LIBROS PARA RECORDAR EL PASADO, VIVIR EL PRESENTE Y
HUMANIZAR EL FUTURO
Pregón leído en la Plaza de las Monjas de Huelva por el
Escritor, Editor y Catedrático de Literatura de la Universidad de Sevilla D.
Manuel Angel Vázquez Medel el día 6 de mayo del año 2000, con ocasión de
inaugurarse en el citado lugar la Feria del Libro.
Excmo. Sr. Alcalde de Huelva, Excmo. Sr. Presidente de la Diputación, Excmas e Iltmas autoridades, señoras y señores, paisanos y amigos:
Reza un viejo y conocido adagio que “nadie es profeta en su tierra”, y no seré yo, desde luego, el que ponga en duda un convencimiento tan avalado por la experiencia. Tendemos a acostumbrarnos a lo que tenemos cerca y –si no estamos afectados por esa enfermedad mortal del espíritu que es la xenofobia- solemos valorar (incluso sobrevalorar) todo lo que nos resulta distinto y distante.
Sin embargo, ésta es mi tierra, y la generosidad de los organizadores de esta Feria del Libro –a quienes desde ahora expreso mi gratitud- me ha encomendado la noble tarea de hablar aquí, en la plaza pública, delante de la asamblea convocada por mor (es decir, por amor) del libro. Se me ha pedido, en este filo simbólico de milenios, que –desde la perspectiva de lo que supone el libro y la lectura- vuelva por un momento la mirada a un pasado del que somos hijos y que forma parte de nuestras vidas, que procure escrutar los signos del presente e, incluso, otear algún posible horizonte futuro. Y este doble pro-femi, este hablar ante el espacio y ante el tiempo es lo que ha constituido la necesaria, humilde (y a veces peligrosa) tarea profética. Por ello espero la benevolencia de mis oyentes, ahora compañeros de camino en un recorrido que viene de muy lejos y que sin duda nos llevará más lejos aún pero que, sobre todo, pasa por el corazón mismo de cada uno de nosotros. “Ni más nuevo al ir –decía Juan Ramón- ni más lejos: más hondo. Nunca más diferente, más alto siempre. La depuración constante de lo mismo, sentido en la igualdad eterna que ata por dentro lo diverso en un racimo de armonía sin fin y de reinternación permanente”.
Proclamar la excelencia y la necesidad del libro y de la cultura en esta Huelva que afronta esperanzada los grandes retos del nuevo milenio y hacerlo desde esta Plaza de las Monjas que –aunque transformada- tantos recuerdos de mi infancia y primera juventud me trae, es uno de los mejores regalos que he recibido de mi ciudad y al que espero responder y corresponder desde el fondo mismo de mi corazón. Una ciudad y una provincia que han sabido transformarse tan positivamente durante las últimas décadas y afrontar con realismo e ilusión los grandes retos de una nueva cultura y una nueva sociedad en ciernes, bien merecen los más encendidos y sinceros elogios. Pero, sobre todo, bien pueden afrontar con rigor y exigencia los grandes desafíos. En la nueva dinámica de un futuro que es ya presente debe existir un necesario equilibrio entre lo global y lo local; entre lo universal y lo particular. La lección es saber ser local sin ser localista; amar lo provincial sin ser provincianos. También ser Universales sin perder las raíces. Hemos de recordar que el primero en utilizar (y aplicarse con razón a sí mismo) el calificativo de “Andaluz Universal” fue nuestro Juan Ramón Jiménez, punto de referencia inexcusable cuando hablamos, en este ámbito nuestro, de libros, de literatura y de cultura. Huelva ofrece en estos momentos en muchos órdenes de la cultura un perfil verdaderamente abierto, acogedor y generoso: el Festival Iberoamericano de Cine, el Premio de Poesía Juan Ramón Jiménez y las actividades de la Fundación que lleva el nombre de nuestro poeta, la creciente actividad musical y teatral, son sólo algunas muestras más allá de todo cuestionamiento. Y, a pesar de que ninguna iniciativa editorial privada de verdadero calado haya llegado a fraguar en nuestra tierra, hay que reconocer que las instituciones públicas que representan la voluntad popular, fundaciones y organizaciones empresariales han sabido impulsar y poner su sello en muchas de las iniciativas más logradas en las últimas décadas en el horizonte de la cultura española: podemos decir con orgullo que llevan el sello de Huelva, entre muchos otros logros, la hermosa revista ConDados de Niebla, varias prestigiosas colecciones de nuestra Diputación o, incluso, esas hermosas muestras de apertura verdaderamente internacional que son los Cuadernos de la Placeta. Y este es el camino que hay que seguir, sumando y no restando esfuerzos; acogiendo e impulsando toda creación cultural y científica (quiero recordar aquí a nuestro ilustre paisano Juan Pérez Mercader) de verdadero valor.
