Prólogo:
la tecnología como constitutiva de lo humano.
En el comienzo de 2001, una odisea del espacio - esa película que la evolución tecnológica ha vuelto obsoleta y que pronto quedará atrás en su simbólica designación de una fecha (como atrás quedó el también mítico 1984 orweliano)- con el espectacular fondo musical de Así habló Zaratustra de Strauss, contemplamos cómo unos simios inician una espectacular transformación al agarrar con sus todavía torpes manos unos huesos que, lanzados hacia lo alto nos conectan de inmediato con una nave espacial. Quizá esta metáfora – como la del embrión cósmico del final- sea lo más interesante del film, y de ella debemos extraer nuestra reflexión inicial.
La dimensión tecnológica es inseparable
de lo humano. No existen seres humanos sin tecnologías, porque en gran
medida lo que denominamos “humano” es, también, consecuencia de ellas.
“Pensamos porque tenemos mano” decía un adagio griego que Platón pone
en boca de Sócrates. Y, en efecto, el pensamiento es en gran medida consecuencia
de nuestra compleja interacción con el mundo. El homínido que se pone
en pie (homo erectus) y que al iniciar la bipedestación
libera sus extremidades anteriores y se hace más hábil (homo faber) , pronto se servirá, para transformar
su entorno, de complementos y extensiones de su cuerpo: será capaz de
volar sin que le crezcan alas o de surcar las profundidades del océano
sin transformar sus pulmones por branquias como los peces. Y será capaz
de registrar acontecimientos y conservarlos en una memoria no biológica
o, incluso de hacer operaciones inteligentes fuera de su cerebro. También
el lenguaje es una tecnología, y la palabra un instrumento de acción sobre
el mundo y de transformación. Pensamos, también, porque tenemos palabra,
porque nos ha sido dado un lenguaje que a la vez que nos posibilita la
intelección del mundo y la comunicación, inevitablemente nos limita.
En el proceso de “complejificación” creciente que rige el despliegue
del Universo (entropía, segundo principio de la termodinámica), tal vez nos estemos aproximando
a un tránsito de fase de lo humano, a un punto crucial (F. Capra), a una
gran bifurcación (E. Lazslo). Nada nos puede asegurar que el proceso que
llevó a la materia simple a hacerse cada vez más compleja, y a la materia
compleja a transformarse en viva; que llevó a la materia viva a dar, en
su momento el salto prodigioso hacia la materia viva inteligente, y crear
la semiosfera (I. Lotman) se detenga. Ese
“telar mágico” (R. Jastrow) en el que se ido desarrollando la inteligencia
sobre nuestro planeta ha creado ya una capa de importante espesor más
allá del ultimo prodigio biológico de nuestro cerebro (corteza cerebral
o neocórtex): toda la red de registros de datos y todos los dispositivos
no humanos de procesamiento y circulación de la información.
El
gran mediodía.
Más allá de milenarismos y catastrofismos apocalípticos,
pero también de complacencias
integradas (U. Eco), hemos de pensar este
especial momento que estamos viviendo, y que a mí, llevando más allá de
la intención de su autor, F. Nietzsche (1998:139), estas palabras, me
gusta denominar el gran mediodía:
“El gran mediodía es la hora en que el hombre se encuentra a mitad
de su camino entre el animal y el superhombre y celebra su camino hacia
el atardecer como su más alta esperanza: pues es el camino hacia una nueva
mañana”. El espacio y el tiempo que delimitan, por una parte, el animal
(lo pre-humano) y el hombre-que-se-supera (lo post-humano) constituyen,
con todo su conjunto complejo de circunstancias nuestro propio intervalo.
