Juan Carlos Fernández Serrato
En un breve ensayo de 1994 , Jenaro Talens se preguntaba por el lugar que ocupa
hoy, en los albores de la era electrónica, la literatura y el pensamiento
teórico que la rodea. Su respuesta, no por ilusionada dejaba de ocultar
el rastro de una intuida derrota, aunque por el momento no revista más
que el dudoso aspecto de una puesta entre paréntesis, que implica, sobre
todo, el cuestionamiento de las razones de trascendencia social del hecho literario.
Sin embargo, una derrota no es una guerra perdida, es sólo el testimonio
de una crisis, que, para el asunto que nos ocupa, va más allá
de sus repercusiones sobre la obra de arte verbal, puesto que afecta en realidad
a toda la dimensión de lo estético. Una cuestión, ésta,
ya suficientemente señalada por numerosos estudiosos de la cultura contemporánea,
desde que Roland Barthes y Michel Foucault popularizaran ese síntoma
crucial al que se refirieron con las controvertidas fórmulas de la “muerte
del autor” -el primero- o la algo menos drástica “desaparición
del autor”, de la que hablaba el segundo, bien que tras habernos recordado
unos años antes como “(…) el hombre es sólo una invención
reciente, una figura que no tiene ni dos siglos” (1966: 9).
Puede ser que nos encontremos ante una completa transformación de los
valores culturales en nuestras sociedades del capitalismo tardío, como
han sostenido, entre otros, y partiendo de perspectivas teóricas bien
diferentes, J.F. Lyotard (1979), Gianni Vattimo (1985, 1989) y Fredric Jameson
(1984, 1991); o puede que ésta sólo sea una época de replanteamiento
y de reorganización de los fundamentos mismos de la Modernidad, como
por el contrario han defendido Jürgen Habermas (1985) y Anthony Giddens
(1990). El caso es que podríamos decir sin miedo a errar que, como mínimo,
nos encontramos en un estadio cultural aparentemente paradójico.
Para explicar a qué nos referimos con esa paradoja habremos de atender
a las conclusiones con las que Talens cerraba el ensayo al que aludíamos
antes, para luego tomarlas, a nuestra vez, como un nuevo punto de partida:
“(…), Aunque su lugar sea cada vez más un no-lugar, la reflexión
y el análisis que dicha práctica teórica [la Teoría
de la Literatura] comporta son imprescindibles ahora más que nunca, aunque
no sea más que para permitirnos ser conscientes de dónde estamos.
La literatura puede ser entendida, en este sentido, como un lugar de resistencia.
Esta resistencia es doble: a) contra la nostalgia de la representación
(…), mediante una escritura que hable desde y no de una experiencia individualizada;
y b) contra el sujeto descorporeizado del simulacro, permitiendo a la alteridad
que nos constituye circular libremente a través de su tejido(...)”
(Talens, 1994, 2001: 367).
Terminamos la cita en un corte abrupto, obviando una importante referencia
a Roland Barthes que seguidamente hacía Talens, porque nos interesa dejar
oculto por ahora ese apéndice teórico; ya lo retomaremos más
tarde cuando, camino de las conclusiones, analicemos con cierto detenimiento
la idea de escritura. Por el momento nos parece más oportuno insistir
en esa otra idea de resistencia y extender sus efectos algo más allá
de la literatura.
A este respecto, Talens hablaba de una doble tarea del resistir, primero abandonar
con valentía la nostalgia por un pasado cultural en vías de desaparición;
segundo, re-construir una idea de sujeto que nos inserte como voz armonizada
(que no conformista) en el nuevo contexto histórico. Aclaremos brevemente
estos dos puntos antes de continuar.
Por lo que toca a la aludida “nostalgia de la representación”,
Talens se refería con tal apelativo a los movimientos de ideas que rechazan
sin ambages la condición de “espectralidad” tan característica
del simulacro cultural de nuestro tiempo, que no transigen ante el creciente
dominio de lo que se ha dado en llamar crisis de la representación, y
que sin embargo se quedan, desgraciadamente, en una pura y simple lamentación.
En otras palabras: todos aquellos planteamientos teóricos, políticos,
etc. que desarrollan postulados sumamente críticos con la situación
actual del estado de la cultura en las sociedades occidentales, pero que no
obstante aún siguen mirando al pasado, es más, que únicamente
miran al pasado, mientras claman su desorientación ante el extraño
fenómeno del creciente borrado de la referencialidad en los discursos
sociales contemporáneos. Unos discursos, por cierto, a los que se les
suele achacar que parecen estar inmersos en una perversa dinámica de
clausura de “lo verdadero”, lo que constituye un asunto crucial,
según han considerado todos los autores que se han ocupado de la cultura
contemporánea, como veremos.
A veces estas críticas confunden en un mismo saco los efectos de determinados
discursos sociales (por ejemplo los producidos desde los modelos mediáticos
hegemónicos) y cierto grupo de discursos teóricos, a los que se
denominan simplemente “postmodernos”. Nosotros también seremos
sumamente críticos hoy. Pero antes queremos dejar claro desde el principio,
que, contrariamente a las posturas aludidas, cuando nosotros planteamos la crítica
a los discursos sociales dominantes -en plural- no tenemos en cuenta únicamente
determinados desarrollos postmodernos en la Teoría (por ejemplo la deconstrucción,
el pensamiento rizomático, los estudios culturales o el pensamiento débil)
o a la crítica que advierte de la presencia de la ficcionalidad en la
escritura de las ciencias y de las humanidades (por ejemplo Hyden White y su
concepción de la historia como narratividad plausible), incluso, como
parece lógico, no consideramos que sea esto lo más representativo
de ese orden de cosas en el que se ha instaurado el relativismo radical –o
la desorientación epistemológica esencial. En realidad, mucho
nos tememos, nuestros propios planteamientos apuntan más bien en la misma
línea de tales “postmodernismos”. Así pues, dirigimos
nuestros análisis críticos hacia el espacio de las semióticas
y estrategias discursivas de la comunicación social práctica que
circulan en nuestras semiosferas occidentales, especialmente hacia los discursos
masivos, sin confundir sus efectos con la teoría contemporánea,
aunque sí identifiquemos en ellos las refracciones de una ideología
de dominación que coloniza la cultura y la opinión desde los media
y que, secundariamente, se vale de cierto pensamiento neopragmatista para elaborar
un vago discurso autodignificador. Y ello en dos sentidos principales: por una
parte, en cuanto se constituyen como proyecciones de un cambio en los modos
de producción capitalistas, tal como lo ha planteado Mark Poster ; por
otra, en tanto que nuevos metarrelatos legitimadores y re-productores de la
ideología del mercado y del modo de información dominante. Tenemos
en cuenta, además, que desde los cimientos mismos de la Ilustración,
la escritura teórica intenta ser un discurso autofundante, independiente
en su funcionamiento epistemológico de las condiciones materiales de
la economía política, aunque inevitablemente en diálogo
con esas condiciones y contextos materiales de la sociedad dentro de la cual
“se piensa”; por lo tanto no nos parece razonable que toda teoría
heterodoxa respecto de la razón modernista deba ser considerada automáticamente
como parte de esos nuevos “metadiscursos legitimadores” –ya
no “metarrelatos”, parece ser- que amenazan con la descomposición
de “Occidente”.
Frente a lo que defendemos aquí, aquellas filosofías de la nostalgia
suelen referirse en sus críticas a los discursos contemporáneos
de manera harto extraña, pues -decíamos- suelen identificar fenómenos
como el discurso televisivo, la omnipresencia del modelo publicitario de comunicación,
la frivolidad yuppie, o el solipsismo individualista de la vida social del capitalismo
tardío, casi exclusivamente con lo que se ha venido denominando con no
mucho acierto Teoría postestructuralista. De esta forma, lo que se hace
es establecer un paralelismo mecanicista entre una sociedad ideológicamente
débil, en plena crisis de valores éticos, y un pensamiento teórico
al que se acusa de estar cada vez más encerrado en un autismo hermenéutico,
o de ser incapaz de dar cuenta del mundo que nos rodea. A menudo a los hijos/padres
de esta situación (Bataille, Foucault, Blanchot, Deleuze y Guattari,
Derrida…) o bien se les achaca un papel de provocadores de nefastas modas
teóricas, o bien se les reclama como ejemplos palpables de la disolución
de la razón en la era postmoderna del capitalismo tardío. Así,
por ejemplo, Jürgen Habermas en un ensayo, por otra parte brillantísimo,
al que titula El discurso filosófico de la modernidad, acusa a las corrientes
postestructuralistas de “incongruentes” y las despacha en los siguientes
términos:
“No pueden clasificarse unívocamente ni como filosofía o ciencia, ni como teoría moral o jurídica, como literatura y arte. Al propio tiempo, se oponen a todo retorno a las formas de pensamiento religioso, ya sean dogmáticas o heréticas.” .
Nada que objetar a la descripción del maestro Habermas, aunque quizá
esa indefinición no sea tan negativa como a él le parece, de hecho
tales teorías podrían entenderse de forma más provechosa,
si nos damos cuenta de que en realidad buscan localizarse en el entre de todas
esas disciplinas, de todos esos géneros, de todas esas retóricas,
por utilizar una interesante noción sobre la que han escrito Jacques
Derrida y Gilles Deleuze en más de una ocasión y que para nosotros
será de gran ayuda al explicar nuestros propios planteamientos.
Creemos que si en esta cuestión no queremos llegar un callejón
sin salida, es necesario redirigir el problema, para lo cual habría que
ir al origen de esas hermenéuticas sociales tan supuestamente poco representativas.
Y también aquí es pertinente recordar a Foucault, quien al comienzo
de Las palabras y las cosas (1966) se refería a las extrañas listas
de palabras y expresiones clasificatorias de la realidad que había imaginado
Borges en el cuento titulado “El idioma analítico de John Wilkins”
. Allí Foucault explicaba con la noción de heterotopía
el raro y fascinante universo que construían las palabras de una lista
clasificatoria china (el Emporio celestial de conocimientos benévolos)
en el relato borgiano:
“Este texto de Borges –decía Foucault- me ha hecho reír durante mucho tiempo, no sin un malestar cierto y difícil de vencer. Quizá porque entre sus surcos nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente y el acercamiento de lo que no se conviene; sería el desorden que hace centellear los fragmentos de un gran número de posibles órdenes en la dimensión, sin ley ni geometría, de lo heteróclito; y es necesario entender este término lo más cerca de su etimología: las cosas están ahí ‘acostadas’, ‘puestas’, ‘dispuestas’ en sitios a tal punto diferentes que es imposible buscarles un lugar de acogimiento, definir más allá de unas y de otras un lugar común..”
Sigue luego Foucault estableciendo una importante distinción entre
utopía y heterotopía, que es lo mismo que decir entre lo sistemático
y lo disperso, entre lo cerrado y lo abierto, entre lo tranquilizador y lo inquietante.
Nosotros, sin apartarnos mucho de Foucault, pensamos que de lo que nos habla
la heterotopía es ni más ni menos que de nuestro presente fragmentado,
de la definitiva toma de conciencia del hecho de que las “cosas”
no son las palabras, de que no están contenidas en los discursos y en
cambio son el “afuera” de esos mismos discursos que pretenden representarlas.
Considerar las diversas semióticas sociales como modelos simplificados
del mundo, no como representaciones correspondientes de la realidad punto por
punto, objeto por objeto, suceso por suceso, no parece que sea una herejía,
sino una toma de conciencia de que, en tanto seres humanos, nos situamos en
el mundo nombrándolo y de que las palabras no son socialmente neutras,
sino justo lo contrario, creadoras de “mundos”, de “realidades”
que habitamos efectivamente y que a su vez “nos habitan”.
Por lo que respecta al segundo problema que planteaba Jenaro Talens, la reconstrucción
de ese sujeto “desaparecido”, nosotros lo trasladamos aquí
como nuestro problema central. Así, pues lo que sigue es un desarrollo
de esta proposición, partiendo de la primera, de la tan traída
y llevada “crisis de la representación”. ¿Y qué
lugar tendrá en los argumentos que seguirán el binomio arte/tecnología
que nos sirve de marco para estudiar el problema del no-lugar estético
que se abre en nuestras sociedades postmodernas? La respuesta no puede ser más
directa: un lugar fundamental, central, pues está en la propia base tanto
de esa otra crisis, la del arte, como de la misma disolución de la idea
de sujeto fuerte que construyó la modernidad clásica.
Por otra parte, no estará de más que advirtamos de entrada que
no entendemos la palabra “crisis” en un sentido necesariamente negativo.
Veamos algunos de los puntos candentes de esta situación actual de la
cultura occidental.
1. Hacia una sociedad tecnocéntrica.
Para reflexionar sobre el asunto de si existe o no un movimiento cultural hacia
la instauración de un orden tecnocentrista en nuestras sociedades, hay
que recordar, primeramente, una distinción elemental, aquélla
que se establece entre tecnología (saber y praxis técnicos) y
razón tecnológica (un modelo de razón instrumental, generalmente
de corte mecanicista, que da lugar a un específico discurso técnico).
Seguramente nadie tendrá nada que objetar al desarrollo material de la
tecnología, mucho menos cuando nos beneficiamos de sus logros hasta el
punto de que la mayoría de las civilizaciones humanas contemporáneas
probablemente desaparecerían casi completamente si se eliminara de un
plumazo la dimensión tecnológica de la vida social. Téngase
en cuenta, además, que desde el punto de vista antropológico la
tecnología es uno de los elementos que definen toda cultura y, en consecuencia,
constituye uno de los aspectos más característicos de “lo
humano”. En cambio, la noción de razón tecnológica
se refiere a un asunto diferente que dista mucho de resultar ideológicamente
indiscutible.
Por lo que toca al estudio de la influencia en nuestro momento histórico
de estas dos dimensiones de la tecnología -dispositivos y discursos-
comenzaremos repasando brevemente las implicaciones de la primera cuestión.
Así, resulta de todos conocido que, al menos desde los años setenta
y desde múltiples ángulos teóricos, se ha venido señalando
el importantísimo papel que la tecnología está cumpliendo
tanto en la transformación del mundo que nos rodea como en la del propio
ser humano, hasta tal punto que no son pocos los que se refieren a nuestra época
en los términos de una revolución bio-tecno-comunicacional . Pero
incluso la denominación que acabamos de usar podría quedar reducida
a la noción central de lo tecnológico, puesto que las otras dos
“revoluciones” (primero la que tiene efecto en el campo de las comunicaciones
y más tarde en el de los organismos biológicos) han sido propiciadas
principalmente, aunque no únicamente, por la aplicación de unas
hiperdesarrolladas nuevas tecnologías.
A guisa de simple ejemplo de lo que decimos, recuérdese que las capacidades
perceptivas de los seres humanos han sido enormemente potenciadas por diversos
hallazgos técnicos en el ámbito de la audiovisión y la
telecomunicación, llegando a alcanzar extremos que logran romper las
barreras biológicas propias de los sentidos humanos. Quizá estemos
empezando, como postula Donna Haraway , a construirnos un cibercuerpo con prótesis
tecnológicas. En contrapartida a esta potenciación de capacidades
que la tecnología ofrece a los seres humanos, hoy, la tecnología
es también capaz de producir señales, signos y hasta discursos
imposibles de ser percibidos por los sentidos o, en otros casos, cuando sí
pueden ser percibidos, cuando sí que logran “entrar” por
nuestros sentidos, algunos de esos productos de la técnica no pueden
ser descodificados por el cerebro humano.
Este es un hecho que ha sido utilizado no sólo con fines puramente instrumentales,
sino también estéticos. Como ejemplo del último caso podemos
recordar al videoartista -y es sólo un caso elegido al azar- Nam June
Paik, quien construyó para una serie de esculturas, titulada genéricamente
Hamlet, una divertida colección de figuras con aspecto de cómicos
y rudimentarios robots, compuestos por varios monitores de televisión
ensamblados en los que se proyectaban en bucle grabaciones videográficas.
Ante estas creaciones un espectador humano queda estupefacto y condenado a una
contemplación superficial, pues le resultará imposible acceder
al mensaje visual completo, dado que tanto la elevadísima velocidad de
reproducción de las películas en vídeo, como la simultaneidad
de varios textos audiovisuales desenvolviéndose a la vez dentro del mismo
marco, hacen imposible cualquier conclusión general acerca del suceso
espectacular que está sucediendo; aparte, naturalmente, de aquéllas
que puedan describirlo en términos de “caos”, “dispersión”,
“vértigo”, “disyunción perpetua de significantes”,
“indeterminación radical de los significados”, etc.
En resumidas cuentas, lo tecnológico no sólo es una praxis transformadora
de la realidad externa al pensamiento humano, sino que además, y cada
vez con más fuerza, interfiere en nuestra relación con el mundo
de los fenómenos sensibles y hasta con ámbitos de la experiencia
humana mucho menos cuantificables como pueden ser, entre otros, los relativos
a la imaginación y la ideología, que nos interesan especialmente
para nuestros análisis. Estaríamos hablando, como quieren Menser
y Aronowitz , de las dimensiones fenomenológica y ontológica de
los artefactos técnicos, que afectan a nuestra experiencia del mundo
más allá de los aspectos relacionados con la funcionalidad. Esta
influencia se ha hecho ya tan decisiva que deberemos hablar de tecnocultura
cuando queramos referirnos al estadio actual de la dominante cultural en nuestras
sociedades occidentales.
