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Taller de Análisis Poético y Creación Literaria |
| Aurelie Renaud
Textos para el taller |
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Sobre "los ojos y la voz" de Luis Cernuda Si asombros del mundo al hombre enloquecen No son en tu caso dinero o gloria Mas la mirada y la voz que estremecen Tu sangre y tu piel sin ansias de Historia Y esa ambición que vives no envilece Por cuanto está marcada en la memoria Del humano, que entiende la victoria Como caer a los pies del que enaltece Seguirle podrías hasta la ultratumba Sin miedo de perderte entre la turba Y acaso ya tus pies allá encaminas Como un Orfeo moderno que circunda, Menospreciando el riesgo de la tumba, El abismo en que la pasión anida.
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Sobre el poema "Despedida" de Luis Cernuda Era
una locura y tú lo sabías. Ir a pedirle cuentas en medio de la noche. A
exigirle “Ahora o nunca”; “O la dejas o me voy”. Pero la madrugada
se hacía interminable. Y esta ciudad es tan pequeña que cómo no ir en
su busca. El autobús nocturno tardó quince minutos en llegar a la
parada. No se oía nada en la oscuridad total de la noche y ahí, en la
avenida, frente a las aterradoras sombras del parque, te diste cuenta de
que no sabías exactamente qué hacías. ¿Acaso pensabas que presentándote
allí, en su casa, a las cuatro de la mañana, con sólo llamar al
porterillo automático, él saldría de la cama, dejaría a su mujer allí
dormida y se iría contigo, quizá para siempre?. No, eso era ridículo.
Entonces qué. Buscabas, atolondrada en tu ataque de ansiedad, el
principio de la historia. Estabas segura de que eso te ayudaría a
entender cómo habías llegado hasta ahí. Te pareció irónica la certeza
que recordabas haber tenido desde el primer momento de que enrollarte con
él era un error. Que no llevaba a ningún sitio. Tú eres como eres, pero
no tonta, y sabes que el sexo en el trabajo, y más con tu jefe y más si
está casado es una estupidez. Jamás concebiste un “happy end” para
esta aventura. Creías saber que era lo que era. ¿Entonces cuándo dejó
de ser suficiente? Eres incapaz de recordar un día, una hora, pero estás
segura de que fue una de esas mañanas blancas en las que a contraluz
delante de tú ventana, como en un cliché velado, te dijo un adiós
tierno y te dejó en la cama. Una de esas mañanas en que, horas más
tarde, lo viste aparecer en la oficina, ya duchado y cambiando y te dirigió
el “Buenos días” de todo buen veterano a toda buena novata, cortés,
educado, pero tan distante... que te heló la sangre. Qué rápido se
desmoronó el proyecto de mujer independiente, autosuficiente, profesional
a tope por encima de todo, ese proyecto que te había costado años de
esfuerzo construir. Tardó en caer lo que tú en levantarte de la silla y
recorrer el pasillo hasta el cuarto de baño. Y allí, sentada en la tapa
del wáter, a pesar de tu miedo a que la gente siguiera el rastro del
dolor en las huellas del rimel, volviste a ser una niña, temblorosa y frágil
que añora el abrazo de un padre protector.
Una de esas mañanas. Tantas de ellas.
