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Taller de Análisis Poético y Creación Literaria |
| Lara Moreno
Textos para el taller |
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TARDE
DE OCNOS -¿Es
cierto que es a la altura de la cabeza donde
está lo superior del alma? -Dicen
que es cierto. Aquí en España. -¿Por
qué siento yo entonces, en
un reniego, esta
punzada fría y de crimen aquí
en el centro de mis piernas? -Porque
estás solo. Hay
tardes donde lo que uno mejor puede hacer es comprarse un libro. Ocurre
una o dos tardes al mes, a pesar del incruento o del cruento de la nómina,
del ensanche de los bolsillos. Comprar un libro. Pero no ir de lleno,
dirigido, a por ese libro cabeceante que siempre quisiste, sino ojear
despacio, demorada en el desliz de tus brazos, tus dedos acariciando
suavemente las tapas brillantes, siguiendo el orden del alfabeto, de los títulos
subliminales en las estanterías. Siempre, a los quince o veinte minutos,
salta a tus ojos. Ése. Inesperados los ojos. Y ése es el libro que debes
llevarte. Al filo del espasmo sientes que no existe elección mejor.
Entonces lo agarras (siempre con la sutil delicadeza de la tarde), y lo
pagas, en una sonrisa. -Dicen
que los milagros reales acaban
como vértigos convertidos en
las lúgubres caricaturas de
los vestidos corrompidos. -Dicen
también, amigo, que
tú acabarás postrado y
sin rodillas de designio, que
lamerás mis manos y
también mis sueños, que
le has robado al clérigo la
inocencia de estar vivo. -No
fui yo, quien eso hizo. El
librero pasa a convertirse (ingenuo él, despavorido, pues no alcanza a
ver lo torcido de tus cejas) en un amable amigo, en un respetable
confidente. Esas tardes ensayísticas, prosaicas, esas tardes de viento cálido
donde las bibliotecas públicas suenan a derroches y censuras, lo segundo
que hay que hacer es encargar otro libro. Otro de esos libros extraños
que pululan a veces en manos conocidas y que nadie conoce, y que el
librero, abyecto y entregado, apunta con su lápiz color solícito (porque
esos libros nunca están en las estanterías) y mirándote a los ojos te
confirma que lo tendrá en un par de días. La posibilidad de no contar
con plata en ese tiempo aún no te asusta. Harás revuelto de calabacines
hasta que llegue el libro, fumarás menos. Beberás solo cerveza. -Siento que
sólo el sueño responde a mis
preguntas. -Pues rézate y
calcula, no hay más sabia
respuesta. -Tengo miedo a no
acabarme, cuan largo soy,
cuan liviano. -No demores tu
memoria, no la fuerces, será
en vano. Eres joven
delicioso y me lastimas, yo tengo la sed
resuelta y sí me acabo. Termino cuan corto
soy, cuan amargo. Hunde el sueño en
tus pupilas, no me mires, hunde tus manos
conmigo, no camines. Luego paseas
hasta la parada del autobús más lejana, donde has quedado con una vieja
amiga para tomar café y el café ya no te apetece, ni el azúcar, porque
llevas un libro nuevo, golosamente nuevo e inexperto e inexperto a tus
ojos en una bolsa de papel verde, y desde ese momento hasta que pasen seis
horas no querrás hacer otra cosa que leerlo, acariciarlo, adivinarlo.
Paseas escondiendo tus ojos tras las gafas y recordando los otros ojos de
aquella otra librera, que los llevaba orientales y bellos y que en acento
de suave Madrid te habló de editoriales y de alquimias, y te enseñó a
una joven poeta de 16 años que le canta a los bikinis (tú envidias en
silencio, te creías joven en tu primera publicación, pero se te han
adelantado tantos años). -Quisiera
sentirme hoy entrañablemente
vivo. Quisiera poder
nombrarte Los refugios del
destino. Pero no quiero
refranes, Ni la hacienda de
mi vino, Quiero poblarte
las cejas, Arrancártelas de
olvido. Para llevar rico
el alma Hay que andarse
sin abrigo. -Sabes que me
estoy riendo de la cita que
pronuncias, sabes que te estoy
sintiendo torpe, ruin, acaso
sátiro. No me dejes los
albures De este sexo
malparido. No reniegues de tu
vientre Aquí encima del
vencido. Y entonces
recuerdas también la playa, que se ha caído sobre tus hombros, y ahora
puedes pasearlos por los Jardines de Murillo con el viento que te incordia
y los silbidos a tus espaldas. Te ajustaste las ropas, al salir de casa,
porque hoy era tarde de comprar libros, y sabías que te sentirías extrañamente
hermosa y descuidada cuando salieras de la librería, ya ensanchada tu
mesita de noche, donde cada vez caben menos los despertadores. Tomarás
ese café que prometiste y regresarás impaciente a casa, a desvestirte
frente a tu amante, que se deleita también con ese día de la semana
donde toca libro nuevo, y ya desnuda, con las heridas que te hicieron los
zapatos en el paseo, leerás algunos poemas, mientras él su fuma un
cigarrillo y te acaricia la espalda. -Ocnos,
se titula Ocnos. -Ocnos...
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Natural
y exacto.
