Juan Rulfo frente a la ciudad

Juanjo Domínguez
Universidad de Sevilla

Juan Rulfo sólo nos ha permitido acceder a dos de sus obras literarias. Sabemos que podría haber escrito mucho más, ya que vivió lo suficiente para hacerlo, y ni siquiera tendría que haber sido de la misma calidad que sus únicas obras literarias publicadas. Habría sido fácil para él aumentar, siquiera artificialmente, con cualquier bagatela el tamaño de sus obras completas. De hecho, cada vez que se le preguntaba que por qué no escribía algo nuevo, la respuesta de Rulfo era irónica y cuando no decía que le había entrado la flojera, afirmaba que él ya había dicho todo lo que tenía que decir.

Esta actitud en lo literario nos sorprende. No estamos ante la obra de un autor malogrado, o ante una obra incompleta, sino ante todo un mundo que se nos aparece perfectamente concluido, al menos desde le punto de vista del autor en sólo dos obras. Este hecho tiene sus contrapartidas: el estudioso de la obra literaria no necesita hacer lectura de ingentes volúmenes para hacerse una idea de los valores y la actitud del autor del que se ocupa y, por otra parte, tiene la seguridad de que en esas obras se encuentran elementos de gran valor para quien las escribe.

Este trabajo quiere partir de esa premisa, para intentar estirar un poco las interpretaciones que del mundo de Comala suelen hacerse, destacando su carácter eminentemente rural. Según esas interpretaciones, Pedro Páramo nos mostraría actitudes típicamente parcas y simples de los campesinos de la zona de Jalisco, y Comala respondería a un lugar que, salvando las interpretaciones que la llevan a definirla como el infierno, estaría relacionado con las poblaciones rurales que tan bien conociera Rulfo. Aquí, sin embargo, vamos a tratar de invertir la interpretación a partir de ciertas claves de la vida de Rulfo y el paisaje sonoro dentro de la obra.

De los datos biográficos de Rulfo destacaremos su nacimiento en Sayula, un pequeño pueblo del Estado de Jalisco al occidente del país, sobre la costa del Océano Pacífico en 1917. Hijo de una familia acomodada que perdió sus bienes en la Revolución, pasó la niñez en su pueblo, en contacto con la gente de provincia. Quedó huérfano de padre y madre a los 6 y 10 años respectivamente, por lo que recibió su educación primaria en un orfanato de la ciudad de Guadalajara, capital del estado de Jalisco, junto con sus otros dos hermanos. Sólo regresaba al pueblo llamado San Gabriel, en las vacaciones durante julio y agosto de cada año a la casa de su abuela materna. Terminada la primaria, estudió contabilidad; pero nunca ejerció esta profesión. Rulfo llega por primera vez a la capital en el año de 1935. Si bien pretende continuar sus estudios, lo cual le fue imposible ya que éstos no le son reconocidos, en realidad, la idea de la ciudad nunca es de su agrado, ni lo ve como objetivo, se instala en ella buscando una forma de vida. Trabaja en la Secretaría de Gobernación y, posteriormente, como Agente de Migración, puesto que le permitió asistir como alumno irregular a la Facultad de Filosofía y Letras de la Escuela de Mascarones. Más tarde trabajará en la fábrica de neumáticos Goodrich Euzkadi .

Es en esta etapa -durante los años cuarenta- cuando intenta escribir su primera novela con temática urbana, El hijo del desaliento, que fue destruida al considerarla "una novela autobiográfica llena de divagaciones personales, sin ningún interés literario". Más tarde confirmará, durante una entrevista, "que la ciudad no le dice gran cosa".

En la ciudad de México siguió conservando el aire provinciano y bohemio, su temperamento lacónico, ensimismado y pasivo que le acompañó hasta su muerte.. Tras la publicación de sus obras, estuvo a cargo del Departamento Editorial del Instituto Nacional Indigenista, donde continuó escribiendo, en este caso para las publicaciones del instituto, dentro de un ámbito científico.

