fenómenos: “El desarrollo de las aplicaciones de la informática -se
decía- es un factor de transformación de la organización económica y social, y
del modo de vida: conviene, pues, que nuestra sociedad esté en condiciones de
promoverla y, a la vez, de dominarla, para ponerla al servicio de la democracia
y del desarrollo humano”. El resultado de tal impulso fue el famoso informe de
S. Nora y A. Minc, La informatización de
la sociedad (1978). En él, entre
otras consideraciones notables, aparece por ver primera el término telemática, híbrido entre “telecomunicaciones” e “informática”, y parecido al
neologismo empleado en EE.UU. “compunication”,
aunque cada uno de ellos pone el énfasis en una dimensión distinta del proceso:
los franceses en las telecomunicaciones, los americanos en la informática. La
“telemática” -nos dirán-, a diferencia de la electricidad, “no transmite una
corriente inerte, sino información, es decir, poder. La línea telefónica o el
canal de televisión constituyen las premisas de este cambio”. Casi
simultáneamente, J. F. Lyotard preparaba para el gobierno canadiense un
conocido informe titulado La condición
posmoderna, en el que se ponía de
relieve todo el conjunto de cambios sociales y culturales asociados a la
transformación económica: así como algunas (pocas) zonas del planeta pasan de
la sociedad industrial a la postindustrial, en el ámbito de la comunicación, de
la cultura y del universo de valores, se pasa de la sociedad moderna a la
posmoderna. No es el momento de detenernos en un tema apasionante que, sin
embargo implicaría otras dimensiones.
De
entre las extraordinarias -y aún vigentes- aportaciones del informe Nora-Minc
(1978: 13-27), destacamos para nuestra reflexión las siguientes:
a)
Nos encontramos en una crisis de
civilización: “ésta resulta del conflicto entre los valores tradicionales y
los transtornos que provocan la industrialización y la urbanización; asimismo,
plantea a largo plazo la distribución elitista o democrática de los poderes, es
decir, a fin de cuentas, de los conocimientos y de las memorias”.
b)
En esta crisis, la informatización
creciente de la sociedad está en el
centro mismo del problema, y puede
contribuir, doblemente, a agravarlo y/o a resolverlo. No es la única
innovación, pero sí el factor de aceleración de todas las demás
transformaciones: “en la medida en que altere el tratamiento y la conservación
de la información modificará el sistema nervioso de las organizaciones y de la
sociedad entera”.
c)
La telemática provocará un verdadero reajuste
de poderes: “pesará sobre los equilibrios económicos, modificará las
relaciones del poder y ampliará el ámbito de su soberanía”. Muy en particular,
afectará a las relaciones entre el Estado, el mundo de las relaciones
económicas y la sociedad civil.
d)
Los efectos de la telemática exigirán un profundo reajuste del mercado de trabajo: serán positivos
sobre la producción, pero negativos sobre el empleo. Es, a juicio de Nora y
Minc, el Estado el que debe regular esta situación con mecanismos que tiendan a
corregir todos estos desequilibrios y orientar la incidencia de las nuevas
tecnologías en un sentido positivo.
e)
En síntesis, el proceso de aceleración que promueven los nuevos sistemas,
soportes, vías, productos y servicios derivados de la integración de la
informática y las telecomunicaciones produce auténtico vértigo y nos sitúa en
un horizonte en el que no es posible avanzar demasiado en las previsiones: “los
esquemas tradicionales para interpretar la sociedad y prever su futuro servirán
para poco (...) El nuevo desafío es el de la incertidumbre; no hay una
previsión válida, sólo preguntas válidas acerca de la manera de encaminarnos
hacia el horizonte deseado. El futuro ya no depende de la prospectiva, sino del
proyecto, y de las aptitudes de cada nación para dotarse de la organización
necesaria para su realización”.
Nora
y Minc concluían el resumen de su informe con unas interesantes reflexiones:
“Preparar el futuro implica una pedagogía de la libertad que proscriba las
costumbres e ideologías más arraigadas. Esto supone una sociedad adulta, que
desarrolle su espontaneidad, su movilidad y su imaginación, aceptando al mismo
tiempo las responsabilidades de la normativa universal; pero también supone un
Estado que, asumiendo sin timidez sus funciones reguladoras, admita, sin
embargo, no seguir siendo el actor casi exclusivo del juego social”. En los
próximos capítulos retomaremos los nuevos valores desde los que, a nuestro
juicio, se debe construir el equilibrio entre lo universal y lo local, en cuyo
centro mismo se encuentra el respeto a los derechos de la mujer, de las
minorías desfavorecidas y de la naturaleza, al tiempo que debe producirse una
profunda mutación de los imaginarios sociales.
