LA UTOPÍA DESPUÉS DEL
‘FIN DE LA UTOPÍAS': PENSAR UN FUTURO ABIERTO MÁS ALLÁ DEL
PROGRESO
Rafael Vidal Jiménez
El tránsito al siglo XXI ha sido pensado, a
instancias del pensamiento hegemónico oficial, desde tres “fines”
complementarios y, hasta cierto punto, consecuentes: el “fin de la historia”, el
“fin de las ideologías” y el “fin de las utopías”. En el verano de 1989, un
funcionario del Departamento de Estado norteamericano, Francis Fukuyama,
proponía la conclusión definitiva del proceso del devenir histórico. Dentro del
contexto de desilusión producida por el fracaso de la última gran aspiración
utópica contemporánea encarnada en el comunismo soviético, el autor apuntaba
hacia un estadio histórico terminal definido por la culminación del proyecto
moderno inspirado en la idea del progreso. A partir de una elaboración
particular de las concepciones filosóficas de autores como Hegel y Kojève,
Fukuyama confirmaba la definitiva conciliación de la humanidad consigo mismo,
esto es, reafirmaba la presunta inevitabilidad histórica de la implantación
universal del Mercado y de la Democracia1. Es necesario resaltar que, en contra de lo que
algunos interpretaron como la propuesta de una mera cancelación de los
acontecimientos históricos, el funcionario norteamericano no cuestionaba la
presumible aceleración futura de los hechos históricos; ni siquiera descartaba
la posible proliferación de conflictos residuales en ese proceso ya anticipado
de identificación absoluta de lo real con lo racional2. Tan sólo se limitaba a promulgar, en su esfuerzo
legitimador de las nuevas condiciones económico-sociales, políticas y culturales
surgidas del fin de la “Guerra Fría”, la victoria absoluta del liberalismo
económico y político como punto final de la evolución dialéctica y
unidireccional de la humanidad [Fukuyama, 1990]3. De hecho, en respuesta a los analistas que
consideraron los acontecimientos del 11 de septiembre como una refutación de
esta tesis, y haciendo compatible la misma con la supuestamente contradictoria
teoría del “choque de civilizaciones”4, el propio autor recordaba: «mi observación,
hecha en 1989, en la víspera de la caída del comunismo, era que este proceso de
evolución parecía estar llevando a zonas cada vez más amplias de la Tierra hacia
la modernidad. Y que si mirábamos más allá de la democracia y los mercados
liberales, no había nada hacia lo que podíamos aspirar a avanzar; de ahí el
final de la historia. Aunque había zonas retrógradas que se resistían a este
proceso, era difícil encontrar un tipo de civilización alternativa que fuera
viable en la que quisiera de verdad vivir, tras haber quedado desacreditados el
socialismo, la monarquía, el fascismo y otros tipos de gobierno» [Fukuyama,
2001: 21].
Esta expresión ideológica de la supuesta
superioridad cultural de la civilización tecno-científica occidental, basada en
un enfoque reaccionario de la dialéctica hegeliana, enlaza, pues, manera
paradójica, con ese debate que se ha venido desarrollando desde los años sesenta
en torno al "fin de las ideologías”. Daniel Bell, en sintonía con las
apreciaciones realizadas por Edward Shils acerca del declive de la figura del
intelectual políticamente comprometido, y dentro del contexto del triunfo de la
cultura y sociedad de masas, anunciaba, hacia el año 1962, el comienzo de una
nueva era de resolución definitiva de los conflictos ideológicos que habían
marcado la evolución del mundo contemporáneo [Bell, 1964]. En El fin de las
ideologías, incidiendo en el agotamiento de las ideas alternativas al
proceso de modernización liberal capitalista, Bell inauguraba, pues, esa nueva
tradición política occidental que, anclada en la asunción de un nuevo ethos
individualista y consumista, hoy tiene en la desmovilización, el consenso y el
conformismo social sus actitudes más resaltables.
Finalmente, esta doble defensa del “fin de las
ideologías” y del “fin de la historia” converge, siempre dentro del mismo ámbito
cultural-simbólico, y, por tanto, ideológico en el que surge, hacia un
cuestionamiento firme de las actitudes y pensamientos utópicos. Fernández Buey,
consciente de los diversos sentidos que ha poseído el concepto a lo largo de la
historia, sitúa el problema de la utopía en la capacidad que tienen las élites
política y culturalmente dominantes para determinar y fijar el significado
generalmente aceptable de términos como éste. Incide, pues, en la estrecha
relación existente entre la posibilidad de cambiar el mundo y la capacidad para
poner nombre a las cosas. De este modo, recalca que, en la actualidad, la
palabra utopía tan solo es pronunciable en la medida en que su uso quede
restringido, en favor del nuevo realismo y pragmatismo político reivindicado por
esas élites hegemónicas, a la manifestación, políticamente irrelevante, del
deseo irrealizable de un mundo mejor, es decir, más justo, más igualitario y más
habitable [Fernández Buey y Riechmann, 1997].