En su ruina natural y exacto, pues no se considera perniciosa la exactitud
del corrompido, de la libélula sorda que sobrevuela la lámpara, a la
hora del engendro, a la hora turbia donde la realidad se confunde, ominosa
y trágica, con el deseo, donde el deseo, efervescente y obsceno, se
confunde extendiéndose pringoso hasta la necesidad del desesperado. Un
hombre decapitado en su soledad, agarrado al mármol vitalicio de las
lunas, pernoctando las palabras, brillantes, traslúcidas, recogidas las
sinceras pasiones prohibidas, cohabitadas las invocaciones en soliloquios
de farero. Humo de tabaco y sudor infantil, recorriendo la frente desnuda
del epitafio ante la muerte. El parecido lorquiano de la forma de los ojos
turbios, el trasfondo casi lunático de una opresión métrica incrustada
en la espina dorsal del maestro, elocuente y descuidado en su metamorfosis
de poeta vencido. Un siglo después, Ángel González reviviendo en vida
al profesor Girondo, Gonzalo Figueroa en gerundio de hambre, natural y
exacto Cernuda en su paciencia, desprotegido, desalmado, hombre
contranatura de la exactitud, una promesa de violencia. Si Bioy Casares
renunció al hogar borgiano de la venganza, Cernuda traza el océano de la
vida desde su frente convulsa hasta la uña áptera de su génesis. No le
habléis ahora en altavoces, el sonido fecundará su muerte lenta, no gritéis
a los jóvenes su intolerancia, ya los mares del sur recordaron sus manos
rotas, despedazadas de añil, entre los peces y las algas enciclopédicas,
no supuréis ahora esta ciudad cañí de calores y humillaciones con la
suerte de su nombre, que la suerte de su nombre en otros tiempos sobrevoló
Lanzarote y otras islas más medianas en medida, un siglo después, un
siglo tan benévolo después. ¿Es acaso inútil ya la benevolencia? Si
conseguís levantarlo de las pobres guaridas de la tierra, ahora que no
conocemos el olor de su vientre, si conseguís amenazarle la quimera del
culto a la palabra desde esta sala roja y monárquica como el sonido de
los tambores, lo levantaréis a trozos salados de entre los animales del
destierro, hiriéndolo en el centro más profundo de su historia. Era otra
vez la vida por aquel entonces y otra vez la vida asusta en el entonces de
ahora. Pasarán más siglos, se quemarán nuestros asientos, tan incómodos.
Uno o dos siglos más, es posible que pasen, y estarán las campanas
alerta con sus versos. Hay que dejarlo estar, ahora tan lejos. Inútil la
vendimia del estudio. No está el poeta para bromas, no está el genio
para sigilos. Dejó sus ropas en un desprestigio de lamentos, nos engañó
el hombre con sus reglas y sus condenas prominentes. Es en vano en esta
tierra tan calurosa abrazarse al papiro purulento, pues no está el cuerpo
con los ojos brillantes, y conseguir entenderlo en su simiente sería
torcerle el gesto en la mañana, prepararle algún café, divorciarse de
su rostro, buscarle entre las costillas ese ruido tan triste de los
cuerpos cuando se aman. Y amarlo. Desde la cercanía de su lengua, de sus
disparos de besos, leerle los versos en las encías y admitirlo extraño,
naturalmente exacto en su maestría, con el tacto de sus brazos en
nuestras nalgas. No así, desde tan lejos. Porque me chirrían los raíles
de las torres de su espanto. Seguimos ignorando que el deseo es una
pregunta cuya respuesta no existe. Nos advirtió pero no somos sus
corsarios. No lo maltratamos tan exactamente inmunes a la vida, al paso de
los años. Pasarán más años, más días, aún. Todos los días pasarán
sobre nuestras cabezas muertas sin revolvernos el flequillo siquiera. Y
sobre su muerte no pasan ni las huellas de nuestros pies. Ya todas las
rodillas alquitranaron su frente cuando vivía, ya le pasó la vida por el
cuerpo y ahora que no existe no convertimos su piedra en hombría, sólo
ensalzamos nuestra hombría con sus piedras. De nada vale preguntarnos por
su prosa, por la política esfumada de su mano izquierda, por el uni-verso
endecasílabo que un amigo me regaló un día y yo pensé en Cernuda como
todos pensasteis. Deberíamos, incito, agarrarnos en un círculo, encender
velas, fumar hierba, soltar nuestros cabellos sobre sus libros e
invocarlo, mas no para contarle la fiesta de su centenario, los versos a
versos que suenan a bostezos, las tragicomedias del mundo de las
editoriales que llevan su nombre impreso, no. Deberíamos convocarlo desde
nuestros pies para decirle que sí, que murió el 5 de noviembre de 1963
de un solo de infarto, y que ahora, que hablamos de él, sabemos que ha
llegado el día en que él es todas las cosas que amó: el aire, el agua,
las plantas, el adolescente. Que no pasa un marinero sin que veamos su
rostro dibujado en los músculos de su abdomen, que las madres no
perdonaron el daño que no les hizo, que ya nació el filtro sempiterno de
las piernas entreabiertas con ese libro entreabierto en el regazo, que en
todas las suavidades de las bocas rememoramos su nombre, el pelo liso del
vientre, el incipiente desorden, porque existe el placer desde la cuna de
los ojos, porque existe el placer prohibido gracias a la exactitud natural
del hombre, gracias al lugar delicioso donde se posaron sus manos. Que las
flores tienen sexo y se apellidan Cernuda. Quizás le alivie.
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