Con
cada nuevo beso, con cada despedida, aunque se lo has contado lo mejor que
has podido –eso sí, sin desnudarte jamás del todo porque sabes que no
podrías soportar que no sirviera para nada y no serviría- el vacío ha
ido creciendo dentro de ti. Y así te ves tiritando, en medio de la calle,
en plena madrugada, con una euforia que no comprendes, la de haber tomado
al fin una decisión, la de estar haciendo algo. El trayecto en bus por las calles desiertas fue una exhalación y por fin ahí estás, en su portal, sintiendo en la sien el pulso de la sangre y replanteándotelo todo, incluso la posibilidad de volverte a casa, desvestirte de nuevo y meterte en la cama a dormir. Y empezar un nuevo día, y volver a verle en el trabajo y dejar que la rutina siga su curso hasta quién sabe cuando. Pero no, no, no por Dios, eso es que no puedes soportarlo. Qué, qué, entonces qué. Y te sorprendes a ti misma con una piedra en la mano, como un nuevo Tom Sayer, en tu propia Intifada y aunque sabes que sería un milagro imprimirle la fuerza justa para dar en el cristal sin romperlo, miras sucesivamente la piedra en tu mano, la ventana allá arriba y la lanzas. Una lluvia de vidrios te pone chorreando pero tú quieta, inmóvil no intentas sortearla. ¿Y si se asoma ella? ¿Es lo que estás buscando? Antes de que te contestes, sus ojos pardos, de pantera en guardia -que no asustada porque él nunca se asusta- aparecen en la sombra. Te mira y sabes que ya sabía que eras tú. Te mira fijamente y no encuentras ya en su mirada la comprensión ni la pena de otras veces. Te mira y entiendes qué haces tú allí cuando lees en sus ojos: “Estás loca”. Asumes que has venido para que él se despida. Porque tú no tienes el coraje de hacerlo.
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Billete
de ida “El poeta y el tren. El poeta y el tren...” Sin saber porqué repites esas palabras y acompañas con ellas el traqueteo del ferrocarril; las acompasas al gemido de la máquina al chirrido de las vías como componiendo una canción que te salva del magma vital que te rodea o como si fuera una profecía mágica y súbitamente revelada por el mismísimo oráculo de Apolo. Una canción. Una profecía. En efecto tú necesitas esa canción como una maroma a la que agarrarte para salir a flote. Te rodean pasajeros con esperanza o rendidos. Los primeros van como tú a Valencia para vivir en lo que queda de vuestra pobre República, los segundos huyen a Barcelona camino a Francia, alimentando el débil consuelo de que un día el sueño será posible y regresarán. De pronto ves, como si fueras una rapaz que sobrevuela el tren, ese flujo de andaluces que huyen en El Catalán y se te antoja que una vena de España se ha roto violentamente y se desangra sin remedio. En cualquier caso unos y otros tienen en común ser sombras negras junto a las que tú, con tu cuidada estética dandy y precisamente por ella, te sientes disfrazado. Qué desagradable sensación la de avergonzarse de la personalidad que uno se ha construido y que supone al mismo tiempo su mayor orgullo. Hoy sólo querrías no ser tan blanco en medio de tanto trapo oscuro, mimetizarte como un camaleón con la esperanza de que no te hirieran. Pero es imposible. Los oyes hablar y al mismo tiempo que te acusas de clasista los condenas por parecerse aún demasiado a las bestias. “Por esto mismo -te dices- la República tiene que ser, le queda todo por hacer, es un imperativo”. Te hiere un doble presentimiento: que la sinrazón triunfará y que aunque así no fuera faltaría voluntad para enseñar a los remeros de esta galera a repudiar las cadenas. Y como para aliviar ese escozor llegan a tus labios las palabras “El poeta y el tren”. Delfos te susurra, aunque tú no lo sabes, el destino al oído. Inicias un viaje que nunca acabará. Árboles, tierras, nubes y veredas desfilan velozmente ante tu ventanilla y aunque aún tardarás años en comprenderlo se despiden de ti para siempre. Su hermosura es como la cautivadora sonrisa de un enfermo que se finge mejor de lo que está ese día de visita