Juanjo Dominguez

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El León fue a comprar:
un ensayo sobre la música en los supermercados


Los inicios del cazador

El hombre dejó de ser animal gracias a que desarrolló su inteligencia; gracias a que fue capaz de verbalizar su experiencia y convertirla en lenguaje. Pudo así comunicarse y transmitir información de manera precisa. Poco a poco fue abandonando sus antiguas maneras de entender la vida: comenzó a construir habitáculos en lugar de meterse en cuevas; cultivó la tierra y abandonó la caza como forma de conseguir la carne, para pasar a ser él mismo el que criara los animales. En alguno de estos momentos se eliminó el trueque como forma de pago y se inició la compra-venta con monedas. Nació de esta forma un grupo de personas que no necesitaba cazar o cultivar para obtener lo necesario para subsistir. Lo único que se necesitaba era dinero.

Las formas de obtención de los alimentos y otros objetos no han variado mucho hasta ahora. Se mantiene la compra-venta con monedas y billetes, pero dentro de este sistema de intercambio es posible apreciar variaciones fundamentales en cuanto al modo de adquisición de los productos. Estas variaciones son propias de nuestro siglo, ya que los supermercados e hipermercados cambian sustancialmente las relaciones comerciales de los vendedores con los consumidores finales, que habían permanecido inalteradas prácticamente desde la aparición de la venta mediante dinero.


La palabra...

¿Cómo se constituye el ser humano al enfrentarse a la compra? El hombre necesita despegarse de su pasado animal, de todo aquello que le recuerda su irracionalidad y esto también se manifiesta a la hora de establecerse como indivíduo frente a la masa. La obtención de alimento es uno de los principios básicos de la existencia humana, que nos acerca demasiado a nuestro pasado como simples cuerpos, como mera carne. También nos acerca mucho a los otros, nos indiferencia, y nos asimila a la masa. Por ello se han creado mecanismos que convierten este acto de apropiación de comida en algo humano.

Cuando nuestros abuelos compraban en el almacén de ultramarinos tenían que pedir al dependiente que les suministrara el producto necesario. En la tiendecita el lenguaje nos humaniza, esconde esa parte animal. Precisamente lo que caracteriza al ser humano es el lenguaje articulado, por lo que una buena manera de ocultar nuestro instinto básico depredador es transformar en palabras nuestro deseo. Mientras hablamos somos humanos y, lo que quizás sea más importante, somos individuos, en cuanto creadores de la realidad.

En las palabras que utilizamos frente al tendero como tal no hay una intención comunicativa más allá de expresarle nuestro deseo de adquirir ciertos productos. Se establece una relación especular en la que nos reconocemos a nosostros mismos en esos comentarios sobre el tiempo, o en lo cara que está la vida. Lo que importa en esos momentos no es la relación que podamos tener con el dependiente, al que probablemente no conocemos de antes, sino nosotros mismos ante el acto depredador: necesitamos urgentemente que otros nos reconozcan como seres humanos individuales separados de la masa animal para que nosostros mismos no dejemos de reconocernos, y para ello acudimos al único que en ese acto puede devolvernos esa imagen: aquel que nos está entregando el resultado de nuestra caza. Pedir, discutir el precio, quejarme de la calidad del producto, todas las palabras que usamos frente al cuerpo del tendero van en esa dirección.

Hoy la compra se hace casi siempre en grandes supermercados o hipermercados donde la relación con los tendero es inexistente. Así, nos enfrentamos a las estanterías como el hombre primitivo se enfrentaba a los animales que debía cazar. En un supermercado cada vez que recogemos un producto nos asemejamos al depredador que toma directamente al animal que después se comerá. No existen individuos, sino cuerpos animales que se efrentan al acto de atrapar su sustento{1}. Claro que entonces será necesario establecer algún tipo de mecanismo que atenúe esta sensación de volver al mundo animal, algo que nos constituya, al igual que en la tiendecita, como humanos e individuos. Esto obliga a hacer referencia a un fenómeno que es contemporáneo a la aparición del supermercado: el hilo musical.