La muerte de la utopía, entendida ésta como
exploración cultural de lo posible más allá de lo actual, tal y como es recogido
por Paul Ricoeur, ya había sido intuida en los años treinta por un autor como
Karl Mannheim partiendo de la percepción de las tendencias conservadoras del
socialismo reinante, de la progresiva burocratización de la propia utopía
liberal, de la tolerancia y escepticismo crecientes y, ante todo, de «la
reducción de todas las utopías a ideología» [Ricoeur, 1999: 299]. Para el
referido Mannheim, este declive de la utopía, en tanto nos arroja a un mundo que
ya no está en proceso de realizarse, esto es, en un estadio terminal en el que
la reducción de los niveles de inadecuación entre pensamiento y realidad social
impide cualquier perspectiva de cambio futuro, encierra graves peligros que
advierten de la esterilidad del último triunfo de la libertad. Entre ellos
sobresale, fundamentalmente, la pérdida de un sentido global de la experiencia y
del mundo. La desaparición de la utopía, por consiguiente, nos devuelve a un
mundo tan fragmentado como inaprehensible, en el que la nueva actitud práctica
constituye la vacía victoria de la congruencia: «la gente se ha adaptado a la
realidad y por haberse adaptado a ella no tiene ilusiones; pero con la pérdida
de las ilusiones los hombres también pierden todo sentido de la dirección»
[Ricoeur, 1999: 300].
Pero, en mi opinión lo que, ante todo, se pierde
es la capacidad de resistencia ante el poder, la posibilidad de “salirse” de
esos esquemas normativizadores del deseo, del ser y del pensar que circulan a
través de las relaciones de poder dominantes y, en consecuencia, de constituirse
abierta, plural y hermenéuticamente como auténticos sujetos. En este sentido, la
urgente recuperación en nuestro mundo actual del sentido utópico de la
existencia -entendida la propia utopía en los términos concretos que voy a
tratar de delinear- ha de poner en juego un nuevo proceso de reapropiación
simbólica de un sujeto autónomo deconstructor de los poderes que lo determinan.
Para Deleuze, el auténtico sujeto debe ser devenir, proceso [Deleuze,
1996]5. En consecuencia, este tipo de pensamiento
utópico debe propender hacia lo minoritario, considerado esto, en su acepción
deleuziana, como resistencia hacia cualquier acomodación al modelo vigente.
Propongo, en resumidas cuentas, que este nuevo hombre, que podría sustituir al
“último nombre” de Fukuyama, debe basar su identidad, no en la necesidad, no en
la estabilidad de lo que ya es, sino en la infinita contingencia autocomprensiva
de lo que todavía no ha llegado a ser.
Como se deduce de lo presentado más arriba, la
recuperación de la utopía debe pasar por la consideración crítica de lo que
representa la reducción actual de ésta a la ideología. ¿Qué significado pueden
tener hoy las observaciones de Mannheim, rescatadas por Ricoeur, acerca de esa
dilución de la utopía en la ideología? Para el mismo Ricoeur, siguiendo la
actitud teórico-metodológica del citado Mannheim, la respuesta requiere un
tratamiento conjunto de ambos aspectos, dentro de un mismo marco conceptual que
remite a las estructuras fundamentales del imaginario social y cultural6. En síntesis, la polaridad que este autor
establece entre ideología y utopía se resuelve en tres pares dialécticos que
relacionan, de forma respectiva, los tres planos en los que funcionan uno y otro
concepto. Para empezar, arrancando de la tradición abierta en los primeros
escritos marxianos, la ideología se muestra como factor deformador de la
realidad como praxis social7. La ideología es, desde ese punto de vista,
enmascaramiento de los auténticos procesos vitales en los que están insertados
los miembros de la sociedad. Pero, esta concepción crítica de la ideología
implica un supuesto distanciamiento objetivo entre la teoría y la práctica,
entre el sujeto y el objeto. Ricoeur nos previene sobre el hecho de que la
naturaleza problemática de este enfoque de la ideología radica en su
reflexividad, por cuanto dicho concepto teórico participa de su propio
referente: «ser absorbido, ser tragado por su propio referente es tal vez el
destino del concepto de ideología» [Ricoeur, 1999: 51].
Es aquí donde estriba el anclaje que el propio
concepto de ideología tiene en esas estructuras antropológicas del imaginario
socio-cultural de las que forma parte de modo indisoluble. Por eso, Ricoeur
acude, con la ayuda de la antropología fenomenológica de Clifford Geertz, a una
segunda perspectiva específicamente cultural de la ideología. El intento de
superar la oposición entre ideología y praxis obedece, pues, a la búsqueda de
esas conexiones internas en las que el conflicto social sólo es perceptible
desde el mismo sistema simbólico que permite su captación interpretativa. La
imposibilidad de un espacio exclusivo desde el que determinar la deformación de
la vida social como objeto, significa, por tanto, que la experiencia de esa
deformación es en sí misma ideológica. Siendo imposible cualquier tipo de
percepción de la realidad sin la aplicación comprensiva de algún modelo, la
ideología, en suma, está directamente relacionada, en este caso, con los
procesos de integración socio-cognitiva y simbólica de la propia experiencia.