hospitalaria que tú crees uno de tanto y sin embargo es el último. Cuantas veces como entonces volverás a preguntarte, aunque pensando en España, si ya sabía que estaba condenado y fingió su sonrisa. Cuantas veces después por no haber visto el cadáver te preguntarás si era cierto que había muerto, si no había ninguna posibilidad de que fuera un mal sueño y todo siguiera igual que aquel día de marzo, floreciente, del otro lado del cristal. Como en un espejo, éste te devolvía superpuesto al paisaje el reflejo de tu rostro con una mueca extraña mezcla de quejido y cansancio infinito pero también de muchos sueños. Ilusión de que, más adelante en el camino aguardaran viajes diferentes envueltos en la magia de las promesas. Un celofán de encuentros, de versos reveladores, de lenguas desconocidas, de sincero reconocimiento, de palabras encontradas, de descubrimientos hoy inimaginables que enriquecerían tu creación de poeta y tu vida. Te imaginabas el futuro, no podías evitarlo pese al miedo de que las expectativas quebraran tan frágil pompa de jabón. Y en ese mañana cuajado de viajes y de trenes te veías sentado ante la hoja y sintiendo esa ambigua sensación de pugna y coqueteo con las palabras, con las ideas, con la música. Distintos escenarios (habitaciones, ciudades, países diferentes) para una misma cita cruel y deliciosa, irresistible, con la poesía. Los viajes siempre son evocadores pero hoy es diferente. En cuanto el tren se detiene en Valencia bajas y como guiado por una revelación avanzas entre la muchedumbre que palpita en los andenes. Sigues una voz que no comprendes, una especie de misteriosa certeza. Y por fin en el hall modernista se hace el silencio, se detiene el tiempo, entiendes. Alargas una mano al azar a uno de los racimos de fruta esculpidos en la pared, coges de él la naranja más madura y en un mismo movimiento arrancas un trozo de piel y muerdes el fruto fresco. Comes su carne, bebes su jugo. |
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SEDIENTOS El sol caía a plomo sobre los terruños secos. Al fondo, el pueblo era tan blanco que hacía daño mirarlo. Desde él hasta el campo donde estaba Chano sentado en la pequeña cosechadora, sólo una pista de tierra que emborronaba el aire cuando pasaba alguno de esos primeros coches de los 60. Chumberas a ambos lados del camino y también delimitando la finca en la que Chano y los suyos recogían la remolacha. Y ahí, enfrente, el mar. En los cuarenta años que llevaba trabajando esas preciosas tierras de otros, frente al mar, había desarrollado una especie de tic nervioso que consistía en mirarlo a cada poco como para comprobar que todo seguía igual. Y sin embargo, hoy, sudando bajo el cielo más claro e inclemente lo observaba de forma distinta, dándose tiempo para desentrañarlo, como si lo deseara. A pocos metros, agachándose a recoger las remolachas que asomaban en la estela de la cosechadora estaba su hijo y notaba en la nuca su mirada llena de rencor. Rencor por la riña de la víspera en la que de forma tranquila y pausada -él nunca había sido un hombre de carácter- y más por sentirse obligado que por auténtico convencimiento, le recriminó ciertos escarceos por la playa. El fantasma de las suecas recorría el pueblo hacía semanas y todas las familias, desde las propietarias a las trabajadoras, habían visto caer a sus vástagos unos tras otros en el deshonor de ir a la playa a mirarlas. “Para qué le diría nada”. De verdad que no lo sabía, porqué le había echado en cara algo que estaba seguro no podía ser malo. Quizá por miedo al qué dirían de los suyos y de él que siempre había tratado de pasar inadvertido, de no infringir las normas... “Tú..., tú nunca te has atrevido”. Y eso fue lo que más le dolió. Porque puso palabras al reproche que siempre había espantado como un mal pensamiento. Quizá por eso le había reñido, porque le envidiaba, porque se moría de ganas de buscar suecas como cuando siendo un niño buscaba conchas entre las dunas de la playa, de esa que no recordaba haber pisado casi desde que