Desde luego, es imposible concebir una sociedad humana -y por ende toda cultura
a ella asociada- sin artefactos ni procedimientos técnicos, pero como
ya había adelantado hace décadas Martín Heidegger, la forma
de nuestro mundo es una forma técnica, como la forma del mundo medieval
lo fue teológica . No obstante, ser conscientes de este hecho no tiene
por qué implicar necesariamente la defensa de una concepción determinista
de la tecnología, ya que la evolución del capitalismo tardío,
si bien se ve potenciada por el uso de los nuevos artefactos tecnológicos,
ha integrado esta dimensión en su lógica social y no se ha visto
negado, contrariado, discutido, y mucho menos “dirigido” por dichos
avances técnicos. Más bien, al revés, pues nunca la dinámica
económica capitalista fue tan fielmente servida por las máquinas;
y eso que la máquina ya se encuentra en el nacimiento mismo de la producción
industrial que propició la hegemonía de este modelo socioeconómico.
Tan feliz ha sido la alianza capital-razón técnica (especialmente
gracias al uso que el mercantilismo transnacional ha hecho de las tecnologías
electrónicas e informáticas de la comunicación), que en
los últimos decenios ha surgido una nueva variante socioeconómica
denominada por Arthur Kroker con el marbete de capitalismo virtual. Kroker sostiene,
además, que el proceso del capitalismo virtual ha hecho surgir una nueva
clase social, la clase virtual (a nosotros nos parece mejor utilizar la noción
de grupo social, ya que la “clase” a la que se refiere Kroker sólo
constituye, en realidad, un sector mutante de la oligarquía financiera
y de su discurso político más reaccionario). El teórico
canadiense afirma que este grupo social emergente es el que detenta el control
y por lo tanto el poder del universo informático y el diseño de
la cibercultura, aunque algunos todavía prefieran creer en la ilusión
de que la comunidad virtual que puebla el ciberespacio se rige por unas tendencias
anarquizantes, como si habitasen en un mundo cyberhippie:
“En contra de la justicia económica, la clase virtual practica una mezcla de capitalismo predatorio y delicadas racionalizaciones tecnocráticas para devastar las preocupaciones sociales por el empleo, mediante apremiantes demandas de ‘reestructuración de la economía’, de ‘políticas públicas de ajustes laborales’ y de ‘reducciones del déficit’, destinadas todas a la máxima rentabilidad. En contra del discurso democrático, la clase virtual restablece la mentalidad autoritaria, proyectando sus intereses de clase en el ciberespacio, desde cuyas posiciones ventajosas aplasta toda disensión respecto a las prevalecientes ortodoxias de la tecnoutopía.”
Por lo tanto: imposible entendernos hoy como sociedad sin tener en cuenta las
producciones técnicas que han impregnado totalmente nuestra cotidianeidad;
imposible también desligar esa dominancia tecnocultural respecto del
despliegue del capitalismo contemporáneo. Pero todavía podemos
ir un poco más allá, si recordamos que la propia modernidad, con
su afán por el dominio de los condicionantes naturales que limitan el
libre albedrío de los seres humanos, no puede explicarse sin el utilitarismo
técnico, puesto que éste se encuentra en la base misma de su proyecto
de emancipación y constituye un elemento insoslayable de su ideología.
Entramos así en el segundo aspecto de la tecnocultura, el de los discursos
que se derivan de la práctica instrumental y los efectos ideológicos
que proyectan.
Para empezar, hay que reconocer que hasta no hace mucho era poco corriente ocuparse
de esa dimensión ideológica que dimana del discurso técnico
y de su modelo de razonamiento, a pesar de que, como advertíamos arriba,
se trata de un elemento fundamental para comprender nuestro lugar en el mundo.
Desde hace unos años sin embargo -con mayor intensidad a partir de que
la Teoría se ha ocupado de pensar la cibercultura- el tema se ha convertido
en uno de los nudos del debate cultural de nuestro tiempo. Por nuestra parte,
y glosando a Iuri Lotman, insistiremos en algo obvio, esto es, en el hecho de
que la razón tecnológica, al igual que el pensamiento estético,
produce un discurso modelizador que genera un simulacro de la realidad, un modelo
que la representa de acuerdo a los principios fundantes con los que se ha estructurado
el propio discurso de partida, que, además, al organizarse como sistema
de elementos y reglas no ha contado más que con una selección
muy limitada de los rasgos presentes en ese heterogéneo y complejo entramado
que denominamos “realidad”.
En cuanto a la distinción ciencia/tecnología, que tradicionalmente
ha hecho depender a la segunda de la primera como una especie de pariente pobre
o de emanación degradada, de apéndice de la verdaderamente “seria”
razón científica, es opinión que hoy ya no se sostiene.
Como indicaba Ramón Queraltó , la tecnología es ya absolutamente
necesaria para el desenvolvimiento de la ciencia, tanto que sin ella no puede
avanzar en su conocimiento de la realidad físico-material. Los estratos
de complejidad a los que la ciencia quiere acceder no pueden lograrse sin el
soporte tecnológico. “Incluso más, -añade Queraltó-
pues muchas veces, ya en nuestro siglo el ‘objeto’ científico
es concebido o construido antes tecnológicamente y más tarde se
corrobora y se asimila científicamente .” La actividad técnica
es pues no sólo una actividad transformadora, instrumental, sino también
cognoscitiva, cuya visión del mundo resume Ramón Queraltó
en los siguientes términos:
“Es la forma de acceso que muestra al mundo y a sus contenidos como función técnica, o sea, como entes cuya dinamicidad esencial es operativa, es decir, en este caso, unidireccional –la dirección de su función, que implica siempre la misma meta y el mismo punto de partida. Se trata de una visión del mundo “more technológico”. Y tal visión no es en modo alguno desacertada, porque el mundo es también así, aunque no únicamente de esa manera (...)”.
Esta dimensión cognitiva de “lo técnico” hace que
el modelo del mundo construido desde las tecnoculturas obedezca a una serie
de elementos fijos que tienen en común una característica profundamente
artificiosa –como no podía ser menos-, esto es: un esencialismo
ahistórico derivado de su naturaleza instrumental. Lo técnico
se sostiene sobre la eficacia de los dispositivos construidos, sobre la consecución
automática de un fin predeterminado, que además es la causa misma
de que se haya elaborado ese objeto o procedimiento técnico y no otro.
De esta manera, la caducidad de un artefacto sólo viene dada por su falta
de rendimiento, sin que parezca existir relación con los sucesos del
tiempo histórico. El mundo tecnocientíficamente considerado es
sólo un depósito de problemas que exigen utilidades sistemáticas
para su solución, una cadena que nunca se quiebra: funciones que engendran
funciones, dispositivos que exigen continuidad en otros dispositivos, etc.
Pero si la razón instrumental o funcional, resulta ser un “saber
cómo”, o sea, el modo de razonamiento que nos conduce a ejecutar
algún efecto sobre nosotros mismos o sobre la realidad que nos circunda,
de una manera adecuada a unos fines predeterminados, que tienen por objeto resolver
problemas de cualquier naturaleza –de orden doméstico, laboral,
moral, político, etc.-, no hay que olvidar que lo instrumental, ha sido
siempre una razón secundaria, subordinada a algún otro tipo de
razón principal sea ésta cual sea . En consecuencia, si definimos
la razón tecnológica como un tipo específico de instrumentalidad,
queremos decir con ello que la técnica no tiene un sentido per se, ya
que sólo puede alcanzar un cierto sentido cuando “es utilizada”
por otro discurso, cuando se constituye en estrategia al servicio de otros objetivos
externos a la propia tecnología. Por esta causa, no hemos de reprochar
de entrada el sistema de valores que ordena los discursos tecnológicos,
tales como unidireccionalidad funcional, dominancia del criterio de uso, eficacia
operativa, sistematicidad y automatismo, que a priori suelen parecernos antipáticos,
si los miramos desde una perspectiva humanista tradicional (y subrayamos lo
de “tradicional”, porque está por ver que la dimensión
de lo tecnológico no sea un ingrediente fundamental para la construcción
de una filosofía humanista). Sólo cuando la razón técnica
pierde la conciencia de que constituye un discurso secundario surge la posibilidad
de controversia crítica.
En este sentido, numerosos autores desde puntos de vista disímiles e
incluso antagónicos han advertido del desbordamiento de los límites
de una razón técnica, que en el siglo XX ha empezado a liberarse
de su carácter subsidiario e incluso amenaza con imponerse sobre la razón
teórica y otros tipos de razón práctica, como el pensamiento
moral, por citar un caso realmente decisivo.
Para ejemplificar lo que decimos bastará citar algunas posturas teóricas
que merecen ser recordadas porque representan planteamientos clásicos
en el debate sobre la tecnología y porque, además, iremos haciendo
uso de ellas repetidamente a lo largo de este trabajo. Así, a Walter
Benjamín que veía cierta potencia democratizadora de la estética
en las tecnologías de la reproducción mecánica –especialmente
la fotografía y el cine- se opone Theodor Adorno que reniega de la cultura
de masas y la industria cultural – y a las que considera como culturas
técnicas y no artísticas-. El sueño utópico de McLuhan
y su idea de una aldea global propiciada por la revolución electrónica
de las telecomunicaciones, ya en sus inicios había sido puesto entre
paréntesis por Marcuse que pedía un retorno al organicismo natural
del hombre, quien a su vez es hoy contestado por Dona Haraway con el giro teórico
provocador que supone aprovechar la noción de cibercuerpo justo como
lo que no parece que sea, un medio liberador de las identidades genéricas.
En definitiva, todos estos planteamientos, como cualesquiera de los muchos otros
que pueden matizar los que acabamos de citar (de manera harto simplista por
ahora), nos llevan a pensar -como ha explicado muy bien Ramón Queraltó-
que contra lo que es opinión común la tecnología no es,
no puede ser, neutral, dado que en su forma de razón técnica opera
una “invasión del ser, es decir descubre posibles estructuras ontológicas
ocultas en principio en aquel mundo-del hombre que conforma paulatinamente.
Esta invención, además la lleva a cabo mediante un proceso muy
particular, o sea, mediante la transformación del mundo y sus objetos.”
Dicho esto, nos parece que la pregunta pertinente sería la que sigue:
¿está colonizando en nuestra postmodernidad la razón técnica
otras razones menos “automatizables”, construyendo un mundo tecnocrático,
que simplifica y controla la diversidad de experiencias de “lo humano”
y “lo social”?
Algunos autores piensan que sí. Aunque en realidad la creciente importancia
de lo tecnológico, no sólo en nuestros hábitos, sino también
en nuestra manera de entender el mundo y de relacionarnos con él, no
es más que una consecuencia lógica del materialismo de la modernidad.
Vean la contundencia con que lo planteaba hace unos años Fredric Jameson:
“El capitalismo, y la época moderna, es un periodo en el que la extinción de lo sagrado y lo “espiritual” ha provocado que la profunda materialidad subyacente de todas las cosas se manifieste, chorreando y convulsa, a la luz del día; y está claro que la cultura misma es una de esas cosas cuya materialidad fundamental nos es ahora no sólo evidente, sino absolutamente ineludible.”
Naturalmente que esa conciencia materialista ha supuesto un avance portentoso
en la liberación del hombre de las limitaciones que imponen la naturaleza,
por una parte, y el modelo ideológico teocéntrico, por otra. Así
pues, no criticamos negativamente los procesos de “materialización”
en las explicaciones del mundo; advertimos, en cambio, del reduccionismo epistemológico
que provoca el pragmatismo materialista cuando se confunde en una sola cosa
con el determinismo mecanicista y el automatismo.
Acerca de esta simplificación de la cultura vista en superficie y superficialmente
proyectada por los discursos sociales dominantes en Occidente, Jameson se ha
manifestado muy crítico, reconociendo esos procesos reduccionistas como
las tendencias que hoy operan de manera hegemónica en el circuito de
la difusión de informaciones y en la construcción de los discursos
culturales, cuyos síntomas quedarían cifrados -a su juicio- en
el establecimiento de “un nuevo subsuelo emocional”, una nueva superficialidad
y un debilitamiento de la historia; todo lo cual guardaría profundas
relaciones “constitutivas” con las nuevas tecnologías y el
capitalismo transnacional . Ello no debe tomarse como algún tipo de irreflexiva
apreciación apocalíptica, sino como la confirmación de
un hecho irrebatible: hoy -como siempre- la tecnología es ideología
y es poder, pero en el presente momento postmoderno ha surgido una situación
diferente: el discurso tecnológico se ha reforzado enormemente al tomar
la forma de una ideología de la “eficacia” suprema, lo que
ha conseguido gracias a un fabuloso desarrollo del poder resolutivo de las máquinas
y de los demás dispositivos técnicos. Piénsese tan sólo
en la “verdadera” fuerza de “convicción” que
las máquinas de guerra conceden a quien las posee y en cómo esta
frase irónica se transforma en sangrienta certeza en los conflictos armados
que asolan nuestro mundo (desde las guerras de confrontación bélica
más o menos tradicionales hasta el terrorismo en todas sus formas, incluido
el terrorismo de estado).
Jameson advertía también del reflejo que la fascinación
por el poder de la técnica ha proyectado sobre todos los aspectos de
la vida cotidiana en las sociedades del primer mundo. Se trata de un dominio
total de lo sublime tecnológico, que ha llegado a enseñorease
de tal manera entre nosotros que la dimensión estética, ya omnipresente
en cada resquicio de nuestras vidas, retorna a ser percibida en la contemplación
de los espectadores por medio de una sensación de grandeza sublime -tal
como lo concibiera Edmund Burke-, pero que no se desprende ahora de la admiración
por la talla ciclópea de una obra creada por un hombre genial, sino de
la imagen especular que muestra el formidable poder de las nuevas tecnologías,
un poder que nos sobrecoge porque excede en mucho a las capacidades humanas.
Quizá sea por ese poder desmedido de la técnica que en nuestro
presente histórico se produce una extraña paradoja: si bien con
el triunfo de la visión del mundo propiciada por la Modernidad, la razón
técnica había representado como ninguna otra los modelos de actuación
más adecuados a las aspiraciones humanas de transformación material
de nuestro entorno, si bien los dispositivos técnicos fabricados se habían
convertido en los más efectivos instrumentos para la emancipación
de la humanidad, el gigantismo tecnológico ha dado lugar, por el contrario,
a lo que Ulrich Beck ha denominado “sociedad del riesgo”, sustentada,
según sus propias palabras, sobre un “destino adscriptivo de peligro”:
“Este destino se asemeja más al destino estamental de la Edad Media que a las situaciones de clase del siglo XIX. Sin embargo, ya no tiene la desigualdad de los estamentos (ni grupos marginales, ni diferencias entre la ciudad y el campo, entre las naciones o etnias, etc.). Al contrario que los estamentos o las clases, este destino tampoco se encuentra bajo el signo de la miseria, sino bajo el signo del miedo, y no es precisamente una reliquia “tradicional”, sino un producto de la modernidad, y además en su estado de máximo desarrollo. Las centrales nucleares (que son la cumbre de las fuerzas productivas y creativas humanas) se han convertido a partir de Chernobil en signos de una Edad Media moderna del peligro, en signos de amenazas que, al mismo tiempo que impulsan al máximo el individualismo de la modernidad, lo convierten en su contrario.”
El ejemplo de Chernobil es sintomático. Cuando ocurrió la catástrofe
en el reactor nuclear ni la más avanzada tecnología pudo controlar
el escape radiactivo. Beck recuerda cómo los suecos vivieron con terror
aquellas jornadas donde todo dependía de la buena o la mala suerte: que
les afectase la nube radioactiva era sólo cuestión de si soplaba
un viento desfavorable o no; y que se depositara la radioactividad masivamente
en sus tierras tenía que ver con el simple hecho de que lloviera o no.
Los hombres estaban desasistidos ante los caprichos de la naturaleza, pero ya
no de una naturaleza salvaje aunque pura, como lo estaba el hombre del medievo,
sino de algo mucho peor, de una naturaleza industrialmente contaminada.
Los ingenieros nucleares, sin embargo, siguen hablando de que las centrales
nucleares “son seguras”, que los riesgos son “mínimos”
y “controlables”. Lo más curioso del caso es que ese mismo
discurso, que el ingeniero creerá basado en la tecnociencia, es el que
exhiben los gobernantes de los países industrializados súper contaminantes
y los empresarios de las grandes industrias de la energía. En estos,
como en muchos otros aspectos de la vida social, los políticos en el
poder y los empresarios sostienen su actual estatus sobre razones “tecnocientíficas”
que constituyen uno de los más prestigiosos discursos de autoridad para
la elaboración de ideologías de manipulación social y legitiman
las actuaciones sociales del capitalismo tardío, una de cuyas facetas
es precisamente su reorganización en sociedades de control, tal como
agudamente supo ver Gilles Deleuze. Todo esto no viene a significar otra cosa
más que el hecho de que la razón tecnológica parece no
querer salir de la ebriedad de sueños utópicos en la que vive
sumergida desde hace más de cien años –sí, otra paradoja-
y, aún más, que este estado de cosas propicia de manera muy “efectiva”
el neocolonialismo del capitalismo transnacional y de los modelos de pensamiento
único, hoy por hoy dominantes en las sociedades occidentales.
Como ha indicado Ulrich Beck, el discurso tecnológico se empeña
en sostener que sólo la ciencia y la técnica, especialmente ésta
última, pueden garantizar al hombre el control de los riesgos inherentes
a la vida, tanto los riesgos naturales como los que produce la propia convivencia
social. Desde aquellos metarrelatos legitimadores de la hegemonía de
la razón y la práctica técnicas se tiende incluso a pensar
que las protestas antitecnológicas nacen únicamente de la ignorancia
de las gentes corrientes, de aquellos que no son expertos (recuérdese
que las ciencias y las técnicas son siempre saberes de “expertos”).
Su argumento se cifra en una premisa sencilla: si “los que no saben”
pudieran conocer las razones científicas, pudieran conocer las ingenierías
y el funcionamiento de los dispositivos técnicos, comprenderían
cuán seguro es nuestro dominio de las contingencias del azar y la naturaleza.
Sin embargo, acusar de irracionalidad a los inexpertos no es más que
caer en el mismo error: la tecnociencia hegemónica, la tecnociencia que
quiere dominar todas las razones y los modelos del mundo creados por los seres
humanos, es igualmente irracional si cree tan ciegamente en su control absoluto
de los riesgos del vivir.
