REFLEXIONES ACERCA DEL FIN DE SIGLO: EL
DISCURSO DE LA ILUSION
Rafael Vidal Jiménez
"¿Qué es una palabra? La reproducción en sonidos de un impulso nervioso. Pero inferir además a partir del impulso nervioso la existencia de una causa fuera de nosotros, es ya el resultado de un uso falso e injustificado del principio de razón".
( F. Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, 1873)
Introducción
Desde la inquietud por el enorme confusionismo ideológico con
el que parece cerrarse este siglo, estimo oportuno proponer una serie de
reflexiones convergentes acerca de la dimensión cultural de nuestra
"sociedad post-industrial" (1). Cuando unos ya han proclamado
con entusiasmo el fin de la historia y el advenimiento de un nuevo orden
mundial pretendidamente concluyente, otros presienten con cierto desasosiego
que el curso de la historia parece haber perdido las referencias modernas
que lo habían puesto en marcha. En el primer polo se sitúa
la obra oficialista de Francis Fukuyama, cuya tesis fundamental se centra
en la convicción de que el proceso de devenir dialéctico de
la realidad ha culminado, de forma definitiva, en una adecuación
total con lo "Absoluto", la "Idea", la "Razón".
Dicho de otro modo, la historia parece haber alcanzado su máximo
punto de realización y perfeccionamiento posible, por lo que ya no
le queda ninguna misión ulterior que cumplir. Esto se entiende como
la victoria incontestable del moderno sistema de supervivencia post-industrial
consumista amparado en las bondades inmanentes de la democracia: el mejor
de los tiempos posibles en el marco de una completa afirmación del
proyecto humano universal de riqueza humana, bienestar social, libertad
política e identidad cultural (Fukuyama, 1992).
Por el otro extremo, valoro la hondura crítica excepcional de la
postura de Baudrillard, el cual denuncia la paralización del proyecto
histórico desde su propio agotamiento, desde su imposibilidad de
seguir siendo tal. En "La ilusión del fin" argumenta: "Pero
si ya no hay futuro, tampoco hay fin. 'Por lo tanto ni siquiera se trata
del fin de la historia'. Estamos ante un proceso paradójico de reversión,
ante un efecto reversivo de la modernidad que, habiendo alcanzado su límite
especulativo y extrapolado todos sus desarrollos virtuales, se desintegra
en sus elementos simples según un proceso catastrófico de
recurrencia y de turbulencia" (Baudrillard, 1995: 24). Para
profundizar en una clarificación articuladora de esta doble perspectiva,
considero necesario, de entrada, partir de las premisas fundamentales sobre
la que hoy se tienden a estructurar las formas de pensar la realidad.
Hace décadas que el pensamiento sobre lo social, atravesado por ese
fenómeno que se denominó "giro lingüístico",
se viene proyectando desde la óptica del análisis de la realidad
como producto cultural, como conjunto de procesos de significación
intersubjetiva de las actividades humanas. Entendiendo la realidad como
el resultado de la construcción social de la misma a través
de los patrones lingüísticos-simbólicos que permiten
aprehenderla como tal, ésta no constituye, pues, sino un artificio
humano sobre "lo real" en tanto algo natural, indefinido; tan
insoportable como inaprensible para el hombre. Su objetivo, por tanto, es
la construcción de los caminos bien dirigidos sobre los que hacer
viable la conducción del comportamiento humano por el laberinto vital.
Así, no queda otra alternativa que tratar el problema de la realidad
en su doble carácter de "realidad real", socialmente ineficaz,
y "realidad cultural" como liberación socio-histórica
concreta del potencial semántico de aquélla en forma de conjuntos
de entidades sociales integradas dotadas de pleno sentido.
Para Edgar Morin "el conocimiento humano está gobernado
por un poli-logicial, constituido por la combinación compleja (complementaria,
concurrente, antagonista) de un cuasi-logicial sociocultural. Es decir,
que no sólo el logicial cultural le es necesario al cerebro humano
y que los logiciales cerebrales le son necesarios a la cultura, sino también
que las condiciones socio-culturales del conocimiento no sólo actúan
como determinaciones externas que limitan y orientan el conocimiento, sino
también como potencias internas inherentes a todo conocimiento"
(Morin, 1994: 253). El incuestionable trasfondo fenomenológico que
hoy guía la reflexión en el marco de una filosofía
antropológica posmoderna ha de ser, por consiguiente, el marco donde
he de situar las valoraciones críticas que serán el objeto
de mi esfuerzo especulativo. Ante la necesidad de penetrar en este sombrío
panorama, he de advertir que, quizá, como indica Jeanniére,
el exceso de sentido de la realidad presente, en el plano de aceleración
de la historia en tanto proceso acumulativo exponencial de los acontecimientos,
provoca una inevitable multiplicidad de lecturas y explica, por consiguiente,
la indisposición de modelos eficaces de representación de
la realidad. Esto tiene su reflejo en la inadecuación de los antiguos
objetos simbólicos que han estructurado nuestra experiencia vital
(Jeanniére, 1979). Sería necesario considerar esta idea con
el objeto de comprender, mediante la paradoja, la operatividad real que
tienen los códigos simbólicos que de hecho atrapan la realidad
social actual en su especificidad histórica.
"Fin de la historia", "después del comunismo",
"nuevo orden mundial", "sociedad global", "poder
diluído", "sociedad red", etc; estos y otros conceptos
semejantes se elevan hoy día a la cima de la designación simbólica
de nuestro mundo, un mundo que pareciera tener carácter terminal
desde todas las posiciones, críticas y complacientes. Pretendo penetrar
en la compleja trama socio-cultural y política desde algún
ángulo discursivo. Ante la diversidad de enfoques con los que podríamos
plantear el problema, y con una mera intención instrumental-metodológica,
afrontaré el mismo, para empezar, desde un punto de vista que puede
ser válido. Me refiero al problema de la definición conceptual
de las relaciones de poder en el seno de la estructura de lo que podríamos
llamar capitalismo internacional democrático-totalitario. Aclaro
que por poder entiendo, en un sentido amplio, la capacidad de provocar en
el "otro" un determinado comportamiento o actitud que responda
a ciertas expectativas de quien lo ejerce: la estimulación efectiva
de una interferencia en la voluntad y aptitud autodeterminativa del sujeto-objeto
sobre el que recae dicha acción.
Hacia un concepto relacional del poder
Estoy convencido de que esta faceta de la actividad humana -el poder-
no ha de ser entendida de manera simplista como acto efectuado en una única
dirección vertical y en un único sentido "arriba-abajo",
dentro de los distintos planos de organización jerarquizada de la
sociedad. Más bien, concibo esto desde el prisma de una tensión
permanente entre localizaciones, núcleos o unidades sociales concretas
que están condicionadas en su devenir por la reacción retroalimentadora
del polo opuesto que las complementan. Así, el control social consistirá
en un intento de resolución relacional, negociada e integradora de
estas tensiones dentro de un sistema, al fin y al cabo, dominante. Éste
encuentra hoy en la concentración mundial de los "mass-media"
un instrumento catalizador esencial e insustituible que lo habilita para
ser como es. Esto tiene lugar mediante una actividad reproductora y garantizadora
de la estabilidad social a través de un ininterrumpido proceso de
adaptación de las presiones y contradicciones dentro de un marco
de tendencia globalizadora. Más allá de un concepto estático
y vertical del poder, por consiguiente, aludo a éste como conjunto
de negociaciones, compromisos y mediaciones al estilo de lo que Gramsci
denominó "hegemonía" (Gramsci, 1986).