Hay una faceta de Rulfo, que nos mostrará su visión de la ciudad en comparación con el campo: se trata de su pasión por la fotografía, de la que es un auténtico maestro. El Rulfo fotógrafo, durante los años 50 y 60 sobre todo, desarrolla una intensa labor de captación de imágenes, llegando a recopilar unas seis mil fotografías. en ellas puede verse reflejado, sobre todo, un tema básico: la ciudad frente al ámbito rural. Por otra parte desde su puesto en el Instituto Nacional Indigenista, y tras haber trabajado en las oficinas de inmigración mejicanas, conoce perfectamente el problema del desarraigo y las consecuencias que tiene. Este tema quedará plasmado, como hemos dicho, en sus fotografías, pero creemos que, además, para él es una cuestión básica. Prueba de ello son las respuestas que, sobre el tema da en algunas entrevistas:

"El hombre de la ciudad ve sus problemas como problemas del campo. Pero este es el problema de todo el país. Es el problema mismo de la ciudad. Porque el hombre de allá viene aquí, emigra a la ciudad, y aquí se produce un cambio. Pero él no deja hasta cierto punto de ser lo que fue. Él trae el problema. México no es una ciudad que tenga características propias, es una ciudad mistificada totalmente, son muchas ciudades, en pocas palabras, entonces, cuando se dice la ciudad, bueno... ¿cuál ciudad? De cuál ciudad se habla, o de cuál barrio, o de cuál colonia. O de qué rumbo de la ciudad. Así que yo uso la tercera persona porque por otra parte yo me siento totalmente ajeno a estas gentes que viven en la ciudad de México. No a los aledaños de la ciudad, el setenta por ciento de los que vivimos en la ciudad hemos venido de la provincia. Entonces hay una población que no se adapta, el hombre que ha nacido y vivido en el barrio de vecindad. Esa es una realidad: gentes que viven en condiciones difíciles, barrios que están fuera del Distrito Federal pero que no están separados sino unidos por casas a la ciudad. Y muchos de estos hombres, campesinos que llegan a la ciudad, viven en la periferia porque no quieren perder contacto con el campo, no quieren perder ese contacto con la tierra que les permite soportar la miseria de la ciudad. Tienen otro tipo de sensibilidad, esas gentes. Hay que mirar cómo destruyen con facilidad vidas humanas, por ejemplo. Pero al mismo tiempo en que tal vez les esté vedada cierta posibilidad del dolor, les está vedada la alegría."

 

Puede parecer arriesgado, pero hemos querido utilizar esta clave de interpretación de la obra: Juan Preciado, abandona su hogar para ir a Comala, el infierno. El abandono de su pueblo natal podemos considerarlo un desarraigo. Cuando llega a Comala encuentra un sitio muerto. En cierta manera, la ciudad de hoy es ese sitio lleno de muerte, ese infierno que convierte en muertos a los que allá se acercan. Sus ruidos sólo pueden ser soportados y escuchados en la medida en que cada uno esté ya muerto; muerto a sus raíces y dispuesto a sumergirse en el murmullo de la ciudad que terminará por asfixiarlo para pasar a entender y escuchar tan sólo las voces de los otros muertos. Veremos en la obra, cómo el mundo de los muertos está lleno de sonidos, mientras que en el mundo de los vivos el autor apenas hace mención del espacio sonoro.

 

 

 

 

El sonido en Pedro Páramo

Comala, la ciudad a la que llega Juan Preciado, guiado por ese Caronte transmutado en arriero que es Abundio, es un espacio de muerte. Se trata de un infierno que reúne algunas características típicas, como el calor, pero en cuanto al sonido, se nos ofrece una imagen que difiere mucho de un lugar donde las almas gritan por sus penas, al menos en principio. En todo momento, durante la conversación entre Abundio y Juan parece existir un silencio que ocupa todo el espacio, débilmente roto por las lacónicas palabras de uno y otro. Los sonidos son apenas los que producen las bestias, los animales y están ahí para puntuar y dejar definido ese inmenso y profundo silencio:

 

"Y volvimos al silencio.

Caminábamos cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los burros" (10)

 

En esta primera referencia sonora que hay en la novela nos encontramos con sonidos producidos por los animales. De otra parte, el sonido es rebotado, es decir, se produce un eco. Es curioso ver cómo muchos de los ruidos que aparecen en la novela no están producidos por humanos, sino por seres inertes o animales. Parece que la muerte está paralizando la actividad ruidosa de los personajes de la novela, que tan sólo disponen de su voz para poder hacerse escuchar, mientras que la vida pertenece a otro orden mucho más libre.