Conviene que citemos por extenso una vez más a Ulrich Beck, cuando corrige
ese aserto tecnocientífico acerca de que la tranquilidad de la gente
sólo es posible si confía en o conoce a fondo las razones de los
expertos:
“Esta apreciación es falsa. Incluso en sus adornos de tecnología o de estadística matemática elevada las declaraciones sobre riesgos contienen enunciados del tipo así queremos vivir –por consiguiente, enunciados que sólo pueden resolverse individualmente en una violación permanente de los límites de las ciencias naturales y las ingenierías-. Pero con ello se gira la cara de la moneda: la no aceptación de la definición científica de riesgo no es algo que se le pueda reprochar a la población como “irracionalidad”, sino que se indica precisamente lo contrario, que las premisas culturales de aceptación, las cuales están contenidas en los enunciados técnico-científicos del riesgo son falsas. Los técnicos expertos del riesgo se equivocan acerca de la certidumbre empírica de sus premisas implícitas de valoración, esto es, acerca de sus suposiciones sobre aquello que parece aceptable y aquello que no lo parece. El discurso sobre una percepción “falsa, irracional” del riesgo en la población corona, de todas formas, este error con lo siguiente: los científicos extraen sus observaciones protegidas de la aceptación cultural de la crítica empírica, las elevan a dogma por encima de otras observaciones y se erigen en ese trono bamboleante como jueces acerca de la ‘irracionalidad’ de la población, cuyas observaciones, en el fondo, tendrían que ser averiguadas por éstos y tomadas como base de su trabajo” .
Estas consideraciones del sociólogo alemán son tan certeras como
provocativas: ¿acaso pretende Beck demostrar que los tecnocientíficos
son unos inconscientes, unos bobos, unos malintencionados o unos perversos?
En absoluto, y he aquí lo más interesante: ni la tecnología,
ni la ciencia, ni las tecnoculturas son en sí mismas las causantes de
los problemas, muy al contrario, ya decíamos al principio que nos siguen
permitiendo realizar las actuaciones transformadoras de la realidad que mejor
sirven a los fines prácticos del ser humano. Lo que resulta realmente
devastador es su hegemonía como razón totalitaria, una situación
que ha sido propiciada por el sistema del capitalismo transnacional, por el
colonialismo económico, por el mercantilismo ideológico, por el
consumismo generalizado, por la globalización de la explotación
de los seres humanos, por la sociedad de la información-que-es-poder
(pero sólo en manos de unos pocos), por el dominio cultural de los discursos
masivos, por la instauración de un pensamiento sintético basado
en la visibilidad y en la unidireccionalidad (baste un ejemplo: imposible que
el ciudadano medio responda a los atentados de la telebasura y a la manipulación
informativa), en definitiva, por el lema “sólo vale lo que funciona”.
Claro que el asunto es ¿quién dice lo que funciona y lo que no
funciona en el espacio de lo público?
No cabe duda de que no se trata de buscar una entidad responsable concreta,
porque tal cosa no existe. Ningún maquiavélico plan preestablecido
por una asociación de hombres, cualesquiera que sean, responde a las
operaciones de ocultamiento de la razón que supone este proceso de simplificación
de la ciencia en el que nos hallamos inmersos. Se trata simple y llanamente
de un funcionamiento espontáneo que surge del desarrollo coherente de
los principios de ordenación del capitalismo: constante aumento de beneficios,
eficacia mercantil, ampliación de mercados, reducción de costes,
etc. Las estructuras sociopolíticas y los discursos que circulan en ellas
serán válidos para la lógica económica del capital
siempre que logren garantizar un aumento del volumen de negocio.
Como todo el mundo sabe, el estudio de los mecanismos para la reducción
de riesgos financieros es uno de los grandes recursos de la economía
mercantil contemporánea, ya sea con el fin de iniciar nuevas aventuras
empresariales o con el de mantener un crecimiento sostenido de los beneficios
en una empresa consolidada.
Volvamos a recordar que según Ulrich Beck, “sociedad del riesgo”
sería precisamente la denominación más adecuada para definir
nuestras sociedades postindustriales. Si los riesgos inherentes a la vida natural
se han reducido considerablemente en los últimos dos siglos, a su vez
se han producido otros nuevos construidos por nuestra manera de organizarnos
social, política, económica, y técnicamente:
“Si antes existían peligros generados externamente (dioses, naturaleza), el nuevo carácter –desde el punto de vista histórico- de los actuales riesgos radica en su simultánea construcción científica y social, y además en un triple sentido: la ciencia se ha convertido en (con)causa, instrumento de definición y fuente de solución de riesgos, de modo que así se abren nuevos mercados para la cientificación. El desarrollo científico-técnico se hace contradictorio por el intercambio de riesgos, por él mismo coproducidos y codefinidos, y su crítica pública y social.”
No olvidemos tampoco un fenómeno más que interesante que se superpone
tanto al cientificismo simplista, como a la razón técnica y a
los objetos fabricados por la tecnología, pero que igualmente afecta
a los mercados y a la vida social, a las comunicaciones colectivas, a los discursos
y a todo tipo de intervención en el espacio de lo público esto
es: la visibilidad y la espectacularidad.
Michael Menser y Stanley Aronowitz, en un articulo de 1996 que ya hemos citado
antes, comentaban la inevitable influencia de lo espectacular sobre los aspectos
fenomenológicos de la tecnología y proponían un ejemplo
bien simple: una motocicleta no es sólo una máquina a la que le
pedimos que marche más rápido, sino que debe “representarnos”
cuando vamos conduciéndola y por eso debe poseer algo más que
unas cualidades mecánicas y aerodinámicas, tiene que estar diseñada
de acuerdo a ciertas características que le permitan convertirse en algo
más que un vehículo de transporte: un vehículo de mostración
estética, de fascinación espectacular. Pero a Guy Debord no le
sorprendería tal estado de cosas, él ya nos anunciaba en 1967
el advenimiento de la sociedad del espectáculo y veinte años después
corroboraba tristemente que ya soportábamos la época del “espectáculo
integrado”, caracterizada no por el refinamiento de las técnicas
de construcción, reproducción y difusión del espectáculo
–que ya desde los años sesenta eran notablemente efectivas- sino
porque ha sido capaz de educar a toda “una generación [ya más
de una] sometida a sus leyes” .
2. Arte y técnica:
Por lo que toca a la relación entre lo estético y lo tecnológico
comenzaremos recordando un aserto bien simple: arte y técnica, como todo
el mundo sabe, no son dos cosas distintas, antes bien, no puede existir arte
sin técnica. Repetimos lo sabido por si alguien hubiese supuesto alguna
animadversión de nuestra parte hacia la tecnociencia o los dispositivos
técnicos. Nada más lejos de nuestra intención, auque sí
que criticamos ese discurso dominante en las sociedades postindustriales que
hemos definido, siguiendo a Ulrich Beck, en los términos de razón
técnica simplificada; que consideramos como una razón secundaria
que ha perdido conciencia de su instrumentalidad y, por lo tanto, de su dependencia
respecto de otras razones y las ha colonizado -siempre, por supuesto, como una
refracción de la lógica del capitalismo tardío. Partiendo
de este supuesto, pensamos que mercantilismo técnico transnacional sería
una buena descripción del discurso de autoridad que impera en las sociedades
occidentales contemporáneas y que cada vez más se impone en otras
semiosferas culturales. En realidad podría afirmarse ya que, con pocas
excepciones, se trata de un fenómeno de carácter prácticamente
universal, tanto en lo que toca a los discursos sociales legitimadores del poder
establecido, como al funcionamiento de la economía política en
nuestra aldea-mercado global .
Así pues la confrontación -que la hay- no se plantea entre el
arte y la técnica, sino entre la razón estética y esa otra
razón técnica simplificada y colonial.
En cuanto a la situación del compromiso entre la técnica y las
bellas artes, nada nuevo podemos que decir en lo sustancial, pues ya hace tiempo
que Paul Valéry y Walter Benjamin -éste desarrollando extraordinariamente
unos apuntes del primero- pusieron el dedo en la llaga. Merece la pena, no obstante,
recordar la cita valeryniana que Benjamin colocaba en el pórtico de La
obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, un texto
imprescindible que glosaremos enseguida . Las palabras de Paul Valéry
pertenecen a un ensayo titulado “La conquête de l’ubiquité”,
incluido en su libro Pièces sur l’art, y dice así:
“En un tiempo muy distinto del nuestro, y por hombres cuyo poder de acción sobre las cosas era insignificante comparado con el que nosotros poseemos, fueron instituidas nuestras Bellas Artes y fijados sus tipos y usos. Pero el acrecentamiento sorprendente de nuestros medios, la flexibilidad y la precisión que éstos alcanzan, las ideas y costumbres que introducen, nos aseguran respecto de cambios próximos y profundos en la antigua industria de lo Bello. En todas las artes hay una parte física que no puede ser tratada como antaño, que no puede sustraerse a la acometividad del conocimiento y la fuerza modernos. Ni la materia, ni el espacio, ni el tiempo son, desde hace veinte años, lo que han venido siendo desde siempre. Es preciso contar con que novedades tan grandes transformen toda la técnica de las artes y operen por tanto sobre la inventiva, llegando quizás hasta a modificar de una manera maravillosa la noción misma del arte”
Con estas palabras del genial poeta francés, queda planteado certeramente
el argumento estético más inteligente al que ha venido recurriendo
lo que podríamos llamar una línea “abierta” o heterodoxa
en la teoría de las artes. Ese conjunto de opiniones y teorías
“abiertas” presenta como característica fundamental una franca
receptividad ante las nuevas posibilidades de transformación discursiva
de los géneros y no cierra los ojos ante los desplazamientos del lugar
social y discursivo de lo estético, sino que asume el fenómeno
artístico como un proceso en perpetuo cambio, work in progress. Por lo
tanto, e inevitablemente, estos planeamientos se enfrentan a aquellos otros
que representan ideologías estéticas nostálgicas, conservadoras
y hasta apocalípticas, por usar un término muy expresivo que popularizara
a finales de los años 60 U. Eco. Se trata ni más ni menos que
de una nueva edición de la vieja querelle des anciennes et des modernes,
que parece la dinámica más persistente y representativa de la
historia del arte occidental.
Últimamente los jefes de los anciennes parecen ocupados casi exclusivamente
en la construcción de posturas críticas cifradas en los intentos
de volver a escribir el canon occidental. Particularmente en el ámbito
de lo literario, quizá por ser el territorio estético más
amenazado por la hegemonía de la videosfera postmoderna. Pero no parece
que traten con ello de rescribir desde nuestro presente la línea que
nos liga con el pasado, sino más bien recordar la tradición que
amenaza con volverse cada día más opaca tras esa dominancia de
lo espectacular mediático. Sabio y necesario recuerdo, desde luego, éste
que eruditos sin tacha como George Steinner o Harold Bloom vienen trayéndonos
desde hace décadas. Sin embargo, a esa platónica visión
de la tradición como único referente para realizar la suprema
legitimación del habitus al convertirlo en ley, quizá podamos
reprocharle que a menudo incorpora en su horizonte de ideas, y en la proyección
social que hacen de ellas, una visión un tanto estrecha de “lo
artístico” y “lo literario”. De esta manera se invoca
el recuerdo de un canon occidental para presentárnoslo como el único
vehículo posible para la defensa de una tópica idea “humanista”,
derivada de una no menos tópica visión del genio romántico
(el romanticismo es mucho más que la serie de ideas fosilizadas que se
tienen de él como lugares comunes y que se han integrado profundamente
en la raíz misma de las convicciones artísticas institucionalizadas).
Aquellas perspectivas teóricas enraizadas en el tradicionalismo cultural,
a veces extreman sus propuestas hasta rozar planteamientos inmovilistas, negándose
a tomar en cuenta un hecho palpable, esto es: que ese tan traído y llevado
canon occidental ya no opera en nuestro tiempo como lo hizo en épocas
pasadas. No, si se nos lo plantea como discurso único del prestigio artístico,
como sola e inamovible marca de excelencia, como modelo estético exclusivo;
aunque sí que sigue operando, en cambio, como una lozana referencia cultural
que coexiste con, influye en y es influida por otras axiologías culturales
de nuestro tiempo, si bien –no lo negamos- todavía con la importancia
de una viga maestra en los procesos educativos y en la formación de nuestra
alta cultura.
Esta coexistencia, esa posibilidad de que formas hasta hace muy poco consideradas
culturalmente “inferiores” o “no artísticas”
puedan influir –y de hecho así ha venido ocurriendo desde comienzos
del siglo XX- en la viga central del canon, no puede ser admitida por aquellos
discursos nostálgicos. Lo que se intenta, en contrapartida, es justificar
con el miedo al derrumbe de la cultura occidental un rechazo irracionalista
a la pertinencia de la contaminación entre las distintas parcelas de
lo cultural, se pretende absolutizar, reducir a estructura unidireccional y
estática en su núcleo -presentado, insistimos como esencial e
inmanente- algo que indiscutiblemente responde a una dinámica dialógica
-en sentido bajtiniano, naturalmente- y que se constituye desde hace más
de doscientos años como una dimensión en fuga perpetua, como movimiento
de desterritorialización de las ideas y las prácticas.
Como consecuencia de las premisas de pureza canónica, las teorías
neoconservadoras parecen querer borrar la importancia del aspecto técnico
del arte, usando para ello esa figura un tanto nebulosa de “la genialidad”.
Y no es que afirmemos que el talento artístico de los grandes nombres
que perviven a lo largo de los siglos no sea “genio”, ya que al
fin y al cabo el arte es arte precisamente porque su sentido no puede agotarse
en una explicación técnica o hermenéutica y nace de un
proceso con un alto grado de indeterminación constituyente. Tan sólo
advertimos que en estos discursos nostálgicos, a veces un tanto apocalípticos,
quizá se ensombrece demasiado el papel transformador de la techné.
Tampoco es que queramos sustituir una estética de lo sublime genial -como
si estuviera periclitada- por un arte maquínico o cosa que se le parezca;
simplemente creemos que es absolutamente necesario pensar sobre la dimensión
técnica del arte y sobre algunas de sus proyecciones contemporáneas
si queremos llegar a entender realmente el lugar –o el “no-lugar”-
que (des)ocupa el arte de nuestros días.
De nuevo fue Walter Benjamin el primero que asumió y hasta defendió
algunas de las consecuencias ideológicas propiciadas por las tecnologías
de la reproducción mecánica (particularmente la fotografía
y el cine), elaborando a partir de ellas algunos conceptos fundamentales que,
a su parecer, resultaban “por completo inútiles para los fines
del fascismo” y en cambio sí que serían “utilizables
para la formación de exigencias revolucionarias en la política
artística”.
Los conceptos a los que se refiere Benjamin son básicamente los que se
derivan de la distinción entre un valor cultual y un valor exhibitivo,
presentes en relación dialéctica a lo largo el desarrollo histórico
de la noción occidental de obra de arte, y su resolución durante
el proceso de sofisticación técnica que ha propiciado la sociedad
industrializada, en una consecuencia no sólo estética, sino también
política, que Benjamin resumió como “atrofia del aura”.
Los dos primeros no añaden mucho acerca de las determinaciones de lo
artístico que había desarrollado la tradición teórica
de la Estética, salvo la genial traslación del valor exhibitivo
al territorio del mercado y de la recepción transformadora de la obra
de arte. Por el contrario, una de las más felices contribuciones del
pensamiento benjaminiano en este campo fue la de acuñar la noción
de aura para explicar -por su carencia- la situación de las prácticas
artísticas sometidas al régimen de la reproducibilidad.
El “aura” o percepción de la lejanía inalcanzable
como la singularidad irrepetible de un objeto sometido a la contemplación
atenta y pausada (a pesar de que pudiéramos tenerlo muy cerca, pues se
trata de una “sensación” perceptiva, no de una situación
espacial) es lo que, según Benjamin, rodea a la obra de arte incardinada
en la tradición, pero que a la vez es siempre objeto único y,
por eso mismo, susceptible de encarnar la idea de autenticidad. Como señala
agudamente, “lo auténtico”, en tanto ideologema socialmente
operativo, no puede aparecer –curiosamente- hasta tanto la mecanización
de los procesos de reproducción se ha convertido por fin en un procedimiento
industrial, pues la unicidad del objeto artístico, su carácter
de único garante de proyección de los valores de la tradición
en la que nace inserto, queda roto por la posibilidad de acercar el objeto a
la masa, multiplicándolo. Así el “arte auténtico”,
representante singular de la tradición, se opone a las formas de la fabricación
en serie, consideradas como degradadas y degradantes, desde los discursos legitimadores
de la alta cultura y existe aún más reforzado por su contraste
con las copias del kitch. Pero, ¿qué ocurre cuando las técnicas
de reproducción se aplican a la creación de réplicas de
los originales artísticos, cada vez más perfectas y numerosas,
potencialmente infinitas, incluso, hasta que consiguen con ello borrar la diferencia
perceptiva entre el original y la réplica?
Según Benjamin, ese acercamiento, esa “vulgarización”(como
despectivamente consideraba Aldous Huxley el acceso de las masas al arte que
la industria cultural estaba propiciando), conlleva una atrofia del “aura”
de singularidad y genialidad que acompaña a la obra artística.
Esto no debe entenderse en términos negativos, pues el ocaso de lo aurático
encierra también en su núcleo la posibilidad de una estética
más democrática. Téngase en cuenta que el origen de esa
construcción del aura alrededor de la obra de arte muestra una evidente
conexión con el culto a los objetos sagrados, y el culto es siempre una
delegación, una subordinación irracional del hombre a un poder
superior e incomprensible. La secularización de las obras de arte, su
desligamiento de los valores religiosos, da lugar -según Benjamin- al
surgimiento de la idea de “autenticidad”que sustituye ahora al valor
exclusivamente cultual que tuvo la mimesis estética (una particular mimesis
simbólica) cuando primaba su uso mágico. Igualmente, del lado
de la recepción, los primitivos aspectos rituales del culto se vuelven
simplemente actos laicos de contemplación, dando lugar al nuevo rito
de la posesión y admiración fetichistas del objeto artístico.