Pienso, pues, que la posición específica de los agentes sociales
está conectada a una dependencia implícita con respecto a
la acción-reacción proveniente del otro extremo de la relación-tensión;
ello, al margen del grado relativo de ventajas reales que permitan actuar
a unos y otros: gobernantes y gobernados, empresarios y trabajadores, vendedores
y compradores, medios de comunicación y audiencia, padres e hijos,
profesores y alumnos, generales y soldados, ciudadanos e inmigrantes, sacerdotes
y feligreses, etc. Estos dualismos genéricos -la realidad es mucho
más compleja- representan lo que yo denominaría modelos de
reciprocidad diferencial en el uso del poder-autoridad. A pesar de todo,
esta compleja trama de relaciones humanas encuentra su principio dinámico,
a nivel macroestructural, en un modelo-esquema general de organización
y acoplamiento mediatizado de los comportamientos y representaciones mentales
dominantes que caen bajo la responsabilidad de elementos sociales aposentados
en situaciones de privilegio incuestionables. Pero siempre, insisto, desde
la premisa de que el estilo conductual creado desde estas instancias superiores
es impregnado por e impregna a la vez, mediante osmosis diferencial, las
formas de relación poder-dominio del resto de las instancias o núcleos
sociales al nivel local. Hago alusión a una especie de correa de
transmisión que funciona a través de un mimetismo social escalonado.
Situándonos en el plano de la autoridad política, es apreciable
hoy día un desplazamiento progresivo de los resortes cimentadores
de los estados nacionales clásicos hacia espacios de control ajenos
a los mismos, en compatibilidad con un cierto grado relativo de autonomía
con respecto a esas otras fuentes de poder. En realidad, los instrumentos
institucionales de estos estados se refuerzan considerablemente en la misma
medida en que son arrancados de sí para quedar insertados dentro
de un sistema más amplio en el que cumplen funciones necesarias de
orden, seguridad e imposición al individuo de límites bien
precisados de comportamiento. Creo que el modelo democrático de autoridad
estatal impuesto en nuestra sociedad occidental de fin de siglo ha superado
las esferas de la prohibición y la obligación para colocarse
en el ángulo de la configuración total del individuo en tanto
componente de la opinión pública. Ésta, referente del
mercado político de la ilusión democrática, se realiza
y actualiza después de un exhaustivo modelado-imposición de
la propia opinión al nivel del inconsciente (2). Es evidente que
el mito liberal-democrático de la libre opinión, de la soberanía
de la sociedad civil, ha de ponerse de modo definitivo en entredicho. Para
ello, claro, ciertos elementos funcionales que giran en torno a la comunicación
de masas representan un papel primordial -quiero volver a subrayarlo y seguiré
subrayándolo. Gonzalo Fernández de la Mora aprecia que no
estamos ante el "no harás" ni ante el "esto harás",
más bien, frente al "así serás", "así
sentirás", "así pensarás". La auténtica
anulación de lo privado a cambio de la extensión totalizadora
de lo público (Fernández de la Mora, 1984).
Hay algo que dota de significado social a este fenómeno descrito.
Las élites gobernantes de los estados nacionales subsidiarios encuentran,
dentro de las redes clientelares-delegativas en las que se introducen, unos
niveles de satisfacción personal que en sí son suficientes
para que tenga sentido su situación de dependencia. El estado se
hace más fuerte quedando, pues, rígidamente sometido a unos
centros de gravedad extraestatales. De este modo, deja de ser lo que era
para convertirse en otra cosa que no sabemos como llamar, pero que seguimos
percibiendo como eso, como "Estado". Pero no importa tanto lo
que ese extraño nuevo objeto social sea, sino lo que creemos seguir
viendo en él. Y eso desde la paradoja, repito, de su fortalecimiento-subordinación
generador de nuevos circuitos de realización-frustración de
las estructuras antropológicas de lo imaginario (Durand, 1982) (3).
¿Cuáles son esos centros de gravedad extraestatales de los
que hablo? Los que Noam Chomsky ha recogido bajo el epígrafe general
de "gobierno mundial de facto": la impresionante concentración
de capital y poder económico que hoy representan las gigantescas
corporaciones multinacionales monopolísticas, las cuales se articulan
en una compleja red de conexiones empresariales que caracteriza el proceso
productivo, con el doble choque-adecuación de intereses múltiples
que ello conlleva. De este modo, la estructura del poder ha cristalizado
en un complejo sistema de infinitas relaciones, muy resistentes a su identificación,
que se concretan en una cadena de transferencia de decisiones reducibles
a un esquema depurado de respuestas a los intereses de dichos emporios transnacionales.
Sin embargo, esta cadena se consolidará, dentro de un equilibrio
inestable, en la medida en que el propio sistema sin nombres, sin hombres
relevantes como tales -siempre sustituibles-, sepa responder a las necesidades
vitales de los distintos sujetos sociales con independencia de la multiplicidad
de situaciones posibles. El consumismo, la consunción compulsiva
y acelerada de fragmentos de la realidad empaquetada con papel de regalo,
en tanto produce psicológicamente una conversión de las necesidades
secundarias en primarias, constituye el referente culturalmente operativo
que activa y absorbe todo el proceso en su proyección hacia el sujeto.
Semejante panorama es lo que conduce a hablar hoy día de la disolución
y atomización del poder. Pero esto me parece el resultado del espejismo
producido por la reubicación no perceptible por los sentidos de la
"orden final" en un plano que va más allá del protagonismo
específico de los líderes políticos, sociales, económicos
y culturales, así como de la propia opinión pública
confeccionada. El sistema se vale por sí mismo, es poder en sí.
Sólo conoce su propio orden. De esta manera constituye los límites
de realización de los comportamientos de los sujetos dentro de un
espacio de interaccionismo simbólico complejo y ciertamente oscuro.
El poder se engrandece, por tanto, en su creciente opacidad engañosa.
Sin embargo, nunca fue más efectivo, más determinante, más
implacable, por impersonal. Lo que impera es, ante todo, una lógica;
una lógica aplastante, envolvente, pegajosa, unificadora de la propia
existencia de un hombre plenamente desposeído de sí mismo.
Pero él no lo sabe. Está sumergido en la ilusión necesaria
del parque infantil en el que vive. Lleno de luces, de colores, de sonidos,
pero sin palabras.
En este sentido, las posibilidades de observancia desde "arriba"
de las necesidades de los individuos están implícitas en el
proceso mismo de construcción de dichas necesidades por parte de
los poderes dominantes. No obstante, esto sólo es posible en la medida
en que las mismas, prefabricadas en su presentación final, puedan
ser captadas simbólicamente por los propios individuos. Esa es la
labor destinada a los medios de comunicación de masas. Éstos
se encargan de la tarea de estimular y provocar hacia direcciones fijadas
las pulsiones básicas de los sujetos implicados en su lucha por la
supervivencia. No voy a entrar aquí en la problemática del
nivel de los efectos que estos medios producen, pero descarto, de entrada,
las visiones unidireccionales de estímulo-respuesta (4). El asunto
es mucho más complicado. El receptor, lejos de ser un mero ente pasivo,
también manda. ¿Cómo? Condicionando las fórmulas
de penetración específica en su propia interioridad. Y es
aquí donde entran en juego factores universales humanos, así
como estrictamente históricos y biográficos.
La acción discursivo-canalizadora que recibe el individuo no se reduce
a un simple trabajo sobre terreno virgen. El grado de funcionalidad del
proceso de construcción social de la realidad está conectado
al marco previo discursivo que el sujeto-objeto ya presenta como herencia
de experiencias históricas y biográficas gregariamente compartidas.