Desde
que Nora y Minc presentaran su informe han transcurrido más de cuatro lustros.
Y en estos quince años el uso de microordenadores se ha generalizado en las
sociedades occidentales avanzadas, los satélites son ya un logro más que una
promesa, el equilibrio internacional se ha transformado profundamente, y el
Estado moderno, con su vocación reguladora y protectora, presenta síntomas de
agotamiento, frente a una sociedad civil cada vez más activa (también más
desarticulada y caótica). Para algunos la palabra desregulación ha pasado a
convertirse en la panacea de todos los problemas, mientras que, objetivamente,
el desmantelamiento del Estado moderno deja sin protección a los colectivos más
precarios. Las diferencias económicas son cada vez mayores, y los objetivos de
bienestar económico, cohesión social y libertad política con tan difíciles de
alcanzar como la cuadratura del círculo, según ha señalado R. Dahrendorf.
En
manuales, monografías y artículos sobre Nuevas Tecnologías de la Información y
de la Comunicación (NTIC) se suele reconocer que la generalización planetaria
de los nuevos sistemas de gestión e información acelerará el cambio económico
estructural, haciendo cada vez menor la importancia de otros sectores y
hábitos, tanto en la producción como en el consumo. Se producirá una
intensificación de las tendencias apuntadas al final de la “segunda ola” del
neocapitalismo industrial y de servicios:
a)
Concentración de empresas, con eliminación de aquellas que sean incapaces de
acometer el reto de los mercados supranacionales o de afrontar los problemas de
productividad con recursos obsoletos. Sin embargo, a medida que las nuevas
tecnologías se van aplicando parece también posible la aparición de empleos
alternativos en pequeñas empresas que se sitúan en las “grietas” o
“intersticios” controlados por los grandes grupos planetarios.
b)
Incremento del paro estructural, al disminuir la necesidad de empleo directo, y
en tanto no se modifique el marco de la dedicación laboral y el reparto del
trabajo.
c)
Entorpecimiento de la política estatal de infraestructuras, que irá quedando
progresivamente en manos de la iniciativa privada. Parece que ya nadie duda de
que el modelo que se impondrá es el de la liberalización total de las
telecomunicaciones. España ha acometido con un importante retraso de cuatro o
cinco años estas reformas, y si las nuevas modalidades de televisión
(televisiones locales y, sobre todo, televisiones por cable) han sido reguladas
a finales de 1994, la liberalización de la telefonía básica no ha llegado -no
sin problemas- hasta 1998. El final del monopolio de Telefónica y la
constitución de nuevos operadores de redes y servicios, con retraso y sin unas
bases suficientes, no parece resolver un problemas que habrá que afrontar con
urgencia.
d)
Aunque resulte la consecuencia más discutible, muchos indican que, a pesar del
aparente acceso ilimitado a bienes y servicios (sean económicos, sean
culturales), se producirá una reducción de las posibilidades económicas y
culturales de elección. A la vez, el control virtual sobre los ciudadanos se
extenderá a casi todas sus actividades.
La
Unión Europea se ha dotado de una Comisión que toma su nombre del ministro
Martin Bangemann y cuya misión es evaluar las implicaciones futuras de la
revolución tecno-comunicacional. En la sociedad
de la información, articulada a
través de las grandes autopistas informativas, surgirán nuevos servicios y
prestaciones, de entre los que destacan los diez siguientes: teletrabajo,
teleeducación, red de universidades, servicios telemáticos, redes de asistencia
sanitaria, gestión de tráfico por carretera, control de tráfico aéreo,
licitación electrónica, red transeuropea y autopistas urbanas.
Es
muy posible que las actuales infraestructuras de comunicación, que soportan
servicios para los que no fueron previstas, den paso a nuevas alternativas en
el futuro. La transmisión eléctrica o las redes convencionales de telefonía son
muy lentas y limitadas frente a la fibra óptica. La comunicación lumínica por
fibra óptica tiene una mayor capacidad de transporte de datos, a la vez que una
mayor velocidad. En cualquier caso, los “trazados” de comunicación e
información actualmente existentes, con vocación planetaria, quedarán en el
futuro como importantes precedentes de todo lo que se nos avecina. Dedicaremos
unos párrafos a la red Internet antes de sacar algunas conclusiones
acerca del nuevo “homo-media” u hombre mediático que está en ciernes.
Internet.