Por medio de este deslizamiento del asombro ante el poder de la singularidad
(también los dioses son sentidos como entidades singulares por contraste
con la homogeneidad repetitiva de los hombres) desde un lugar sagrado que nos
relaciona con lo ultraterrenal, a un lugar de simple prestigio social que nos
liga al poder, se siguen manteniendo las funciones de trascendencia de las producciones
del arte. Pero ahora sirven a un nuevo metarrelato, el de la modernidad humanista,
donde el teocentrismo ya no tiene nada que decir y sí, en cambio, el
testimonio de la grandeza del espíritu del hombre. Lo singular dentro
de la interpretabilidad codificada que asegura la tradición no nace ya
de su “contagio” con lo sobrenatural, sino de esa idea de “genio”
que permite a un hombre singular conectar con el gran espíritu del ser,
incluso actuar poseído mágicamente por la esencia.
La evolución del pensamiento de Schelegel, uno de los fundadores de la
estética moderna postkantiana, aunque intentó acercarse a una
ciencia hermenéutica de lo bello, mantuvo siempre, incluso antes de su
conversión al cristianismo en 1808, un núcleo religioso en la
esencia de lo artístico. El planteamiento estético juvenil de
Fiedrich Schelegel muestra con total claridad la conexión de esta idea
del arte con la religión y confirma la teoría benjaminina, veamos
algunas de esas opiniones primerizas que nos permiten acceder a la genealogía
de la idea romántica -esto es, moderna- de lo artístico:
“(...) ‘Todos los sagrados juegos del arte no son más que lejanas imitaciones del juego originario del mundo, de la obra artística eternamente autocreadora’. (...). ‘El arte es una manifestación visible del reino de Dios en la tierra’; ‘sólo puede ser bello lo que guarda cierta relación con lo infinito y divino’; la poesía ‘no es sino una pura expresión de la íntima y eterna palabra de Dios’”.
Si seguimos la evolución del pensamiento estético alemán, verdadera luminaria de la filosofía de las artes en el siglo XIX y hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX, hacia su transformación en una filosofía del arte sin asomo de dependencia religiosa declarada, nos toparemos con que la sustitución del misticismo hermenéutico se hace en aras del desarrollo de la idea metafísica de espíritu. Una de las formulaciones más clásicas de esta transformación laica del valor cultual del arte, es la que resumía Hegel en una de sus lecciones de Estética, la dedicada expresamente a “La concepción objetiva del arte”:
“Si hay un hecho que no se puede poner en duda, es que el espíritu posee el poder de considerarse a sí mismo como dotado de una conciencia que le hace capaz de pensar en sí mismo y en todo lo que emana de él. Precisamente porque el pensamiento constituye la naturaleza más íntima y esencial del espíritu. Gracias a esta conciencia pensante que posee de sí mismo y de sus productos, sea cual fuere la apariencia de libertad e incluso de arbitrariedad que puedan presentar éstos, el espíritu, si es verdaderamente inmanente, actúa de acuerdo con su esencia y naturaleza. Ahora bien, el arte y sus obras, al nacer del espíritu y ser engendradas por él, son de naturaleza espiritual, mientras que su representación adopta una apariencia sensible, si esta apariencia está impregnada de espíritu. En este sentido, el arte está más próximo al espíritu y a su pensamiento que la naturaleza exterior inanimada e inerte. El espíritu se encuentra a sí mismo en los productos del arte. Y así como una obra de arte, en lugar de expresar pensamientos y conceptos, representa el desarrollo del concepto a partir de él mismo, una enajenación hacia lo exterior, el espíritu posee no sólo el poder de sentirse a sí mismo bajo la forma que le es propia, que es la del pensamiento, sino también la de reconocerse como tal en su alineación bajo la forma del sentimiento y la sensibilidad; en suma, sentirse él mismo en ese otro.”
He ahí la autenticidad de la obra de arte, tal como la concibió
la Modernidad humanista, sólo ella puede representar por medios sensibles
la inmensa fuerza creadora del espíritu humano. Una idea que ha dominado
por más de doscientos años nuestra cultura occidental. Pero lo
que finalmente trastornará hasta sus cimientos este nuevo orden de lo
aurático (que representa estéticamente la liberación del
hombre de los designios de los dioses y de las limitaciones de la Naturaleza)
será la posibilidad de reproducir, de acercar, de hacer familiar, de
“masificar” la experiencia estética y la posesión
de los objetos, es decir de compartir las excelencias del espíritu más
allá del espacio dirigente de la burguesía ilustrada. Se trata
de un fenómeno social de gran repercusión en la forma de experimentar
la cultura, que no puede soslayarse -como a menudo hace esa crítica nostálgica
de absolutos y tradiciones canónicas- para entender a dónde se
ha trasladado la “artisticidad” en nuestros tiempos de crisis de
la referencialidad. Pero, cuidado, este desbordamiento de la experiencia estética
no debe separarse de otro factor decisivo en el cambio cultural que comienza
más o menos en los albores del siglo XX: la mercantilización total
del arte, su conversión en industria cultural.
Siempre hubo un mercado en el que vender obras de arte, pero sólo en
los últimos años se ha impuesto un criterio de calidad que juzga
el valor estético con arreglo al buen funcionamiento mercantil del producto
artístico. Aún persiste una crítica que practica la resistencia
modernista al solapamiento del valor bajo el negocio, no obstante, hace unos
años hubiera sido impensable un caso como el de Arturo Pérez Reverte.
Al principio los suplementos literarios más respetables consideraba al
novelista como un buen ejecutor de bestsellers a la española, pero no
se lo tomaba en serio más que como un fabricante de fáciles evasiones
para llenar la horas ociosas dedicadas a una lectura distraída, por ejemplo
en una tarde veraniega de playa. En poco ha cambiado de entonces a hoy la concepción
novelesca de Pérez Reverte (profundamente antielitista en sus declaraciones
personales), salvo quizá en un mayor dominio de los recursos de la narrativa
de aventuras del XIX, pero su éxito internacional es tan apabullante
que nadie le niega ahora un puesto entre los narradores más exigentes
de la actual literatura española. En este caso se ha impuesto un criterio
de venta, de efectividad mercantil, sobre un criterio “espiritual”
–por decirlo en broma hegeliana- de excelencia estética.
A este respecto Walter Benjamin citaba en su ensayo unas palabras proféticas
de Bertold Brecht:
“Cuando una obra artística se transforma en mercancía, el concepto de obra de arte no resulta ya sostenible en cuanto a la cosa que surge. Tenemos entonces cuidadosa y prudentemente, pero sin ningún miedo, que dejar de lado dicho concepto, si es que no queremos liquidar esa cosa. Hay que atravesar esa fase y sin reticencias. No se trata de una desviación gratuita del camino recto, sino que lo que en este caso ocurre con la cosa la modifica fundamentalmente y borra su pasado hasta tal punto que, si no se aceptase de nuevo el antiguo concepto (y se le aceptará, ¿por qué no?), ya no provocaría ningún recuerdo de aquella cosa que antaño designara.”
Lo que ambos escritores postulan, en definitiva, es que la mercantilización
del arte dará lugar a otra “cosa”, que en un primer momento,
y con los criterios vigentes entonces para la alta cultura, no podrá
ser reconocida como “arte”; pero que, muy posiblemente, tampoco
podrá ser definida si no es por contraste o en relación dialógica
con esa artisticidad aurática. La predilección de Brecht por las
técnicas del montaje cinematográfico aplicadas al teatro y el
hecho de que Benjamin considere al cine como el agente más efectivo del
acceso de las masas a la expresión artística (y también
de liquidación de la idea tradicional de cultura), demuestran que la
tecnología aplicada a esa “masificación” de las obras
de arte, no es sólo un procedimiento subsidiario, sino que desarrolla
nuevos discursos y formas inéditas en la experiencia de la fruición
estética:
Pero en el mismo instante en que la norma de autenticidad fracasa en la producción artística, se trastorna la función íntegra del arte. En lugar de su fundamentación en un ritual aparece su fundamentación en una praxis distinta, a saber en la política. , 1936: 25-28).
Este es el quid de la cuestión: una política artística
y una estetización de la política.
Por ejemplo, en los por entonces nacientes discursos fotográficos y cinematográficos
observará Benjamin un cambio radical en los roles sociales que desempeñan
el actor y del espectador. El primero ya no puede basar su interpretación
en la respuesta a las reacciones de los asistentes a una sala de teatro, sino
que se entrega a una máquina que corta y monta su cuerpo, sus gestos
y su palabra, reelabora su figura humana y sus expresiones construyendo un simulacro
irreal, con un referente -el actor- semiborrado. Desde luego es el actor quien
se sitúa ante la cámara, pero el proyector en la sala de cine
nos da otra cosa que no ha existido nunca fuera de la pantalla, ni siquiera
en el ámbito de la propia materialdad del fenómeno que estaba
en su punto de partida, cuando la máquina se ponía en marcha para
apropiarse de la realidad en una imagen. La proyección cinematográfica
de la imagen resultante del montaje es posible porque en el cine el actor no
nos está dando su aura sino su cuerpo, que ahora es materia prima para
la máquina; el espectador, por su parte, recibe un collage de fragmentos
del sujeto auctoral: “
“El espectador se encuentra pues en la actitud del experto que emite un dictamen sin que para ello le estorbe ningún tipo de contacto personal con el artista. Se compenetra con el actor sólo en tanto que se compenetra con el aparato. Adopta su actitud: hace test. Y no es ésta una actitud a la que puedan someterse valores cultuales.”
En realidad Walter Benjamin nos está hablando de algo que aún
no tiene nombre, pero que muy bien podría llamarse, como hará
Lyndsay Waters casi sesenta años después, pop-art. Por otra parte,
quizá haya que completar este término –así lo preferimos
nosotros- con la coda calificativa de subcultura urbana, para entender mejor
el planteamiento de Waters acerca de la producción de cultura que se
origina desde la música rock, que es precisamente a lo que se refiere
en un artículo titulado sintomáticamente “La peligrosa idea
de Walter Benjamin”.
Lo más interesante de este tipo de fenómenos estéticos
(el cine, el rock, el cómic, como propuestas con mayor desarrollo) es
que los productos del pop ya no pueden ocultar bajo el velo de las genialidades
del espíritu libre su carácter de discursos eminentemente políticos,
y es por eso que nos gusta hablar de pop en términos de subcultura, no
porque nosotros –de hecho ávidos consumidores de tales prácticas-
lo consideremos como una degradación de lo artístico, sino porque
así son vistos por el discurso cultural autorizado –el que se ocupa
del “arte superior” o la “alta cultura”- que, paradójicamente,
sigue siendo el dominante en los territorios de la Estética. Y escribimos
“Estética”, con mayúsculas, refiriéndonos al
ámbito general las disciplinas académicas que teorizan sobre las
artes, pues queremos significar con ello esa especie de divorcio existente hoy
entre el pensamiento filosófico y crítico y los discursos de masas:
si estos últimos son dominantes de ipso, controlando los mercados masivos,
el pensamiento teórico que intenta explicar las configuraciones estéticas
contemporáneas sigue aún anclado en presupuestos de un cierto
elitismo modernista, donde no tienen cabida esas “otras cosas” de
las que hablaba Bertold Brecht que surgen cuando la obra olvida su carácter
cultual y toma un carácter exhibitivo y de mercancía.
Lindsay Waters se refiere a estas prácticas como “nuevas políticas
producidas por el circuito de humanos y de máquinas, de las cuales el
arte puede ser, o puede que no sea, un efecto colateral. La regla de producción
del pop art –continúa diciendo- es el rock and roll. Los que lo
practican buscan constantemente soluciones expeditivas a problemas técnicos,
soluciones de ingeniería.” Con esta situación, que cada
vez más se convierte en la situación hegemónica en cuanto
al entorno que rodea la producción de objetos artísticos hoy,
se introduce en el ámbito de la expresión estética el concepto
de eficacia: la técnica nos ofrecerá el medio para materializar
la idea y esa operación sobre los dispositivos técnicos será
válida, sólo en cuanto sea eficaz, sólo si consigue plasmar
el impulso creador del artista pop. Esto tiene como consecuencia inmediata una
influencia determinante en las relaciones sociales y en las categorías
de sujeto y objeto.
En efecto, la eliminación del valor cultual, planta la semilla de una
democratización estética sin precedentes. Walter Benjamin veía
en el cine esta semilla y diferenciaba muy bien los dos usos posibles de las
máquinas de grabación y de proyección de imágenes:
un uso fascista y un uso revolucionario. El primero convertía a las masa
en objeto, exhibía en filmes de propaganda el movimiento de las colectividades,
mostraba su presencia, pero no dejaba que se expresaran a sí mismas en
toda su extensión ideológica, pues sólo era un mecanismo
más al servicio de una estetización de la vida diaria, como el
monumentalismo, la teatralidad y espectacularidad de los desfiles patrióticos
y de las alocuciones políticas, etc., que permitía a las masas
“ser vistas”, expresarse superficialmente, pero no “decirse”
a sí mismas. O como escribe literalmente Benjamin “el fascismo
ve su salvación en que las masas lleguen a expresarse (pero que ni por
asomo hagan valer sus derechos).” La opción opuesta viene de la
politización del arte, pero no nos referimos en este caso a la corrección
política de un arte elaborado como reflejo de un dogma -que Benjamin,
por cierto, rechaza en numerosos lugares de su obra- sino la del replanteamiento
de los lugares sociales del sujeto creador y del sujeto receptor. No hay ingenuidad
alguna en sus consideraciones, como demuestran estas dos citas extraídas
de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica:
A la atrofia del aura el cine responde con una construcción artificial de la personality fuera de los estudios; el culto a las “estrellas”, fomentado por el capital cinematográfico, conserva aquella magia de la personalidad, pero reducida, desde hace ya tiempo, a la magia averiada de su carácter de mercancía.”
“En Europa occidental la explotación capitalista del cine prohíbe atender la legítima aspiración del hombre actual a ser reproducido. En tales circunstancias la industria cinematográfica tiene gran interés en aguijonear esa participación de las masa por medio de representaciones ilusorias y especulaciones ambivalentes.” .
Sin embargo, no será el cine, por su complejidad de producción,
el que posibilite a la masa expresarse y luchar por su derechos, aunque sí
sea en su territorio donde se produzca una primera restauración de “lo
artístico” aurático, ahora ya en estrecha colaboración
con lo técnico –como luego veremos. Habrá que esperar un
poco más, hasta que a medidos del siglo XX comiencen a aparecer fenómenos
estéticos híbridos, dónde la alta y la baja cultura, dialogan,
se solapan, se confunden y hasta dan lugar a a territorios expresivos nunca
antes transitados, como por ejemplo la plástica pop de Andy Warhol o
Roy Lichtenstein. O visto desde la otra orilla, desde la de los discursos masivos,
podremos referirnos la reconducción que experimenta el cómic desde
su lugar de entretenimiento infantil o de género satírico dependiente
del periodismo hasta el ámbito de lo que se ha dado en llamar, un tanto
extrañamente, “cómic adulto”, especialmente a partir
de la completa reescritura que se hace de los géneros de la historieta
gráfica durante los años sesenta por parte de dibujantes y guionistas
integrados en el discurso de la cultura underground. Pero, sobre todo, encontraremos
la síntesis más revolucionaria en el momento en que la música
pop y rock deja de ser un pasatiempo intrascendente, y un espectáculo
sólo apto para adolescentes, también durante la década
de 1960.
Aunque el rock and roll había nacido en los guetos afroamericanos del
sur de los Estados Unidos durante los años cuarenta, sólo a mediados
de la década siguiente, con la construcción de un icono de masas,
Elvis Presley, tomará carta de naturaleza industrial. Los jóvenes
blancos se apropian de un subgénero musical propio de los negros, atraídos
por lo transgresor de su discurso: ritmo y sexualidad a flor de piel. La industria
pronto dulcificará los extremos marginales del rock’n’roll,
pero de vez en cuando un joven airado, alguna personalidad autodestructiva,
un hedonista sin freno, un adolescente con dificultades de integración
social, mantendrán viva la llama de la diversión y el baile como
discurso incómodo y hasta subversivo para las costumbres puritanas del
wasp y del american way of life. Así escandalizarán conciencias
los Eddie Cohcran y Jerry Lee Louis o devolverán el rock a su origen
afroamericano los Little Richard, Esquerita o Chuck Berry. Sin embargo, ninguno
de ellos logrará sacar la nueva música de su reducto adolescente,
un rock que cuando maduramos y nos hacemos mayores tendemos a olvidar como pecado
de juventud.
Habrá que esperar a la primera mitad de los años sesenta con la
popularización del folk y la a posterior fusión folkrock, para
encontrarnos con la figura del juglar reencarnado en la guitarra que mata fascistas
de Pete Seger o en la voz áspera y la guitarra amplificada de Bob Dylan.
La poesía y el compromiso político han llegado al pop y ya en
sus letras no se habla sólo de chicas, coches deportivos, surf y ganas
de divertirse. Aún así el punto de verdadera inflexión,
el momento clave se localiza hacia 1967, cuando The Beatles, una vez realizada
la proeza de convertir el pop en el nuevo lenguaje de las masas jóvenes
de todo el mundo, deciden convertirse en “autores” y tras algunos
experimentos anteriores crean una de las primeras obras maestras de la música
popular urbana, el L.P. Sargeant Peppers, donde con la ayuda inestimable del
productor George Martín –el quinto Beattle- logran trascender las
limitaciones de la interpretación en directo y convierten la cinta grabadora
como objeto material, la mesa de edición como dispositivo técnico
y el proceso mismo de grabación en verdadero instrumento musical, al
modo como decenas de años antes había hecho el cine. El resultado
es un disco inteligente, la primera muestra de lo que se llamaría luego
art-rock, que por aquel entonces evidenciaba una limitación técnica
fundamental: no podía ser reproducido en un concierto en directo, dada
la complejidad de su elaboración.
