EL MIEDO

EL MIEDO Y OTROS CONCEPTOS RELACIONADOS

        El concepto de miedo es definido de la siguiente forma en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (s/v): " (Del latín metus) Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. Recelo o aprensión que uno tiene de que le suceda una cosa contraria a lo que desea. El grande o excesivo. Insuperable. El que, imponiéndose a la voluntad de uno, con amenaza de un mal igual o mayor, le impulsa a ejecutar un delito; es circunstancia eximente de responsabilidad criminal".

        Partiendo de esta definición, de la cual podemos extraer que el miedo modifica nuestra forma de estar sobremanera, ya sea por algo interior o exterior, real o ficcional, acudimos al Diccionario Oxford de la Mente, el cual argumenta que las causas principales del miedo serían la exposición a una estimulación traumática, la exposición repetida a una exposición subtraumática (sensibilización), la observación directa o indirecta de personas que muestran miedo y la recepción de información que lo provoca.

        Habría cuatro componentes básicos de los que consta el miedo: la experiencia subjetiva de temor, los cambios fisiológicos, las expresiones directamente observables de miedo y los intentos de evitar ciertas situaciones o escapar de ellas.

        Hay muchos tipos de miedo, por ejemplo, el miedo neurótico. También los miedos agudos, provocados por estímulos o situaciones tangibles y que se disipan con facilidad cuando se retira o evita el estímulo que los ha suscitado; frente a los miedos crónicos, que son más complejos y pueden estar o no ligados a un origen tangible que los provoque.

        Las consecuencias del miedo pueden ser muy diversas, pero una exposición repetida a los estímulos que causan miedo puede provocar cambios duraderos en la conducta, los sentimientos y el funcionamiento psicofisiológico de las personas.

        Se plantean posibles soluciones para corregir los miedos, entre ellas los métodos psicológicos, que se pueden dividir en los que intentan reducir el miedo directamente y los que tratan de modificar sus supuestas causas subyacentes.

        El miedo es un concepto que puede relacionarse con otros términos del mismo campo, sobre todo en lo referente al género cinematográfico que vamos a tratar. Uno de los más cercanos y a menudo difícil de separar es el de ansiedad. Esta se define por el Diccionario de la Real Academia como "un estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo, una angustia que suele acompañar a muchas enfermedades, en particular a ciertas neurosis y que no permite sosiego de los enfermos". La principal diferencia entre el miedo y la ansiedad sería que el primero se refiere a sentimientos de temor sobre peligros de carácter tangible, que se vinculan a aspectos específicos del mundo exterior, mientras que la segunda se relaciona con sentimientos de temor difíciles de vincular a fuentes tangibles de estimulación; sus orígenes son inciertos. La ansiedad se siente siempre y cuando las respuestas producidas ante una señal de peligro sean ineficaces, y se mezcla a menudo con el miedo.

        Por otro lado, decimos que el miedo que hace referencia al peligro real de una forma más o menos específica, pero desproporcionada, es una fobia. Las personas fóbicas se dividen en aquellos que responden con un miedo extraordinariamente intenso a una situación específica y los que manifiestan un miedo extraordinariamente intenso en numerosas situaciones que a menudo son difíciles de especificar. Cuando una persona está muy asustada de algo que no produce especial miedo a los demás, es porque el objeto o la situación en cuestión ha quedado asociado en su mente con algún temor infantil; también se da el caso de que el objeto o la situación temidos se han convertido en el símbolo de algo temido inconscientemente.

        Por otra parte, debemos hacer alusión al término terror, que sería el miedo específico a que ocurra algún acontecimiento o acción nefastos. Lo distinguimos del horror, ya que este implica algo repugnante y negativo, mientras que el terror, no. Se encuentra en la categoría de respuestas instintivas que los seres humanos comparten con la mayoría de los animales y el miedo a la violencia infligida al cuerpo se encuentra en la base del proceso de terror. Debemos destacar que la mayor parte de los seres humanos parecen disfrutar de la sensación de terror en condiciones no extremas, y uno de los ejemplos más cercanos son las películas de miedo, las cuales son objeto de nuestro estudio.

