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Los inicios del cazador
El hombre dejó de ser animal gracias a que desarrolló
su inteligencia; gracias a que fue capaz de verbalizar su experiencia y
convertirla en lenguaje. Pudo así comunicarse y transmitir información
de manera precisa. Poco a poco fue abandonando sus antiguas maneras de entender
la vida: comenzó a construir habitáculos en lugar de meterse
en cuevas; cultivó la tierra y abandonó la caza como forma
de conseguir la carne, para pasar a ser él mismo el que criara los
animales. En alguno de estos momentos se eliminó el trueque como
forma de pago y se inició la compra-venta con monedas. Nació
de esta forma un grupo de personas que no necesitaba cazar o cultivar para
obtener lo necesario para subsistir. Lo único que se necesitaba era
dinero.
Las formas de obtención de los alimentos y otros objetos no han variado
mucho hasta ahora. Se mantiene la compra-venta con monedas y billetes, pero
dentro de este sistema de intercambio es posible apreciar variaciones fundamentales
en cuanto al modo de adquisición de los productos. Estas variaciones
son propias de nuestro siglo, ya que los supermercados e hipermercados cambian
sustancialmente las relaciones comerciales de los vendedores con los consumidores
finales, que habían permanecido inalteradas prácticamente
desde la aparición de la venta mediante dinero.
La palabra...
¿Cómo se constituye el ser humano al enfrentarse a la
compra? El hombre necesita despegarse de su pasado animal, de todo aquello
que le recuerda su irracionalidad y esto también se manifiesta a
la hora de establecerse como indivíduo frente a la masa. La obtención
de alimento es uno de los principios básicos de la existencia humana,
que nos acerca demasiado a nuestro pasado como simples cuerpos, como mera
carne. También nos acerca mucho a los otros, nos indiferencia, y
nos asimila a la masa. Por ello se han creado mecanismos que convierten
este acto de apropiación de comida en algo humano.
Cuando nuestros abuelos compraban en el almacén de ultramarinos tenían
que pedir al dependiente que les suministrara el producto necesario. En
la tiendecita el lenguaje nos humaniza, esconde esa parte animal. Precisamente
lo que caracteriza al ser humano es el lenguaje articulado, por lo que una
buena manera de ocultar nuestro instinto básico depredador es transformar
en palabras nuestro deseo. Mientras hablamos somos humanos y, lo que quizás
sea más importante, somos individuos, en cuanto creadores de la realidad.
En las palabras que utilizamos frente al tendero como tal no hay una intención
comunicativa más allá de expresarle nuestro deseo de adquirir
ciertos productos. Se establece una relación especular en la que
nos reconocemos a nosostros mismos en esos comentarios sobre el tiempo,
o en lo cara que está la vida. Lo que importa en esos momentos no
es la relación que podamos tener con el dependiente, al que probablemente
no conocemos de antes, sino nosotros mismos ante el acto depredador: necesitamos
urgentemente que otros nos reconozcan como seres humanos individuales separados
de la masa animal para que nosostros mismos no dejemos de reconocernos,
y para ello acudimos al único que en ese acto puede devolvernos esa
imagen: aquel que nos está entregando el resultado de nuestra caza.
Pedir, discutir el precio, quejarme de la calidad del producto, todas las
palabras que usamos frente al cuerpo del tendero van en esa dirección.
Hoy la compra se hace casi siempre en grandes supermercados o hipermercados
donde la relación con los tendero es inexistente. Así, nos
enfrentamos a las estanterías como el hombre primitivo se enfrentaba
a los animales que debía cazar. En un supermercado cada vez que recogemos
un producto nos asemejamos al depredador que toma directamente al animal
que después se comerá. No existen individuos, sino cuerpos
animales que se efrentan al acto de atrapar su sustento{1}. Claro que entonces
será necesario establecer algún tipo de mecanismo que atenúe
esta sensación de volver al mundo animal, algo que nos constituya,
al igual que en la tiendecita, como humanos e individuos. Esto obliga a
hacer referencia a un fenómeno que es contemporáneo a la aparición
del supermercado: el hilo musical.
...Y la música.
El hilo musical se utiliza habitualmente en centros de trabajo para
amenizar la labor, pero desde sus comiezos ha tenido una incidencia especial
en los centros comerciales, hipermercados y supermercados, hasta el punto
de que existe un término para referirse a cierto tipo de música
como "de supermercado". Esta música suele ser anodina,
carente de "grano", tomando un término de Barthes{2} .
Es una música que intenta eliminar el origen de su producción,
escondiendo detrás de ecos y sintetizadores cualquier huella de lo
real. De todas formas, hoy día la música de supermercado se
compone también de canciones calificadas como oldies por los programadores
musicales: viejos temas que permanecen en la memoria colectiva. En el fondo
es otra manera de destruir la huella de lo real, ya que la música
con más de veinte años tiende a ocultarse bajo la tela vaporosa
de la nostalgia o de lo que queremos que sea el pasado, y no mantiene más
relación con lo real que la puramente histórica.