Por ello, la misma elaboración desde el poder de los códigos
simbólicos necesarios para hacer efectivos los grandes intereses
-que existen- ha de adaptarse al bagaje simbólico con el que ya están
preconfigurados los sujetos sociales sobre los que se pretende actuar. El
problema se sitúa en el fenómeno de interpretación-aprehensión
de los códigos simbólicos en el proceso de intercambio masivo
de información entre los distintos segmentos de la sociedad, lo cual
se resuelve en una doble dimensión creación-reelaboración
de dichos discursos. Ese es el terreno de juego de la difusión-recepción
a gran escala de los mensajes performativos procedentes de unos "mass-media"
presuntamente asépticos e informativos.
Ya apuntó la hoy día tan desprestigiada escuela de Francfurt,
en la figura de un autor como Marcuse, que el "Estado-Mercado",
el de la "sociedad opulenta", crea unas necesidades sentidas como
vitales por el individuo en la medida en que se encuentra capacitado para
ofrecer los caminos de su satisfacción por parte de éste.
Esto, en el plano de la sociedad de consumo, genera una natural adhesión
del sujeto al papel que se le ha reservado mediante un reaprovechamiento
de su inconsistencia como individualidad misma: la alienación. De
este modo, se perpetuará el sistema siempre que sea capaz de confeccionar
un discurso cultural que permita la conciliación relativa de los
intereses de "arriba-abajo". Se trata de un juego de apariencia-realidad
social basado en el concepto de lo que se denominó "racionalidad
técnica". El resultado: "el hombre unidimensional"
(Marcuse, 1984).
No voy a entrar ahora en una discusión sobre la validez de la
propuesta crítica de autores como Adorno, Horkheimer o el propio
Marcuse. Sin embargo, aceptando el carácter reduccionista de abstracción
filosófica que adoptaron sus obras, lo cual pudiera implicar una
cierta debilidad como método de aplicación teórica
sociológica, no por ello resulta desechable el punto de partida con
el que se enfrentaron a la hora de elaborar una definición tan acertada
de lo que los dos primeros llamaron "industria cultural". Algunas
de las perspectivas de lo que estimo que fue un fecundo encuentro sintetizador
entre psicoanálisis y marxismo pueden seguir siendo útiles
en la investigación social. ¿Por qué tanto empeño
en dar carpetazo a esta, esa o aquella tradición filosófica?
Emilio Lledó, haciendo alusión al proceso actual de exclusión
y aceptación de las diversas corrientes del pensamiento occidental,
indica: "Pero la superficialidad con la que se llevan a cabo semejantes
encuentros es un reflejo de lo que, con mayor o menor fortuna, suele denominarse
'sociedad de consumo'. Los libros, como tantas veces lo ponen de manifiesto
sus portadas, son un elemento más de los decorados con que se presenta
nuestra época, y nuestro contacto con ellos tiene lugar dentro del
mismo encuadre, en el que se reclaman detergentes, televisores, medicamentos
o copiadoras Rank-Xerox" (Lledó, 1996a: 26).
Creo imprescindible hacer hincapié en la falta de coherencia con
la que hoy día se tildan de obsoletas determinadas líneas
de pensamiento. Superar ha de ser, ante todo, integrar, pero no despreciar.
Y es que este frágil criterio de aproximación y alejamiento
de unas y otras tendencias filosóficas afecta de manera especial,
lo cual me parece de extrema gravedad, a ese celoso guardián de la
"Verdad" como es la universidad. Estamos ante el problema del
uso social del conocimiento-institución. La universidad actual es
humo, pura cortina de humo tras la que se esconden, como miembros excelentes,
muchos que de forma desesperada buscan un refugio donde, en nombre del "Saber",
encuentran de forma fraudulenta un artificioso acomodo a la inconsistente
entidad de su actividad. Un análisis serio de esta apreciación
que apunto podría dar resultados que unos no imaginan y otros no
están dispuestos a reconocer. La reflexión crítica,
abierta y desinteresada no es la verdadera función de la universidad.
Tras la supresión de aquélla, ésta sólo representa
la titularidad ostentativa, la vanidosa y vacía presunción
de que esto o esto otro ya está superado. Orgullo, ignorancia, corporativismo,
poder, servilismo. Sin embargo, ¿dónde ha quedado el pensamiento
constructivo y necesariamente revisionista? Siendo consciente de que sólo
una lectura superficial y/o poco honesta de esta digresión puede
estimular la intolerancia, me he permitido incluirla, puesto que, aunque
parezca una gratuita y caprichosa ruptura de mi hilo discursivo, creo que
refleja mucho de lo que hay en el fondo del resto de mis reflexiones. No
lo olvidemos, estoy hablando de supervivencia y de mecanismos posibles de
su garantización en el ámbito de la trama social, cualquiera
que sea el ángulo al que nos aproximemos. La universidad también
es un escondrijo de la ilusión. Pero yo no sugiero, desde mi modestia,
el pataleo soberbio, sólo la reflexión madura y responsable.
¿Seremos capaces de ello?
Para proseguir mi exposición he de aceptar en la intertextualidad
implícita de mi enunciado total las resonancias del pensamiento de
Michel Foucault. Esto por diversas razones. En primer lugar, porque a la
hora de abordar un análisis de la sociedad actual en su dimensión
histórica singular, no concibo los objetos sociales que participan
en ella como objetos naturales instalados en el plano de un desenvolvimiento
finalístico-histórico de la razón humana. A ello opongo
lo que este pensador intuyó como "rareza", esto es, la
discontinuidad frente a la continuidad de los hechos de la historia, el
azar frente a la necesidad, la equifinalidad frente a la teleología,
el relativismo frente al normativismo. En conclusión, no acepto la
existencia de referentes objetivos, ontológicos, previos a la realización
y actualización concreta de un discurso limitador de las prácticas
sociales potenciales que libera (Foucault, 1984).
Ello, en segundo lugar, nos lleva a otro aspecto esencial: el carácter
relacional nietzscheano de la realidad que se detecta en la obra de este
pensador. Creo que en mis argumentaciones esto queda perfectamente patentado.
Mi visión del modo en que hoy se manifiestan las formas de articulación
de los actos de poder se aparta de la concepción tradicional del
mismo como disciplina-bloqueo ejercida por sujetos naturales y universales
históricos -el Estado, por ejemplo. Se trata de entender el poder
como disciplina-mecanismo. Entendamos ésta como el establecimiento
de una compleja retícula de estrecha interdependencia de instancias
situadas en todos los estratos de la experiencia vital. Se trata de la instauración
de unos dispositivos de comunicación-poder que generan esquemas de
vigilancia del individuo desde las posibilidades materiales-prácticas
que constituyen los propios discursos: lo que se puede decir y lo que no
se puede decir. En consecuencia, lo que se puede hacer y lo que no se puede
hacer. Dicho proceso queda regido por el principio del "panoptismo",
responsable de una nueva fisiología de lo político cuya finalidad
no es el vínculo de soberanía sino las relaciones de disciplina.
"Dos imágenes, pues, de la disciplina. A un extremo, la disciplina-bloqueo,
la institución cerrada, establecida en los márgenes, y vuelta
toda ella hacia funciones negativas: detener el mal, romper las comunicaciones,
suspender el tiempo. Al otro extremo, con el panoptismo, tenemos la disciplina-mecanismo:
un dispositivo funcional que debe mejorar el ejercicio del poder volviéndolo
más rápido, más ligero, más eficaz, un diseño
de las coerciones sutiles para una sociedad futura" (Foucault,
1992a: 212). Y presente, podemos ya añadir.