Es, sobre todo, un orientador esencial de la vida en su aportación de sentido a
la acción, determinando, como resultado, las posibles posiciones del individuo
dentro de los ámbitos de co-existencia social en los que está enclavado.
Pero esta dialéctica entre el sentido expresamente
crítico-político que toma la ideología en su primera acepción como “deformación”
y el tono de neutralidad antropológica que adquiere en la segunda como “acción
simbólica” converge en un tercer significado. Éste lo encuentra Ricoeur, en
diálogo con Max Weber, en el tema de la "legitimación de la autoridad". La
ideología se muestra, de esta forma, como una especie de realizador simbólico de
la política. Remitiendo al universo simbólico del que emerge, y desde las
estrategias de la persuasión que pone en marcha, la ideología constituye un
potente aparato estimulador del consenso y la cooperación social8. Tratando de paliar, es decir, de encubrir, la
falta de racionalidad absoluta existente en cualquier sistema de legitimación
política, la ideología ofrece el código de interpretación que garantiza la
integración social. En síntesis: «la ideología debe superar la tensión que
caracteriza el proceso de legitimación, una tensión entre la pretensión a la
legitimidad por parte de la autoridad y la creencia en esa legitimidad por parte
de la ciudadanía. La tensión se da porque, si bien la creencia de la ciudadanía
y la pretensión de la autoridad deberían estar en el mismo nivel, la
equivalencia de creencia y pretensión nunca es verdaderamente real, sino que es
siempre más o menos una fabricación cultural. De manera que en la pretensión a
la legitimidad por parte de la autoridad siempre hay algo más que en las
creencias realmente sustentadas por los miembros del grupo» [Ricoeur, 1999: 56].
Una vez definida la ideología desde estos tres
niveles, Ricoeur, como ya he indicado, teniendo en cuenta el doble carácter
positivo y negativo que también posee el concepto de utopía, aborda su
definición dirigiéndose a su estructura funcional. Para ello arranca de la idea
central de “ningún lugar” expresada en la propia palabra y en las descripciones
de Tomás Moro. La utopía, así, representa un instrumento simbólico
imprescindible para repensar nuestra realidad social. Es, en lo básico, un campo
de exploración de lo posible, un ensayo imaginario de otras formas de vivir.
Pero, ello puede llevar asociada una clara tentación hacia la evasión y la
fantasía. Las variaciones imaginativas que las utopías introducen en temas como
los de la sociedad, el poder, la familia, la religión, etc., las convierten, en
primer lugar, en la contrapartida de esa noción primitiva de ideología como
deformación. En este nivel, la utopía queda relegada a la categoría de lo
irrealizable, perspectiva que, como ya he señalado con la ayuda de Fernández
Buey, compete a la complacencia casi “piadosa” con la que los grupos dominantes
tratan hoy día cualquier tipo de manifestación de ese tipo. A pesar de todo, el
significado de la utopía no se agota en el mero efecto literario de evasión
fantasiosa. Lo utópico también se despliega como alternativa a los otros dos
conceptos de ideología referidos.
Frente a la ideología como factor simbólico
integrador del cuerpo social, la utopía funciona, desde ese punto de vista
aludido del “ningún lugar”, como espacio de proyección imaginaria de lo posible.
Enlazando, en mi opinión, con esa ontología del no-ser-todavía, con esa
fenomenología de la conciencia anticipativa y con esa filosofía de la
posibilidad desarrollada por Ernst Bloch en El principio esperanza, ello
otorgaría a la utopía el papel primordial de mediación entre el “paisaje
desolado” de la realidad, y las expectativas y realizaciones de la voluntad
humana. La fundamentación ontológica del pensamiento utópico, concebido éste en
un sentido general, sería, pues, la materia procesual, el mundo y el hombre como
realidades indeterminadas, como posibilidades. La utopía, en definitiva, como
apuesta intencional por el porvenir, como esperanza abierta, constituiría, no
sólo un rasgo esencial de la conciencia humana -el auténtico pensamiento siempre
se sobrepasa a sí mismo, es continua superación del presente y tensión hacia el
futuro, es pensamiento sobre lo que todavía no es-, sino también, en su
aprehensión concreta, una determinación fundamental dentro de la realidad
objetiva de la totalidad. La utopía como esperanza es una estructura esencial
del ser humano [Bloch, 1980]9.