Rulfo comienza ya contraponiendo un mundo vivo de seres no humanos, frente a un mundo muerto, de los antiguos habitantes de Comala.. Cada vez que una voz rompe el silencio se abre una brecha. En numerosas ocasiones Rulfo marca las rupturas del silencio con frases como "volví a oír la voz del que iba a mi lado", o "Oí otra vez el ‘ah’ del arriero" (10).

Los animales, aparte de los burros que van tirando del carro, aparecen como signos claros de puntuación en medio del silencio:

 

"Una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío, haciendo cuar, cuar, cuar" (11)

 

El primer fragmento de la novela termina y ya nos han quedado dos sensaciones: por un lado, el silencio, y frente a él tan sólo las voces que lo rompen con dificultad y algún que otro sonido animal de vez en cuando.

El segundo fragmento es más rico en sensaciones sonoras. Se utiliza aquí el sonido para separar el recuerdo de la vida pasada de la sensación de muerte presente. La contraposición es evidente en los primeros párrafos:

 

   "Es la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos llenando con sus gritos la tarde. (...)

Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma hora. Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer.

Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer." (12)

 

El juego queda establecido entre las voces recordadas de los niños y el silencio que, de nuevo se hace patente en un pueblo que aparece "apagado" (12). Los sonidos que se oyen son sólo los ecos de las pisadas del propio caminante.

Es en este momento cuando se hace referencia por primera vez a las voces que, sin estar presentes, se escuchan. Son las voces que están dentro de Juan Preciado y que le impiden acostumbrarse al silencio. Son voces que allí, "donde el aire era escaso se oían mejor" (13). Desde este momento las voces se oirán cada vez mejor, porque son voces de la muerte que, a medida que Juan Preciado muera, irán elevándose. También aquí por primera vez vemos una referencia clara a la muerte que, como desarraigo, nos va llenando la cabeza de ruido, de voces que terminan por adueñarse de aquel que ya no está vivo en su tierra, entre su gente, sino que se encuentra en un lugar del que no podrá ya marcharse porque la muerte se apropiará de él.

En esta parte nos encontramos con una metáfora muy interesante. Al preguntar Juan Preciado por la casa de doña Eduviges, le responde una persona cuya "voz estaba hecha de hebras humanas" (13). Decir esto de una voz es definir claramente que quedan retazos de lo que una vez fue una persona. La hebra, nos lleva inmediatamente a pensar en la fibra de la carne, en un momento en que puede estar a punto de pudrirse. Quien responde a Juan está muerto desde su propia voz. Sólo encontraremos una descripción de otra voz más adelante en la página 82, pero esta vez en forma de comparación al hablar de la voz de Florencio, del que se dice que tenía una voz dura, "seca como la tierra más seca". Esta manera de hablar de la voz es mucho más típica. Sin embargo la imagen de la voz hecha de hebras es muy poderosa y brilla claramente dentro de este fragmento, y creo que dentro de toda la novela.

A partir del siguiente fragmento va a quedar más clara separación entre las partes que se dedican a un pasado vivo, en el que los sonidos son, sobre todo, los producidos por los animales y los acciones de la naturaleza, y el presente en el que los muertos hablan, cuando los sonidos vienen caracterizados sobre todo por la presencia de las voces y los murmullos. Esta caracterización sonora produce un curioso efecto, por cuanto las voces, como paisaje sonoro se insertan en el lugar de la muerte y, en cambio, los sonidos producidos por agentes no humanos son los que caracterizan el espacio de la vida. Posteriormente, sobre todo a partir del momento en que Juan Preciado muere, quedan confundidos los dos espacios: el de los muertos que narran el pasado y el de ese mismo pasado, que está más vivo que aquellos que lo narran.

El encuentro con Eduviges Dyada nos revela que las voces de los muertos pueden oírse en Comala. Eduviges achaca a que la madre de Juan murió el hecho de que "su voz se oyera tan débil, como si hubiera tenido que atravesar una distancia muy larga para llegar hasta aquí" (14). Este es el primer momento en que conocemos que los muertos hablan y que su voz llega hasta los habitantes de Comala. Más adelante nos encontraremos con que las voces de los muertos se hacen cada vez más numerosas y potentes, hasta llegar a dominar por completo la narración.