En medio de esta aparente fantasmagoría panóptica, el gran
teatro del mundo tiene sujetos. No pretendo rechazar los referentes prácticos-sensibles
de la experiencia vital y sus mediaciones socio-culturales. Intentemos localizar
lo que todo esto constituye en nuestro mundo de forma global. Existe la
posibilidad de identificar centros y células de activación,
estimulación e irradiación expansiva del sistema. Ya lo he
señalado. Es el triángulo perfectamente articulado por las
grandes corporaciones multinacionales, sus estados nacionales subsidiarios
y los "mass-media", como núcleos de construcción
de esta nueva forma de socialización de finales de siglo. Ahí
están los grandes centros rectores-transmisores de las consignas
vitales que representan organismos internacionales no gubernamentales como
el B.M. y el F.M I. Ahí tenemos la estructuración de un orden
mundial que, tras el derrumbe definitivo de la supuesta amenaza soviética
contra el gran proyecto de libertad, paz y riqueza universales (5), tuvo
su contrapunto en el espectáculo simulador mediático que constituyó
la "Guerra del Golfo". Unipolaridad militar -Estados Unidos- frente
a tripolaridad económica -Estados Unidos, la C.E.E. y Japón.
Estos son espacios regionales-centrales desde donde operan los principios
generales de la integración mundial y el intercambio desigual. Pero
esta instalación institucional espacial de focos de poder estatal
y económico no debe hacernos perder la verdadera óptica práctico-discursiva
que se esconde tras de sí.
Pienso, por aportar un ejemplo ilustrador, que hoy, frente a su aparente
reafirmación, las culturas nacionales se van diluyendo en una supracultura
transnacional y metanacional, mientras la metáfora consoladora de
la especificidad y responsabilidad de la comunidad nacional recrea las esperanzas
vitales de un ciudadano cada vez más empobrecido en su supuesta autonomía
subjetiva. De hecho, a mi entender, la identificación de los ciudadanos
con lo que presienten como legítimos gobernantes, la creencia firme
en la capacidad real de los mismos como valedores de la voluntad general,
cumple una función primordial al ser reutilizada desde los nuevos
parámetros del control social panóptico universal. Por ello,
las masas apelan a la defensa por parte de sus políticos de los intereses
nacionales. ¿Cuáles son esos intereses? ¿Dónde
están? En una ilusión que convence, que persuade, que reafirma,
que vende banderas e himnos, que llega a matar, pero nada más. En
una ilusión que camufla de identidad colectiva el sinsentido social.
Otro fenómeno donde podemos rastrear este circuito de la ilusión
es el que, siguiendo patrones ideológicos neoliberales y socialdemócratas,
se ha bautizado con el preocupante concepto de "intervenciones bélicas
humanitarias" (6). En éstas convergen muchos de los elementos
esenciales que configuran la nueva simbolización mitificadora de
la realidad. Lo que está en juego no es, sin más, un modo
de dominio neocolonial sobre el sur -esto es demasiado obvio-, sino, ante
todo, la imposición y concreción de un modelo general de comprensión,
justificación y materialización del acto de poder en el sentido
en que lo estoy tratando. La mentira se disfraza de Verdad, la maldad se
viste de Bondad, la fealdad hace de Belleza (7). Pero no perdamos el ángulo
de visión. En ese estado de descomposición irreversible de
una realidad que no es capaz de encontrarse a sí misma, en ese proceso
de desintegración total de la soberanía del sujeto racional,
también tienen mucho que perder los directamente implicados en las
estructuras institucionales de dominio hegemónico. En este juego
todos ganan y a la vez pierden: la victoria de las apariencias, la derrota
del mundo real. Sólo vence definitivamente una cierta lógica
discursiva, virtualizadora y activa, en la que todos vamos quedando, de
una manera u otra, involucrados en virtud de una inevitable y vana lucha
por la existencia, una lucha que socialmente nos acerca al mismo tiempo
que nos separa, nos incomunica, nos despedaza.
La construcción de la gran ilusión
Considero que existe un discurso de la ilusión generador de la apariencia,
de la no-existencia. La comunicación de masas es su portavoz, su
realizador, su moderador. Entendamos a ésta, como hace Baudrillard,
no en un sentido de mera explotación mental en su acepción
clásica (Baudrillard, 1989). Concibamos en ella procesos de abstracción
e ideologización antimediadora. Olvidemos de una vez por todas el
aspecto funcionalista del valor social de su uso. Lo que da entidad a los
"mass-media" es la capacidad que tienen para anular los intercambios
culturales en un espacio de simulación ilusoria de respuestas integradas
en el proceso de emisión de las instrucciones-planos que generan.
El resultado es la producción de una efectiva unilateralidad en la
acción comunicativa mediante la instrumentalización de unos
recursos simbólicos conciliadores de todos los niveles políticos,
económicos y socio-culturales enfrentados. Es el camino complejo,
entrecruzado y dinámico hacia lo que se ha llamado pensamiento único:
la función conativa, configuradora y performativa radical de los
propios discursos periodísticos, radiofónicos, televisivos,
internáuticos.
Quiero dejar claro en qué sentido hago referencia al concepto de
pensamiento único. En el debate político virtual que en la
actualidad tiene lugar entre las que formalmente se presentan como dos visiones
políticas de la realidad bien definidas y opuestas -el neoliberalismo
y la social-democracia- no hay nada sustancial que excluya ambas posturas
oficiales organizadas en partidos. Éstos son simples clubs de amigos,
caminos para alcanzar metas personales homónimas. Y de los sindicatos,
¿qué podríamos decir? La discusión sobre aspectos
tales como el estado de bienestar o el intervencionismo estatal en materia
económica nos es más que una engañosa escenificación
que forma parte de los entremeses de la representación final de un
sistema conciliador y anulador del conflicto ideológico en su acepción
moderna. El aparente exceso de la pluralidad es la abolición de la
misma, la destrucción de la alternativa, la neutralidad, la complicidad
constitutiva práctico-discursiva.
Para ello, como ya adelanté, lo primordial es la búsqueda,
la estimulación de esas estructuras básicas del inconsciente
colectivo para provocar la respuesta negociada. El abandono real de la reflexión
racional da paso al protagonismo omnipresente de los sentimientos, de la
emotividad. Es en el nivel de la afectividad donde todo esto opera. Como
propone Adrián Huici, el comportamiento informativo de los medios
en la "Guerra del Golfo" se basó fundamentalmente en la
revitalización, desde nuestros parámetros culturales, del
mito. El héroe frente al villano. El reino de la luz contra el imperio
del mal, el lado oscuro (Huici, 1991). En esta nueva versión de la
Guerra de las Galaxias se hizo evidente el modelo de construcción
social de la realidad que padecemos. Pero las líneas discursivas
elementales sobre las que se tejió el relato de los acontecimientos
me parecen extrapolables a cualquier acto comunicativo de la vida cotidiana.
Lo de menos son los aspectos propagandísticos que en un periodo bélico,
por tanto, excepcional, afloraron de manera masiva (Pizarroso, 1991). Lo
importante es lo que permanece tras la vuelta a la anodina normalidad de
nuestra subsistencia perceptiva, invadida de una insoportable levedad.
Llegados a este punto, si se me permite, procederé de manera sumaria
y sistemática. Ofertaré un modelo de articulación de
los argumentos de carácter económico-social, político
y cultural-comunicativo que creo que conforman el mapa simbólico
total sobre el que guiamos nuestro efímero paso por la no-existencia
en este siglo agonizante. De este modo, será posible ir retomando
conjuntamente muchas de las cuestiones que he ido sugiriendo hasta el momento.