empezó a trabajar, a los once años. Todos se fueron marchando, incluido su hijo que se acercó a buscarlo. “Vete yendo tú para casa”. Y no lo dijo por castigarle sino porque necesitaba profundamente quedarse un rato allí sólo en la inmensidad y el silencio. Aún había luz y el aire era tibio cuando no quedó nadie. Sentado en la cosechadora miraba la arena y se preguntaba cómo sería andar sobre ella ahora que sus pies eran un puro cayo. El contraste de su imagen de niño canijo y vivaracho con su actual estampa de viejo redondo y cuarteado le pareció de una crueldad gratuita. Y lo más cruel era esa certeza de ser el mismo e igual, esa certeza de que un higo chumbo fresquito en su boca sería, como entonces, la mejor golosina. Y eso que higos chumbos había comido muchos desde su infancia... pero el mar. Durante todo el día había sabido que la decisión estaba tomada. Y ahora sólo buscaba la mejor forma de hacerlo, la menos comprometida. Dejó la maquinaria en el cuartillo y se escurrió entre los girasoles de la finca contigua. Estaban tan hermosos que casi le cubrían por completo y como el sol aún no se había puesto mantenían sus coronas erguidas hacia él. Escondido entre sus tallos avanzó hasta la linde y allí se quitó las alpargatas negras. Antes de pasar de los terruños rojos a la fina arena rubia Chano cerró los ojos. Acompasó la respiración y concentró toda su sensibilidad en los pies. Primero uno y después otro y una mueca de placer recorrió su rostro ajado. Como un estremecimiento de todo lo que se perdió porque ya no podrá ser y de todo lo que al fin hoy es aunque sólo sea hoy. Avanzó hundiéndose hacia la orilla. Con cada paso recuperaba voces de chiquillos casi olvidados aunque la mayoría de ellos hayan trabajado junto a él todos los días de su vida, voces de madres diligentes preparando la merienda, los botes del balón, la risa fácil. Y de repente, casi por sorpresa, el agua lamiéndole los pies con una dulzura jamás igualada. “Qué maravilla. Dios mío cuanto tiempo. Y estabas tan cerca y deseaba tocarte y dejar que tú me acariciaras. Justo cuando mi cuerpo más te necesitaba, roto por el sol, quemado, ...yo sabía que nadie como tú para cicatrizarme y sin embargo no me podía acercar. “Ven y ven” me llamabas y de verdad lo deseaba pero no quería pensarlo, no escuchaba porque sabía, creía que era imposible, que ya era demasiado viejo y que al fin sólo lograría tirar por tierra mi único patrimonio, mi cordura. Viejo loco a sus años y bañándose. Y envidiaba a los pescadores que tampoco se bañan, imagino que como yo por miedo a atreverse, pero que al menos te rozan cada día y con coartada. Yo sé que no puede ser malo. Un poco de placer para este maltrecho cuerpo. Pero temo que al sumergirme ..., sí ya voy espera que me quite la camisa..., que al sumergirme tu ola removerá toda mi vida y sentiré el escozor de esa mezcla de dolor de haber dejado pasar tanto tiempo sin venir a buscarte y de placer de estar por fin aquí entregado, en tu seno, ésa será la sal que me escueza,... ya, ya, maldito pantalón,... Ahora, ahora”. Una burbuja de silencio flotando en el vacío era ese trozo de playa. Chano sintió la mar invadirle cuando él la oradó, y el beso húmedo tanto tiempo anhelado y el calor de sus lágrimas dentro del mar violeta. Y la plenitud de haber osado y la certeza de que no sería la última vez. Porque después de tantos años muerto, temiendo reprocharse, se había entregado a la verdad desnuda de su goce y sólo una experiencia podía comparársele: cuando amó a Ana, en medio de la noche, bajo las araucarias. “Dónde andarás Ana, apenas te recuerdo y eso que hemos vivido juntos toda la vida”. El pueblo era un puñado de luces titilantes que competían en brillo con las estrellas, tan claras en la noche de la playa. Ningún coche violentaba la quietud de este instante suspendido en la historia. Nada importunaba al hombre que nadaba. Por supuesto no su hijo, que en silencio, en cuclillas, camuflado entre sombras, estaba cautivado por los juegos de un viejo cincuentón.