Como decimos, el mundo de los recuerdos, se caracteriza por los sonidos promovidos por causas naturales. El fragmento de la página 15 se abre de este modo:

El agua que goteaba de las tejas hacia un agujero en la arena del patio. Sonaba: plas, plas, y luego otra vez plas, en mitad de una hoja de laurel que daba vueltas y rebotes metida en la hendidura de los ladrillos. (15)

 

Nótese el paralelismo de las onomatopeyas con el fragmento en que los cuervos pasaban haciendo "cuar, cuar, cuar" (11). Los sonidos que en este caso escucha Pedro Páramo dentro del excusado pertenecen al mundo de los todavía vivos, igual que el sonido de los cuervos.

A medida que el relato avanza, oiremos cada vez menos los sonidos de la naturaleza dentro del mundo de los vivos, hasta que aparezcan dentro del espacio de los muertos, como sonido que se oye al lado de las voces. En la página 22, doña Eduviges escucha el ruido de un galope. Se trata del "caballo de Miguel Páramo, que galopa por el camino de la Media Luna." (22). Este sonido introduce por primera vez en la novela la unión entre los dos mundos de los que antes hablábamos. Juan Preciado no oye de momento esos sonidos, aunque no tardará en poder percibirlos Poco a poco, Juan se va introduciendo en ese mundo de muertos. Doña Eduviges le pregunta a Juan: "¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto", a lo que responde que no. La mujer le dice entonces: "más te vale" (24). Precisamente, la capacidad para oír el quejido de los muertos es un dato para saber si se está muerto. Este fragmento, tiene continuidad en la página 30. En su continuación de nuevo retomamos a doña Eduviges diciendo el "más te vale". Juan va a dormir, pero tiene algo de insomnio. Será en ese momento cuando comience a oír los quejidos de los muertos:

"En una de esas pausas fue cuando oí el grito. Era un grito arrastrado como el alarido de algún borracho: "¡Ay vida, no me mereces!"

Me enderecé de prisa porque casi lo oí junto a mis orejas; pudo haber sido en la calle; pero yo lo oí aquí, untado a las paredes de mi cuarto. Al despertar, todo estaba en silencio; sólo el caer de la polilla y el rumor del silencio" (31)

Poco a poco nos vamos acercando al momento de la muerte de Juan Preciado. La voces se oyen al lado de las orejas, pegado a las paredes. Son voces que están unidas a los objetos que las escucharon en algún momento. Todavía Juan no es consciente de que la muerte le está penetrando, pues cree despertar de un sueño, tras el cual, de nuevo los agentes de la naturaleza aparecen como un elemento del mundo de los vivos, aunque sea en forma de polilla..

Parece que, tras este momento hay una pausa en la caracterización del sonido dentro de la novela. Pasan las páginas sin que haya referencias al sonido, hasta que llegamos a la página 37. Este momento de pausa coincide con el desarrollo de aquellas partes del relato que podrían situarse en el pasado remoto, cuando Pedro Páramo vivía. Una vez narrados algunos de esos episodios volvemos al momento en que dejamos a Juan Preciado, hablando esta vez con Damiana Cisneros. La novela tiende cada vez más a descargar toda su fuerza sonora en los momentos en que nos encontramos a Preciado cerca de su propia muerte. Este fragmento comienza con Damiana Cisneros hablando de los sonidos, de las voces y los ecos:

"-Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos sonidos se apaguen." (37)

Damiana, al hablar de los ecos y las voces comienza a sembrar la sospecha en Juan de que está muerta., y también por primera vez Juan se encuentra con las voces que le hablan al oído, signo inequívoco de que se trata de las voces de los muertos, que surgen en un espacio en el que no existen las distancias. Cada vez más, los sonidos están más presentes cuanto más muerto está Juan. En la página 40 encontramos de nuevo referencias sonoras, aunque esta vez con una técnica diferente:

 

"Ruidos. Voces. Rumores. Canciones lejanas:

                    Mi novia me dio un pañuelo con orillas de llorar . . .

  En falsete. Como si fueran mujeres las que cantaran." (41)

Juan Rulfo utiliza aquí una técnica cinematográfica: el sonido es casi una acotación de guión. De esta forma, parece envolver toda la escena, sin que se precise claramente le momento en que se produce, dentro de la acción del fragmento. Esta técnica aparecerá en la novela de nuevo en la página 56:

"Rumor de voces. Arrastrar de pisadas despaciosas como si cargaran con algo pesado. Ruidos vagos." (56)

Esta técnica es el correlato de la manera en que suenan las voces dentro de la obra. Están presentes, dominando todo el espacio de la misma manera en que una banda sonora acompaña a la acción en una película, sin que podamos separar sonido e imagen.