...Y la música.

El hilo musical se utiliza habitualmente en centros de trabajo para amenizar la labor, pero desde sus comiezos ha tenido una incidencia especial en los centros comerciales, hipermercados y supermercados, hasta el punto de que existe un término para referirse a cierto tipo de música como "de supermercado". Esta música suele ser anodina, carente de "grano", tomando un término de Barthes{2} . Es una música que intenta eliminar el origen de su producción, escondiendo detrás de ecos y sintetizadores cualquier huella de lo real. De todas formas, hoy día la música de supermercado se compone también de canciones calificadas como oldies por los programadores musicales: viejos temas que permanecen en la memoria colectiva. En el fondo es otra manera de destruir la huella de lo real, ya que la música con más de veinte años tiende a ocultarse bajo la tela vaporosa de la nostalgia o de lo que queremos que sea el pasado, y no mantiene más relación con lo real que la puramente histórica.

Este elemento musical nos devuelve nuestra entidad perdida frente a la estantería del supermercado. De otra manera asistimos a un acto de pornografía, desprovisto de sentido. Nos enfrentamos directamente a nuestro pasado animal, como seres primitivos. El hilo musical nos hace ser nosotros frente a los otros, nos da entidad, nos individualiza. Cuando en el hipermercado deja de sonar la música nos volvemos a convertir en masa animal, en seres que no se conocen y, lo que es peor, que no pueden conocerse. La música nos hace olvidar por un momento que estamos luchando, no sólo contra el paquete de croquetas del refrigerador, sino contra todos aquellos que en ese momento intentan, a su vez, agarrarlo.

El carácter de la música es, sin duda, diferente al de las otras artes. Mientras la pintura o la escultura han necesitado cierto tiempo para llegar a la abstracción la música es abstracta desde el primer momento. Las artes visuales han remitido desde su nacimiento a objetos del mundo real, mientras que la música no nos remite a nada. Ni siquiera la partitura significa algo. La palabra sobre el papel no nos remite al sonido que conforma dicha palabra, sino al concepto al que apunta. En cambio, la transcripción de la música sobre papel en forma de notas y silencios no nos remite a ningún concepto, sino a puro sonido. Ni siquiera esta plasmación tiene un carácter icónico: los signos que están sobre el papel son absolutamente arbitrarios{3}.Precisamente por esto es imposible leer música, o lo que es lo mismo, la música sólo vale en su ejecución, no sobre el papel. Así, de la música nunca se podrá decir que es o no entendida. En todo caso se puede hablar de que es o no aceptada. Tampoco es necesario traducir la música, puesto que al no remitir a nada del mundo real, ni a conceptos, su carácter es universal. Pero si la música carece de significado ¿cómo puede dotar de sentido una actuación humana?


Mentira y engaño

Dice Umberto Eco que el signo es todo aquello que sirve para mentir, o aquello que está en lugar de algo. La música no está en lugar de nada a priori. Cuando escuchamos un disco o vamos a un concierto disfrutamos de la música no porque esta apunte a otra cosa, sino porque disfrutamos en su ejecución, por sí misma. ¿Sirve la música para mentir? Si hemos dicho que la música no tienen significado difícilmente podremos admitir que con la música se puedan decir mentiras. Sin embargo analicemos un ejemplo contidiano: en el cine se ha creado cierto código musical por el que cada tipo de situación requiere una clase de música concreta. Para una película de terror se pide música de miedo. Si en un momento dado se introduce esta música pensaremos que lo que va a ocurrir es terrorífico. Pero si al finar la secuencia se resuelve de forma humorística ¿podemos pensar que se nos ha mentido?

Lo que caracteriza a la mentira es la intencionalidad, que el sujeto que miente sepa que está diciendo algo que no es verdad. En la mentira hay control, por parte del mentiroso, de los conceptos de verdad y mentira. En música no creemos que sea posible controlar esos dos estados, con lo que no es posible que alguien mienta con la música. La situación que se produce en el caso del cine se podrìa explicar diciendo que la música sirve para engañar, pero no para mentir. La música no significa, pero si connota, por lo que es imposible controlar su sentido, pero no evitarlo{4}.