Toda realidad está emplazada,
ocupa su lugar, su plexo, y habita en su propio intervalo: un conjunto de condiciones
fuera de las cuales no puede existir. Foucault afirmaba en su gran obra
de 1966, Las palabras y las cosas:
“El hombre –cuyo conocimiento pasa ante los
ojos ingenuos como el más viejo objeto de búsqueda desde Sócrates- no
es, sin duda, nada más que un cierto desgarro en el orden de las cosas…,
una invención reciente, una figura que apenas tiene dos siglos, un simple
pliegue en nuestro saber, que desaparecerá tan pronto cuanto éste dé con
una forma nueva”. Y esta forma nueva está surgiendo: está con-formándose
ante nuestros ojos. El pliegue en nuestro saber se subsume, se satura
y se sutura. Quedará la huella de un gran desgarrón en lo real. Y a otra
realidad corresponderá dar razón de este eslabón que ha sido imprescindible
para su gestación. Y si es cierto que la conciencia de ultimidad
ha definido a los seres humanos de todas las épocas, no lo es menos
que “pudiera ser que nos definiera, más que nuestros convencimiento de
que somos los últimos, el que estamos después
de los últimos, esto es, el de que somos póstumos; en definitiva: el
dato de conciencia de que nos sentimos instalados después de la ruptura”
(M. Cruz, 1999: 20).
En la consideración del intervalo propio de lo humano (por cierto cada vez más expandido, más dilatado,
gracias a su intervención tecnológica) la palabra - instrumento de conformación
del mundo, que no es algo real, externo y ajeno al hombre,
sino algo construido en la palabra
e interior ya a su propio
espacio vital- ocupa un lugar muy especial. Homo
loquens o, incluso homo symbolicus
definen mucho mejor que homo
sapiens o animal
rationale a esta peculiar
criatura no sólo dotada de una alta complejidad pensante sino, sobre todo,
de una complicadísima estructura sintiente. De vuelta de los sueños de
la razón moderna que, como dijera Goya, engendraron monstruos, nos encontramos
en mejores condiciones para apreciar, sin tener por ello que renunciar
a una racionalidad de consenso, benevolente y abierta, todo lo extra-racional
que nos constituye.
La
palabra: morada del ser.
Pues bien: de todos los usos de la palabra, la creación literaria,
esa capacidad de sustraer lo verbal de su fungibilidad, del tributo de
la referencialidad, para llevarla a su propio límite, es el terreno más
adecuado para explorar muchas potencialidades de lo humano. Con razón
decía M. Heidegger (2000: 11) en el comienzo de su Carta
sobre el humanismo: “El lenguaje es la casa del ser. En su morada
habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada.
Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida
en que, mediante su decir, ellos la llevan al lenguaje y allí la custodian”.
El intervalo de la literatura,
es decir, ese “espacio” en el que la experiencia literaria se da, exige
a su propia naturaleza una doble dimensión: la verbal y la estética. Allí
donde la palabra desaparece no hay literatura. Pero tampoco la hay donde
no se da –sea lo que fuere- la dimensión estética. Y esa dimensión estética
no sólo resulta de un conjunto de cualidades inscritas en el texto en
el momento de su producción, sino también de la capacidad o competencia
literaria (V.M. Aguiar e Silva) que se requiere del lector, como cómplice,
en el momento recreador de la recepción.
La creación literaria, su circulación material y social y su recepción
y disfrute han experimentado dos grandes fases, delimitadas por el proyecto
de la modernidad que en el ámbito estético y literario tuvo consecuencias
incalculables. Y, dentro del primer largo período hay un antes y un después
de la invención de la imprenta y del surgimiento de esa criatura a la
que M. MacLuhan ha denominado homo
typographicus, que en nuestros días es ya un raro especimen que convive
con ese homo iconosphericus, el
homo videns de una sociedad teledirigida
que describía y denunciaba G. Sartori (1997: 11): “la tesis de fondo es
que el vídeo está transformando al homo
sapiens, producto de la cultura
escrita, en un homo videns para
el cual la palabra está destronada por la imagen. Todo acaba siendo visualizado.
Pero ¿qué sucede con lo no visualizable (que es la mayor parte)? Así,
mientras nos preocupamos de quién controla los medios de comunicación,
no nos percatamos de que es el instrumento en sí mismo y por sí mismo
lo que se nos ha escapado de las manos”.
Nos guste o no habrá que admitir que la función social de la literatura
–siempre, por cierto, recluida en ámbitos minoritarios- se está transformando
profundamente. Que una buena parte de los ciudadanos del mundo no tiene
la competencia ni la capacidad para vivir experiencias literarias, que
han quedado reducidas a su caricatura en sus residuos en los sistemas
de enseñanza. Pero el problema va más allá: no se trata ya sólo de un
estrechamiento significativo de la competencia cultural y, por tanto,
de la competencia literaria, sino incluso de la competencia lingüística.
