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Taller de Análisis Poético y Creación Literaria |
| Lola Cabral
Textos para el taller |
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Yo
Yo,
que fui mujer de carne tibia, la del vientre colmado de vino y pan... yo,
hoy he de confesar que quise ser siempre esa ella que dejaba noches de verdad
inmensa tras de sí. Pero
pasa el tiempo, el sueño se diluye en el recuerdo y los espejos comienzan
a levantar escamas en la piel. Me duelo en cada aurora de haber prendido
el sueño con conciencia, de saber que esa ella no ofrece sino hambre en
su regazo y retiene las manos de sus amantes como se pegaría la lengua húmeda
a una pared helada. “Tranquilidad, tranquilidad”, me digo en la mañana,
y me convenzo de que he venido para algo. Porque pienso en grandes
castillos que ya no puedo inventarme construyendo; y esa necesidad
de arrullarme en mi propio consuelo cada nuevo día no trae más que
dolor, idéntico al que me hizo reventar zigotos en las manos. Proyectos,
aspirantes a ser vida, se desangran en mis palmas. Tranquilidad,
tranquilidad, todo esto ha de tener algún sentido- vuelvo a decirme. Pero pasa el tiempo y nada me convence tanto como el ayer. Pasa el tiempo y sólo pretendo aprender una cosa más: renunciar a la libertad de pensar en mañana, a no pensar el mañana. Ahora ya no quiero ser ella, la odio. La odio por haber dejado noches tan enormes a su paso.
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Desde mí Ella toma sola su café y mira por la ventana viendo como, a pesar suyo, el tiempo no se detiene. Viendo como tras los ventanales el vidrio triste de sus ojos no puede apagar el sol y recuperar el sueño que por la noche le arrebatan los recuerdos. Ella
fuma y una vez le dije que nadie podía fumar tan triste. Se siente
tentada a pedir una copa pero suele ser temprano y suele gastarse
demasiado dinero. Porque extraña un “te quiero” que alguien le dijo
como si le quemase el alma y no le sirven el resto de los corazones que le
van pidiendo besos. Porque piensa en Samuel, de quien vive enamorada, y
que murió hace más de cien años. Ella
se vuelve a mirar sus armarios demasiado a menudo porque ya sabe que el
futuro no es más que agua, y que el amor no es sino agua de mar que
intenta atrapar con un pañuelo sin iniciales bordadas. Se
ríe y llena habitaciones pero se siente hueca. Está cansada y le duelen
los brazos y la cabeza de tanto cavar en sí misma. No ha encontrado más
que cosas viejas que ya había visto y que no quería recobrar. Pero ella
les quita el polvo, y les saca brillo, y compra una estantería para
morirse de vergüenza mientras quedan expuestas. Ella
está sola y sufre por los pequeños fracasos, aunque no sean suyos,
porque está acostumbrada a ganar siempre. Es difícil, colérica, altiva,
visceral; pero cuando ama es capaz de bajar estrellas para adornar las
bandejas de los desayunos en la cama. Es ardiente e instintiva, cuando
tiene hambre de piel es un animal. Pero
ella repite incesante que quiere estar sola con un rostro, y que ese
rostro mira a otra parte. Ella está sola, y es la suya una soledad tan
desolada… |
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Vuelto
en el lecho, como niño sin nadie frente al muro, Contra
mi cuerpo creo, Radiante
enigma el tuyo; No
ríes así ni hieres, No
marchas ni te dejas, pero estás conmigo. Luis
Cernuda Mi
arcángel En
un breve espacio de tiempo –tal vez sean incluso minutos- me derrumbas y
me reconstruyes con una facilidad pasmosa. Al empezar el día me recuerdas
que no soy para ti sino alguien en quien confías para vigilar el mundo
cuando estás dormido. Y de nuevo los cinco agujeros, la sangre brotando
sin parar de todos ellos y yo con diez pero sin dedos bastantes para
taponar este dolor. Por la tarde me abrazas, te inclinas y reposas sobre mí
el peso sublime de tu cuerpo, y yo, el que tan sólo unas horas antes se
prometía a sí mismo que aquella era la última vez que no lograba
mantener las distancias, las lejanías que me escondes; ese mismo hombre
se licua ahora entre los poros del sofá de piel, muriéndose de ternura
al dejar rodar mis dedos por la piel de tu hombro. Cuando
no me miras, cuando diriges la vista al muro, cuando estás leyendo o
cuando duermes y tus ojos no pueden juzgarme, me atrevo a decir “te
quiero” moviendo los labios, haciendo nuevas las palabras. No demasiado
alto, no demasiado cerca, pero lo necesito. Exhalo esta bocanada de gas
porque si no lo hago tal vez me vaya durmiendo yo también... y no quiero
dormirme porque estoy seguro de que no va a ser en tus brazos.