En resumen, la receta de la gran ilusión contiene estos ingredientes
discursivos:
a) En el plano económico-social, resulta incuestionable la exacerbación
entusiástica de los beneficios consustanciales de la economía
de mercado. Ello se traduce en una apelación continua a la racionalidad
de un sistema infalible que subordina discursivamente el concepto de crisis
a lo transitorio y lo coyuntural. Ello, a su vez, se ve reforzado por la
imposición de los análisis macroeconómicos referidos
a los grandes indicadores de crecimiento, en detrimento de la evaluación
y balance, siempre prescindible, de las desigualdades reales en el reparto
de la riqueza. Por supuesto, el llamamiento, desde una invocación
a la responsabilidad del ciudadano -eso le hace sentirse importante-, a
la moderación, el conformismo y el sacrificio general constituye
la garantía de operatividad de tal actitud.
Así, la insistencia en la irreversibilidad ficticia del concepto
de bienestar y el enaltecimiento consagrado del compromiso por la estabilidad
social sellan el nunca cuestionable proceso de producción material
de la vida (8). No es momento para entrar en detalles. Sin embargo, por
aportar un simple ejemplo muy significativo de la manipulación interesada
del discurso social, nótese como hoy día el debate sobre la
negociación laboral se centra en la idea del reparto del trabajo
desde la premisa de la reducción de la jornada laboral. ¿Quién
puede dudar que lo que, en realidad, se está planteando es el reparto
del paro en su dimensión de elemento estructural de las nuevas formas
de proceder de una economía que en su propia lógica orgánica
prescinde gradualmente del trabajo humano masivo?
Es asombrosa la capacidad de mutabilidad simuladora de que disfruta el sistema.
Voces críticas denuncian la inviabilidad de un modelo productivo
competitivo que tiene como consecuencias irremediables el desempleo y la
degradación alarmante del medio ambiente. La ilusión permite,
en la perspectiva discursiva de un desarrollo sostenible, la elaboración
de propuestas comprometidas con la búsqueda de un equilibrio entre
el modelo de economía de mercado y la reducción de los riesgos
que conlleva. Recientemente, tres autores han publicado "Factor 4".
Se trata de un nuevo informe al Club de Roma. En él se propone una
diversidad abundante de medidas conducentes a la introducción de
fundamentos ecológicos en el sistema productivo considerándolos
no sólo compatibles con el desarrollo, sino como estímulos
eficaces para el propio crecimiento en función de una rentabilidad
multiplicadora. ¿Es posible, realmente, reconvertir los criterios
ecológicos, en principio gravosos, en factores de beneficio? Los
autores piensan que sí. De ahí la razón de ser de su
libro. Su preocupación final es la búsqueda de un consenso
internacional que, limando las inconveniencias del libre mercado mundial,
evite, por otra parte, tentaciones intervencionistas excesivas que nos puedan
llevar al triunfo de nuevos totalitarismos. ¿Es esto factible? Lo
siento, pero me parece patético que las últimas palabras de
este recetario del bienestar humano que, ante todo, quiere ser conciliador
con la lógica del sistema productivo de mercado multinacional, concluya
con estas palabras: "En este punto, nuestra crítica de la
economía desenfrenada coincide con la concepción moderna de
Coase, quien pretende poner coto, mediante la solución negociada,
al ejercicio del poder por parte de los monopolios y al saqueo de los recursos.
Sin embargo, los interlocutores más importantes no podrán
sentarse a la mesa de negociación en una ronda sobre estrategias
ecológicas para el futuro: son las futuras generaciones y las especies
de animales y plantas de hoy y de mañana que no dominan el lenguaje
humano" (A.A.V.V., 1997: 396). Semejante alarde quijotesco no parece
tener otro destino real que la cimentación consoladora de la ilusión
necesaria en un mundo feliz. Pero, y lo lamento, el mejor de los futuros
posibles que puede esperar a este libro es llegar a convertirse, como mero
producto de consumo más, en un nuevo título de la lista de
los "best sellers". En este caso, en la sección de sueños
nobles e imposibles.
b) En el ámbito de lo político, encontramos, paralelamente,
el enardecimiento de la bondad intrínseca de la democracia. Esto
tiene su materialización discursiva en la reafirmación y legitimación
del sistema en su oposición necesaria referencial a modelos históricos
enemigos como el fascismo y el totalitarismo soviético. El discurso
se cierra en tanto no se puede no ser demócrata. Esto equivaldría
a decir que se es fascista o se es estalinista. Este terrorismo mental sobre
el sujeto, pues, impide a éste formular el enunciado discursivo:
"no soy fascista, no soy estalinista, no soy demócrata"
(9). La reiteración del carácter autónomo y soberano
del ciudadano, la alabanza del protagonismo de las naciones, la exaltación
de los conceptos de seguridad nacional e internacional, la justificación
del gobierno como reservado de los más instruidos, la disculpa del
inevitable carácter coercitivo y punitivo del estado, la glorificación
de su carácter transcendente, etc., son argumentos que se vienen
a sumar al núcleo discursivo de la democracia como Bien Absoluto:
la finalidad de la historia.
c) Estos elementos del enunciado económico-social y político
tienen un dispositivo discursivo de seguridad en la abierta predisposición
para la ridiculización de la utopía social y la anteposición
de lo posible, lo real. La superioridad de la práctica con respecto
a la teoría. De hecho, la actitud caricaturizadora y malintencionada
que en ciertos núcleos sociales podrían despertar mis planteamientos
críticos no tendría otra respuesta por mi parte que el rechazo
enérgico de su complicidad en el "crimen perfecto" (Baudrillard,
1996) (10). Así, la descarga de la relevancia de los hechos concretos,
la denuncia de los males del pasado reciente frente a un presente-futuro
plenamente prometedor, la transmisión de un moralismo autocomplaciente
con lo existente, etc., tienen su proyección en argumentos que van
desde la fe en la paz y la concordia mundiales, al elogio de las llamadas
misiones de paz y el ensalzamiento del protagonismo internacional de las
grandes potencias, pasando por la denuncia de la grave responsabilidad y
barbarie de los países tercermundistas. Todo ello para legitimar,
una vez lavada la mala conciencia, los crímenes legales contra la
humanidad garantizadores de nuestro excelente y deseable modo de vida. Y
es que, muerto el viejo enemigo soviético, paradójicamente,
este sistema de paz no puede funcionar sin ellos; sin enemigos irreales,
por supuesto.
Se hace necesaria, imprescindible para su supervivencia, la fabricación
bien diseñada y medida de la amenaza. Como recalca Noam Chomsky,
no cabe otra alternativa que buscar a ésta en el mundo subdesarrollado,
allá donde, de paso, estén en juego intereses económicos
preferentes: Oriente Medio. La lógica de la "guerra fría"
se resiste a tocar retirada. Se hace insustituible en los nuevos esquemas
de fin de siglo. Estamos ante la confección mitológica de
una nueva "guerra fría". Sus comienzos son bien conocidos:
la "Guerra del Golfo" (Chomsky, 1996). La victoria del Bien sobre
el Mal es, pues, cuasi-definitiva. El maniqueísmo profético
del sistema precisa de una cierta provisionalidad sostenida en la lucha
por el triunfo decisivo.
Por eso, los tejedores de la política internacional al más
alto nivel han de andarse con cuidado a la hora de hacerse copartícipes
del aclamado fin de la historia. El discurso sobre el fin del proceso histórico,
tras la victoria en la "guerra fría" por la no-comparecencia
del contrincante, no puede adoptar un criterio semántico estricto.
Más bien, ha de asemejarse al concepto matemático del límite.