Por último, llegamos a ese nivel donde, con
anterioridad, se había propuesto el cruce entre lo ideológico como deformación y
lo ideológico como integración cultural, el de la legitimación de las
instituciones políticas sostenedoras del orden social presente: «si la ideología
es legitimación, la utopía es una alternativa del poder existente. Puede ser una
alternativa del poder o una forma alternativa de poder» [Ricoeur, 1999: 325]. El
conflicto entre las distintas identidades ideológicas es correlativo, en última
instancia, a las distintas formas de acceso a las instituciones y prácticas
reguladoras de las relaciones de los individuos dentro de un determinado orden
de jerarquía. La ideología, como ya se ha precisado, clasifica, distribuye,
determina las posiciones relativas que los sujetos ocupan unos con respecto
a los otros. Es desde aquí donde creo que puede ahondarse en el auténtico
nexo existente entre aquélla y la utopía, y entre ambas y el sustrato simbólico
del que emanan. Me refiero al tema central de la temporalidad. El intento de
superación, desde el presente, de la distancia que separa la pretensión de
legitimidad del poder de la creencia social en esa legitimidad posee unas
radicales implicaciones temporales. Éstas suponen la proyección diferencial de
los distintos niveles de incongruencia entre las intenciones sociales y la
realidad hacia los horizontes de las experiencias pasadas y de las expectativas
futuras. De hecho, el propio Karl Mannheim basó su tipología de las utopías en
los comportamientos temporales en que se basan los distintos proyectos sociales
que las conforman. Insertando, a su vez, cada una de ellas en una secuencia
temporal que marcaría la dirección del cambio histórico de su "configuración
utópica" general, acabó por deducir –ya se ha dicho- que «la historia de la
utopía constituye una gradual “aproximación a la vida real” y, por lo tanto, una
declinación de la utopía» [Ricoeur, 199: 299]. Sin entrar en discusiones de
fondo sobre los presupuestos teóricos sobre los que Mannheim estructura su
esquema global del fenómeno utópico, si creo, no obstante, necesario extraer las
máximas consecuencias de dicha lectura temporal de la relación entre ideología y
utopía.
Basándose en las aportaciones de Niklas Luhmann y
Reinhart Koselleck, Beriain afronta la dimensión ideológica de la idea moderna
del progreso unilineal, y, por ello, su elemental ambigüedad, desde un
“esquematismo temporal-social”. En tanto “regla de conocimiento”, este
esquematismo se apoya en un concepto diferencial temporal de las identidades
ideológicas, permitiendo concebir el tiempo como doble condición de posibilidad
de la continuidad y discontinuidad de dichas identidades con respecto a las
instituciones dominantes [Beriain, 1990]. De este modo, en tanto el proyecto
ideológico esté pendiente de su definitiva adecuación a la realidad que
pretender atrapar y gobernar, en tanto todavía no exista una absoluta
identificación entre los códigos de conducta política y de comportamiento social
que expresa, por un lado, y el orden social que le pre-existe, por otro, toda
ideología debe contener, según yo creo, algún tipo de componente utópico previo
que trate de trascender los límites de ese presente inacabado. En tanto
predisposición al cambio, la utopía se corresponderá con el motor de realización
en el tiempo de las identidades ideológicas que complementa. Esa trascendencia
temporal del presente podrá adoptar modalidades distintas de acuerdo con las
interpretaciones que se hagan del mismo con respecto al pasado y el futuro, y
como se ha indicado, con el propio diagnóstico temporal que se haga en cuanto al
grado de coherencia logrado, en esa actualidad de referencia, entre proyecto y
realidad. Y ello puede entrañar que en el momento en que dicha correspondencia
entre proyecto y realidad se perciba como consumada, la actitud utópica deje de
tener sentido, puesto que la vocación esencial de la ideología no es el cambio,
sino su perpetuación como realidad cristalizada. La ideología aspira, en fin, a
la neutralización de cualquier alteración del estado social
alcanzado.