Ya antes, las técnicas de grabación que permitían elegir
entre distintas tomas de un mismo tema habían provocado que el disco
fuese un artefacto virtual, puesto que desde principios de los sesenta dejaron
paulatinamente de registrarse las canciones en interpretación espontánea
y de una sola vez. Pero nunca hasta Sargeant Peppers había sido imposible
reproducir en directo la música grabada en un disco: con mayor o menor
fidelidad y pericia instrumental, lo que oíamos en el disco se parecía
como dos gotas de agua a lo que oíamos en el concierto. Con loa Beattles
y George Martín, la máquina se había convertido en la productora
de un discurso cuyo control ya no recaía en manos humanas sino en dispositivos
técnicos, igual que en el cine, pero enun territorio mucho más
delicado para la alta cultura, pues la música, pasaba por ser la más
“espiritual” de las formas sensibles en que podía expresarse
el arte.
El futuro desarrollo de las tecnologías del sonido, tanto las de grabación
como las de reproducción, en particular con la popularización
de los sintetizadores en los años setenta, del sampler en los ochenta
y del ordenador en los noventa, ha hecho posible el make yourself que propugnaban
los punks y los raperos del gueto. Pero además los “no-músicos”
han logrado darle la vuelta a la tecnología, por ejemplo cuando los creadores
de hip hop utilizan el giradiscos como un instrumento de expresión musical
y no como una máquina de reproducción pasiva o cuando los más
intelectualizados “technos” del movimiento cliks and cuts utilizan
los desperfectos de las máquinas para generar sonidos, nunca antes considerados
susceptibles de ser utilizados en la creación de música, precisamente
para hacer música, o simplemente con el laptop, el ordenador portátil
y un programa de software que nos permiten generar música si que medie
ningún tipo de instrumento, ni acústico ni electrónico,
es música completamente digital, completamente virtual la que practican
artistas como Fennesz, Jim O’Rourke u Oval. ¿Y qué decir
del fenómeno del dj convertido en autor sólo con su forma de “pinchar”
discos en determinada serie, cortándolos, mezclándolos, manipulado
a capricho el tempo de reproducción, distorsionando el sonido del disco
o superponiendo efectos electrónicos sobre el material sonoro de base?.
Es por tanto palpable que la tecnología ha logrado extender las posibilidades
de expresión estética libre entre las masas. Pero como ya advertía
Walter Benjamin respecto del cine, la situación que acabamos de esbozar
no representa el paradigma del pop art, hay de nuevo una industria capitalista
que domina con su discurso alienante y sus estrategias de mercadotecnia (Operación
Triunfo es una lamentable realidad), con su explotación del fetichismo
construido en torno a la personality, y con su diseño de simplificación
ideológica y superficialidad estética. Esa otra creación
libre, desde la música psicodélica, el rock underground, el art-rock,
el rock experimental y progresivo, el jazz rock, la música electrónica,
el punk, el noise y la música industrial o techno radical, la no-wave,
la sampledelia, hasta el inditech o como se quiera denominar a los múltiples
géneros y modas que pululan más allá de lo asimilado en
el mercado masivo del pop, son campos sustanciosos de mestizaje cultural y creación
de nuevos discursos estéticos, difícilmente encuadrables en las
denominaciones tradicionales de “Arte”, pero también imposibles
de archivar entre la música kleenex de consumo, ese continuo usar y tirar,
para enseguida volver a usar lo mismo que se acaba de tirar –comprándolo
de nuevo esos sí- que constituye hoy por hoy el discurso hegemónico
en el ámbito del pop.
El que esto sea precisamente así, es decir, que las iniciativas de la
expresión estética pop estén siendo controladas por el
mercantilismo salvaje y que el valor de ideología estética que
pudieran tener sus productos, quede aherrojado por la manipulación mediática,
aplicada en aras del sostenimiento de un negocio de pingües beneficios,
es lo que parece ocultar a la vista del pensamiento académico ese territorio
no reglado de la experimentación pop-art. Por esta razón decíamos
más arriba que los ámbitos más creativos del pop no pasaban
de ser considerados por el pensamiento oficial modernista como espacios de subcultura
urbana. Casi ningún estudioso de la Estética o de las diversas
teorías de las artes se ocupa de examinar este tipo de fenómenos,
por otra parte, de más hondo calado en la cultura contemporánea
de lo que a primera vista pudiera parecer.
Para completar esta idea, es interesante recordar lo que ya advertía
Walter Benjamin a propósito del cine: su carácter de espectáculo
que posibilita una recepción distraída, extensa, dispersa, disipada;
frente a la contemplación recogida, intensa, concentrada que exigía
la pintura. Algunos, como Georges Duhamel en sus Scènes de la vie future
(1930) veían en ello “un pasatiempo para parias” y gentes
iletradas, quejándose a la vez de que el flujo de imágenes en
movimiento que pasaban por la pantalla le impedía pensar. Nada interesante
ni profundo podía decirse con el lenguaje del cine, según la lamentación
de Duhamel. Benjamin ya criticaba la estrechez de miras de esta opinión,
pero desde la perspectiva actual, con más de cien años de cine
a la espalda, las opiniones del escritor francés nos resultan simplemente
ridículas, aún cuando las sigamos escuchando de vez en vez para
referirse al rock y el pop, al discurso televisivo, a la cibercultura, a los
videojuegos, etc.
Pero es cierta esa la disipación, esa diversión y esa recepción
distraída que han propiciado los discurso estéticos en los que
las máquinas tienen intervención decisiva. Lo cual no creemos
que sea un demérito. Ahora mismo, mientras escribo estas palabras en
el procesador de textos de mi ordenador, el dispositivo de cd-rom está
reproduciendo música que oigo a través de sus pequeños
altavoces. Evidentemente, en esta situación no puedo prestar una atención
concentrada, no puedo llevar a cabo una escucha musical abstraída del
resto del mundo que me rodea, pero eso no implica que por dispersa mi escucha
sea una pérdida de tiempo o un acto inútil, y mucho menos una
traición al espíritu transustanciado en el arte.
Esta situación de la recepción relajada o distraída ha
sido posible, lo fue desde los primeros filmes, gracias a la intervención
de la máquina, como decíamos, pero hemos de precisar que ya no
nos referimos a los dispositivos técnicos que intervinieron en la producción
del espacio textual, sino a aquellos otros que participan en su reproducción.
En este terreno, las máquinas, nos liberan de ciertas obligaciones al
permitirnos usar el objeto, el texto artístico, en vez de limitarnos
a admirarlo; con ello la dimensión estética empieza a salir del
museo, del teatro, de la biblioteca, de aquellos lugares que todavía
guardan recuerdos del origen cultual del arte, y entra en la vida cotidiana.
Esto supondrá toda una revolución cuyo alcance aún no hemos
podido calibrar del todo.
En resumen, el desarrollo de las tecnologías de reproducción mecánica
aplicadas a los productos estéticos y la intervención de los dispositivos
técnicos en la creación y en la recepción del objeto artístico
han dado lugar a nuevas formas de expresión en las que el control del
proceso de creación y la disposición delas reglas de lectura ya
no recae totalmente en manos humanas, pues la máquina desempeña
funciones decisivas en la construcción de la textualidad del objeto estético
y trastorna las condiciones de su contemplación espectatorial al convertirlas
en situaciones de uso. Conforme aumenta la sofisticación de los mecanismos
tecnológicos, el receptor de la obra de arte participa cada vez más
activamente en los aspectos creativos, pues el cierre que se hace en la lectura
de un texto estético es el momento definitivo de ese proceso semiótico
que llamamos comunicación artística.
Naturalmente que la interpretación final de un texto artístico
siempre ha quedado en manos de su receptor, pero durante siglos hemos experimentado
el arte bajo la ilusión de que había un único significado
puesto ahí por el autor y que el lector-espectador podría llegar
a descubrirlo aplicando la única lectura correcta que la obra de arte
parecía exigir. La tecnificación de la expresión estética
ha permitido salir de ese estado de ilusión y ya no nos extraña
la indeterminación radical de la música estocástica y aleatoria
o las composiciones zen de Johnn Cage, basadas en la creación de situaciones
de silencio para que los espectadores puedan “oír” los ruidos
casuales de la vida, a los que Cage concede tanta importancia musical como a
la obra elaborada con las reglas tradicionales de composición e interpretación
para sonidos generados instrumentalmente.
El segundo punto de este resumen nos lleva a la otra característica derivada
de la intervención técnica sobre el arte: su masificación,
que nos dirige a la noción de industria cultural, acuñada por
Adorno y Horkheimer. Es imposible ya desligar el producto estético de
su carácter de mercancía, ninguna creación estética
puede llegar en nuestros días a sus receptores potenciales si no es por
mediación de la industria y el mercado. Así pues, la potencia
democratizadora que supone la extensión a las masas de las conquistas
del arte, su traslado del valor cultual al exhibitivo y la posibilidad de usar
libremente de las obras estéticas, queda frenada por la lógica
capitalista de la explotación económica que consigue convertir
una situación social nueva en el negocio de siempre. Democratización
frente a alienación, es el carácter bifronte de las estéticas
contemporáneas: pop art, por una parte, cultura de masas por la otra
y en medio una tierra de nadie, un entre que han sabido aprovechar en distinta
forma algunos géneros minoritarios de la música rock, el cómic,
el cartelismo, el diseño industrial, la moda, etc.
Este panorama que va del cine a la música pop debe ser completado con
las últimas evoluciones de la intervención tecnológica
sobre la realidad que ahondarán sobre todo en dos constantes culturales
postmodernas, ya apuntadas en páginas anteriores: la visibilidad y la
espectacularidad.
Nada q ue no sea visible tiene hoy crédito popular, las ideas deben ser
representadas con imágenes: el diagrama, el dibujo explicativo, la foto
mostrativa, el vídeo recreador. Nada que no aparezca en las pantallas
de televisión puede ser considerado importante por las gentes de a pie.
Se ha abierto una brecha gigantesca entre la denominada alta cultura y la cultura
de las masas, dirigida ésta última por la mercadotecnia y la publicidad,
ideológicamente reaccionaria e inmovilista, culturalmente simplista,
informativamente manipulada, políticamente fascista en el sentido que
le daba Walter Benjamin: permite a la masa expresarse, mostrarse a los otros
y verse a sí misma sin cambiar un ápice el estatuto de la propiedad
y las condiciones de la estructura social capitalista. El espectáculo
sustituye al debate de las ideas. Un ejemplo: en los talk-shows no se discute,
se representa un papel dramatizado.
El discurso televisivo con su flujo constante modelado por los espacios publicitarios,
es una piscina especular donde nos sumergimos algunas horas al día para
impregnarnos de sus efluvios medicinales: adormecen la conciencia y conceden
descanso y/o euforia tras el duro trabajo de la jornada laboral. Es como tomar
una píldora contra el cansancio o un somnífero para desconectar
de la frenética actividad de cada día. Pero no hay nada de perverso
en el flujo del discurso de la televisión, sus posibilidades comunicativas
y de uso privado son realmente fascinantes, aunque por ahora –tras los
fallidos intentos de televisiones públicas de carácter cultural-
parece que no pueden liberarse de su “limpio” origen como programas
de entretenimiento sólo justificables tras el anuncio de los productos
de su patrocinador: el fabricante de detergentes para la limpieza doméstica.
Nuestra cultura, nuestra visión del mundo es hoy más propiamente
que nunca una imago mundi, y esa omnipresencia de la imagen, de los regímenes
interpretativos basados en la visibilidad, ha llegado a ser no ya dominante,
sino casi única, gracias al nuevo dios postmoderno: el aparato receptor
de televisión, situado siempre en un lugar preferente de la casa, único
espacio cotidiano capaz de reunir a la familia ante un mismo sermón doctrinal:
teología catódica para todos.
La recepción del discurso televisivo ha dado una nueva vuelta de tuerca
a esa atención dispersa, a esa escucha distraída, a esa mirada
disipada, de las que hemos hablado antes, pues como ha escrito González
Requena , la televisión simplemente está delante de nosotros.
La tecnología audiovisual ha profundizado en sus capacidades de modificación
de la realidad, ahora ya no sólo interviene en los procesos de creación
y recepción, sino que ejerce el papel de un “programador”
de conciencias. Y no es que estemos hablando de un instrumento de manipulación
propagandística, sino de la propia constitución del discurso televisivo.
Ciertamente, las imágenes están por todas partes en nuestra cotidianeidad,
las reconocemos a cada instante, casi cada vez que miramos a lo que nos rodea.
Hay imágenes de diverso tipo a nuestro alrededor, sin duda, pero el papel
preponderante que le estamos concediendo a la televisión deriva la increíble
potencia divulgadora que es capaz de desencadenar. El discurso televisivo resulta
tan poderoso y tan efectivo semióticamente a causa de que ha incorporado
el shock como forma de comunicación rápida para capta enseguida
la mirada del receptor y bloquear su sentido crítico con la sorpresa
emocionante. La espectacularidad es la gran arma comunicativa de la televisión
contemporánea.
Pero hay algo que nos parece mucho más interesante, esto es, que el flujo
de la programación televisiva no responde a un único código,
sino que, como afirma González Requena, la especificidad de su discurso
estaría precisamente en su propia inespecificidad:
“(...) La asombrosa variedad de géneros discursivos televisivos –sin parangón en ningún otro sistema semiótico- constituye no sólo el campo de actualización de un número muy elevado de sistemas semióticos externos y de integración de códigos preexistentes, sino también, y sobre todo, un campo de experimentación de múltiples y muy diferenciadas combinaciones de estos códigos, sistemas y discurso previos.”
Cuando nos referimos a que el flujo transdiscursivo de la televisión
programa conciencias, no estamos postulando que modifique ideológicamente
a los espectadores según un plan político preconcebido, sino que
dada su omnipresencia en nuestras vidas y el contacto diario que mantenemos
con los contenidos y las mezclas semióticas que emite, va recargando
poco a poco nuestra conciencia con nuevas formas de pensamiento. Heterogeneidad
genérica y lingüística, multiplicidad de contenidos, fragmentarismo
discursivo, rapidez, simplicidad, superficialidad, espectacularidad son sus
reglas discursivas; reglas que nos someten por nuestra misma familiaridad con
el aparato de televisión y nos empujan hacia un modo de pensamiento igualmente
múltiple y sintético, extendido en una ilusión de simultaneidad
que sincretiza temas diversos y formas diferentes de expresar ideas en un mismo
mensaje. Corto, rápido y cambiante, así es un mensaje que pueda
aislarse en el flujo discursivo de la televisión; y ese mismo fluir denota
una posibilidad de comunicación también inédita, la mostración
cabal de cómo segmentamos la semiosis ilimitada, cortando a capricho
en nuestras visitas, ora atentas ora distraídas, la cinta de Möebius
que pasa ante nuestros ojos.
No en vano géneros experimentados en la televisión como el videoclip
o el spot audiovisual está influyendo en la constitución discursiva
de otros géneros más antiguos y respetados, como el cine, donde
se habla de la estética de vidoclip que marca Black Rain de Ridley Scott
o el montaje hiperrápido -también con marca de origen en el videoclip-
que en distinta medida influyen en la construcción formal de Dancing
in the Dark de Lars von Trier o en la superproducción de cine musical
que es Moulin Rouge.
Por otra parte, la televisión, como el cine, producirá un discurso
tan fascinante que ira sustituyendo poco a poco sectores de nuestra realidad
cotidiana. Es el camino hacia una realidad virtual que se inició con
el cinematógrafo. Dentro de sus contornos podremos proyectar nuestras
vivencias y sentir de otra manera nuestra relación con el afuera, aunque
esta vez la exterioridad será sólo una ilusión, pues acontece
como un proceso interno, psíquico, si bien provocado por estímulos
externos de carácter puramente técnico. Como dice González
Requena, la televisión está construyendo un mundo descorporeizado:
“(...) La cotidianeidad es invadida, colonizada, pero es también,
sobre todo, reconstruida, producida: en una sociedad urbana intensamente individualizada
(pues sabemos que es éste el reverso de la masificación) el discurso
televisivo dominante produce un entorno social al alcance del individuo.
Así, cuando los vecinos ya no son más que formas huidizas, cuya
mirada se esquiva en el aún algo promiscuo ascensor, los telefilms, especialmente
los de más larga duración, brindan al sujeto un nuevo vecindario
electrónico que, como en el del pasado, constituirá uno de los
repertorios básicos de conversación.”
Por otra parte el modelo televisivo no sólo incide en la reconstrucción
psicológica de nuestras relaciones con lo cotidiano, sino que, dado su
enorme éxito popular, se está convirtiendo en paradigma de una
comunicación social que realmente convence. El efecto más inmediato
ha sido el traslado al resto de los medios de comunicación de masas de
las dos características discursivas más importantes en los géneros
televisivos, la espectacularidad y la simulación de la realidad. A causa
de esta trasformación del modelo hegemónico de la comunicación,
la información se carga de seducción, dejando en un segundo plano
el argumento lógico, que va perdiendo cada vez más peso en beneficio
de la imagen-simulacro, con lo que se produce un alarmante aumento del grado
de ficcionalidad presente en los discursos informativos.