Entendiendo la historia como una secuencia infinita de magnitudes, la situación
que se pretende eternizar debe constituir la magnitud fija a la que se aproximan
cada vez más los términos de la secuencia, pero nunca de forma
definitiva. Por tanto, hay que estar siempre alerta. Pero, sabemos que mientras
dormimos alguien vela por nuestro plácido sueño. El doble
destino consumista y tributario de la renta familiar es el precio que pagamos
por tan nobles servicios públicos: la cara material de nuestras aspiraciones
desorientadas, de nuestra sinrazón existencial.
d) En lo que atañe al ámbito cultural-comunicativo hay que
situarse en la perspectiva de un nuevo modo de utilización de lenguaje.
Se ha de entender éste como el instrumento esencial a través
del cual tiene lugar el proceso de construcción social de la realidad,
con la consiguiente estructuración tropológica de los discursos,
basados en la metaforización encubridora de sus propios contenidos.
Hoy la homogeneización y estatismo de la comunicación verbal
se materializa en una apreciable esquematización publicitaria de
las formas, en una creciente simplificación del estilo mediante el
abuso de las nominalizaciones y la supresión de las matizaciones
del verbo y el adjetivo, y en un pragmático reduccionismo gráfico-sonoro
de la palabra. Ésta se ve introducida en un proceso de adecuación
a las exigencias comunicativas del moderno sistema de supervivencia consumista,
lo cual se traduce en una patente cosificación de las ideas y en
la conversión de las producciones intelectuales en mercancía-moda.
Como ya indiqué, la reflexión crítica deja paso libre
al imperio todopoderoso de la emotividad computerizada, lo que tiene su
reflejo en el acceso compulsivo-consumista a los bienes y artefactos culturales.
Esto al margen del valor específico de éstos en cuanto formas
de pensar la realidad. Estamos ante la derrota del pensamiento. Alain Finkielkraut
considera que "la batalla ha sido violenta, pero lo que hoy se denomina
comunicación demuestra que el hemisferio no verbal ha acabado por
vencerla, el clip ha dominado a la conversación, la sociedad 'ha
acabado por volverse adolescente'(2). Y a falta de saber aliviar a las víctimas
del hambre, ha encontrado, con motivo de los conciertos para Etiopía,
su himno internacional: 'We are the world, we are the children'. Somos el
mundo, somos los niños" (Finkielkraut, 1987: 138) (11).
Edgar Morin, por otra parte, entiende nuestra época como trágica
para el conocimiento por ser trágica para la reflexión. Ésta,
sumida en un profundo vacío, es víctima de la degeneración
protagonizada por una cultura científica basada en un modelo de conocimiento
cuantitativo, manipulador, segmentado y disgregado: "Siendo que
la reflexión une un objeto particular con el conjunto del que forma
parte, y este conjunto al sujeto que reflexiona, resulta imposible reflexionar
sobre los saberes parcelados, divididos en trozos" (Morin, 1992:
73).
La gran ilusión como fin de la relatividad del tiempo histórico: la aniquilación de la palabra.
Este es, en resumen, el paraíso de la ilusión: la ilusión
del Mercado, la ilusión de la Opulencia, la ilusión de la
Democracia, la ilusión de la Paz, la ilusión de la Libertad,
la ilusión de la Justicia, la ilusión de la Verdad, la ilusión
de la Razón. Opino que todo esto tiene un reflejo claro en el fenómeno
de la relación entre el tiempo real como marco histórico-social
objetivo, concreto y singular, y la temporalidad en el sentido de conformación
simbólica colectiva de la imagen que de dicho tiempo real posee nuestra
sociedad actual; esto es, la creación de un tiempo donde instala
sus propias experiencias intersubjetivas amnésicas. La paradoja reside
en el hecho de que mientras se intensifica el flujo de los acontecimientos,
al calor de la hiperactividad y omnisciencia de los medios de comunicación,
aquéllos acaban en diluirse en no-acontecimientos, debido a un proceso
uniformemente acelerado de reelaboración, suplantación y actualización
de los mismos: la destrucción de la historia como vivencia humana
referencial. Abel Jeanniére aprecia: "Al mismo tiempo que
la historia corre más veloz, el planeta se estrecha y el mundo del
hombre parece contraerse" (Jeanniére, 1979: 134).
La continuidad del tiempo real de la sociedad, la proyección de la
historia, depende fundamentalmente de la capacidad que el individuo tenga
de situarse desde la conciencia en el verdadero lugar que ocupa dentro del
complejo entramado del que forma parte. Esto ya no es posible. La incapacidad
que tanto el contexto social intersubjetivo, en general, y el sujeto-objeto,
en concreto, muestran para pensarse a sí mismos, no puede dar otro
resultado que la perpetuación de lo transitorio, la universalidad
de lo particular, la congelación del devenir de la historia en tanto
proyecto emancipador. La conciencia colectiva del no-cambio implicaría,
de modo consecuente, el no-cambio efectivo.
La historia ha sufrido procesos de desarrollo intelectual de formas de representación
mental no históricas. El que cristalizó en tiempos medievales
en torno a la concepción estática y eternizadora del tiempo,
perfectamente expresada en la obra de san Agustín. Jacques Le Goff
recuerda que "desde san Pablo a san Agustín y los grandes
teólogos medievales, la Iglesia tratará de concentrar el espíritu
de los cristianos en un presente que con la encarnación de Cristo,
punto central de la historia, es el comienzo del fin de los tiempos"
(Le Goff, 1991: 186). No obstante, lo determinante, desde la óptica
del desenvolvimiento histórico, es la medida en que dicho proyecto
ideológico de acción sobre lo sentido y vivido por la masa
social pudiera materializarse. La no-disponibilidad por parte del aparato
del poder de instrumentos verdaderamente capaces, visto desde nuestra situación
actual, impidió, a mi entender, una eficaz inoculación social
de un determinado sistema de símbolos que permitiese la percepción
de la cosmovisión confeccionada en los laboratorios eclesiásticos
de la "Verdad".
Lo que estaba en juego era la legitimación y perpetuación
de un sistema de relaciones sociales que desde finales de la antigüedad
comenzó a constituir la base específica de reproducción
socio-material de la vida. En este proceso histórico concreto, la
concepción colectiva de una temporalidad no histórica, basada
en la parusía final anunciada con la encarnación de Cristo,
estaba destinada a convertirse en el referente esencial de un sistema de
valores y representaciones simbólicas al servicio del modelo
de negociación de los intereses enfrentados "arriba-abajo".
El argumento enlazador simbólico de dicha negociación era
la salvación espiritual ansiada por todos. Pero no confundamos proyectos,
intenciones, con hechos consumados. Aquí no hubo éstos, en
contra de lo que muchos puedan pensar. Sólo eso, proyectos sin instrumentos.
El paralelismo con la situación de fines de nuestro siglo nos descubre
contrastes muy acentuados. El individuo de hoy, debido a la infalibilidad
de los nuevos sistemas de control panópticos canalizados por los
"mass-media" y la informatización del saber, se encuentra,
de modo irreversible, sumergido en un universo significador de la realidad
plenamente negador del pasado, y de él mismo, en consecuencia. Así,
se aleja más y más de la comprensión de la relatividad
del tiempo histórico en que vive y, por consiguiente, se aparta de
la posibilidad de proyectar su acción transformadora hacia un futuro
ya absorbido, anticipado, abolido. Creo que para ahondar en este enfoque
-vengo insistiendo en ello- deben ser reconocidos los modos concretos en
que cristaliza en nuestra sociedad el acto de conocer. Lyotard en "La
condición postmoderna" advierte: "Se puede, por
consiguiente, esperar una potente exteriorización del saber con respecto
al 'sabiente', en cualquier punto en que éste se encuentre en el
proceso de conocimiento. El antiguo principio de que la adquisición
del saber es indisociable de la formación (Bildung) del espíritu,
e incluso de la persona, cae y caerá todavía más en
desuso. Esa relación de los proveedores y de los usuarios del conocimiento
con el saber tiende y tenderá cada vez más a revestir la forma
que los productores y los consumidores de mercancías mantienen con
estas últimas, es decir, la forma de valor" (Lyotard, 1989:
16).