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VIII Albanio, por su parte, nunca regresó ni pensó en hacerlo. Acaso alguna vez tuvo la sensación de oír murmurar su nombre en boca de un eco lejano e impreciso: ALBANIO, y los antiguos colores aparecían de nuevo en el vestidor de su pisito en la capital. ALBANIO, y de nuevo el color de la madera resbalada de lluvia, los dóciles juncos en la ribera del pueblo, la siena tostada de los campos de otoño, la avena cruda que tantas veces masticó a lomos del caballo y que daba el amarillo pálido a los campos... y el cielo, de un azul brillante contenido en la montura de marfil de las nubes. Jamás sospechó que ese eco se desprendía del resuello del viento que repetía su nombre en sueños. La presencia que le había abarcado en sus paseos no era ni había sido nunca más que una sensación para Albanio, tal un vértigo que nos despierte seguros de derrumbarnos, o el estremecimiento ante una sombra imaginaria y perversa que de ningún modo existe salvo en nuestro propio miedo. Quizás
el viento se aplacó en la certeza de esa verdad intuida cada tarde junto
a Albanio. Bien es verdad que nunca dejó que faltara la brisa en la
colina, que no abandonó una sola tarde su tarea de mecer la hierba en
rizadas ondas para embelesar a su jinete. Nada, nada le faltó al lado del
viento. Su despecho fue, por tanto, una extraña mezcla de rabia,
esperanza e impotencia de sentir burladas sus caricias, de sentir sin
precio un amor que hasta su fin creyeron generoso. La
única realidad palpable que había existido entre ambos era la de
aquellas tardes y al amor del aire, que no era menos real por no ser
correspondido, que no era menos real que ponerle nombre al viento. Isabela,
que fue el umbral del derroque de todo, quizás ya ni siquiera existía.
Su última victoria – la que nos interesa al menos – fue arrastrar
consigo a Albanio, que la siguió en la misma inconciencia que los había
hecho felices. Pero todo eso fue antes de que Isabela se fuese disolviendo
como en una brisa, hasta finalmente desaparecer. Desapareció de la casa,
de la ciudad, de la vida del que fue su amante, de su recuerdo. Se fue con
el dolor justo de saber que se ha vivido algo hasta extinguirlo, con las
maletas vacías para ir guardando nuevos propósitos. No quedaba de ella
sino el tenue vaho azulado en los cristales y el levísimo y conocido
perfume a rosa que permanecía impregnado en sus camisas, en las cortinas,
las enaguas de la camilla o su ropa de cama. Y ese mismo perfume un olor
de la memoria que en un tiempo le hizo sonreír, ahora le hastiaba hasta
la náusea. Albanio
perdió con ella la esperanza de resolver felizmente el final de su vida.