Propongo, de esta manera, la aplicación en el
análisis del pensamiento utópico del enfoque fenomenológico de la temporalidad
elaborado por Niklas Luhmann. Éste considera el tiempo desde esa interpretación
diferenciadora del presente con respecto al pasado y el futuro, que ya he
anunciado más arriba. Tratando de dar respuesta al problema sociológico de la
relación entre la experiencia temporal y la dinámica de los sistemas sociales,
Luhmnann piensa el presente como un elemento articulador del tiempo y la
realidad, atribuyéndole, en la misma medida, un estatus especial como «conjunto
de constricciones cara a la integración temporal del futuro y el pasado»
[Luhmann, 1992: 170]. La cuestión estriba, pues, en la valoración de lo que
significa la condición del pasado y del futuro como horizontes del presente. Con
respecto al segundo, el autor concluye que «el futuro no puede empezar»
[Luhmann, 1992: 170]. Lo que, en mi particular estimación, implica, de igual
manera, que el pasado está siempre siendo. Ello debido, precisamente, a que
futuro y pasado constituyen mecanismos de regulación de la selección de acciones
realizadas en el presente; es decir, su calidad de horizontes les convierte en
pantallas de proyección de una experiencia que sólo es comunicable en una
secuencia infinita de actualidades. Por lo que cualquier alusión a procesos que
se ponen en marcha, o que se consideran concluidos, siempre se hará a través de
un uso iterativo de las modalidades temporales, que tienen en el presente su
punto móvil de referencia: presente futuro, futuro presente, futuro pasado,
etc10. En lo tocante al futuro como horizonte, que es
lo que compete, en principio, a la utopía, podemos hablar, apoyándonos en
Luhmann, de “futurización” y “desfuturización” en función del aumento o
disminución de su grado de apertura desde el presente. La utopía supondría, de
este modo, un esquema de integración temporal centrado en un futuro plenamente
futurizado. En éste, el futuro presente estará abierto a presentes futuros
diversos en los que se proyectan las esperanzas –tradicionalmente se sitúan aquí
las utopías positivas de Moro, Campanella, Saint-Simon, Fourier, Cabet, etc.- y
los miedos –en este caso, estaríamos ante las utopías negativas de Zamiatin,
Huxley, Capek, Orwell, etc.- de una sociedad dada11. Quiero resaltar que, desde este momento, trataré
de valorar las utopías, no exclusivamente en virtud de la mera discrepancia con
respecto a la realidad que en sí expresan, sino, también, por el modo en que
cumplen ese requisito futurizador, es decir, esa extrapolación de la experiencia
presente al plano temporal de lo que todavía no es.
Si no atenemos, por ejemplo, a lo que se ha
aceptado, en general, como el comienzo premoderno de la tradición utópica
occidental concretado en obras como La República de Platón, la valoración
de un futuro abierto resulta problemática. El predominio en la época premoderna
de una concepción circular del tiempo, fundada en la eterna repetición de una
identidad dada desde y para siempre, no permite una auténtica concepción
prevaleciente del futuro como meta o esperanza, como horizonte de otras
posibilidades del ser. En realidad, la configuración por parte de Platón de su
sociedad ideal se basa en un principio espacial del tiempo, que responde a la
subordinación de la sucesión lineal de los acontecimientos humanos al esquema
jerárquico representado por la oposición entre la idea, el modelo, y la copia.
Por tanto, esa estructuración mítica de la ciudad perfecta de los filósofos
gobernantes, de los guerreros y del resto del cuerpo civil trabajador no
significa otra cosa que la proyección, al interior de la comunidad presente, de
las cualidades arquetípicas del alma: la sabiduría de las Ideas eternas, el
valor y la moderación o autocontrol. Ello constituye, en suma, la elaboración de
una identidad ideológica de tipo reactivo que, en contra de la realidad presente
de la democracia ateniense –el fin de toda estabilidad y todo respeto de los
valores-, reenvía la sociedad presente al pasado primordial personalizado en la
aristocracia, en el gobierno del filósofo, el que «es a la vez el gobernante
ideal y el hombre ideal, y posee también el conocimiento de la realidad suprema»
[Grube, 1973: 414].
La República platónica acabó inspirando una
tradición utópica occidental que cristalizaría, fundamentalmente, en el siglo
XVI. Ahí hemos de situar la descripción de ese “ningún lugar” ideal realizada
por Thomas Moro en su celebre Utopía (1516), la Civita solis
imaginada por Tommaso Campanella, ya en 1623, como un nuevo reinado de la
verdad espiritual que liberase al hombre de los bajos instintos que le
aprisionaban, e, incluso, el sueño milenarista de Thomas Münzer, concretado en
la revuelta campesina antiluterana del periodo 1521-152512. Pero, al margen de los niveles de discrepancia
entre pensamiento y realidad que estas obras expresan, el modo en que sus
configuraciones imaginarias de un mundo mejor son referidas a un futuro, que
enlaza atemporalmente con una identidad mítico-religiosa ya completada en el
pasado, dificulta, creo, la posibilidad de hablar de utopía en ese sentido
futurizador al que me refiero. La mera nostalgia por un pasado prototípico no
es, a mi entender, compatible con ese concepto de utopía plural e infinitamente
progresiva que estimo más plausible.