Juan Preciado muere también a causa de los sonidos:

"...Me mataron los murmullos (...), cuando me encontré con los murmullos se me reventaron las cuerdas.(...)...de las paredes parecían destilar los murmullos.(...) Yo los oía. Eran voces de gente; pero no voces claras, sino secretas, como si me murmuraran algo al pasar, o como si zumbaran contra mis oídos. Me aparté de las paredes y seguí por mitad de la calle; pero las oía igual, igual que si vinieran conmigo, delante o detrás de mí" (50)

Desde el momento en que Juan muere, no deja de oír las voces, pero, a su vez, muere por causa del murmullo. Este murmullo podemos asimilarlo al murmullo de la ciudad, al murmullo de miles de voces secretas, voces arcanas cuyo sentido desconoce Juan. Son esos murmullos los que matan al hombre que dejó su tierra y que ahora no es capaz de flotar entre el mar de voces que se crea a su alrededor.

El momento en que definitivamente Juan conoce que está muerto es cuando oye una voz que le dice "Ruega a Dios por nosotros" (51). Es la voz de los que rezan a aquellos que ya están muertos. Voces que sólo pueden ser oídas por los que ya están del lado de la muerte.

Desde este momento el tiempo del relato se unifica. Ya no hay una división clara entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Los recuerdos lo son en boca de algún difunto que los relata. Es ahora cuando somos conscientes de que, en realidad, todo el relato del pasado, de la vida de Miguel Páramo, de Pedro Páramo y de Comala, antes de la llegada de Juan Preciado, era también el relato de un muerto. La unión de estos tiempo se hace mediante una imagen sonora. El fragmento en que Juan Preciado muere termina, y da paso al relato de hechos del pasado:

 

"Me enterraron en la misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos. Aquí en este rincón donde me tienes ahora. Sólo se me ocurre ser yo la que te tuviera abrazado a ti. ¿Oyes? Allá afuera está lloviendo. ¿No sientes el golpear de la lluvia?"

-Siento como si alguien caminara sobre nosotros.

Ya déjate de miedos. Nadie te puede dar ya miedo. Haz por pensar en cosas agradables porque vamos a estar mucho tiempo enterrados.
 

Al amanecer, gruesas gotas de lluvia cayeron sobre la tierra. Sonaban huecas al estamparse en el polvo blando y suelto de los surcos. Un pájaro burlón cruzó a ras del suelo y gimió imitando el quejido de un niño; más allá se le oyó dar un gemido como de cansancio, y todavía más lejos, por donde comenzaba a abrirse el horizonte, soltó un hipo y luego una risotada, para volver a gemir después." (52)

Las gotas de lluvia que oyen caer los muertos sobre la tierra que los cubre parecen ser las mismas que aparecen en el siguiente fragmento, en el momento en que Miguel Páramo llega a su casa, muchos años antes de la muerte de Juan.

Los animales que aparecen ahora, cuando emiten sonidos, lo hacen con un sentido dentro del relato. No son los burros callados del principio de los que sólo se oye el trote y su eco, ni los cuervos que simplemente pasan. En el fragmento anterior hemos visto la aparición de un pájaro que gime. Más adelante, en la página 57 se oirá "el pifiar del potrillo alazán de Miguel Páramo". Desde el momento en que se unifican los tiempos del relato todos los sonidos se convierten, más que antes, si cabe, en presagio. Precisamente, en la página 72 volvemos a encontrar imágenes sonoras, tras haber pasado bastante tiempo sin que se le de importancia especial al sonido, de nuevo coincidiendo con el relato de los hechos del pasado de Pedro Páramo. En este caso es la voz de la propia Susana la que va a anunciar su propia muerte. Dentro del relato aún falta tiempo para que ésta se produzca, pero temporalmente no hay duda de que este presagio está unido casi consecutivamente con el momento en que Susana muere:

"Lanzó aquel grito que bajó hasta los hombres y las mujeres que regresaban de los campos y que los hizo decir: ‘Parece ser un aullido humano; pero no parece ser de ningún ser humano’

La lluvia amortigua los ruidos. Se sigue oyendo aún después de todo, granizando sus gotas, hilvanando el hilo de la vida." (72)