La
red Internet pasará al futuro como el primer intento de superar las
barreras de conexión entre ordenadores: una gran red que celebrará en 1999 sus
primeros treinta años, ante los síntomas de su transformación, a la búsqueda de
nuevos recursos de financiación y, por tanto y presumiblemente, en manos del
impulso de su aprovechamiento comercial. Hasta ahora ha posibilitado el avance
comunicacional en una línea que es ya un hecho en el presente: la búsqueda o
transmisión de información sobre cualquier tema o motivo, sin importar dónde
pueda localizarse en el planeta. El correo electrónico (E-Mail), la consulta en
línea de millares de bancos de datos y la participación en grupos de interés y
de debate (news), las teleconferencias y chats
son algunas de sus posibilidades,
para todo usuario que disponga de un ordenador, un modem, y una clave de acceso
a través de uno de los servidores de la red. Sabemos del peso que ya tiene la
economía de la red potenciada sobre todo en el último lustro.
El
desarrollo de Internet ha sido paralelo al de otros poderosos
avances en el mundo de la informática, la electrónica y las telecomunicaciones.
En 1969, en pleno contexto de guerra fría, el ministro de Defensa
norteamericano decide crear una red informática a prueba de confrontaciones
nucleares. Nace Arpanet. Tres años después Arpanet agrupa unos cuarenta
ordenadores militares y universitarios. En 1982 se da un paso importante, al
permitir gratuitamente el acceso a la red bajo Unix. Un año más tarde, la
National Science Foundation (NSF) americana financia la conexión a la red de
sesenta universidades americanas y tres europeas. Ya en 1984 Internet conecta
más de 1.000 ordenadores.
A
partir de entonces, los avances han sido importantes año tras año: en 1985 se
integra a Internet la red de la NSF (NSFnet), provocando una importantísima
demanda. La velocidad de transmisión pasa de 9,6 kilobits por segundo (1972) a
2 megabits por segundo. En 1986 la red se conecta a las líneas públicas de
transmisión. En 1987 la segunda versión de NSFnet conecta 100.000 ordenadores,
3.400 centros de investigación y transmite a 45 megabits por segundo. En 1989
EUnet (Europa) y Aussienet (Australia) se unen a NSFnet. Las empresas comienzan
a conectarse a través de Internet, pero se les impide el acceso a NSFnet. En
1992 se pone a punto un nuevo sistema simple de organizar la navegación a
través de Internet: el World Wide Web. Los ordenadores conectados llegan al
millón. En 1993 la Casa Blanca reivindica para la CIA el derecho a conservar el
acceso al conjunto de la red (¡Ya podemos imaginar la importancia de los datos
a los que Internet permite acceder!). La velocidad de transmisión alcanza los
622 megabits por segundo (unas 300.000 páginas de texto, aproximadamente).
Durante 1994 se consigue transmitir las primeras imágenes de vídeo a través de
Internet. La NSF anuncia su retirada en la financiación, y un mundo nuevo de
posibilidades y a la vez de incertidumbres se abre ante los usuarios.
En
los últimos cinco años, la tecnología digital y la transformación de las
telecomunicaciones ha incorporado a nuestro escenario vital esta interacción en
red, y los internautas -a pesar de ser una pequeña minoría en comparación con
nustro poblado planeta- ya no son una rareza. Los efectos de las nuevas
tecnologías aplicadas a situaciones de pobreza, violencia y subdesarrollo son
previsibles. Hace unos años el mundo seguía atónito los movimientos del
subcomandante Marcos en Chiapas gracias a las transmisiones que, desde la
selva, realizaba a través de internet.
Es
necesario, pues, pensar en un futuro que ya ha comenzado.
¿Retrato-robot de un hombre-robot?
El
investigador norteamericano M. Benedikt define así el espacio cibernético: “un
mundo virtual, multidimensional, creado y en funcionamiento con la ayuda de
ordenadores unidos en una amplia red. Cada estación de trabajo es una ventana
abierta a este mundo, donde las distancias se han abolido. Los objetos vistos o
entendidos no son ni objetos físicos ni necesariamente representaciones de
objetos físicos, sino que, más bien, han de considerarse como puros datos, como
la información en su estado bruto. Estas informaciones provienen, sin duda, de
las actividades del mundo natural y físico, pero son, sobre todo, el fruto del
tráfico inmenso de informaciones simbólicas, de imágenes, de sonidos, todo ello
producido por todo tipo de personas en el campo de las ciencias, el arte, de
los negocios y de la cultura” (en AA.VV., 1994: 628-629).
¿Qué
tipo de ser humano habitará estos nuevos espacios? ¿Cómo conseguirá
compartirlos con los espacios físicos? ¿Cómo se manifestará su identidad a
través de estas vastas redes? ¿Cómo podrá elegir entre opciones que ni siquiera
conoce y que le desbordan?