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XI. Capítulo 8 y coda alternativos a los del cuento El viento en la colina de Cernuda. Capítulo VIII Isabela apareció sumamente distinta el día que volvió al pueblo. Con ese aire somnoliento de los extenuados por el llanto pero también con un punto de determinación hasta entonces insólito en ella. Nadie la reconoció ni la miró siquiera y tampoco ella buscó a nadie entre los habitantes de aquel pueblo en el que había vivido, hipnotizada, su amor con Albanio; ese pueblo del que lo alejó en cuanto presintió la existencia de un tercero en discordia. Cansada y decidida. Así era la nueva Isabela después de haber velado muchos meses el cadáver de Albanio. En el pequeño apartamento de la gran ciudad aguardó sin éxito el milagro de la resurrección o de la aniquilación total del mundo. Pero en cambio fue testigo de una revelación más vulgar por cotidiana: el pertinaz desplegarse de la vida cada mañana que observó -sin advertirlo primero, extrañada luego, rebelada después y cautivada finalmente- desde los grises cristales de la ventana. La vida se reivindicaba y se reinventaba cada mañana no sólo allá fuera sino también bajo su piel. Y no era como quiso convencerse al principio un impulso tiránico ajeno a ella sino la manifestación de su más profunda voluntad. Quería seguir viva pese a haber quedado machacada por la soledad. Entre otras cosas, era la única manera de mantenerse junto a Albanio. Entre los latigazos del dolor y la angustia, a borbotones y como enfebrecida fue recordando instantes de su relación con él pero, en un momento dado sintió que era preciso ordenar los pedazos. Se sentó frente a la ventana que se había convertido en observatorio del mundo y de sí misma y sobre unas cuartillas empezó a recrearle. Se esmeró en componer un retrato fiel, consignando incluso los defectos que había detestado porque no se trataba de inventar un personaje sino de devolver a la vida, siquiera parcialmente, al que fue su compañero. Ciertamente, incluso aquellos que más amamos se desdibujan con presteza al poco de marcharse. Seguramente sea un truco de la existencia para hacer más llevadera la carga de los vivos, pero Isabela estaba dispuesta a pagar el precio de esa llaga a cambio de encontrar el olor de su hombre de vuelta a casa cada noche. Sin seguir ningún orden, acumuló en las hojas descripciones físicas y psicológicas, la evocación de los encuentros clandestinos, el primer despertar juntos, el pudor, los defectos imposibles de esconder a la luz cotidiana, los últimos días de estertor, la despedida sagrada y tan cruel. Durante semanas regresaba a su hogar, del mundo de los vivos, ansiosa por cumplir su cita con el muerto y releía extasiada las gotas de su sangre y amaba y era amada aún en la distancia. Pero en su alma se fue filtrando, poco a poco, día tras día, una certeza que la asustó, le dio asco, y la revolvió contra Albanio. Era la seguridad de que una parte de él quedaba inexplicada, desconocida porque pese a las buenas intenciones al hacer el retrato, ella había ocultado un aspecto esencial de su historia. Había tardado en darse cuenta, precisamente por lo doloroso que le resultaba plantearse la posibilidad de que la vida más plena de Albanio estuviera siendo recreada ahora mismo, en otro mundo, por otro ser, su otro amante. En definitiva, que no fuera ella la viuda legítima. Siendo infinito el abismo que se abría a sus ojos, decidió dar el salto pues de otro modo -se dijo- jamás amó a Albanio sino una mentira. Esa espuela guió sus pasos hacia el pueblo y le otorgó el porte decidido que la hacía otra a la de aquellos años lejanos. Sin velo en los ojos descubrió otro pueblo y otras gentes a los de entonces, menos previsibles. Estaban animados por humanas pulsiones. Caminando por la calle principal fijaba su mirada en tenderos y clientes y entreveía, desnuda ya cada alma ante ella, amores proscritos, aspiraciones