 

        Por último, debemos relacionar algunos términos ya no con el miedo en abstracto, sino con el provocado en el cine. Así, el concepto de susto y de sobresalto está muy unido al miedo en el cine. El primero se define como una impresión repentina causada en el ánimo por sorpresa, miedo, espanto o pavor; una preocupación vehemente por alguna adversidad o daño que se teme.         Un sobresalto sería la sensación que proviene de un acontecimiento repentino e imprevisto, un temor o susto repentino.

        El pánico sería el miedo grande o el temor muy intenso.

        Recojamos ahora dentro de este cuadro los conceptos relacionados con el fin de obtener una visión clarificadora.

 

Definición

Perturbación del ánimo

Causa real

Objeto presente

Soluciones

Miedo

Neurótico

Agudo

Crónico

+

+/-

+

Métodos psicológicos

Ansiedad

Inquietud del ánimo

+

-

-

Métodos psicológicos

Fobia

Miedo individual y desproporcionado

+

+/-

+/-

Métodos psicológicos y psiquiátricos

Terror

Miedo a sucesos nefastos

+

+/-

-

No necesarias

Horror

Miedo a sucesos repugnantes

+

+/-

-

No necesarias

Susto

Impresión repentina

+

+/-

+/-

No exposición a las causas

Sobresalto

Susto repentino

+

+

+

No exposición a las causas

Pánico

Miedo intenso

+

+/-

 

Métodos psicológicos

EL MIEDO EN EL CINE

        El cine del género de terror se basa en la capacidad que tiene para conectar con las fantasías más íntimas de los espectadores para provocar en ellos el miedo e incluso a veces el pánico. De todas formas, debemos partir del hecho de que la mayor parte de los seres humanos parecen disfrutar de la sensación de terror en condiciones controladas, de cuyo mejor ejemplo son las denominadas películas de terror; puede ser que tal vez los monstruos reales que se mueven en la pantalla estén diseñados para purgar los monstruos reales en la psique humana.

        Ahora bien, para indagar en este género, nos remontamos a la Literatura y quien mejor que Lovecraft, maestro del cuento gótico, para cedernos una cita que nos sirva de punto de partida: "La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido".

        Aquí tenemos la clave del miedo: "lo desconocido", que se contrapone directamente contra el concepto de "lo cotidiano" y remite a otro universo oculto, el cual sólo puede contemplarse con un filtro estético que nos aleje de esos elementos, en este caso el cine. Así, esos productos salen a la luz, aunque procedan de algo conocido en el fondo.

        Remitimos entonces a la idea de que el arte actúa siempre como reflejo de la realidad y por lo tanto es nuestro propio espejo, por lo que todo lo que encontramos ante nosotros acaba haciendo que nos identifiquemos inconscientemente con él partiendo de nuestros deseos prohibidos.

        Tenemos así una correlación de elementos contrapuestos: lo desconocido frente a lo cotidiano, lo oculto frente a lo que vemos, el espectador y su reflejo, que en definitiva podríamos identificar con lo apolíneo y lo dionisíaco, términos acuñados por Nietzsche. En el cine de terror lo dionisíaco se presenta con la forma de lo apolíneo de tal forma que lo bello esconde lo siniestro. Así, el terror del espectador nace del enfrentamiento cara a cara con sus deseos o pensamientos reprimidos, representados en la pantalla. Es esa mezcla de placer e incomodidad lo que hace tan llamativo a este género en el que podemos acercarnos hasta el límite de lo "observable" de nuestro interior, siempre manteniendo un control sobre ese miedo o ansiedad. Si ese control se pierde, nos sentimos obligados a dejar de ver la película o nos sentimos invadidos por el miedo más allá de los confines de la sala.

        El género de terror, como tantos otros, sufre una codificación genérica que lo hace organizarse alrededor de ciertas figuras centrales que aglutinan en sí mismas esa división entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Es el ejemplo de personajes como el protagonista de Psicosis, cuya mente se encuentra escindida entre el carácter de un muchacho desvalido y falto de personalidad y la persona de su madre, que habita su mente hasta adueñarse de ella por completo; o el personaje principal de El Resplandor, marcado por una progresiva minación de sus sentimientos. También sería el ejemplo de personajes que sufren esa escisión de forma mucho más evidente, como es el caso de los "monstruos" o uno de las muestras más significativas, el del Doctor Jekyll y Mr Hide.