Frente a ese tipo de utopía reactiva premoderna,
la modernidad, estimulada por la nueva categoría del progreso unilineal, será la
oportunidad para la construcción de nuevas identidades ideológicas sobre la base
de un pensamiento utópico menos desfuturizador. Incitadas por esa idea de
progreso –ésta actúa como mediadora entre los principios de la recurrencia
circular de la identidad y de la sucesión continua de las diferencias
socio-culturales-, las nuevas utopías liberales y socialistas inauguran una
singular preocupación histórica por el futuro. Sin embargo, el sentido utópico
de ambas versiones del pensamiento moderno va a estar mediatizado temporalmente,
como ya he adelantado, por el grado diferencial de adecuación entre idea y
realidad que vayan adquiriendo a través de los procesos revolucionarios
protagonizados. En el contexto histórico del absolutismo moderno, base política
del sistema económico feudo-mercantil y de la sociedad estamental, la naciente
ideología liberal sólo era expresable en términos utópicos. Como reflejo de las
aspiraciones políticas y económico-sociales de la burguesía, el liberalismo, con
todas sus promesas ilustradas de libertad, igualdad, bienestar material y de
conocimiento pleno de la realidad, tenía su razón de ser como conciencia
anticipadora de un futuro transformador de ese orden social presente sostenido
por la nobleza hegemónica. En este sentido, la identidad quedaba proyectada, no
hacia lo que es, sino hacia lo que pretende llegar a ser. La experiencia
histórica ha podido demostrar, sin embargo, que lo que, en un inicio, se había
formulado dialécticamente como una auténtica alternativa utópica a la ideología
absolutista, se ha ido poco a poco ideologizando a sí mismo hasta el punto de
que dicho componente utópico ha sido estratégicamente abolido. La consumación de
la revolución liberal, la universalización creciente del capital y la
democracia, ha supuesto, como reflejan las nuevas tesis de “el fin de la
historia” y de “el fin de las ideologías”, el triunfo de una ideología
dominante, que, en su misma pretensión de eternidad, ha dejado de mirar al
futuro para retrotraerse a sí misma. Lo cual permite el afloramiento del
sustrato mítico que el pensamiento utópico venía conservando desde sus orígenes
premodernos.
Lo mismo se puede decir de la utopía marxista. En
respuesta a los resultados relativos que la revolución liberal había ido
alcanzando desde finales del siglo XVIII, el marxismo se erigirá, a mediados del
XIX, como un nuevo proyecto social global alternativo. Esta nueva utopía,
contrautópica a la vez, en tanto se expresa por y a través de su adversaria
liberal dentro de ese dinamismo con el que Mannheim define su noción de
“configuración utópica”, será una nueva manifestación de discordancia, esta vez,
entre sus propios códigos de conducta y organización social, y las instituciones
liberales en proceso de consolidación. Así, cuando Engels operó esa desviación
del pensamiento marxiano hacia posturas de carácter economicista determinista,
las expectativas futurizadoras del socialismo fueron paulatinamente reduciéndose
hacia esa consumación terminal que representó el comunismo soviético. Engullido
por sus mismas denuncias -realizadas en pos de su supuesta cientificidad- del
carácter ideológico y utópico de las ideologías rivales, ese marxismo ortodoxo
ha devenido en ideología fracasada. Fracaso empíricamente deducible a tenor de
los resultados históricos de esa experiencia soviética. Fracaso ya contenido
potencialmente en su propia formulación determinista, en su deseo de dejar algún
día de ser utopía anticipando, de forma unilateral, el advenimiento de su propio
“reino” de la armonía y la conciliación universal.
Estas dos utopías regresivas y autodestructivas,
sujetas a sus respectivas autodeterminaciones cuasi-míticas, esos dos discursos
de la “tierra prometida” de la libertad futura, han quedado, en definitiva,
reducidas a las cenizas de la explotación, la dominación y el sufrimiento
humanos. Históricamente correlacionadas, han basado su auto-disolución en la
osadía de inscribirse en el lugar privilegiado de un metarrelato, lineal o
dialéctico, pero, al fin y al cabo, unidireccional, cuya pretendida conclusión
tan sólo constituye la contrapartida a su incapacidad para responder a las
expectativas humanas creadas. En consecuencia, con ellas no sólo se truncan unas
esperanzas, sino que se acaba una forma histórica de entender el tiempo. Con su
estrepitosa debacle no finaliza el proceso histórico. Éste habrá de tomar nuevos
rumbos. Lo que realmente ha terminado es un modo de pensar la historia, y, por
consiguiente, el futuro, consistente en la presunción metafísica de la
linealidad, de la reducción progresiva, en nombre del Sujeto universal como meta
final, de la capacidad por parte del hombre de elaborar su historia de acuerdo
con las trayectorias múltiples trazadas por su propia circunstancialidad. Luis
M. Sáenz es uno de esos autores, entre los que se pueden incluir a otros como
Manuel Cruz13, o los ya citados Fernández Buey y Josep Fontana,
que se han preocupado de delimitar con claridad las responsabilidades del propio
Marx con respecto a las reelaboraciones de su obra emprendidas tras su muerte.
En contraposición a la visión dialéctica-unidireccional y
metafísica-determinista del proceso histórico que adoptó el marxismo en sus
interpretaciones engelsiana, leninista y estalinista, Sáenz defiende: «quizá lo
más importante de todo sea comprender que, en definitiva, la acción humana y
otros factores incontrolables introducen un núcleo duro de indeterminación en la
historia, no reducibles a las influencias de la economía, la ideología, la
política u otros factores prefijados. La historia no hace nada. La historia no
tiene otro sentido que el que, día a día, recibe del hacer humano. Y ese hacer
puede aún sacar mucho partido de dos aportaciones de Marx: una radical
comprensión de la naturaleza esencial de la sociedad moderna y una nueva visión
del papel de la clase trabajadora en la transformación política y social de esa
misma sociedad» [Sáenz, 1997: 154].