Por ello me atrevo a sugerirles una idea: busquemos los mecanismos y los cauces para que todos los impulsos y todos los esfuerzos, conjuntados, lleguen mucho más allá de donde alcanzarían solos. Seamos audaces y atrevámonos a crear una plataforma de convergencia cultural más allá de la búsqueda de protagonismos políticos, económicos o personales que, aunque legítimos, son a veces un verdadero derroche de energía; impulsemos un espacio, un foro, en el que instituciones y organismos (comenzando por la propia Universidad) se planteen con audacia e ilusión una radical transformación de los universos culturales. Impulsemos programas e iniciativas concretos, prácticos y eficaces, que lleven nuestra sociedad, con ilusión, hacia el futuro. Convirtamos a Huelva en verdadero ejemplo de lo que puede llegar a hacerse en la nueva sociedad de la comunicación y de la información, en la nueva sociedad de la cultura y el conocimiento. Por una vez, decidamos ponernos en vanguardia de procesos que requieren más imaginación que inversiones; más participación que dirigismos; más ilusión que crítica estéril.
* * *
Dejemos en el aire este reto y centrémonos en lo que aquí nos convoca: el libro y las experiencias comunicativas de la escritura y la lectura. Y hagámoslo, sin anacronismos, desde el tiempo que nos ha tocado vivir. Un tiempo de encrucijadas, de cambios, de grandes alternativas, de puntos críticos y bifurcaciones. Un tiempo, por ello, de crisis, de desconciertos, de riesgos. Pero también de esperanzas: sabemos que allí mismo donde surge lo que nos amenaza, nace también lo que puede salvarnos. El optimismo o el pesimismo en los análisis no dependen sólo de lo observado sino, sobre todo, de la actitud del observador. Y esta actitud también influye en los hechos. Por ello les animo a contemplar poéticamente (palabra que en griego significaba “creativamente”) la existencia. “En los tiempos modernos –nos recuerda esa gran pensadora que fue María Zambrano- la desolación ha venido de la filosofía y el consuelo de la poesía”. Consuelo, sí, hasta en casos tan radicales, como el de Jorge Luis Borges (más orgulloso de sus lecturas que de su propia e incomparable escritura), quien nos entregó uno de los más hermosos poemas que se han escrito sobre el libro, el “Poema de los dones”, que nos habla de la ironía de un Dios capaz de proporcionar, a un tiempo, el regalo de los libros y de la vocación lectora, junto con el don amargo de la ceguera, a este gran escritor que llegó a ser Director de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires:
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.
De hambre y sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esa alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
Exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Hablamos de libros y hablamos de consuelo, de vida, del conocimiento que comienza en la perplejidad y que ha de ser auxiliar imprescindible en cada particular búsqueda de la felicidad y del sentido. Algo, quizá, para muchos, incomprensible. ¿Cómo puede relacionarse la experiencia (pues de experiencias se trata y no de algo abstracto) de la lectura con la búsqueda de la felicidad?