        Ahora bien, cabe preguntarse desde cuando este género causa estragos en la audiencia. Pues bien, nos remontamos a los inicios del cine, en los cuales esa sensación de terror aparecía desde el mismo instante en que los primeros espectadores de cine veían como una locomotora de tren se acercaba progresivamente a ellos. Decimos que ya entonces el cine se asociaba con las sensaciones similares a las que provocan el miedo, tal como ocurrió a las personas que vieron por primera vez una enorme cabeza separada del cuerpo en la pantalla (o lo que es lo mismo, un primer plano). Por supuesto, esto que aquí describo resulta muy difícil de entender para una generación como la actual, que ha nacido cuando el cine había implantado ya sus reglas en cada una de nuestras mentes. Pero no podemos perder de vista que para nuestros antepasados esa nueva experiencia rompía de forma absoluta con sus códigos anteriores e instauraba una nueva sintaxis a la que era preciso habituarse.

        De todas formas, a pesar de que a mi parecer el cine en sus inicios estuvo íntimamente ligado a esa sensación incómoda y placentera a la vez, poco a poco la población fue perdiendo su capacidad de asombro y los creadores se vieron obligados a recurrir a nuevas formas de representación capaces de incidir en la mente de los espectadores. Surgieron así monstruos de la talla de Frankenstein, Nosferatu o Drácula, que trataban de provocar el miedo a través de su apariencia grotesca, símbolo de los fantasmas personales y sociales proyectados hacia el exterior en una época como la de entreguerras marcada por la miseria y la desesperación colectivas.

 

        Ahora bien, poco después de los treinta, el género se renueva dejando de lado sus características básicas y tras un periodo de transición, los cincuenta se convierten en una época en la que las normas de este género se hacen más maleables y dan cabida a un mayor número de creaciones. Ya no hay una materialización evidente de los males en monstruos horribles, sino que el mal se sitúa en el interior de la mente de los personajes, apelando así a uno de los mayores terrores de la humanidad: el pánico ante el funcionamiento de la psique humana, el terror a que ese mecanismo aloje posibilidades latentes y en un momento determinado sea capaz de dejar salir lo más oscuro de nuestros pensamientos, que tal vez alojen el verdadero mal de la sociedad. Todo esto no denota otra cosa que la propia inseguridad ante nosotros mismos. Ahora se conjugan los elementos compositivos del film para subyugar al espectador de forma más sutil y a la vez llegando a su inconsciente sin que él se percate de ello. Así, se unen la posición de los objetos de atrezzo, junto a los distintos puntos de vista, el montaje rupturista, la fragmentación de los planos en un intento por transmitir una sensación que calificaríamos de casi subliminal. Se experimenta con el color, con las formas geométricas, para introducirse de lleno en lo más profundo de la mente de los personajes, minadas completamente por el Mal con mayúsculas.

        Por supuesto, esta nueva sintaxis del género da cabida a multitud de aportaciones y los códigos formales quedan desdibujados a favor de una mayor libertad de expresión de directores y creadores.

        A partir de mediados de los sesenta y hasta prácticamente los ochenta, se traslada al cine la idea de que el mal convive con nosotros en el día a día. Es el caso de películas como La semilla del diablo, en la que cambia la relación existente con el público; se utiliza la sintaxis precedente, pero superando el modelo anterior, con nuevos elementos, aplicando avances, con mayores pretensiones. Ahora, el mal es el fracaso de un modelo social; estamos en una etapa del género en la que los films constituyen una metáfora para alcanzar realmente otra cosa, hacer una crítica a la sociedad minada por el automatismo y la soledad de las ciudades.

 

        A partir de los años ochenta asistimos a una eclosión del género marcada por la ductilidad del mismo. Se hace mucho más versátil y ahora se conjugan todas las vertientes anteriores: hay cabida tanto para los monstruos, es el caso de Aliens, como para asesinos en serie que invaden la mente de los personajes, como en Pesadilla en Elm Street, así como otras tantas formas de terror.

        Asistimos ahora, a principios de un nuevo siglo a una desvalorización del género, marcado por el rechazo hacia los monstruos grotescos. De todas formas, hay películas como las recientes El proyecto de la Bruja de Blair o El sexto sentido que buscan una renovación formal y temática del género para recuperar así a un público hastiado de lo mismo.

 

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