Dentro del supermercado nos engañamos, pero no nos mienten. En el juego de la connotación nos están ofreciendo la posibilidad de socializarnos, de ocultar lo obsceno, lo pornográfico que puede llegar a ser la demostración pública de nuestros instintos. La música nos ofrece la posibilidad de recubrir de sentido algo que no lo tiene. Pero siempre intentando que las connotaciones que nos ofrezca sean las adecuadas, por ese motivo la música de supermercado no puede apuntar excesivamente a algo, para evitar que esa connotación incontrolada se vuelva en contra de quien la usa. La música puede dar un sentido de armonía a algo que no lo tiene, pero también puede hacer que una situación sea estúpida o absolutamente repugnante.{5}

La música del supermercado consigue que nos sintamos personas racionales frente a nuestros instintos irracionales, nos da la oportunidad de convertirnos en seres sociales, permite que nuestro espíritu depredador quede adormecido bajo una piel armoniosa y llena de melodía, ante ella podemos reconocernos, pero cualquier día, al mirar a la persona que espera turno para comprar la carne junto a nosotros, quizás volvamos a ver al león que intenta comprar en el supermercado.


NOTAS
{1}En algunos casos la metáfora no lo es tanto, sobre todo en época de grandes ofertas o rebajas.

{2}Tomamos el término "grano" en un sentido amplio, para referirnos a la huella de lo real que puede haber en un tipo de música que intenta eliminar por completo la textura de los instrumentos, de las voces, etc, para crear un tipo de música que no está hecha para ser escuchada, sino sólo para ser oida.

{3}Insistimos en el hecho de que estos signos no remiten nunca a conceptos, ni siquiera a objetos, sino que apuntan hacia algo que tiene su plasmación en el devenir del tiempo: el sonido.

{4}El que Stravinsky escribiera su Poética musical no conduce a un análisis semiótico del significado de la música. A lo más que llega es a un intento de ordenar las connotaciones que descubre.

{5}El hilo musical ha ido mucho más lejos. Los sistemas modernos de producción han hecho que el trabajo que antes era artesano, con sentido, se haya transformado en enormes cadenas donde el hombre es sólo masa; en sistemas organizativos donde no hay individuos o personas, sino simplemente cargos y puestos. La música ha aparecido en los centros de trabajo no como algo inherente a ciertas labores (pensemos en los cantes de fragua o en las coplas de los agricultores), como algo que sirve para expresar el sentido del trabajo, sino para constituirnos como personas, ya que cada vez existen menos relaciones personales donde trabajamos. Porque ya el trabajo no significa nada y el producto que obtenemos trabajando no es sentido para poder seguir viviendo, sino simple dinero, con lo que en última instancia las monedas y los billetes son un signo del trabajo que una persona ha tenido que poner en un momento dado para llegar a tener la cantidad de dinero que tiene, así, podemos decir que el dinero, al igual que el trabajo, no existen, ya que se simbolizan / anulan mutuamente. En algún momento tuvo que estar abierta esa cadena, pero hoy día el tener dinero, el tener posibles, como dicen todavía los viejos, es en sí mismo un signo. Aunque ese dinero no tiene valor por sí mismo, sino por todo aquello que puede comprar. En algún momento se rompió el nexo que permitía a una persona saber que trabajaba no sólo para conseguir dinero, sino, lo que es más importante, para ser persona. Por eso, hoy, al salir del supermercado, entregamos para pagar, no el fruto de nuestro esfuerzo que nos ha dado la posibilidad de realizarnos, sino dinero, convertido ahora en símbolo de nuestra irracionalidad, de la agresividad que nos empuja a salir a cazar como depredadores, pero sin que seamos capaces de entender el por qué de lo que hacemos. El trabajo, el sudor para conseguir nuestro sustento diario ha dejado de ser una maldición bíblica; ahora es pura pornografía.