Lo curioso de esta situación es que empieza a notarse un cierto paralelismo
con algunas estrategias de adoctrinamiento propias de la Edad Media. Paul Zumthor
ha estudiado en un libro magnífico cómo la ideología teocéntrica
del medievo, fue absorbiendo y transformando hasta desvirtuarla por completo,
la cultura popular que a causa de su carácter oral y tradicional conservaba
aún muchos rasgos paganizantes, de manera que, desde una perspectiva
ideológica, el pueblo resultaba difícilmente controlable por el
discurso monológico de la Iglesia y los nobles.
Dado que su espacio natural de comunicación popular se da en una situación
de heteroglosia, en la cultura de la plaza pública, era lógico
que la visión del mundo de los siervos no fuera todo lo adecuada a la
ideología teocéntrica y feudal. El proceso de transformación
de esta visión del mundo es muy interesante. Por una parte la literatura,
traslada a la escritura gran parte de ese material fabuloso de origen precristiano
que aún estaba vivo en las tradiciones populares y, por lo tanto, lo
fija, eliminando la variedad de versiones propia de la oralidad; se consigue
así la la única versión autorizada. Este trasvase se hace
por los únicos que sabían leer y escribir, los litterati, educados
en la doctrina de la Iglesia y como es lógico, en su traducción
lo que están haciendo es rescribir los elementos tradicionales desde
los ideologemas teocéntricos y feudales. Estas nuevas formas literarias
se volverán a proyectar sobre los siervos por medio de la divulgación
juglaresca, de manera que las tradiciones de siempre retornarán modificadas
y junto a ellas nuevos materiales temáticos emanados del poder eclesiásticos
y nobiliario.
Por otra parte, hay que educar al pueblo en los nuevos sistemas de valores para
que compartan el mismo discurso de autoridad y obedezcan a lo que se les impone
por doctrina. Naturalmente, hace falta para ello un medio de comunicación
adecuado, que no puede ser, una vez más, sólo la oralidad, dado
su carácter inestable, en perpetuo cambio. Se usa, sin embargo, la comunicación
oral pare le adoctrinamiento y constantemente, porque técnicamente es
imposible obviarla en la Edad Media, pero se hará desde las condiciones
discursivas del género de la prédica desde el púlpito –en
sentido real o en situaciones figuradas-, para reducir así la posibilidad
de contestación propia del diálogo de la plaza pública.
Y también el espacio físico de la plaza pública se elimina
en aquellos momentos donde se va a transmitir la palabra verdadera. Para ello,
para recibir la verdad, el pueblo deberá congregarse en la iglesia, porque
ese es el espacio de lo sagrado, el tabú y el tótem del medievo,
donde el campesino sabe que no puede disentir de lo que se le dice, ya que está
en la casa de Dios y lo que allí se dice es como si Dios lo dijera, nada
ni nadie puede profanar su casa. Pero aún así se necesita algo
más para fijar conceptos difíciles en mentes educadas sólo
en las patrañas folklóricas y no en el complejo sistema ideológico
y retórico del discurso teocéntrico de poder. Extender a todo
el pueblo el conocimiento de la escritura, donde queda cifrado ese saber de
autoridad, no parece solución muy conveniente, pues poseer la cultura
de la letra, la de los litterati, y sus “artes liberales” -para
San Isidoro “liberal” venía de liber-, no parecía
adecuado para esos “inferiores” vasallos, puesto que su conocimiento
otorga poder y en un régimen de control político piramidal no
interesa compartir las claves que dan acceso a la capacidad de construir o modificar
los metarrelatos legitimadores.
La solución fue recurrir a las imágenes –con lo que se actualizaba
el fetichismo y la magia simpatética de las religiones precristianas,
por cierto-: son simples de construir, sencillas de descifrar y, lo más
importante, seducen de manera inmediata sin permitir la réplica en ningún
caso. No se puede discutir con las imágenes, uno se dejas fascinar por
ellas. Como ha dejado escrito Zumthor:
“Bajo la pluma de los doctos, se inició una teoría en el siglo IV, que tomó forma en San Isidoro y Gregorio el Grande, cruzando la época medieval hasta los versos conocidísimos de Villon: a los cultos, la escritura, a los analfabetos, las imágenes; intueri (‘descifrar con los ojos y penetrar’ el texto) contra contemplari, según los términos de una resolución del sínodo de Arrás, en 1205, que parece excluir toda situación intermedia”.
Nuestro remonte hasta la Edad Media termina aquí, en la inauguración
de una dualidad estética regida por el didactismo artístico: lo
que podríamos llamar un arte analítico, frente a otro básicamente
espectacular, uno de verdad desgranada en el razonamiento y otro de doctrina
rápida y sintética encerrada en las imágenes. En definitiva,
el refinamiento intelectual, la sofisticación del juicio interpretativo,
contrapuesto a lo grosero y sorprendente que comunica por la seducción
de unas formas de fácil percepción inmediata.
Si volvemos la vista a nuestro actual derrededor mediático, nos sorprenderá
encontrar esa misma dualidad fundamental, y no es que se trate de un paralelismo
fruto de un fastidioso “eterno retorno”, sino de una similar estratificación
cultural entre los de arriba y los de abajo, que por otra parte también
podría comprobarse, con diferentes fenómenos manifestantes, en
cualquier periodo de la historia cultural de Occidente que se quiera aislar.
No obstante, lo que nos parece significativo, y hace necesaria esta evocación
medieval, es que asistimos en ella a la refundación de los paradigmas
culturales, una vez agotada la cosmovisión antigua, sobre los extremos
equidistantes de los que “saben” y los que “no saben”,
y también al modo en que los que detentan el discurso de autoridad absorben
y rescriben la cultura de los dominados, en una especie de autorregulación
del sistema de poder, que inscribe el dinamismo en el proceso de cultura como
su baza principal.
En cuanto a la transformación del estatuto discursivo de la información
en la postmodernidad, Jacques Derrida ha resumido la situación de la
que venimos hablando en la idea de que la actualidad es para nosotros un espacio
construido, que se nos da “ya hecho” de antemano, de manera que
esa actualidad que nos llega desde los medios de comunicación de masas
“no está dada –dice Derrida- sino activamente producida,
cribada, investida, performativamente interpretada por numerosos dispositivos
ficticios o artificiales, jerarquizadores y selectivos, siempre al servicio
de fuerzas e intereses que los “sujetos” y los agentes (productores
y consumidores de actualidad – a veces también son “filósofos”
y siempre intérpretes-) nunca perciben lo suficiente.” El resultado
de todo esto -en paralelismo medieval- es que la actualidad viene marcada como
artefactualidad y actuvirtualidad. Ya no podemos fiarnos de la información,
sino que hemos de interpretarla, saber de dónde viene y quién
la produce, no basta con una recepción pasiva, hemos de deconstruir el
flujo continuo de información en el que vivimos insertos si queremos
preservar nuestro criterio, marcar la diferencia que nos constituye como individuos.
Nos encontramos en medio de simulacros, por decirlo con la ya famosa fórmula
que acuñara Jean Baudrillard, vivimos en una realidad virtual, en un
aislamiento creciente, hundidos en el solipsismo de las ficciones que nos facilitan
las máquinas. Y la última de las revoluciones tecnológicas,
la revolución digital, ha abierto un inmenso campo de posibilidades para
el ahondamiento en los horizontes virtuales, aún por explorar. Las pesadillas
de los relatos cyberpunks, de Neuromancer a Matrix, quizá sean el testimonio
del profundo miedo del ser humano ante algo que se nos viene encima y cuya potencia
de transformación de la realidad nos asusta. No faltan, sin embargo los
utopistas como Hans Moravec que sueña con un futuro postbiológico
de máquinas autoevolucionadas a las que transmitiremos nuestras mentes,
libres ya de estos cuerpos animales tan “imperfectos”; o Terence
Mckenna que augura un paraíso terrenal en forma de jardín ciberdélico:
“(...) Todos los avances tecnológicos del mundo actual habrán sido reducidos hasta el punto en que se habrán integrado [en la naturaleza] y estarán repartidos como granos de arena por las playas de este planeta y todos viviremos desnudos en el paraíso, pero toda la interconexión cibernética y la capacidad de producción física y virtual de nuestro mundo seguirán estando ahí, a la distancia de un pensamiento.”
Pero lo cierto es que el ordenador ya se ha hecho sinónimo de tecnología
y todos los fenómenos que hemos descrito en los párrafos anteriores
se han visto sacudidos hasta sus cimientos por las invenciones de la informática.
Y siendo realistas, hay que advertir que la inteligencia artificial está
desarrollando ya teorías factibles a medio plazo, como indica el prestigioso
investigador del MIT, Marvin Minsky “(...) pronto comenzaremos a prepararnos
para ese futuro arte de diseñar mentes”. De manera que la repercusión
social de la tecnología informática es de tal calado que ya deberíamos
hablar de era digital para referirnos al nuevo horizonte tecnológico
que nos enmarca.
La consecuencia cultural más importante de esta situación es lo
que se ha dado en llamar cibercultura: toda una serie de nuevas costumbres,
de nuevas formas de relación intersubjetiva, de nuevos comportamientos,
de nuevas ideologías, de nuevas expresiones estéticas (desde una
parte de la literatura y el cine de ciencia ficción hasta la narrativa
hipertextual, la poesía cibernética, el diseño infográfico,
la manipulación digital de imágenes, el arte de las neoimágenes
o la música compuesta por ordenador) y hasta de tecnorreligiones derivadas
de las nuevas tecnologías de la información. No podemos librarnos
de la cibercultura, porque ya todos estamos inmersos en ella de una u otra manera,
aunque en diverso grado, naturalmente. Hay que tener en cuenta, como afirman
Andoni Alonso e Iñaki Arzoz que “el núcleo ‘cibercultural’
surgido directamente de las nuevas tecnologías abarca cada vez mayores
parcelas de esa cultura general, en parte sustituyéndolas y en parte,
y esto es decisivo, condicionándolas por su mediación tecnológica”
.
Para nuestro propósito lo que más nos interesa de la cibercultura
es su discurso modelo: el hipertexto y el hipermedia.
Como todo el mundo sabe ya, el hipertexto, cuya máxima expresión
es la world wide web, consiste en una organización discursiva desjerarquizada,
bloques de textos, que utilizando la terminología de Roland Barthes llamaríamos
lexias, conectados entre sí por links que nos permiten construir infinitas
posibilidades textuales, siguiendo rutas de enlaces variables, e interactuar
con el texto no sólo por medio de la navegación, sino además
por la modificación o el palimpsesto que podemos llevar a cabo sobre
el material textual de partida. Se trata pues de un espacio descentrado y ajerárquico,
abierto (en el sentido de U.Eco), diseminado si se quiere buscar un eco derrideano,
rizomático, si preferimos la metáfora epistemológica de
Gilles Deleuze y Félix Guattari.
En cuanto al segundo término, hipermedia, se utilizó en principio
para hablar de aquellos hipertextos que utilizaban distintos materiales y códigos
sonoros, musicales, imágenes fijas o animadas, lingüísticos
orales y escritos, interrelacionados en un mismo espacio textual. Hoy día
cuando hablamos de hipertexto, en realidad nos referimos a un
discurso hipermedia, puesto que la mezcla de géneros y códigos
se ha convertido en una de las características más evidentes de
las formas expresivas de la cibercultura, cuya baza fundamental es el trastorno
de las nociones de autor y lector que quedan subsumidas en la más democrática
de interactividad. No obstante, es preciso poner sobre aviso de que nada nuevo
descubre el hipertexto informático en las relaciones de colaboración
autor-lector, piénsese en la música de Johnn Cage, en Finnegans
Wake de J. Joyce, en Rayuela de Julio Cortázar, en Glass de Jacques Derrida
o en El Anti-Edipo y Mil Mesetas de Gilles Deleuze y Félix Guattari.
La heterogeneidad, la multicodificación, el espacio textual abierto y
una interactividad limitada (siempre hay detrás de un hipertexto un programador
que lo diseña), son la característica del hipertexto y de la forma
de relato a la que ha dado lugar, el videojuego. Pero ¿no son esas ya
las características de todos los discursos informativos, estéticos
y en muchos casos científicos de nuestra postmodernidad? El discurso
hipertextual no es consecuencia de la revolución de las tecnologías
de la información, sino producto de las sociedades espectaculares, descentradas
y reticulares propias del capitalismo tardío.
Ello no impide que el fenómeno más impactante, el que realmente
domina los discursos sociales contemporáneos siga siendo el de la visibilidad.
La imagen domina sobre cualesquiera otros códigos y el hipertexto es
un género fundamentalmente visual, que además, nos permite “ver”
en la pantalla del ordenador una réplica de nuestros procesos mentales
de pensamiento y de toma de decisiones. Es como una foto del trazo que dejan
las neuronas deslizándose sobre el córtex cerebral para tejer
ideas, acciones, sensaciones. La hiperinflación de información
como la hiperinflación de imagen que le es consustancial en la comunicación
masiva contemporánea da lugar a un estado de visibilidad general que,
al convertirse en discurso hegemónico, borra el contraste con otros discursos,
y se torna poco a poco en invisibilidad, se tiñe, he aquí lo verdaderamente
decisivo, de naturalidad y parece ser lo que es , de forma que nada que no esté
registrado en un modo discursivo de imagen obtiene el mismo crédito de
“verdadero” en la sociedad del espectáculo de masas integrado
que vivimos. Como ha escrito Marcello Walter Bruno en su “Necrológica
por la civilización de las imágenes”:
“Ya no hay imagen excepto allá donde ya no hay sentido. Y quizá, paralelamente ya no hay sentido excepto allá donde ya no hay imagen. O quizá, simplemente, ya no sabemos qué es una imagen. Seguimos produciéndola, casi no producimos otra cosa, y sin embargo hemos perdido el sentido del valor de uso de la imagen (ya también del intercambio, completamente determinado por las transacciones de los medios icónicos)”.
Pero nos hemos dejado algo olvidado tras este repaso neotecnológico,
volvamos a ello con un pregunta que nos parece clave:
¿Y las formas más tradicionales del arte, cómo han reaccionado
ante la inmersión tecnológica de nuestro momento histórico?
La respuesta no es simple, aunque intentaremos resumir las conclusiones a las
que ha llegado la teoría contemporánea de las artes. Primero,
en la etapa emergente de las tecnologías de la reproducción, durante
el periodo estético que denominamos modernismo, la referencialidad delas
artes fue cediendo terreno ante el hiperrealismo de nuevos inventos como la
fotografía y el cine. Con ello, como ya es tópico decir, el arte
se torna autorreferencial, metapoiético, generando, lo que Walter Benjamin
denominó “una nueva teología estética”, l’art
pour l’art. Así el arte se liberaba de toda función secundaria
social, política, ética, y se encerraba en una autonomía
radical basada en la idea de “arte puro”. Más tarde en la
época de dominio de la espectacularidad y la visibilidad postmodernas,
de la cultura de masas, el arte empezó a buscar nuevos de expresión
por medio de un desplazamiento fuera de los límites genéricos
que habían venido siendo tradicionales. Es lo que Rosalind Krauss ha
denominado “el campo expandido”, reacción que se da principalmente
en el terreno de las artes plásticas cuando el discurso modernista de
la abstracción autorreferencial se convierte en un lenguaje negativo
que no puede ir más allá de la mostración pura de sus propios
materiales (formas del concretismo) o de los procesos de construcción
(conceptualismo metadiscursivo). Krauss fecha el cambio de dirección
hacia finales de los años 50 y las primeras obras destacables a comienzos
de la década siguiente, con los trabajos de algunos artistas norteamericanos
como Robert Morris, Roberth Smithson, Michael Heizer, Richard Serra, Walter
DeMaria, Robert Irwin, Sol LeWitt, Bruce Nauman, etc. Todos estos autores coinciden
en que su trabajo consiste en lo que se m´sa tarde se denominaría
“instalaciones” o “intervenciones” sobre paisajes naturales
o espacios artificiales. Rosalind Krauss da dos ejemplos de R. Morris como las
más puras expresiones que se dan en los años 60 de esta expansión
del campo de actuación de la escultura más allá de lo que
hasta entonces se había considerado su frontera última:
“Uno de ellos es la obra exhibida en 1964 en la galería Green, entidades completas cuasi arquitectónicas cuya condición de escultura se reduce casi del todo a la simple determinación de que es lo que está en la sala que no es realmente la sala; el otro es la exhibición al aire libre de las cajas con espejos, formas que son distintas del emplazamiento sólo porque – aunque visualmente continuas con la hierba y los árboles- no son de hecho parte del paisaje.”
Estas dos intervenciones sobre el espacio dan lugar a los dos principales “géneros
expandidos” de la escultura postmoderna, según la terminología
de Rosalind Krauss: por una parte, los emplazamientos marcados, operaciones
de transformación sobre paisajes naturales que se instalan en el espacio
vacío entre paisaje y no-paisaje; por otra, las estructuras axiomáticas
que operan sobre materiales arquitectónicos preexistentes, reconstruyéndolos
parcialmente o modificándolo en cualquier otro sentido, excepto en el
de la funcionalidad (pues este sería el propiamente arquitectónico)
y, por lo tanto, exploran el entre queda fuera de lo que es arquitectura y lo
que nos es arquitectura en absoluto.