La pérdida de capacidad para comunicar a través de palabras es mucho más
que algo instrumental o externo. Si estamos de acuerdo con Wittgenstein
en que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” habrá
que convenir que hay mundos muy reducidos, apenas sin espacio para la
comprensión compleja del otro y, lo que es peor, que cada cual vive instalado
en su propio mundo, habiendo perdido una gran parte de la capacidad socializadora.
El principio de individualidad, imprescindible en el ámbito de lo humano
ha quedado sustituido por su caricatura y su perversión: el más feroz
individualismo. Ya he señalado en otras ocasiones la amenaza de patologías
sociales nuevas: tendencias que, más allá de lo terrible de cada término
y de un modo algo metafórico, podríamos denominar “esquizoide” (a una
fragmentación sin unificación del sujeto), “paranoica” (la respuesta del
miedo en la “sociedad del riesgo”) y “autista” (la reclusión en el círculo
de la individualidad, pero con una clara tendencia solipsista).
Es evidente que, en la capacidad de previsión de los seres humanos
hay un componente importante: imaginar posibilidades futuras no sólo para
consumarlas, sino incluso para evitarlas. Ciertos aspectos de mi reflexión,
como indicaba Sartori, quieren “ser una profecía que se autodestruye,
lo suficientemente pesimista como para asustar e inducir a la cautela”.
Pero hay, también, una parte importante y luminosa en las nuevas
transformaciones tecnológicas. Posibilidades desconocidas que irán gestando
productos nuevos. Entre otras, y en relación con la literatura, reflexionaremos
sobre las posibilidades de Internet en los siguientes campos:
a)
La disposición
en red, con acceso gratuito, de grandes volúmenes de información (también
gráfica) relativas a épocas, autores u obras literarias. Evidentemente
el tiempo deberá ir decantando la información valiosa y contrastada frente
a la que resulta inútil o, a veces, errónea. La existencia de un portal
específico que tamice el flujo inabordable de información y lo ofrezca
tanto a los especialistas como al lector de a pie, sin intereses asociados
a grupos económicos resulta ya imprescindible.
b)
La oferta
de libros (y de información bibliográfica comercial) a través de la red,
sea en sorportes convencionales o a través de descargas en soporte digital
abre posibilidades desconocidas a cualquier lector de cualquier rincón
del mundo. Acceder a las mejores bibliotecas del mundo no será ya privilegio
de unos pocos. La limitación económica en el acceso a los bienes de la
cultura, especialmente literaria, irá dismuniyendo progresivamente.
c)
La red ofrece
nuevos instrumentos y mecanismos para crear nuevos foros de debate e intercambio
de ideas, clubs de lectores y críticos, que democratizan el control de
lo literario y replanteará los rígidos cánones académicos que seguirán
actuando como el necesario correctivo de los expertos, pero que cada vez
más se abrirá a la sociedad.
d)
Algo
parecido ocurrirá no sólo en lo relativo a la recepción de textos literarios,
sino incluso lo que concierne a la creación. La colocación inmediata en
la red de creaciones literarias abre nuevas posibilidades que van más
allá del control de las industrias culturales.
e)
Del mismo
modo, se están planteando diversas iniciativas de escritura compartida,
de feed-back en el proceso de creación, etc., que si bien no han dado hasta el
momento grandes frutos, en un futuro próximo madurarán.
f)
La propia
posibilidad de la escritura en hipertexto potencia experimentos literarios
que tienen antecedentes en el pasado pero que ahora disponen de mejores
instrumentos tecnológicos.
Claro está, que la creación,
circulación y recepción literarias tienen en sí mismas un conjunto importante
de restricciones: la palabra es lineal y progresiva, incluso cuando se
pasa de un nivel a otro; exige ciertos ritmos vitales y una reflexividad
de la que van estando despojados muchos cibernatutas… En cualquier caso
resulta bastante impensable un futuro realmente humano sin la presencia
de la palabra creadora, morada del ser.
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