Sin embargo, el balance histórico actual, más allá
de las falsas expectativas creadas por los charlatanes neoliberales de la
libertad global, no parece dejar, en principio, mucho margen para la ilusión.
Atrapados en un mundo disgregado en el que cada vez resulta más difícil
pensarse, abandonados a la suerte de una inquietante eternidad, es necesario,
bajo mi punto de vista, revitalizar una nueva forma de actitud utópica que nos
devuelva el viejo apego al futuro como fuente de la libre autorrealización. Ello
reclama una nueva experiencia del tiempo que haga de ese futuro, no la mera
consecuencia, ya anticipada, de las determinaciones contenidas en el momento
presente, sino el verdadero espacio de la creación humana. La restauración de
una idea tan erosionada como la de la libertad sólo será posible cuando
comprendamos que ésta «es tarea por cumplir, problema por resolver. Tarea
problemática para la que no podemos prescindir de la herencia de Marx o de la
Ilustración. Ni prescindir de ella, ni limitarnos a ella» [Sáenz, 1997: 153]. Es
tiempo, por tanto, de recobrar la utopía, pero, como demandan el propio Luis M.
Sáenz y el citado Juan M. Vera, en un sentido “disutópico”. En realidad, esa
“dis-utopía” que proponen es, ciertamente, utópica, siempre que por utopía
entendamos impulso renovador hacia el futuro. La alternativa a la misma que
expresan con el prefijo “dis” es el toque de atención sobre la necesidad de
reubicar dicha tradición utópica en esa nueva temporalidad abierta, plural,
multidireccional, superadora del progreso unilineal, de la que hablo. Por tanto,
su “disutopía”, conservando ese amplio margen de discrepancia con respecto a lo
existente, nos coloca en el prisma de una radical resistencia
“post-revolucionaria”, nos empuja hacia una sociedad infinitamente
constituyente, protegida del advenimiento de mundos concluidos de cualquier
clase, sobre todo, pienso, de los que tienen la “orwelliana” costumbre, como el
nuestro, de sostener como eslogan: «LA GUERRA ES LA PAZ. LA LIBERTAD ES LA
ESCLAVITUD. LA IGNORANCIA ES LA FUERZA»14.
Este pensamiento disutópico, el cual ha de ser una
respuesta a esas otras utopías reactivas y regresivas dirigidas a totalidades
sociales superadoras de las contradicciones humanas, debe descansar, para Juan
M. Vera, siguiendo a Castoriadis, Negri, y Prigogine y Stengers,
respectivamente, en una concepción de la historia como proceso de construcción
humana permanente, en la idea de un poder constituyente como forma política
realizada en la complejidad filosófico-política y ética emergente, y, en suma,
en «una consciencia organizante de la complejidad que ha renunciado a ofrecer
proyectos terminados de ordenamiento social. Una disutopía constitutiva,
disutopía en acción, forma de una nueva alianza entre la historia de los
hombres, la historia de las sociedades y la aventuras del conocimiento» [Vera,
1997: 132]. Un conocimiento, añadiré, que debe hacerse no en la necesidad, sino
en la contingencia como modo de autorreconocimiento para ese sujeto-proceso
cuyos horizontes de posibilidad sólo son condicionados, de manera relativa, por
las estructuras intencionales de las necesidades individuales y colectivas. Esta
disutopía casa, pues, con esa “utopía concreta” que Fernández Buey, haciéndose
eco de la obra de Ernst Bloch, sitúa en un contexto moral individual ajeno al
plano histórico lineal de las ideas políticas. Se trata de una utopía que se
contrapone a esa otra "utopía abstracta”, que omite el momento de la mediación
entre consciencia anticipadora y proyecto, que es extraña al auténtico contacto
con la vida por parte de un hombre que está siempre por hacerse. Esa utopía
concreta será, por el contrario, un “trascendente sin trascendencia”, una
“esperanza desesperanzada” [Fernández Buey, 1997].
Una vez que comprendamos el valor ético-político y
epistemológico de la sustitución de la Historia Universal por la multiplicidad
de historias, esto es, del reemplazamiento del progreso por la variación, por la
repetición infinita de las diferencias, por el descentramiento con respecto al
punto de fuga de una identidad universal imposible, estaremos en condición de
recobrarnos en esa nueva utopía. La utopía después del fin de la utopía deber
ser, en definitiva, un nuevo aliento hacia el verdadero cambio. Debe significar
la intuición, desde un presente problemático, de un futuro abierto, el cual
siempre habrá de diferir, de algún modo, de las posibilidades que represente
dicho presente. Debe comportar una recuperación de nuestro propio tiempo, tiempo
de diálogo, tiempo de encuentro, tiempo de satisfacción de las auténticas
necesidades. Como señala Guy Debord, «el tiempo irreversible de la producción es
ante todo la medida de las mercancías. Así pues, el tiempo que se afirma
oficialmente en toda la extensión del planeta como el tiempo general de la
sociedad, y que no tiene más significación que los intereses particulares
que lo constituyen, no es más que un tiempo particular» [Debord, 2002:
132]. Un tiempo particular, que, hoy inscrito en la nueva reversibilidad de los
procesos informáticos desde los que se activan los nuevos modos de reproducción
especulativa del capital financiero a escala mundial, se refugia en la eternidad
global de un “fin de la historia” que no sabe de las oportunidades que cada
pueblo, que cada cultura con historia propia, puede y ha de
reservarse.