Aunque la estudiosa norteamericana desarrolla su teoría basándose
en ejemplos de la escultura postmoderna, su término definitorio de campo
expandido resulta sumamente útil, dado que aproximadamente por las mismas
fechas ocurre lo mismo en las tendencias de vanguardia de las otras artes. Incluso
un poco antes, como en la pintura pop art que se sitúa en el entre de
lo pictórico y el diseño industrial, o de la alta cultura y la
cultura de masas, por ejemplo en la descontextualización del rasgo del
dibujo de cómics que le sirve a Roy Lichtenstein para fundar su discurso
pictórico propio. En la literatura la expansión comienza incluso
antes, aunque suelen citarse a los autores también estadounidenses del
de la fabulación experimental que comienza a finales de los cincuenta
y principios de los sesenta (William Gaddis, Thomas Pynchon y más tarde
Johnn Barth), entre otros, con su ironía escéptica y su concepción
de una literatura conscientemente intertextual y libre de mezclar todos los
géneros subvirtiendo sus reglas constitutivas. Ya el Borges de los relatos
de los años cuarenta, el de Historia universal de la Infamia, por citar
un caso temprano, rompía las fronteras entre realidad y ficción,
ensayo y narración. Algo más tarde la obra de William Burrougs
o de Jack Kerouac no sólo rompe todos los moldes sino que incluso intenta
inscribir en el estilo literario los rasgos de la interpretación musical
jazzística, el cut-up o la utilización de la experiencia vital
como experiencia estética. En los años sesenta el surgimiento
de la New Wave of Science Fiction, con autores de la talla de Phillip K. Dick
o Jim G. Ballard, rompe las cadenas que ligaban el género al divertimento
especulativo para adolescentes y adictos a la literatura popular. En los años
setenta en la poesía irrumpe una tendencia minoritaria pero extendida
por todas las literaturas occidentales, incluido la española, la poesía
experimental o poesía visual. En la música culta sólo hay
que recordar las propuestas de una música visual del inevitable Johnn
Cage o los experimentos electrónicos de Stockhausen. En el pop, en 1970
Frank Zappa firma Hot Rats, el primer disco de jazzrock que aspira a ser tratado
como obra de arte transgenérica, También por los mismos años
el ensayo postestructuralista rompe los moldes del cientifismo humanista con
las obras de Jacques Derrida, Roland Barthes y Gilles Deleuze que utilizan recursos
literarios de vanguardias y retóricas poéticas y narrativas para
construir un innovador discurso filosófico. Es la época también
de la nouvelle vague del cine francés, que intenta dinamitar el modo
de representación institucional que habñia construido el cine
de Hollywood. Y no hace falta seguir más allá. Parece evidente
que en todos los territorios de las artes y de la cultura no artística
como hemos visto en el caso de la filosofía se abren espacios mestizos,
lugares entre los géneros, que rompen con su relativismo retórico
no sólo las reglas de escritura, sino también las de lectura y
el lugar social que las formas culturales venían desempeñando
en nuestras sociedades occidentales.
¿Es posible, entonces seguir manteniendo la idea de un “arte verdadero”,
un Gran Arte heredero de una tradición clásica, como algo más
que una pieza museológica o como una invención de la crítica
que no mira a su alrededor más que con las anteojeras del canon y un
espíritu soterradamente preceptivo que se esconde tras el gusto cultivado
“correctamente”? ¿Existe todavía hoy un “arte
de verdad”, que sea a la vez de nuestro tiempo, frente a todas esas cosas
entrediscursivas que parecen no estar en ninguna parte, sino en los huecos,
en los márgenes, en los no-lugares? ¿Son acaso esas cosas entre
el arte verdadero de nuestro tiempo? ¿O son ellas las causantes de que
la tradición artística occidental esté empezando a quebrarse
y amenace con disolverse en la nada?
4. EL PROBLEMA DE “LA VERDAD” ARTÍSTICA.
Antes utilizábamos adrede el sintagma arte de verdad, queremos insistir
con ello en el hecho de que bajo el manto de la cientificidad o del materialismo
discursivo, seguimos utilizando en muchos planteamientos semióticos una
idea subyacente, una filosofía discriminatoria y aprobada como un tácito
supuesto axiomático, de que existe un arte de verdad y otro que no lo
es tanto. Pero por otra parte, si bien sabemos sin duda, y lo empleamos como
postulado teórico, que la categoría arte es una articulación
ideológica y discursiva históricamente determinada, y por ende
variable en una visión lineal de la cronología histórica,
parece, sin embargo, que cuando teorizamos sobre arte las más de las
veces también tendemos a absolutizar lo que no es más que una
determinada concepción histórica, la moderna, transformándola
en síntoma de una esencialidad estética abstracta y atemporal.
Una nueva contradicción nace de todo esto: la renuncia teórica
a la interpretación de los sentidos ha olvidado de paso poner en cuestión
los valores, efectuar una crítica no normativa. Esta perspectiva, empuja
a la teoría a caer en brazos del idealismo más desencarnado, a
la vez que legitima como indiscutible plataforma de conceptos lo que no son
más –ni menos- que nociones situadas, localizadas, en un espacio
cultural historizado y muy concreto, y cuyas características definitorias
nunca pueden establecerse en la forma de un sistema conceptual estático,
puesto que están siempre sujetas a un constante cambio de lugar.
No es posible, evitar la lógica del sentido (vid., Deleuze, 1969) desde
un análisis semiótico porque la misma materialidad del signo nos
lleva a esa finalidad última: la producción de significados y
sentidos socializados, historizados. Como no es posible analizar el funcionamiento
discursivo de la televisión, de la publicidad audiovisual, de la poesía,
del rock, de la música “culta” actual, de las formas del
relato contemporáneo, de la infografía o del diseño industrial
sin entrar en colisiones ideológicas subyacentes que parecen no existir
a primera vista en la superficie material de esos mismos discursos.
Uno de esos conflictos ideológicos que permanecen sin ser percibidos
como tales, es aquél que resulta de la aplicación inmediata de
una noción apriorística que se emplea corrientemente en la teoría
estética y en la crítica de la cultura de masas: la formulación
de la dicotomía que enfrenta la categoría arte (discurso que dignifica
a su autor, por su independencia de condicionantes mercantiles), como opuesta
a aquella otra categoría de las formas estéticas no artísticas
(discursos de subsistencia alimenticia, no dignificantes, a causa de su relación
directa con la industria). A nuestro juicio, esta dicotomía simple necesita
un replanteamiento radical: ¿en razón de qué las manifestaciones
de la poeticidad discursiva son evaluables como formas del arte o formas estéticas
no artísticas? Sigamos por una línea más concreta con un
problema sencillo: ¿por qué la más “pura” forma
estética de las que entraban en la serie citada más arriba a modo
de ejemplo, la música culta de nuestro tiempo, resulta tan difícil
de aceptar para los propios melómanos, tan dispuestos siempre, por otra
parte, a repetir su ración de Mozart?, y aún así, ¿por
qué, siendo Pierre Boulez un artista tan “respetable” y Frank
Zappa un rockero tan “payaso”, se entienden tan bien entre sí
sus músicas y las ideas sonoras fluyen del uno al otro con tanta naturalidad?
¿Acaso por la misma razón que mientras Adorno adivinaba en el
jazz un desagradable componente kitsch, Stravinski prefería incorporar
a su música ritmos, armonías y colores jazzísticos? Última
pregunta, ¿qué hay de todo esto si partimos para la discusión
de una tesis de Heidegger, que a nuestro juicio resume bastante acertadamente
la idea que hoy tiene del caso en el pensamiento occidental: “El arte
es ponerse-en-obra la verdad”?
Como todos sabemos, la relación del arte con la verdad viene de antiguo
y según nuestra particular manera de entender el arte (la noción
que sobre ello se tiene en las clases cultas de las sociedades occidentales),
solemos localizarla originariamente en obras literarias excepcionales (El Quijote
o el teatro de Shakespeare) en la figuración plástica (la pintura
de Velázquez y la escultura de Miguel Ángel o Rodin) en el sistema
musical de los siglos XVIII y XIX, y en filosofías de época como
la del idealismo romántico alemán. Por otra parte, por dejar constancia
de evoluciones algo más incisivas y planteamientos menos “realistas”,
y sin salirnos del ámbito hispánico de este siglo, podemos citar
como ejemplo el núcleo del pensamiento de María Zambrano, las
teorizaciones de Juan Benet, Rafael Sánchez Ferlosio, Octavio Paz o Ernesto
Sábato, por cuanto nos ofrecen planteamientos especialmente identificados
con una idea trascendentalista de la actividad artística, sobre todo
literaria en estos casos, pero extensible a cualquier actividad estética
consciente de su importancia como vía de conocimiento y que se entienda
a sí misma como algo más que una textualidad producida exclusivamente
para la fruición estética. Pero con ser una referencia extremadamente
útil no es a esto a lo que se refiere Heidegger, el problema a dirimir
no es el de si el arte es o refleja la verdad.
Desde nuestro punto de vista, el camino que traza Heidegger es otro muy distinto.
Se trataría, más bien, de cuestionar en primer lugar la idea de
que exista efectivamente una verdad esencial en forma de concepto, puesto que
en el pensamiento heideggeriano el problema de la verdad se formula no como
el establecimiento de una categoría estática, sino como una lucha
por desvelar el ente que permanece oculto a nuestro pensamiento. Cuando queremos
pensar qué es un ente en realidad o cuál es su esencia verdadera
no acabamos por determinar primero qué puede ser la verdad, sino que
damos por supuesto que las cosas son como son y que podemos experimentarlas
en nuestro pensamiento tales cuales son. Pero la esencia de la verdad es, según
nos dice Heidegger, un movimiento de desvelo, un desplazamiento del ente hasta
el lugar donde es posible su desocultamiento (Unverborgenheit): así concebida,
como “polemos” originario, el movimiento de la verdad saca al ente
fuera de sí, de su ocultamiento, lo conduce al claro (Lichtung) en el
que podemos verlo en su Ser (Sein); y el arte, para Heidegger, “es una
de las formas en las que se disputa la verdad” , o sea, una de las maneras
antropológicas que el hombre (por lo menos para la idea de hombre y de
cultura que nos es familiar a los occidentales) ha urdido para enfrentarse a
lo verdadero del mundo que le rodea. Sin embargo, lo más característico
del Ser es su huida perpetua, su repliegue una vez ha sido intuido; se proyecta
en lo ente, deja su huella, pero sólo somos testigos de su paso, de su
fuga. La dinámica del ocultamiento-desocultamiento-repliegue está
presente en todo momento en el pensamiento heideggeriano del Ser, y así
la idea fundamental de esta concepción de la verdad se explica en los
términos de una lucha por desvelar algo que fluye en perpetua transformación,
el transcurso del ente abriéndose al Ser en múltiples direcciones.
En este marco, el arte como “ponerse-en-obra la verdad” es una actividad
del espíritu que se aplica la producción de un mundo, por medio,
eso sí, de la puesta en práctica de un saber especial, de una
techné, en la forma en que “este saber representa un estar ya atento
a lo todavía no visible que ha de ser traído aún a visibilidad
y perceptibilidad” . O como interpreta Gianni Vattimo, el arte sólo
puede recibir este nombre cuando abre el horizonte de la verdad, y la verdad
“[...] trátase del acto en el que se instituye cierto mundo histórico-cultural
en el que cierta ‘humanidad’ histórica ve definida de modo
originario los rasgos portadores de su propia experiencia del mundo”.
En consecuencia, y según la lectura de los textos heideggerianos que
hace Walter Biemel, el pensamiento estético de Heidegger se sostiene
fundamentalmente sobre la concepción del arte como lugar de la lucha
por la verdad, y nos enseña que “[...] el arte abre dos posibilidades
fundamentales, la primera es la de descubrirnos, hacernos patente el mundo en
que vivimos, lo que no queremos ver o no podemos ver. [...] La otra posibilidad
consiste en que el arte puede abrir una nueva relación con el Ser, que
nada tenga que ver con la civilización mundial dominante”, o en
otros términos “[...] hacernos accesible un nuevo habitar, otra
estancia originaria” . Si aceptamos este planteamiento, discutir sobre
el lugar, sobre los desplazamientos, las fugas, los centros, los límites,
la territorialización y la desterritorializción, de las prácticas
y las ideas artísticas, supone pensar el lugar de la verdad, o mejor,
de una manera determinada de la ideología occidental por medio de la
cual se trata de desvelar la verdad. Porque, aunque esta trascendentalización
de la actividad estética pueda vestirse de sano humorismo, de escepticismo
o hasta de negación de toda trascendencia, por mucho que se insista sobre
la levedad de la importancia social del arte, lo cierto es que para las instituciones
y los representantes del pensamiento “autorizado” en nuestras sociedades
occidentales, y para los propios artistas, el arte todavía es “una
cosa muy seria” y su práctica y consumo por lo menos nos hace personas
“distinguidas” (Bourdieu) a los ojos de los demás. El mismo
Ortega cuando postulaba en La deshumanización del arte (1927) una tersura
formal abstracta y casi atemática para los géneros artísticos
y una transformación de la figura venerable del artista en algo más
parecido a un joven sportman, advertía también que el nuevo arte
correspondía a un mundo “puerilizado”, y en el adjetivo no
es difícil percibir una sombra de amargura y melancolía, una valoración
implícita que quizá tema por la desaparición del respeto
a la seriedad del trabajo y el goce artísticos. En otras palabras, con
demasiada frecuencia tememos un desplazamiento de lugar del Gran Arte que lo
sitúe en un espacio sin verdadera importancia social, que lo margine
respecto de otros discursos sociales, que quede empujado fuera, que se estanque
en la frontera de las creencias.
Hoy, tras la serie de transformaciones culturales que hemos analizado en páginas
anteriores, todas ellas propiciadas directa o indirectamente por el desarrollo
de las nuevas tecnologías de la imagen y la información, y por
la disolución de los grandes sistemas económico-sociales de la
Modernidad, en esta era del capitalismo transnacional, la tecnociencia y la
cibercultura, se hace difícil sostener que esas formas híbridas,
o nuevas de la comunicación estética sean encuadrables en el mismo
apartado que las obras de Shakespeare, Cervantes, Velázquez o Mozart.
Mucho menos si nos referimos a las derivaciones no alienadas de la cultura de
masas, el pop-art -tal como lo había definido Lindsay Waters- o las producciones
informáticas o automatizadas. Sin embargo eso sólo se percibe
como extraño a la tradición estética occidental si confundimos
la actividad artística con los géneros instituidos como tales
desde hace siglos. Desde luego es posible negar las nuevas estéticas
porque los géneros tradicionales no han muerto, ni han sido sustituidos
por las novedades de la técnica y la cultura de masas, ni siquiera compiten
por un mismo espacio con muchas de ellas, de manera que podemos compararlas
como fenómenos disímiles y hasta contradictorios.
Pero el arte no es una colección de formas agrupadas por géneros,
sino una ideología, la que Paul de Man ha llamado ideología estética.
Antes de entrar en detalles, convendría aclarar el lugar que ocupa la
ideología y que ha puesto de manifiesto frente a otras formulaciones
más confusas el propio Paul de Man en una magnífica relectura
de la crítica kantiana:
“Las ideologías, en la medida en que contienen necesariamente momentos empíricos y están dirigidas hacia el exterior del campo de los conceptos puros, se hallan más del lado de la metafísica que del de la filosofía crítica. Las condiciones y modalidades de sus ocurrencias están determinadas por análisis críticos a los que ellas no tienen acceso. Por lo demás, el objeto de estos análisis sólo pueden ser las ideologías. Las ideologías y el pensamiento crítico son interdependientes y cualquier intento de separarlos convierte la ideología en simple error y el pensamiento crítico en idealismo. La posibilidad de mantener el nexo causal entre ellos es el principio controlador del pensamiento filosófico riguroso: las filosofías que sucumben a la ideología pierden su sentido epistemológico y las que tratan de evitar o reprimir la ideología pierden todo empuje crítico y corren, además, el riesgo de ser atrapadas por aquello que tratan de excluir.”
Ese “ponerse-en-obra-la-verdad” con la que Heidegger reinterpretaba la finalidad que Hegel había concedido al arte, al considerarlo el vehículo más idóneo para la mostración del espíritu en forma sensible, nos habla de que el núcleo duro de la ideología estética estriba en el entendimiento de la obra de arte como un proceso creativo que da lugar a un objeto trascendente. Todas aquellas manifestaciones de la belleza -o de lo que se considere “estético” en cada momento histórico- que no puedan generar un discurso trascencental no serán consideradas Gran Arte. Y si nos manifestamos de acuerdo con ello nos queda saber cómo reconocemos la presencia de trascendencia metafísica en una obra con forma estética. Habría que buscar entonces un “significado” en la obra artística. El problema es que las producciones del arte no generan significados, sino sentidos, que no es lo mismo, y quizá de esa confusión, de esa pretensión de dar significados al arte surja el equívoco de resumir la historia de una actividad cultural a los géneros que han pervivido hasta ahora como únicos “significativos”.
5. SENTIDO ACONTECIMIENTO YCRISIS DE LA REPRESENTACIÓN:
Para comprender cabalmente la dimensión del significado tenemos que
efectuar con Gilles Deleuze un deslizamiento que nos traslade, siguiendo el
movimiento que va desde el establecimiento de correspondencias (donde es fácil
discriminar verdad y falsedad) y desde la inferencia subjetiva de lo que parece
cierto o engañoso, hacia una conclusión universal, generalizable,
que nazca de las operaciones de la implicación conceptual.
Desde el punto de vista del significado una proposición discursiva se
enjuicia “(...) como elemento de una ‘demostración’,
en el sentido más general del término, sea como premisa, sea como
conclusión” . Deleuze advierte, además, que esta concepción
del significado responde a una triple perspectiva: a) por una parte la del razonamiento
silogístico y matemático; b) por otra, una puramente física
en la que entramos en el ámbito de las probabilidades; y c) la moral,
en la que se entiende el significado demostrativo de una proposición
en términos de promesas y compromisos.
El pensamiento racionalista de la ciencia y el extendido a los saberes culturales
modernistas ha operado siempre basándose en la lógica del significado
de los fenómenos, considerando, en consecuencia, que en el ámbito
de la significación, de lo que propiamente se ha llamado la dimensión
lógica del discurso, es posible identificar lo verdadero y lo falso en
un sentido puramente referencial, escrupulosamente objetual. Se confunde así
lo propio de la significación con aquello que pertenece al ámbito
de la designación lingüística. Sin embargo, corrige Deleuze:
El valor lógico de la significación o demostración entendida
de este modo no es ya la verdad, como lo muestra el modo hipotético de
las implicaciones, sino la condición de verdad, el conjunto de condiciones
bajo las que una proposición «sería» verdadera. (...)