Surge
una nueva generación de ciencia-ficción: los “cyberpunks”, como W. Gibson.
¿Serán capaces de contener su sobreexcitación, su violencia, al mundo de la
comunicación virtual? ¿Será gobernada esta sociedad virtual por alguien? ¿Por
quién o quiénes, cómo, para qué...?
Los
avances tecnológicos exigen de nosotros un tributo de tiempo proporcional al
que nos liberan: ¿realmente hay más vida humana o de más calidad gracias a
estas innovaciones? Y, a la postre, nos hacen depender de ellos. Ya somos
inválidos sin nuestro coche, sin nuestro ordenador, sin nuestro televisor... Y
aún la vida “pasa” por fuera de ellos. ¿Qué ocurrirá cuando nuestros
encuentros, nuestras transacciones, nuestros controles de salud, nuestro ocio
estén “dentro” de las redes informáticas?
Ya
apuntamos al principio un conjunto de capacidades que los nuevos retos humanos
van a exigir: relación abstractiva con el entorno, plasticidad, automatismo,
lógica de la simultaneidad, asunción del riesgo... Pero esta exposición
constante a flujos de información, forzando nuestra propia capacidad cerebral,
situando fuera de nosotros todo aquello que más que ser pensado por nosotros
sustituirá nuestra capacidad ante el mundo, transformará también nuestra
psicología. Karen Horney, entre otros muchos psicólogos, puso de relieve que la
adaptación del hombre a las formas de vida aceleradas por la industrialización
y la nueva vida de las metrópolis exigía un cierto grado de neurosis que dejaba
de ser patológico para adaptar el hombre ante las nuevas exigencias del medio.
Jean Baudrillard (1988: 22) apunta algunos de los peligros de un futuro que ya
está aquí: “Si la histeria era la patología de una puesta en escena exacerbada
del sujeto, de una conversión teatral y operática del cuerpo, y si la paranoia
era la patología de la organización y estructuración de un mundo rígido y
celoso, a partir de la promiscuidad inmanente y la conexión perpetua de todas
las redes en la comunicación e información nos hallamos en una nueva forma de
ezquizofrenia”. Este hombre actual que se siente constantemente amenazado
(paranoide) y escindido, dividido (esquizoide), abierto al mundo pese a sí,
enajenado de su voluntad y sin capacidad de encontrar sus propios límites y su
propia interioridad, que ha perdido todo sistema de valores más allá de la
urgencia del vértigo cotidiano, se parece poco al ideal humano expresado a
través de toda la historia de la humanidad. ¿Será entonces otra cosa distinta a
este homo sapiens sapiens que surgió hace unos 100.000 años en
África y que está en peligro de extinción?
Ervin
Lazslo (1990: 29), profesor de Yale y Pricenton, director del Instituto para la
Enseñanza y la Investigación de las Naciones Unidas, plantea con claridad en su
libro La gran bifurcación la alternativa en que nos encontramos: o
destrucción de la especie humana o salto a una forma nueva de organización y de
identidad: “las alternativas que hoy se le abren a la humanidad son
sorprendentes. Por una parte, podemos extraer placer de los frutos de la
cultura moderna y la civilización tecnológica. Podemos alcanzar un minucioso
conocimiento del yo y del mundo, disfrutar de la belleza natural y de la creada
por nosotros mismos, y tener experiencias de significación religiosa o mística.
Pero por la otra, podemos cometer suicidio colectivo y amplificarlo hasta
cometer también terricidio”. Para Lazslo no es exagerado pensar en la extinción
como alternativa: la considera, incluso, como una posibilidad muy alta de las
formas de vida inteligentes.
La
otra posibilidad sería un cambio cualitativo, un salto al desarrollo de
sorprendentes poderes e inimaginables capacidades. Considera que los años 90
serán, probablemente, “la época más crucial en la larga y azarosa historia de
nuestra especie”. Y, de alguna manera así ha sido, aunque aún no seamos capaces
de tomar en consideración sus implicaciones.
El
momento en que nos aproximamos a una cifra mágica en la población mundial, 1010 = 10.000 millones de habitantes,
bien podría ser, como en otros saltos evolutivos, el apropiado para que esos
10.000 millones de unidades íntimamente vinculadas entre sí y con un propósito
común den lugar a un sistema de un orden nuevo y superior: la interconexión
sería la clave. “Y si así fuese, muchos creen que el nuevo superorganismo sería
algo así como un supercerebro, con un cerebro y una conciencia propios. El
proyecto parece intimidante: los individuos podrían convertirse en neuronas
robóticas, que transmitieran obedientemente la información que circularía por
el cerebro colectivo, sin voluntad ni personalidad propias. Pero tales temores,
si bien no sin asidero, no son justificados. Depende de nosotros, ya de las
generaciones actuales, decidir si la humanidad entrará en un camino de
esclavización respecto de superorganismos societarios o si aprenderá a
controlar las estructuras y los procesos que cree” (E. Lazslo, 1990: 28).