inconfesadas, envidias y fervores, compromiso, egoísmo, hambre, sed, convicción. Estos hombres y mujeres eran en sí, no como en ese tiempo en que un destino sin nombre, marcado por el miedo y por el viento, gobernaba sus vidas. El viento... Isabela recordaba que Albanio era por entonces el único en ir cada día (a veces por la mañana, otras por la tarde e incluso ya de noche) a la colina en que moraba. Tenía la certeza de que él era aquel amante pero incluso si lo desmentía lo que no podría negarle era haber sido cómplice, testigo al menos, de aquel romance. ¿Con quién? Tenía que encontrarlo. Antes aún de salir del pueblo, cuando ya enfilaba en dirección a la colina, algunos vecinos le prestaron atención. El viento se había aplacado hacía muchos años pero aún era temerario subir a provocarlo y la provocación estaba escrita en los ojos de aquella mujer. Iba a saldar cuentas pendientes y nada sería después como hasta ahora. La propia Isabel lo sabía pero temía, más que al dolor que el viento pudiera inflingirle, al que ella misma pudiera hacerle y hacerse. No se veía como víctima sino como verdugo pues era ella quien hurgaba en la herida. Y a pesar de todo no podía evitar sentirse maltrecha pues su decisión se le antojaba una evidencia, la definitiva, de no haber sido el verdadero amor de Albanio pues aquel otro no había necesitado de ella, no la había buscado para reconstruir el recuerdo de aquel hombre muerto o desaparecido. Mansamente paseaba el viento convertido en brisa cuando vio acercarse la menuda figura de Isabela. No pudo conocerla pues jamás la había visto pese a sus denodados esfuerzos, del otro lado de los densos cristales del Palacio. Pero reconoció en su piel hebras de olor a Albanio y sintió cómo se le rasgaba el alma. Sin pararse a pensar de dónde procedían las fuerzas renovadas se irguió en torbellino ante la humana forma, la retó a huir o afrontar el último combate, oscureció su entraña, y trató de asustarla para esconder su miedo. Nada como aquello habría confirmado a Isabela que era al viento a quien buscaba. Por eso, lejos de amedrentarse, se acercó tranquila a él, casi con una sonrisa en los labios. Tal gesto enfureció al viento hasta volverlo loco. Cruelmente la empujó y la hizo caer entre las zarzas. Perlitas de sangre brotaban de Isabela que justo al levantarse fue estrellada contra el tronco del pino en que otrora se citara Albanio. Él, él era el culpable y no ella –se dijo el viento al ver desvalida a la mujer y bajó al pueblo a buscarlo, a despellejarlo y despedazarlo sin conmiserarse de quien encontró al paso, alzando por los aires a animales y niños, desintegrando anhelos, abonando de nuevo la semilla del terror. Los aldeanos corrían despavoridos si no volaban, preguntándose ahora qué había pasado y a dónde llegaría la espiral de locura. ¿Quiénes son éstos que vienen de año en año y despiertan al viento? ¿Quiénes son tales insensatos? ¿Qué buscan? ¿Por qué no se conforman con la vida corriente? ¿Qué quieren? ¿Qué están dispuestos a dar por ello? ¿Acaso su vida? ¿Y la nuestra? Tal vez esas preguntas u otras parecidas se formulaba Isabela allá en el cenit, desde donde observaba y reconocía, esta vez en el viento, su propio dolor por la pérdida de Albanio. ¿Cómo afrontarlo juntos, con qué palabras? ¿Acaso habría alguna suficiente? Se sentía impotente justo ahora que necesitaría el pensamiento más lúcido, la voluntad más firme. Era la mensajera de horribles noticias y a ella correspondía consolar al amante. Demasiadas batallas en tan larga guerra. Rendida se tumbó a descansar un momento sobre los rojos terruños y se afanó en oír, entre el gemido del viento, la atávica llamada del útero materno. Se desnudó y así, como Eva volviendo a la costilla, se entregó al barro, dulcemente como en un largo y húmedo orgasmo. Mientras, el viento que no hallaba a Albanio entre las calles, fue entendiendo que ella venía sola y porqué. Blasfemaba