“Todos los hombres, hermano Galión, (así comienza Séneca su tratado Sobre la felicidad) quieren vivir felices; pero al ir a descubrir lo que hace feliz la vida, van a tientas; y no es fácil conseguir la felicidad en la vida, ya que se aleja uno tanto más de ella cuanto más afanosamente la busque, si ha errado el camino; si este lleva en sentido contrario, la misma velocidad aumenta la distancia”. ¡Qué razón tenía! Y qué patética imagen damos a veces en una sociedad que parece más bien alejarse de un sentido auténtico y profundo de felicidad, acorde con la esencia de lo humano, que ir a su encuentro. Una sociedad que sacrifica lo verdaderamente importante a lo falsamente urgente, lo esencial frente a lo accidental y lo anecdótico. Una sociedad que se empeña en reducirlo todo al culto perverso al poder y al tener, olvidando lo más inalienablemente nuestro: el saber y el ser. Pura alegría es el título que, siguiendo a Paul Theroux (“La ficción es pura alegría”), ha dado Antonio Muñoz Molina a sus ensayos sobre la experiencia literaria, la escritura y la lectura. “Los libros, la lectura –afirma-, estan en la raíz de nuestra idea de la libertad. El libre examen vindicado por la reforma protestante es sencillamente el derecho a leer a solas la Biblia, en el propio idioma, sin mediación de ninguna autoridad exterior. Cuando nos encerramos a leer a solas, el gusto de la lectura es un gesto tranquilo e inconsciente de rebeldía. Las obligaciones exteriores quedan temporalmente canceladas y se atenúa el agobio de la realidad. El libro se nos ofrece con una docilidad absoluta: no sólo tenemos la potestad de emprender la lectura donde nos dé la gana y de concluirla cuando nos aburramos o cuando nos llegue el sueño, sino que los personajes están esperando a que les demos una cara y les concedamos una existencia”.
Los libros –los buenos libros- son, a mi juicio, grandes instrumentos para emprender el camino hacia nosotros mismos; el viaje inevitable que -como nuevos Ulises, sorteando mil peligros y los atrayentes cantos de sirena mediáticos que nos desvían de nuestro camino- hemos de emprender hacia la Ítaca de nuestro destino.
Y ¿por qué los libros? Porque en ellos está registrada buena parte del vivir, de la experiencia, de los aciertos y de los errores de la Humanidad. Y, a través de la lectura, hacemos nuestros miles de años de reflexión y de esfuerzo, de vida en suma. A nuestra gestación biológica, que concluye con nuestro nacimiento, los seres humanos añadimos otra segunda gestación en el seno de la sociedad que sólo concluye con la muerte. También somos hijos de los libros que hemos leído, de las imágenes que nos nutren. Los libros alimentan nuestro espíritu como los alimentos nuestra carne. Y hay –es cierto- una suerte de “gastronomía del espíritu”.
Los libros nos alimentan –decimos-, y hay muchos seres humanos mal nutridos en su espíritu. Algunos, raquíticos, piensan sin embargo que pueden sobrevivir humanamente tan sólo con la información que reciben del entorno o, en todo caso, con esa amalgama indigesta casi siempre de la televisión. Hay incluso quien se atiborra de libros –como quien ingiere alimentos inadecuados- y presenta un perfil mental y espiritual hinchado y poco saludable.
Frente a todo ello, la escritura y la lectura auténticas se alzan contra la muerte porque eternizan –aunque sea en el hueco efímero de un instante- la experiencia humana del amor y de la vida. Consciente de ello, Juan Ramón proclamaba:
“Contigo han de gozar, palabra, un día, todos, como con una tierna cosa fuerte. Y tendrán un afán de hacerte de ellos…
Y yo, muerto de nombre y de morada ¡qué vivo me seré dejándolos frenéticos de amor!”
El libro –recordé hace ahora más de una década- es el soporte de lo que permanece; el registro de lo memorable; el alegato de los fundamentos radicales; la búsqueda de la condición más allá de las concretas situaciones que refleja; el instrumento básico de la libertad; la escala por la que ascendemos al universo de lo imaginario y al reino de la fantasía; el incitador de la audacia y el coraje de vivir una vida auténtica; incluso el medio que nos permite salvar nuestra lastrada existencia viviendo todas aquellas vidas que nos fueron vedadas y nos permite no renunciar a ningún camino en las encrucijadas. Por eso el libro es un artefacto amable, pero a la vez terrible: evidencia lo efímero, arroja al olvido, denuncia la superficialidad, se alza contra toda forma de esclavitud (y sobre todo la de las ideas hechas y preconcebidas), pone ante nuestros ojos los realismos más groseros y es el exorcista de la ignorancia y el miedo.