Parece
que aquí llegamos al límite mismo de lo que puede ser una prospección
científica para adentrarnos en el ámbito casi de la ciencia ficción. Para
muchos, las nuevas criaturas que ya estamos gestando, las nuevas inteligencias
con fuerte capacidad de interacción con el entorno, de procesamiento en
paralelo y de toma de decisiones complejas, pronto nos sustituirán. Al fin y al
cabo, nadie ha demostrado que el ser humano sea el último eslabón y la
culminación de un Universo en despliegue. Y esta revolución afecta a la mente,
tanto como la revolución industrial afectó al músculo, a la fuerza para
intervenir en nuestro entorno.
Sin
que suene a conclusión, pues nada aquí concluye, sino que parece iniciarse,
podemos extraer algunas claves importantes:
a)
Asistimos a una fase de cambios cualitativos en la vida del hombre sobre el
planeta. Se trata de una crisis de civilización, pero podría ser incluso algo
más: la crisis del modelo humano sobre el que se han ido asentando las
civilizaciones hasta ahora conocidas.
b)
El futuro pasa por la informatización y por la comunicación global. Está
escrito en sistema digital y circulará a velocidad de la luz a través de fibras
ópticas. Los cambios que tales procesos provocarán van a afectar todas las
dimensiones y niveles de la existencia humana: desde la experiencia del espacio
y de tiempo (deslocalización y destemporalización) hasta la propia imagen del
yo y de la persona.
c)
Las grandes alternativas oscilan entre la posibilidad de destrucción y una
integración global, en la cual cada ser humano puede pasar a un nivel de
insignificancia o adquirir una dimensión cósmica.
d)
El desarrollo de estas posibilidades no depende sólo de las innovaciones
tecnológicas. Es nuestra voluntad la que debe conducir los procesos,
estabilizar sistemas de valores y construir un tipo humano nuevo. Y, en todo
ello, el papel de la reflexión y de los procesos educativos va a ser más
importante que nunca. Tal vez la tecnología marque la dirección de los
procesos; pero el pensamiento y la educación deben indicar su sentido: en una
orientación positiva o negativa.
Vale
la pena ser optimistas. Vale la pena luchar y esforzarse para que el nuevo homo
(en cuyo perfil pesará tanto o más lo femenino como lo masculino) no
sea un homo roboticus, sino un homo noeticus, un ser cuya
conciencia y cuya plenitud sean la máxima expresión de su realidad. Una
alternativa humana cuyos rasgos nos traza John White: “Su psicología, ya
modificada, está basada en la expresión del sentimiento, y no en su supresión.
Su motivación es cooperativa y amorosa, no competitiva y agresiva. Su lógica es
multinivel-integrada, no lineal/secuencial o “una cosa u otra”. Su sentido de
identidad es inclusiva-colectiva, no aislada-individual. Sus capacidades
psíquicas son utilizadas con propósitos benevolentes y éticos, no dañinos e
inmorales. Los medios convencionales de la sociedad no le satisfacen. Le
preocupa la búsqueda de nuevos medios de vida y nuevas instituciones. Busca una
cultura fundada en una conciencia más elevada, una cultura cuyas instituciones
están basadas en el amor y la sabiduría, una cultura que satisface la filosofía
perenne” (S. Groff y otros, 1994: 176). Así sea.
REFERENCIAS
AA.VV. (1994): La realidad virtual. Mundo científico, 148, vol. 14, pp. 609-643.
Baudrillard,
J. (1988): El otro por sí mismo. Barcelona,
Anagrama.
Diario 16 (1994): “Especial
Autopistas de la Información”, jueves 20 de octubre 1994.
Grof, S. y otros (1994): La evolución de la conciencia. Barcelona,
Paidós.
Lazslo, E. (1990): La gran bifurcación. Crisis y oportunidad:
anticipación del nuevo paradigma que está tomando forma. Barcelona, Gedisa.
McLuhan, M. y Powers, B.R. (1990): La Aldea Global. Transformaciones en la vida
y los medios de comunicación mundiales en el siglo XXI, Barcelona, Gedisa.
Nora, S. Y Minc, A. (1978): La informatización de la sociedad, México, FCE, 1981.