Por ello, la condición de verdad no se opone a lo falso, sino a lo absurdo:
lo que no tiene significación, lo que no puede ser ni verdadero ni falso.
Así, el punto de vista de la razón totalizante, en especial las
consideraciones sobre las transformaciones artísticas de este siglo y
su agudización actual -lo que Vattimo (1985) ha explicado con la figura
de la muerte del arte- no resultan ser una verdad empíricamente comprobable.
El pensamiento modernista no puede actuar con singularidades, con acontecimientos,
sino con fenómenos generalizables, no tiene en cuenta la cualidad de
la excepción más que como legitimadora de su contrario: la excepción
queda sacrificada ante la luminosa pulcritud de la regla. Sin embargo, es posible
pensar de otra manera en el terreno de la crítica cultural: tras la reubicación
de las categorías sobre la verdad y el arte que llevó a cabo Nietzsche,
tras la verdad del arte defendida por Shopenhauer, Heidegger o María
Zambrano, tras la lectura de los acontecimientos estéticos puntuales
sobre los que pensaron Walter Benjamin y Michel Foucault en sus definitivas
formulaciones de la pérdida del aura en la obra de arte contemporánea
y la muerte del autor, respectivamente, gana sentido la alegoría extrema
de Vattimo acerca de la muerte del arte como acontecimiento ontológico
-no concepto generalizable-, figura que representa por correspondencia la crisis
a la que han llegado los modelos del pensamiento modernista y que ha propiciado
la estructuración social y la globalización de la tecnoideología
y la verdad de mercado del capitalismo tardío. Esta visión de
una cultura que la contempla en su movimiento de expansión y disgregación,
de relativización y diferenciación, se sostiene, precisamente
y en oposición a la razón teleológica del modelo clásico
del pensamiento modernista, sobre el valor que puede pensarse desde la atención
al acontecimiento, a la singularidad, a la excepción. ¿Por qué
ocurre esto de forma privilegiada en el terreno de la expresión artística?
¿Por qué la razón artística se muestra especialmente
adecuada a la formulación discursiva de lo excepcional, lo anómalo,
lo marginal, lo problemático?
Decía Deleuze en Repetición y diferencia, de manera que nos sirve
como respuesta:
“Una obra de arte es repetida como singularidad sin concepto, y no es
por azar que un poema debe ser aprendido de memoria. La cabeza es el órgano
de los intercambios, pero el corazón es el órgano amoroso de la
repetición. (Cierto que la repetición también concierne
a la cabeza, pero precisamente porque es su terror o su paradoja). Pius Servien
distinguía con razón dos lenguajes: el lenguaje de las ciencias,
dominado por el símbolo de igualdad y en el que cada término puede
ser reemplazado por otros, y el lenguaje lírico, en el que cada término,
irreemplazable, sólo puede ser repetido.
(...) Por otra parte, la generalidad pertenece al orden de las leyes”.
“(...) En todos los aspectos, la repetición es la trasgresión.
Pone en cuestión a la ley, denuncia su carácter nominal o general,
en provecho de una realidad más profunda y más artística.”
Una obra de arte, y por extensión el lenguaje artístico, conforma
un discurso repetible pero no generalizable, no sin que su conversión
en significado universal o general traicione el propio ser arte de un tipo tal
de discurso. Una obra de arte, el uso literario, artístico del lenguaje
constituyen acontecimientos singulares. Y el sentido, lo que Deleuze denomina
como tal, al igual que el arte, es un acontecimiento-efecto singular: se produce
por efecto de la proposición que es dicha, acontece y sucede desde ella,
pero no es la proposición misma, ni en su dimensión designativa,
ni en la manifestativa, ni en la de su significado. El sentido no puede confundirse
con el significado, al que le corresponden condiciones de verdad, porque es
un acontecimiento diferente, repetible pero no extensible a lo universal. Dice
en concreto Deleuze: “Es más bien la coexistencia de dos caras
sin espesor, de modo que se pasa de la una a la otra siguiendo su longitud.
De modo inseparable, el sentido es lo expresable o lo expresado de la proposición,
y el atributo del estado de cosas. (...) Es exactamente la frontera entre las
proposiciones y las cosas.”
Sobre el sentido no puede construirse una lógica teórica de la
verdad y la falsedad, pero sí una crítica capaz de levantarse
contra la comodidad de lo inmutable, de lo establecido, que se conciba a sí
misma como un cuestionamiento permanente no ya del saber, sino -para nuestro
campo concreto- de los sentidos que acontecen en la cultura vivida, experimentada
y no fosilizada en cuanto ley. Será una crítica del sentido y
no la crítica del significado a la que estamos acostumbrados. ¿Cuál
es su finalidad? Sin duda la que Deleuze lee en el fondo intencional de las
filosofías de Nietzsche y Kiekegaaard: “Convertir la repetición
en algo nuevo; vincularla a una prueba, a una selección, a una prueba
selectiva; plantearla como un objeto supremo de la libertad y de la voluntad.
(...) Se trata, (...), de actuar de convertir a la repetición como tal
en una novedad, es decir, en una libertad y en una tarea de libertad.”
Lo más revolucionario de la concepción deleuzeana de la crítica
radica en que no se trata de una operación meramente conceptual, sino
que se convierte en una praxis liberadora al concebirse a sí misma como
una actuación sobre la realidad y sobre el ser inmediato ejercida por
el pensamiento desde el discurso lingüístico, siempre, remarquémoslo,
desde el discurso lingüístico. Y ¿cuál, si es que
lo hay, sería el tipo discursivo adecuado a esa clase de crítica?
Un discurso, diríamos con Deleuze, que pueda liberar el sentido como
acontecimiento bifronte, el discurso paradójico, pues. O como escribía
Deleuze en el prólogo a la Lógica del sentido, la novela lógica
y psicoanalítica: aquel modo discursivo que pueda conectar el yo profundo
con el relato pensado y dicho en la paradoja. No se trata del aforismo lírico,
sino de lo que Deleuze considera el discurso del lenguaje de superficie.
Lenguaje de superficie y retórica literaria.
No es casualidad que, junto a las referencias a conceptos filosóficos
y opiniones de filósofos, la literatura y las opiniones/figuras de los
escritores de ficción sirvan de material, de argamasa con la que Deleuze
monta su teoría seriada en la Lógica del sentido. Es más,
el libro se va construyendo especialmente al hilo de la lectura de las obras
de ficción de Lewis Carroll, a las que se sitúa al mismo nivel
que la filosofía de los estoicos, hasta tal punto que ambas lecturas
se yerguen como los dos pilares centrales de esta obra. Por lo demás,
el discurso de la literatura, en particular la vanguardista, el lenguaje de
Raymond Roussel, de Joyce, de Klossowski, de Artaud, va incorporándose
a la reflexión, dialogando con ella, informándola, ofreciéndole
referentes. En ningún momento se plantea esa grieta abismal que separa
la filosofía de la literatura en el pensamiento modernista. Quizá
este último detalle no fue percibido a tiempo en los momentos de auge
del estructuralismo, cuando, por cierto, se escribió este libro que hoy
usamos en nuestro comentario, pero hoy, en el momento actual de la teoría
literaria, esta cuestión particular se ha convertido en el punto álgido
donde radica la más candente discusión sobre las posibilidades
de la interpretación y de los métodos hermenéuticos. Por
citar un caso que insiste en la actual preocupación por las cuestión
de los límites entre interpretación, sobreinterpretación
y malinterpretación: en una reciente respuesta a las consideraciones
de Iris M. Zavala acerca de la concepción de la ideología estética
en la obra de Paul de Man, Manuel Asensi recuerda que uno de los núcleos
desde los que surge el pensamiento demaniano sobre el conflicto literatura/filosofía
es el postulado de que “la escritura poética es una de las formas
más refinadas de deconstrucción del discurso metafísico
occidental.”
Pues bien, de la misma manera, la fundamentación del discurso antimetafísico
de Gilles Deleuze no estriba en una pueril indistinción entre los objetivos
de la filosofía y los de la literatura, sino en un hecho comprobable
en la propia idea de estructura: “Una estructura implica, en todo caso,
distribuciones de puntos singulares correspondientes a series de base. Por esto
es inexacto oponer la estructura y el acontecimiento: la estructura implica
un registro de acontecimientos ideales, es decir, toda una historia que le es
interior.” La búsqueda de esa historia interior, lo que Deleuze
llama una historia embrollada, la reconstrucción de un relato cualquiera
desde el punto de vista de una o varias de sus singularidades, de los sentidos-acontecimientos,
da lugar al problema crítico. Para esta cuestión es indiferente
la naturaleza global del discurso (si se trata de un texto literario o de un
texto filosófico, etc.), el ataque a un problema crítico debe
hacerse desde aquellas formas del discurso y desde aquellos los puntos ideales
que son capaces de problematizar, de rescribir la historia del sentido, porque
“el modo del acontecimiento es lo problemático” , lo que
equivale a plantear que la naturaleza del sentido es ser la idea-problema, el
objetivo nietzscheano de invertir el platonismo.
Para Deleuze la estructura se organiza por la correspondencia, la conexión
y la relación entre sí de al menos dos series de singularidades,
las del significante y las del significado, pero esa correlación nunca
es fija, sino una conexión flotante, variable, inestable que queda establecida
siempre por la actuación de un elemento paradójico, el diferenciante,
al que Deleuze denomina principio de emisión de las singularidades. Aquí
aparece de nuevo el papel fundamental que la diferencia asume en la filosofía
deleuzeana: es porque existe algo diferente, una casilla vacía, entre
las dos series, la del significante y la del significado, por lo que es posible
la producción del sentido que nace de su puesta en relación: “porque
el sentido no se confunde con la significación misma, pero es lo que
se atribuye para determinar el significante como tal y el significado como tal”
(1969a, 1989: 71). Según esta concepción serial de la estructura,
esa idea de sentido como esencia de la diferencia ideal de las singularidades,
de los acontecimientos semióticos: “sólo se puede hablar
de acontecimientos como singularidades que se despliegan en un campo problemático,
y en la cercanía de los cuales se organizan las soluciones.”
El rasgo más sobresaliente de este pensamiento antimetafísico
y a la vez muy alejado del racionalismo empirista, radica en ese paradójico
llevar hasta sus consecuencias máximas el rechazo a un pensamiento no
materialista, convirtiendo el sentido en un problema ligado exclusivamente a
la materialidad lingüística del discurso, a sus posibilidades de
organización topológica, a las distribuciones y relaciones de
series, a los problemas que condicionan estas distribuciones y a las soluciones
que les corresponden en cada configuración, esto es: como hizo Joyce
al destruir el naturalismo llevándolo a su extremo en Ulysses y Finnegan's
Wake, Deleuze logra elevar el materialismo al rango de Idea:
Debemos romper con una larga costumbre de pensamiento que nos hacía considerar lo problemático como una categoría subjetiva de nuestro conocimiento, un momento empírico que señalaría solamente la imperfección de nuestros trámites, la triste necesidad en la que nos encontramos de no saber de antemano, y que desaparecería con el saber adquirido. Por más que el problema sea recubierto por las soluciones, sigue subsistiendo la Idea que lo remite a sus condiciones, y que organiza la génesis de las soluciones mismas. Sin esta Idea las soluciones no tendrían sentido. Lo problemático es, a la vez una categoría objetiva del conocimiento y un género de ser perfectamente objetivo.«Problemático» califica precisamente las objetividades ideales.
El problema del sentido es siempre un problema de superficie, se produce, se
mueve y existe en la pura materialidad del discurso lingüístico
y pierde su valor más allá de la experiencia directa del lenguaje,
es, diríamos hoy, una propiedad de la pragmática del discurso,
un acontecimiento retórico, no una esencia ajena, preexistente o existente
fuera de su manifestación en el discurso realizado. La distinción
entre lenguaje de superficie y lenguaje en profundidad se convierte así
en una de las dictomías fundamentales del pensamiento deleuzeano.
En el lenguaje de superficie la donación del sentido se produce “en
la frontera entre las proposiciones y las cosas” , esto es por la intervención
distributiva de un elemento diferenciante, una paradoja, un elemento bifronte:
el sentido no puede desligarse del sinsentido, tal como el delirio insensato
de los relatos y poemas de Lewis Carroll ponen al descubierto los agujeros negros
de la lógica sistemática del significado y de las leyes uniformadoras,
mostrando su debilidad, al tiempo que descubren el sentido de las excepciones,
que desvelan las singularidades que acontecen detrás, debajo o al lado
del buen sentido y con relación únicamente a las cuales puede
existir ese buen sentido. De esta manera, el lenguaje de superficie mantiene
las diferencias entre la materialidad lingüística y las cosas y
puede producir constelaciones-problemas.
El lenguaje en profundidad o lenguaje esquizofrénico, el lenguaje-dolor
del que hablaba Antonin Artaud ocurre cuando la diferencia de las superficies,
de las singularidades, de los mapas topológicos desaparece y con ella
el sentido de estar hablando. Como en la mente del esquizofrénico, la
frontera entre el habla y el ser se rompe en una geografía alucinatoria
que se cuela en un pozo del que ya no se puede salir, porque «las palabras
tienen dientes», como decía Artaud. El lenguaje ha dejado de ser
un acontecimiento ideal para convertirse en una dolorosa experiencia nacida
de la confusión de la superficie y lo profundo, de las palabras y las
cosas, del exterior con lo interior. Puede tratarse de una experiencia terrible,
pero resulta difícilmente expresable si no es por medio de un lenguaje
especial, en cierto modo lo que podría llamarse un lenguaje de la locura
(aunque mantengamos las prevenciones de Foucault ante el término locura).
A este particular resulta muy ilustrativo el ensayo que en su libro de 1993,
Crítica y clínica, dedicaba Gilles Deleuze al escritor esquizofrénico
Louis Wolfson (“Louis Wolfson o el procedimiento”) y que es ampliación
de una referencia que se incluía en la decimotercera serie de Lógica
del sentido.
El discurso crítico, por su parte, debe operar forzosamente en el topos
retórico del lenguaje de superficie: el problema de la crítica
consiste en “la determinación de niveles diferenciales en los que
el sinsentido cambia de figura, la palabra-valija de naturaleza, el lenguaje
entero de dimensión.” Por eso para la crítica es tan importante
la retórica literaria, por eso en efecto es la poesía la forma
más refinada de poner en cuestión la metafísica occidental.
Por eso el libro de Deleuze sobre las paradojas del sentido es él mismo
paradójico: así niega el sistema cerrado y jerárquico y
se va organizando por repeticiones de sentido, cada serie, que sustituye aquí
al capítulo de los tratados tradicionales, consiste en repetir el acontecimiento
del sentido pero cambiando la distribución de las singularidades que
constituyen su historia embrollada, desembrollando su relato mientras se juega
a cartografiar constelaciones, a trazar los mapas del sentido.
Deleuze aplica su método serial, su cartografía del sentido a
la interpretación crítica de textos concretos. En la Lógica
del sentido lo hace en los Apéndices, indistintamente sobre textos de
Platón y Lucrecio, de Klossowski, Tournier y Zola; en otros lugares ha
ido de Jarry a Heidgger, de Whitman a Spinoza. Y en el prefacio de Crítica
y clínica (1993) identifica la crítica con la materialidad del
hecho de escribir. El problema de escribir, dice, es el de inventar una lengua
dentro de la lengua para ver y oír. Así pues, la asimilación
de la literatura, de las formas literarias, de su estrategias retóricas
al discurso crítico no debe entenderse como una frivolidad sino como
la más auténtica formulación del carácter problemático
del pensamiento y de la cultura, de nuestros saberes y de nuestras opiniones.
Desde esa postura no puede pontificarse, no se trata de alcanzar una verdad
universal, sino de desvelar y de hacer oír la imagen y la voz de los
acontecimientos ideales que suceden, que pasan por nuestra vida. Diseñar
el mapa, pero, avisa Deleuze: “Estas visiones, estas audiciones no son
un asunto privado, sino que forman los personajes de una Historia y de una geografía
que se va reinventando sin cesar. El delirio las inventa como procesos que arrastran
las palabras de un extremo a otro del universo. Se trata de acontecimientos
en los lindes del lenguaje.”
Desde luego, no significa esto que vayamos a prescindir de la tradición
crítica, de los instrumentos de análisis contrastados. Ni mucho
menos, pero Deleuze nos propone una crítica otra, no discutiré
ahora si puede, debe o siquiera aspira a derribar la tradición del pensamiento
crítico occidental. No es lo importante, pero sí que su concepción
de un modelo de razonamiento y de experiencia verbal del sentido en cuanto efecto
de una serie de singularidades, como Acontecimiento Ideal, resulta productivo
como cruce de caminos, como paisaje del saber problemático.
Este quizá sea el territorio de la frontera que se traza en algunas manifestaciones
estéticas de las subculturas urbanas contemporáneas, ésta
es también la causa de la contaminación del Arte y Filosofía
en la palabra crítica de Gilles Deleuze, una crítica que ve y
oye, que desvela y hace oír, que piensa mientras se hace palabra, que
habla porque es discurso y al mismo tiempo experiencia vital. Un pensamiento
crítico como ejercicio de la libertad, como acceso a un conocimiento
libre, ejercido en cuanto pensamiento nómada que no pontifica, que se
desliza por la series de acontecimientos que embrollan la Historia y que recorre
un camino intelectual que cada vez más quiere acercarse al andar caminos
machadiano. No el único pensamiento, sino otra forma complementaria del
saber cultural, un saber problemático, contingente, ideal, pero no eterno,
lejos de la ciencia, asumido como escritura: “Hacer circular la casilla
vacía -dice Gilles Deleuze- y hacer hablar a sus singularidades pre-individuales
y no personales, en una palabra, producir el sentido, ésta es la tarea
de hoy.”
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