El libro atraviesa –es cierto- una profunda crisis. Algunos hablan inopinadamente de su posible desaparición o de su reclusión en un reducto para unos pocos. Y es posible que así llegue a ocurrir. Incluso, en algunos casos, cuando se trata de determinados libros, hasta puede ser deseable. Siempre será mejor, por ejemplo, aprender la estructura del ADN visualizándola e incluso interactuando con ella a través de un programa informático que a través de una reproducción impresa. Pero el libro no puede ni debe desaparecer en otros casos, y muy especialmente en el de la literatura de creación. Porque si así ocurriera desaparecería con él parte de lo más auténticamente humano. Fernando Savater ha expresado con precisión el error que supone supeditar la palabra a la imagen visual: “Nos hemos mudado de la Galaxia Gutemberg a la Galaxia Lumière. En el medievo se decía que la filosofía no había de ser sino ancilla theologiae, la criada de la teología, y hoy se repite con alborozo o con impotente resignación que la literatura ya no puede ser más que criada de las artes de la imagen. El credo de la nueva fe, tan oscurantista como la medieval y tan propensa a fabulaciones y milagrerías como la otra, se condensa en este dogma: “una imagen vale más que mil palabras”. Nada más falso. Cualquier palabra, incluso de las más humildes, vale más que mil imágenes porque puede suscitarlas todas; en cambio una imagen sin palabras, para quienes no somos dados al alelamiento místico, es puro decorado o truco ilusionista del que se escamotea lo esencial para la apropiación crítica. Las palabras ganan sin duda mucho con el complemento de las imágenes, pero las imágenes, sin las palabras, lo pierden todo”.
Por ello en nuestros días no sólo es cierto que el libro y la lectura –sobre todo cuando se trata de la palabra poética, creadora- siguen siendo tan vigentes como siempre sino que, situados en un nuevo contexto, en un nuevo mundo de imágenes son más necesarios que nunca. Como antídotos contra la intoxicación de la trivialidad, de la espectacularización de la existencia, de la trivialidad de la mercantilización de la vida humana.
Juan Goytisolo concluía, en 1993, con estas palabras su artículo “Lectura y relectura”: “La relectura e intervención del lector en la oferta creadora de un libro es el mejor medio que conozco de reactivar nuestra vida espiritual, empobrecida por la agresión continua de una modernidad incontrolada que, nuevo Leviatán, obstruye y oscurece el horizonte humano en ese inminente final de milenio. Propagar la visión de mundos diversos, difundir el don de la ubicuidad en virtud del recurso poético-novelesco de la a-topía y de la a-cronía, reinventar las visiones escatológicas que consuelan o atormentan nuestro perenne anhelo de trascendencia en un universo cruelmente privado por los científicos de una metafísica de la naturaleza, son propuestas enriquecedoras acordes con la defensa por Blanco White del “placer de las imaginaciones verosímiles”, y convierten la literatura en un arma eficacísima contra la tiranía racional de una época impermeable a las realidades espirituales, atrofiadas y anuladas por los continuos avances tecnológicos y el implacable fundamentalismo de la ciencia”. Y, ciertamente, la modernidad en parte alumbrada y alimentada por la cultura del libro, esa Galaxia Gutenberg de que hablaba MacLuhan, ha estado apunto de acabar con lo más profundamente humano, alimentando esos pavorosos monstruos creados por el sueño de la razón.