Por otro lado, Morin denuncia en el plano cognitivo el desplazamiento progresivo
de la figura del profesional, que basa su labor en la consciencia y la experiencia,
en favor de la del experto, cuya tarea se reduce a la producción
de un diagnóstico de la realidad desde el cálculo y la especialización
compartimentadora y empaquetadora de ésta: "Todo lo que escapa
a la razón calculadora escapa al entendimiento del experto, cuya
principal sinrazón es no poder conocer la sinrazón humana"
(Morin, 1992: 74). Esto no puede ser interpretado en lo que respecta a la
evolución del fenómeno histórico sino como lo hace
Baudrillard. Para él, "los acontecimientos se van produciendo
uno tras otro y aniquilando en la indiferencia. Neutralizadas, mitridatizadas
por la información, las masas a cambio neutralizan la historia y
funcionan como pantalla de absorción. En sí mismas carecen
de historia, de sentido, de conciencia, de deseo" (Baudrillard,
1995: 12-13).
Aunque Baudrillard prefiere no hacer alusión directa al ya referido
Fukuyama, hemos de encontrar en su obra la firme respuesta a los inconvenientes
de la falsa certeza de éste. Su desbordada proclamación hegeliana
del fin de la historia le convierte en ese nuevo san Agustín del
capitalismo transnacional democrático-totalitario con el que se cierra
el siglo. El profeta del Mercado como salvación. La literatura económica,
social y política actual no representa otra cosa, en muchos casos,
que la plasmación de sus débiles principios. Como buen botón
de muestra seleccionaré un texto periodístico de Joaquín
Estefanía: "No hay lugar para las ideologías, sino
para el estudio del caso por caso; no es ésta la era de las doctrinas,
sino del juicio práctico. Se han acabado las utopías y la
labor de los científicos sociales debe ser investigar cómo
debiera ser una sociedad mejor, posible, porque el ejercicio de imaginar
una sociedad perfecta suele conducir al rechazo del modelo utópico
por inviable. Si así lo hiciesen, los economistas recuperarían
el papel de ayudar a saber cómo puede funcionar mejor lo que existe,
en vez de esa labor tan impotente de pronosticar qué fue el pasado"
(Estefanía, 1996: 7).
Resultará fácil al lector encontrar aquí los ecos de
este nuevo discurso de la ilusión que estoy analizando. Este último
texto no es más que la complicidad orgullosa en el asesinato de la
realidad y del mismo hombre. Rechazo del pasado, ahorcamiento del futuro:
un fin de lo más chapucero. Éste es, en suma, el desalentador
-no, por ello, irreal- contexto discursivo-práctico de las nuevas
formas post-industriales de negociación vital. Emilio Lledó
lo resume así: "La aniquilación de objetos, en el
panorama de la nueva sociedad, manifiesta siempre la pobreza de una existencia
en la que únicamente pervive la apetencia de una nueva consunción,
alimentada por esos mensajes que inundan diariamente nuestro cerebro, y
que son imprescindibles para mantener esta situación artificiosa.
Al mismo tiempo, para los que controlan la 'fabricación' de esa forma
peculiar de mundo, el proceso de consumo se convierte en 'poder'. Consumo
y poder; aniquilación y fabricación de productos para ser
aniquilados; pobreza y riqueza para empobrecer" (Lledó,
1996b: 66-67).
Es evidente, por consiguiente, que el nuevo código regulador del
comportamiento social está conectado a nuevos vehículos de
construcción de la comunicación social. En este plano, resulta
imprescindible insistir en el valor que en ellos juega la palabra más
allá y más acá de su función clásica.
Ésta, como símbolo, se acomoda flexiblemente a la actualización
de las realidades sociales que se pretende adelantar. La palabra, como instrumento
esencial del pensamiento reflexivo, crítico y programador de la acción
sufre un desarraigo paulatino de sus originales fuentes de significación.
Desgajada del marco semántico al que pertenecía, tiende y
seguirá tendiendo a instalarse en un plano de simbolización
de la realidad que, en un principio, le era extraño. Sin desaparecer
como elemento comunicativo, hoy día el discurso lingüístico,
la expresión verbal se difumina en función de la ocultación
de los enlaces de la memoria con el pasado. "Los mass-media':
la lengua muerta de la memoria", así titula Ana Lucas uno
de los apartados de un trabajo sobre "1984" de Orwell (Lucas,
1984).
Padecemos un claro reduccionismo icónico del lenguaje verbal. Éste
es el único sistema de representación simbólica que
tiene la capacidad de conectar al individuo y a la sociedad con su propia
historia. La lengua, en su conformación histórica, manifiesta,
revive lo "otro" en el "yo" en forma de palabra pensada.
El concepto de la historia como realización-actualización
de lo social sólo es edificable por medio de la palabra en su flujo
natural. La depreciación del pasado en sus desarrollos excepcionales
y su disolución unívoca en un presente entumecido, ansioso
de eternidad y absorto en su ficción manufacturada, requiere herramientas
de dotación del significado que no permitan el uso del lenguaje verbal
como proceso enlazador con el tiempo histórico real. La lengua es
historia en sí misma; es el resumen del pasado en tanto lleva consigo,
en su propia estratigrafía estructuradora, el discurso filogenético
del presente y las posibilidades de proyección del mismo hacia el
futuro. Destruir la lengua es romper los hilos que enlazan al individuo
con su génesis histórica, con la genealogía liberadora
nietzscheana, no con una visión teleológica del proceso histórico
como plan ideal. Esto último lo descarto. Sondear el pasado no ha
de ser la búsqueda de esencias, sino la comprensión de la
especificidad de prácticas concretas, ligadas al azar, pero significativas
en sí mismas. Pienso que el encuentro con la "rareza"
posee un valor liberador existencial proléptico-proyectivo. Foucault
recuerda la consideración que Nietzsche llegó a hacer sobre
una posible historia crítica, antes rechazada por él mismo,
desde la perspectiva de que "ya no se trata de juzgar nuestro pasado
en nombre de una verdad que nuestro presente sería el único
en poseer; se trata de arriesgar la destrucción del sujeto de conocimiento
en la voluntad, indefinidamente desplegada, de saber" (Foucault,
1992b: 74-75).
Estamos, pues, ante un nuevo lenguaje en el que la palabra ha quedado secuestrada
en el oscuro zulo de la comunicación gráfica, sonora e informática,
lo cual instala al sujeto en un espacio perceptivo de la realidad como imagen
estática, como instantánea fotográfica coaguladora
de la experiencia vivida por un individuo plenamente desheredado, inhabilitado
para pensar, para pensarse, para imaginarse. Muerta la palabra donde reconocerse
uno mismo, queda eliminado el testigo: la desaparición de las pruebas.
Las pruebas de la adulteración criminal de la realidad histórica
en su singularidad intransferible. Rafael Argullol publicó un artículo
periodístico donde hacía notar las implicaciones del fenómeno
en sus correspondientes políticos: "El cambio fundamental
en la naturaleza de la democracia es evidente: si aceptamos la afasia en
la vida pública, también aceptamos el triunfo de la amnesia.