aún –pero ya sin un destinatario preciso, quizá Dios, si es que lo había- cuando se alejó del pueblo y de sus desvalidos pobladores de los que por una vez, la primera en la vida, se compadeció. Una vez arriba, la visión de Isabela tendida sobre la colina, bajo el pino, le pareció su propia imagen en el espejo y más aún la puerta del túnel que conducía a Albanio. La mujer y el viento se miraron. La unión de esos dos vértices cerró el triángulo y al fin cobró sentido la historia de los tres. El viento reventó preñado de amor. Se deshizo en lluvia y sus gotas fueron un nuevo semen vivificador que empapó a Isabela. Semen, lágrimas, saliva se profesaron el uno a la otra y viceversa tratando ansiosa y amorosamente de lamerse las heridas. Mientras, la tierra caliente y recién mojada, exhalaba el aliento de la sempiterna vida hoy más viva. No hubo resaca sino una tarde plácida y sencilla tras esa borrachera. Dos mujeres maduras, pasearon por el campo y hablaron del que era el hombre de sus vidas. “Yo temía que tú...”, “Y yo que él contigo...”, “Que me hubiera olvidado...”, “Que no me recordara....” En conclusión, la ansiedad de no haber sido amadas a punto, como siempre, de falsear la historia. Sin confesiones íntimas ni episodios morbosos completaron el libro de la vida de Albanio. Cruzaron el umbral hacia sendos futuros. Se desearon suerte en próximos capítulos. .
. . . . . . . . . . . . . . . . Albanio: Acabo de volver de la Colina, no te asustes, no ha pasado nada o mejor dicho sí, que he sufrido y llorado y él también pero no te odio, amor, te quiero igual... o más vida mía. Hemos hablado mucho de ti, de tu calidez y tu dulzura, de tu personalidad introspectiva (tan misteriosa, tan interesante), de tus caídas al abismo, de tu ansiedad, de tu inteligencia, de tu sonrisa. De lo que nos diste, de lo que nos quitaste y de lo que la muerte cruel, abyecta, nos ha arrebatado ahora para siempre. Me he quedado a gusto. Ambos temíamos que hubieras vivido con el otro lo mejor de ti mismo y ahora que no puedo preguntarte yo diría que te entregaste totalmente a los dos sin vaciarte nunca (tan lleno estabas mi amor). Y diría también que lo hemos comprendido. ¡Qué dolor fue compartirte Albanio! Y no puedo asegurar que no volviera a dolerme. Pero esa imagen tuya Albanio, sembrando de caricias el cuerpo de otro humano me estremece tanto... que acaba con mi mundo plagado de prejuicios. Hipocresía aparte, conozco el laberinto porque lo he recorrido. Y ahora, ese otro Albanio presentido que él me ha descubierto, sus palabras extrañas para mí, sus gestos nuevos, me acercan tanto a ti que al fin, después de tanto tiempo, puedo tocarte. Quisiera tenerte delante y decírtelo. Albanio, te quiero. Ojalá puedas escuchar estas palabras tejidas en el viento.
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Cientos de ataques laceran de injusticia mi carne dolorida y ansiosa de promesas. No tengo corazón para tanta batalla pero ¿Cómo rendirse? tan joven todavía.
Composiciones 7-5-7 El cálido Levante Cuando riego, me embriago por fin remueve de olor a vida mi alma anestesiada que emana de las plantas
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OasisSi esta arena fuera tibia, me tumbaría en ella, estiraría mis brazos, apartaría mis piernas; una equis de carne -incógnita sin solución- en medio de la playa, tan cerca de la orilla, despiertos los sentidos, a punto de estallarme la sanguínea pulsión. Pero es arena fría, mojada, repugnante, manchada de salitre, revuelta del Levante, sucia, pringosa, parda, insulto lacerante para mi sed de clama, de íntimo deleite, de abandono absoluto del mundo y de la gente. Saliva enmohecida de un beso sin deseo es esta arena mía que, tal cual es, hoy veo pese a que otros días y porque así lo quiero se finge oasis puro, escenario perfecto donde yo quizá un día podría cumplir mis sueños.
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