Ese grito agorero, viene tapado por la lluvia. Los elementos de la naturaleza aparecen en este momento como los únicos que permanecen frente a la muerte. El agua hilvana el hilo de la vida. Los hombre y mujeres mueren, pero el agua sigue fluyendo. Parecida imagen sonora encontramos en el momento en que Susana evoca la muerte de su madre páginas atrás:

"Tú y yo allí, rezando rezos interminables, sin que ella oyera nada, sin que tú y yo oyéramos nada, todo perdido en la sonoridad del viento debajo de la noche" (64)

En este caso es el viento el que ahoga los rezos. Frente a la muerte, que llega por las voces, por los murmullos, nos encontramos los sonidos de la naturaleza. Frente a la construcción humana de la ciudad nos encontramos con el agua y el viento, con los elementos de la vida que, por sí solos pueden garantizar su continuidad.

Más adelante encontraremos de nuevo al agua como un elemento que está siempre por encima de los acontecimientos, cubriendo con su sonido todo lo que ocurre, dejando claro que al final, la victoria es suya, por encima de la muerte:

"Allá afuera se oía el caer de la lluvia sobre las hojas de los plátanos, se sentía como si el agua hirviera sobre el agua estancada en la tierra.

Era la medianoche y allá afuera el ruido del agua apagaba todos los sonidos" (73)

La muerte de Susana San Juan viene precedida, como en el caso de Juan Preciado por sonidos que sólo ella puede escuchar:

"...casi se oyen los goznes de la tierra que giran enmohecidos; la vibración de esta tierra vieja que vuelca su oscuridad.

-(...)¿No oyes cómo rechina la tierra?

-No, Susana, no alcanzo a oír nada. Mi suerte no es tan grande como la tuya." (88)

Justina sabe que oír los sonidos telúricos que Susana percibe significa que va a morir. Por eso le dice que su suerte no es tan grande, ya que la vida junto a Pedro Páramo es terrible. Susana como personaje pertenece a un orden que no está dentro de lo establecido por Pedro Páramo en Comala. Su muerte viene anunciada no mediante susurros o murmullos o voces; ni siquiera por un grito animal. Es la misma tierra la que anuncia su muerte porque Susana ha quedado fuera del influjo del infierno de Comala, y muere sin necesidad de perdón. Es el único ser puro que hay dentro del relato y la tierra la reclama, como ser de la vida que es. Susana no ha quedado atrapada en el infierno de Comala.

Poco antes del final de la novela vamos a encontrarnos con la última gran referencia sonora del relato. A la muerte de Susana, tocan las campanas de todas las iglesias:

"Pero el repique duró más de lo debido. Ya no sonaban sólo las campanas de la iglesia mayor, sino también las de la Sangre de Cristo, las de la Cruz Verde y tal vez las del Santuario. Llegó el mediodía y no cesaba el repique. Llegó la noche. Y de día y de noche las campanas siguieron tocando, todas por igual, cada vez con más fuerza, hasta que aquello se convirtió en un lamento rumoroso de sonidos. Los hombres gritaban para oír lo que querían decir.(...)

A los tres días todos estaban sordos. Se hacía imposible hablar con aquel zumbido de que estaba lleno el aire. Pero las campanas seguían, seguían, algunas ya cascadas, con un sonar hueco como un cántaro"

Frente al repique de las campanas por la muerte de Susana, se sitúa la fiesta del pueblo de Comala, que sigue incluso después de que dejen de repicar las campanas. Mientras tanto, en la Media Luna impera el silencio.

Estos tres paisajes sirven para llevar el relato a su clímax sonoro. Las campanas están relacionadas con las fuerzas de la naturaleza. Si antes hemos visto que el agua ahogaba todos los sonidos, es ahora el metal de la campana el que no permite comunicación alguna. Pero el sonido de la campana es de distinta naturaleza. El sonido del agua es el sonido de la vida, en cambio, el sonido de la campana es el sonido que trata de imitar la vida. Pero está hecho por manos humanas. En nuestra interpretación, las campanas presentan ese aspecto de los seres humanos que tratan de superar a la naturaleza. Sin embargo, las campanas terminan por cascarse y dejan de sonar, mientras que el agua sigue fluyendo. El tañer provoca un efecto contrario al deseado: el pueblo cree que se trata de una fiesta, no de un duelo. El silencio de la Media Luna nos indica que el infierno de Comala ha comenzado a fraguarse.