Una 'democracia afásica' implica también una 'democracia amnésica'
en la que las necesidades del presente lo son todo. El progresivo abandono
de la palabra-de la información mediante la palabra-por parte de
la prensa escrita y su sujeción a la imagen es la otra cara, simétrica,
del proceso acaecido en el terreno político. Lo que no está
claro en el futuro es si podremos continuar llamando democracia a
una 'democracia sin palabra'" (Argullol, 1996: 13).
A modo de conclusión
El problema no es el de presentir la posibilidad de una democracia con palabra.
La democracia es la no-palabra. Esta es su esencia: la ilusión del
libre pensar. Preferiría creer que esta lectura del mundo que propongo
no tiene porqué interpretarse como un mero ejercicio de apremiante
escatología apocalíptica. La gran conquista de la contemporaneidad
post-industrial y consumista no es, por consiguiente, la verdadera libertad,
sino la falsa conciencia de que ésta se ha logrado. El hombre de
nuestro tiempo, de manera paradójica, amplia su campo de actuación
en tanto en cuanto se halla condicionado y circunscrito, mediante la represión
psico-social panóptica, a un espacio no dominable por él mismo.
Es ese creer ser libre y ser, por otro lado, menos libre que nunca, lo que
caracteriza a la sociedad menos libre de todas, la nuestra. Es la certeza
ilusoria de haber alcanzado la cima del Saber, lo que define a la sociedad
menos sabia de todas, la nuestra.
Al hombre occidental le ha cogido a paso cambiado su propia realización
ante la osadía de colocar la Libertad y el Conocimiento en el centro
referencial de la existencia. Semejante artificio se ha vuelto contra él.
La realidad se ha convertido en un simulacro de la misma. Esto, más
allá de las celebraciones oficiales y del entusiasmo que se pretende
contagiar apelando a las emociones tipificadas, sella una carta de defunción
de un mundo cansado, neurótico, obsesivo-compulsivo, angustiado,
impotente, con respecto a la ilusión creada. Nadie escapa de este
"pathos". Ni los de "arriba" ni los de "abajo".
Aquéllos se debaten ante el dilema de "El Gatopardo". Preconizan
el fin de la historia y el advenimiento de un nuevo orden internacional,
a la vez que no pueden prescindir de la recurrencia a viejos estilos. Emulando
al Príncipe de Salina, dirán: "las cosas tienen que
cambiar para que sigan como son" (12).
En lo que afecta a los de "abajo", en realidad, a todos, la situación
es la del viejo lacayo de "El jardín de los cerezos" en
su momento final. Aunque no tengamos la valentía de reconocerlo,
mientras nos tendemos en el diván, parecemos tener la tentación
de decir con Firs: "La vida ha pasado y es como si yo no hubiera
vivido... Me acostaré un rato... Las fuerzas te han abandonado, no
te ha quedado nada, nada... Eh, tú... ¡inútil!..."
(Chéjov, 1981: 128). Pero nos resistimos a ello. ¿Por qué
no? Se trata de supervivencia. Por eso -permítaseme una cita literaria
más-, el discurso de la ilusión, el último suspiro
de nuestro mundo, es la gran "Casa de muñecas" de Nora.
Es lo único que tenemos. Es lo que nos queda. A lo mejor es suficiente,
siempre que no nos veamos algún día impelidos a abandonarla,
pronunciando con Nora un desgarrador: "No acepto nada de un extraño"
(Ibsen, 1987: 155).
Pero no debemos caer en el desaliento. Disponemos para nuestra tranquilidad
de esos charlatanes de la ilusión -políticos, economistas,
pensadores y comunicadores, en general- que desde sus púlpitos mediáticos
están preparados para pronunciar con nitidez todo lo que deseamos
escuchar y queremos creer. ¡Es tanto lo que se les debe en la construcción
conjunta intersubjetiva de la gran ilusión! Ellos, arquitectos especializados,
saben cómo asentar firmemente los cimientos de la Casa, de la Gran
Pirámide. Los demás, abnegados y laboriosos peones, aportamos
nuestro trabajo, modesto, pero fervoroso, para la consolidación de
esta magna obra de la ingeniería cultural. Nos va la vida en ello.
En el fondo, es tan poco lo que se nos pide a cambio: una sonrisa y silencio.
Sobre todo, silencio. Y en cuanto a las tentaciones milenaristas que recorren
todo fin de siglo, todo fin de milenio, no nos apresuremos. Como recordaba
recientemente Antonio Muñoz Molina, "todos los días,
en alguna parte, a cualquier hora, están ocurriendo el fin del mundo
y la matanza de los Inocentes" (Muñoz Molina, 1997: 2).
Notas
(1). Recuérdese que este concepto fue consolidado como novedad terminológica
por Daniel Bell en 1973. Ello para definir un nuevo marco de organización
social basado tecnológicamente en el papel esencial de la información
en tanto principio axial fundamentado en la centralidad y codificación
del conocimiento teorético (Bell, 1991).
(2). Un acercamiento directo a este planteamiento general lo constituye
la obra de Noam Chomsky (Chomsky, 1991).
(3). Dicho concepto es el equivalente al de "imágenes arquetípicas"
en Mircea Eliade (Eliade, 1981). También, por supuesto, al de "arquetipos"
en Carl Gustav Jung (Jung, 1980).
(4). Para una aproximación global a esta problemática considero
de utilidad la obra de Mauro Wolf (Wolf, 1994).
(5). Aquí no puedo evitar la referencia a la claridad conceptual
y documental con la que, bajo el epígrafe de "La guerra fría:
realidad y fantasía", Noam Chomsky aborda el asunto de la confección
ilusoria del enemigo necesario por parte del bloque occidental capitalista
(Chomsky, 1992). Más tarde recogeré esta idea en su nueva
y acuciante perspectiva de fin de siglo.
(6). Aunque este artículo se redactó hace ya algún
tiempo, ahora que se publica he de indicar al lector la significación
que este tema está cobrando hoy desde la óptica de la intervención
indiscriminada que hoy lleva a cabo la O.T.A.N. en Yugoslavia en nombre
de los derechos humanos. Una exploración de los modelos comunitarista,
idealista y consecuencialista que representan hoy las opciones ideológicas
legitimadoras de tales intervenciones puede encontrarse en Alfonso Ruiz
Miguel (Ruiz Miguel, 1996).
(7). No uso los conceptos de mentira, maldad y fealdad en relación
con referentes extradiscursivos reales, sino en tanto reversos imaginarios
de los propios discursos que generan los valores universales occidentales
de Verdad, Bondad y Belleza.
(8). No sé si pedir disculpas por el sacrílego acto de hacer
resonar aquí un concepto de naturaleza marxista. Seguramente, en
1988 esto no hubiera sido necesario, pero desde 1989-1991 parece que sí.
De este modo se afirma la inconsistente firmeza de la ciudad de los sabios.
(9). Planteamiento muy semejante se halla en Agustín García
Calvo (García Calvo, 1992).
(10). Por otra parte, me pregunto si en nuestra cultura de la "Libre
Expresión" resultan plausibles mis "provocaciones".
Más allá de las apelaciones a la cortesía y a lo "políticamente
correcto", me gustaría saber dónde están los verdaderos
límites entre lo que se puede y no se puede decir -lo innombrable.
¿Son esos límites los que hacen improcedentes e inadecuados
mi postura?
(11). La cita "(2)" es una referencia directa a Yonnet, Paul,
"L´esthetique rock", Le Débat, nº 40,
1986, 66.
(12). La referencia se corresponde con la novela de Tomaso di Lampedusa
llevada al cine por Luchino Visconti en 1963.
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