Si el libro ha sido uno de los cimientos de la idea moderna de lo humano hoy, más que nunca, debe ser el soporte de una nueva rehumanización en ciernes. Y no se trata, como tantas veces he recordado, de ninguna absurda competencia: sabemos que existen en la actualidad recursos y soportes mucho más eficaces que el libro para cumplir alguna de las tareas que subsidiariamenmte había asumido hasta el surgimiento de nuevas tecnologías más eficaces. Pero existen espacios de la interioridad humana, fibras del espíritu que sólo pueden ser nutridas saludablemente por el libro y la experiencia lectora. Muy especialmente ese tipo de libros que nos trae la palabra en su más hermosa expresión: la poesía.
Octavio Paz concluía el primer volumen de sus Obras Completas, La casa de la presencia. Poesía e Historia con un breve y hermoso texto titulado La otra voz. Poesía y fin de siglo. Un autor tan profundamente liberal en el hermoso sentido ya casi perdido del término advertía de los nuevos peligros que amenazan la creatividad cultural, que ya no son, afortunadamente, en muchos lugares del planeta los del totalitarismo: “Hoy las artes y la literatura se exponen a un peligro distinto: no las amenaza una doctrina o un partido político omnisciente sino un proceso económico sin rostro, sin alma y sin dirección. El mercado es circular, impersonal, imparcial e inflexible. Algunos me dirán que, a su manera, es justo. Tal vez. Pero es ciego y sordo, no ama la literatura ni al riesgo, no sabe ni puede escoger. Su censura no es ideológica: no tiene ideas. Sabe de precios, no de valores”. Tras recordar las realizaciones imperfectas de los ideales modernos de libertad, igualdad y fraternidad recordaba que esta última, la más obviada, debe ser la piedra angular del futuro: “Sólo la fraternidad puede disipar la pesadilla circular del mercado”. Y añade: “el tema central de este fin de siglo no es el de la organización política de nuestras sociedades ni el de su orientación histórica. Lo urgente, hoy, es saber cómo vamos a asegurar la supervivencia de la especie humana. Ante esa realidad cuál puede ser la función de la poesía? ¿Qué puede decir la otra voz?” Octavio Paz nos recuerda que “la poesía es la Memoria hecha imagen y la imagen convertida en voz”; que tiene la capacidad de sugerir, inspirar e insinuar; que desde la facultad imaginativa que pone en contacto realidades contrarias o disímbolas es capaz de armonizar y superar incluso la violencia de la revolución o de la religión.
“Espejo de la fraternidad cósmica, el poema es el modelo de lo que podría ser la sociedad humana. Frente a la destrucción de la naturaleza, muestra la hermandad entre los astros y las partículas, las sustancias químicas y la conciencia. La poesía ejercita nuestra imaginación y así nos enseña a reconocer las diferencias y descubrir las semejanzas. El universo es un tejido vivo de afinidades y oposiciones. Prueba viviente de la fraternidad universal, cada poema es una lección práctica de armonía y de concordia, aunque su tema sea la cólera del héroe, la soledad de la muchacha abandonada o el hundirse de la conciencia en el agua quieta del espejo. A esto se reduce lo que podría ser, en nuestro tiempo y el que llega, la función de la poesía. ¿Nada más? Nada menos (…) Si el hombre olvidase a la poesía, se olvidaría de sí mismo. Regresaría al caos original”.
Así podemos entender ese poema de amor a “La Poesía” que incluyó
Luis Cernuda en su libro Con las horas
contadas:
Para tu siervo el sino le escogiera,
Y absorto y entregado, el niño
¿Qué podía hacer sino seguirte?
El mozo luego, enamorado, conocía
Tu poder sobre él, y lo ha servido
Como a nada en la vida, contra todo.
Pero el hombre algún día, al preguntarse:
La servidumbre larga qué le ha deparado,
Su libertad envidió a uno, a otro su fortuna.
Y quiso ser él mismo, no servirte
Más, y vivir para sí, entre los hombres,
Tú le dejaste, como a un niño, a su capricho,
Pero después, pobre sin ti de todo,
A tu voz que llamaba, o al sueño de ella,
Vivo en su servidumbre respondió: “Señora”.
Por eso en este mediodía luminoso queremos hablar de libros que nos traen vida y poesía. Porque son necesarios. Porque son imprescindibles si deseamos que el futuro tenga rostro humano.