Con su marcha se descubrió en el espejo como el hombre marchito que era,
descubriendo que fue el amor de Isabela lo que le hacía aparecer ante los
demás como un joven misterioso indiferente al miedo, un joven ensimismado
que engullía la belleza a bocanadas y que tenía a su amor en un palacio
al vacío. Tras la marcha de Isabela, supo con indiscutible certeza que
esa reserva suya lo había podrido todo y que la soledad que le acompañaba
en cada hora era sin duda el precio de su recelo. Se había negado a
pensar ningún recuerdo anterior a ella, la atrapó al vuelo y le calentó
las alas con su aliento tibio, le acarició el cuerpo y la secó de
lluvia, depositándola finalmente en una urna que la acabó asfixiando. Le
consolaba el pensamiento egoísta de saber que tampoco ella volvería a
vivir el goce de un amor suspendido. Nada
supo el viento de la ruptura de Isabela y Albanio, puede que incluso se
hubiera cruzado con ella en alguna avenida o alameda, pero nada hubiese
cambiado de saberlo; no le habría buscado, no habría abandonado por él
la colina, porque sin saberlo había elegido permanecer quieto en la
memoria de unos días que nadie podía arrebatarle, cuando el espacio de
su amor era blanco y silencioso, cuando la realidad era el deseo y su
reino no era de este mundo. Prefería
errar a solas por su viejo horizonte que seguirle, ya sin alas, al abismo
en el que Albanio permanecía roto de culpa y desasosiego; seguirle ahora
que ella lo había inundado todo de amargura, ahora que la rabia de su
ausencia le había dejado estéril y lo único que le restaba sería
preguntarse cada día por la razón de su desamor. Sin
hablar con nadie, por imposibilidad o vergüenza, y sin esperanzas,
Albanio y el viento pasaban sus horas llenando de vacío y silencio lo que
no podían llenar con esperanza. Por no soportar ese dolor cerrado de amar
y que no te amen, recurrían a los viejos temores para pasar el tiempo. La
idea de la muerte, antes impensable, cada vez era más insistente y más
apetecible, como una suerte de alivio largamente esperado dentro de una
realidad común adormecida y cansada, saturada de tristeza. Al
viento le estaba negado incluso el consuelo de dejar esta existencia, quizá
por no tener cuerpo o incluso por no tener nombre. El caso era que pasaron
los años y cada vez estaba más cerca el final del que un día fuera el
jinete de la colina, el final del hombre del que las madres guardaban a
sus hijos y del que se guardó la última mujer que él había amado.
Imposible saber por qué decreto divino el mal que afectó a Albanio fuese
no poder respirar; el asma que lo acompañó durante sus veinte largos,
solitarios y últimos años de presencia en esta tierra. Hubo quien dijo
que aquello no era sino una indicio de que ese hombre nunca debía haber
abandonado el aire del pueblo, que no era sino un síntoma de que no
estaba hecho Albanio para soportar la polución del aire denso y estático
de la metrópolis que sedujera a Isabela con sus luces de neón, con sus
flores de plástico impermeable y su espeso tráfico de almas. Albanio
murió en primavera, rodeado de ningún lamento y menos compañía. Nada
habrían supuesto otras presencias en el final que Albanio, en la extraña
lucidez que trae la muerte cercana, había dispuesto para lo que quedara
de su cuerpo. En un papel cualquiera dejaría escrito que le incineraran y
esparcieran sus cenizas desde la colina, que dejaran sus restos bajo el
pino erguido y luego desapareciesen todos dejándole a merced del viento. Así
se hizo sin saber el olvidado habitante de la colina, quién era el hombre
que calcinado ocupaba el lugar que fuera de Albanio, sin saber que era el
último peso de su cuerpo el que balanceó sobre la hierba alta, el que
deslizó entre los huecos de la piedra oscura de las ruinas, el que
diseminó por el pueblo plagado de niños y velas olvidadas en los
cajones, el que, en definitiva dejó filtrarse por los huecos de su ser
inaprensible hasta sentir una inexplicable serenidad que le acompañaría
para siempre.
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