Este elemento musical nos devuelve nuestra entidad perdida frente a la estantería
del supermercado. De otra manera asistimos a un acto de pornografía,
desprovisto de sentido. Nos enfrentamos directamente a nuestro pasado animal,
como seres primitivos. El hilo musical nos hace ser nosotros frente a los
otros, nos da entidad, nos individualiza. Cuando en el hipermercado deja
de sonar la música nos volvemos a convertir en masa animal, en seres
que no se conocen y, lo que es peor, que no pueden conocerse. La música
nos hace olvidar por un momento que estamos luchando, no sólo contra
el paquete de croquetas del refrigerador, sino contra todos aquellos que
en ese momento intentan, a su vez, agarrarlo.
El carácter de la música es, sin duda, diferente al de las
otras artes. Mientras la pintura o la escultura han necesitado cierto tiempo
para llegar a la abstracción la música es abstracta desde
el primer momento. Las artes visuales han remitido desde su nacimiento a
objetos del mundo real, mientras que la música no nos remite a nada.
Ni siquiera la partitura significa algo. La palabra sobre el papel no nos
remite al sonido que conforma dicha palabra, sino al concepto al que apunta.
En cambio, la transcripción de la música sobre papel en forma
de notas y silencios no nos remite a ningún concepto, sino a puro
sonido. Ni siquiera esta plasmación tiene un carácter icónico:
los signos que están sobre el papel son absolutamente arbitrarios{3}.Precisamente
por esto es imposible leer música, o lo que es lo mismo, la música
sólo vale en su ejecución, no sobre el papel. Así,
de la música nunca se podrá decir que es o no entendida. En
todo caso se puede hablar de que es o no aceptada. Tampoco es necesario
traducir la música, puesto que al no remitir a nada del mundo real,
ni a conceptos, su carácter es universal. Pero si la música
carece de significado ¿cómo puede dotar de sentido una actuación
humana?
Mentira y engaño
Dice Umberto Eco que el signo es todo aquello que sirve para mentir,
o aquello que está en lugar de algo. La música no está
en lugar de nada a priori. Cuando escuchamos un disco o vamos a un concierto
disfrutamos de la música no porque esta apunte a otra cosa, sino
porque disfrutamos en su ejecución, por sí misma. ¿Sirve
la música para mentir? Si hemos dicho que la música no tienen
significado difícilmente podremos admitir que con la música
se puedan decir mentiras. Sin embargo analicemos un ejemplo contidiano:
en el cine se ha creado cierto código musical por el que cada tipo
de situación requiere una clase de música concreta. Para una
película de terror se pide música de miedo. Si en un momento
dado se introduce esta música pensaremos que lo que va a ocurrir
es terrorífico. Pero si al finar la secuencia se resuelve de forma
humorística ¿podemos pensar que se nos ha mentido?
Lo que caracteriza a la mentira es la intencionalidad, que el sujeto que
miente sepa que está diciendo algo que no es verdad. En la mentira
hay control, por parte del mentiroso, de los conceptos de verdad y mentira.
En música no creemos que sea posible controlar esos dos estados,
con lo que no es posible que alguien mienta con la música. La situación
que se produce en el caso del cine se podrìa explicar diciendo que
la música sirve para engañar, pero no para mentir. La música
no significa, pero si connota, por lo que es imposible controlar su sentido,
pero no evitarlo{4}.
Dentro del supermercado nos engañamos, pero no nos mienten. En el
juego de la connotación nos están ofreciendo la posibilidad
de socializarnos, de ocultar lo obsceno, lo pornográfico que puede
llegar a ser la demostración pública de nuestros instintos.
La música nos ofrece la posibilidad de recubrir de sentido algo que
no lo tiene. Pero siempre intentando que las connotaciones que nos ofrezca
sean las adecuadas, por ese motivo la música de supermercado no puede
apuntar excesivamente a algo, para evitar que esa connotación incontrolada
se vuelva en contra de quien la usa. La música puede dar un sentido
de armonía a algo que no lo tiene, pero también puede hacer
que una situación sea estúpida o absolutamente repugnante.{5}
La música del supermercado consigue que nos sintamos personas racionales
frente a nuestros instintos irracionales, nos da la oportunidad de convertirnos
en seres sociales, permite que nuestro espíritu depredador quede
adormecido bajo una piel armoniosa y llena de melodía, ante ella
podemos reconocernos, pero cualquier día, al mirar a la persona que
espera turno para comprar la carne junto a nosotros, quizás volvamos
a ver al león que intenta comprar en el supermercado.