La novela termina con la muerte de Pedro Páramo a manos de Abundio. De nuevo una imagen sonora culmina la novela:

"Sé que dentro de pocas horas vendrá Abundio con sus manos ensangrentadas a pedirme la ayuda que le negué. Y yo no tendré manos para taparme lo ojos y no verlo. Tendré que oírlo; hasta que su voz se apague con el día, hasta que se muera su voz" (100)

Pedro Páramo sabe que desde el momento en que muera, tendrá que oír las voces de Abundio, las voces que sólo oyen los muertos, eternamente, hasta que llegue el día. Pero el día no llegará. La noche de la muerte ha cubierto también a Pedro Páramo.

Conclusión

Como conclusión creo que si bien no es una interpretación evidente de la obra, hemos establecido algunas relaciones entre los sentimientos que pudo haber experimentado Rulfo y su obra. Para terminar traemos aquí una de las cartas escrita a su madre cuando trabajó como capataz dentro de la fábrica de neumáticos Goodrich Euzkadi:

"Mayecita:

Ellos no pueden ver el cielo. Viven sumidos en la sombra, hecha más oscura por el humo. Viven ennegrecidos durante ocho horas, por el día o por la noche, constantemente, como si no existiera el sol ni nubes en el cielo para que ellos las vean, ni aire limpio para que ellos lo sientan. Siempre así e incansablemente, corno si sólo hasta el día de su muerte pensaran descansar. Te estoy platicando lo que pasa con los obreros de esta fábrica, llena de humo y de olor a hule crudo. Y quieren todavía que uno los vigile, como si fuera, poca la vigilancia en que los tienen unas máquinas que no conocen la paz de la respiración. Por eso creo que no resistiré mucho a ser esa especie de capataz, que quieren que yo sea. Y sólo el pensamiento de trabajar así me pone triste y amargado. Y sólo el pensamiento de que tú existes me quita esa tristeza y esa fea amargura. Ahora estoy creyendo que mi corazón es un pequeño globo inflado de orgullo y que es fácil que se desinfle, viendo aquí cosas que no calculaba que existieran. Quizá no te lo pueda explicar, pero más o menos se trata de que aquí en este mundo extraño, el hombre, es una máquina y la máquina está considerada como hombre."

En esta carta, el Rulfo más humano y comprometido, muestra su preocupación por los problemas que la ciudad provoca a aquellos que se entregan a los oficios. Sin duda, estas experiencias, unidas a las que pudo tener en la oficina de migraciones donde trabajó dejaron huella en sus obras. Más tarde, su trabajo al frente de Instituto Nacional Indigenista parece confirmar que Juan Rulfo no dejó de estar nunca preocupado por el destino de aquellos que salen de la vida para encontrarse, en un infierno lleno de voces y murmullos, con la muerte.

Edición citada

-Rulfo, Juan: Pedro Páramo y El llano en llamas, Círculo de Lectores, Barcelona, 1986.

Bibliografía

-González Boixo, José Carlos: Claves narrativas de Juan Rulfo, Colegio Universitario, León, 1984.

- Álvarez, N.E.: Análisis arquetípico, mítico y simbólico de "Pedro Páramo", Universal, Miami, 1984.

- Ortega Galindo, L.: Expresión y sentido de Juan Rulfo, José Porrúa Turanzas, Madrid, 1984.

- Rulfo, Juan: Los cuadernos de Juan Rulfo, Era, Méjico, 1994

 

Recursos en Internet

http://www.eureka.com.mx/ecsa/ga/rulfo/ Guía de lectura de la obra de Rulfo y artículo sobre Octavio Paz y Juan Rulfo.

http://www.arts-history.mx/rulfo/ Biografía y fotografías de Rulfo.

http://members.xoom.com/Nagiko/rulfo.html La obra completa de Rulfo, disponible para descargarla en el ordenador.

http://www.eureka.com.mx/ecsa/ga/rulfo apuntes biográficos sobre Rulfo.

http://ciudadfutura.net/entrevistas/juanrulfo1.htm entrevista con Juan Rulfo

http://www.udg.mx/laventana/libr3/nelida.html discurso homenaje de Nélida Piñón para la recepción del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo 1995.

http://www.arts-history.mx/literat/li.html Diccionario de escritores mexicanos