Pensar un futuro abierto entrañará, pues, la
proyección de las líneas de fuga y de las líneas de resistencia de Deleuze y
Foucault, respectivamente. Será avanzar releyendo y reescribiendo una y otra vez
la historia. Será la reconstrucción de una nueva racionalidad
histórico-interpretativa proclive al diálogo horizontal entre las diferencias
culturales, capaz de volcar nuestra radical finitud hacia el encuentro dinámico
con la novedad del otro15. Pensar un futuro abierto será tratar de superar
el predominio actual de la “ley del más fuerte” como marco regulador de las
relaciones internacionales. Pensar un futuro abierto será globalizar
“desglobalizando”, territorializar “desterritorializando”, será la oportunidad
para la redefinición de una nueva conciencia colectiva mundial que, como
antídoto a la creciente atomización y desintegración de lo social, habilite
nuevos espacios de decisión en conflicto con las élites tecnocráticas
hegemónicas. Pensar un futuro abierto será el motivo para revivir una marchita
cultura democrática diluida en la farsa de la vacía representatividad formal.
Pensar un futuro abierto será educar no domesticando, no totalizando la
obediencia irreflexiva. Pensar un futuro abierto más allá del progreso será, en
conclusión, el reestablecimiento de una nueva relación no jerárquica, no
dominadora, no meramente explotadora, con el medio ecológico. Al fin y al cabo,
«lo que le acaece a la Tierra, les acaece también a los hijos de la Tierra.
Cuando los hombres escupen a la Tierra, se están escupiendo a sí mismos. Pues
nosotros sabemos que la Tierra no pertenece a los hombres, que el hombre
pertenece a la Tierra. Eso lo sabemos muy bien. Todo está unido entre sí, como
la sangre que une a una familia. Todo está unido»16.
.
NOTAS
1 Perry Anderson ha señalado que Fukuyama, por un lado, toma
de Hegel su principio constitucionalista basado en la superioridad de las
instituciones políticas del liberalismo, así como su propia visión optimista
acerca del fin concebido como proceso de realización de la libertad en el mundo,
para el que dichas instituciones liberales representan una condición necesaria.
Por otro lado, adopta de Kojève algunas ideas que no aparecen en la filosofía
hegeliana: la posición central del hedonismo del consumismo moderno, y la
superación de la concepción tradicional del Estado nacional. «La síntesis
resultante es original, ligando la democracia liberal con la prosperidad
capitalista en un nudo terminal y enfático» [Anderson, 1996: 98]. Esto conecta,
por consiguiente, el pensamiento del autor con la nueva cobertura ideológica de
lo que Ulrich Beck define, frente a los conceptos de “globalización” y
“globalidad”, como “globalismo”, esto es, la mundialización del Mercado y la
imposición de éste a los estados nacionales [Beck, 1998]. Se trata, en resumen,
de la exaltación del advenimiento ese nuevo Reino de la “subpolítica”, también
descrito por Beck, desde la ruptura del viejo equilibrio de poder entre los
gobiernos nacionales y los intereses empresariales. Esta subpolítica constituye
en sí un tercer ámbito situado entre lo político y lo no político, donde la
acción de las empresas y el desarrollo científico-técnico quedan, desde la
óptica de su normatividad, fuera del radio de acción de los requisitos
democráticos de legitimidad. En este tercer ámbito «el alcance de los cambios
sociales desencadenados resulta inversamente proporcional a su legitimación»
[Beck, 2001: 240].
2 A parte de las diversas líneas de desaprobación contenidas
en Anderson, 1996, también puede encontrarse una reacción concreta en la obra de
Joseph Fontana. Recogiendo algunas citas acerca de la mediocridad y vaciedad de
las propuestas de Fukuyama, este historiador propone una alternativa de corte
marxiano no determinista a ese ataque contra las posibilidades de cambio
histórico del orden existente, y, en consecuencia, contra el futuro de la propia
ciencia histórica. Mi sintonía con ese talante crítico respecto de los nuevos
esquemas de dominación que subyacen en la idea del “fin de la historia” me han
llevado, pues, a establecer un paralelismo, una vez enfocado el asunto hacia la
reanimación de las actitudes utópicas no esencialistas, entre el título de mi
artículo y el del referido libro de Fontana [Fontana, 1992].
3 Poco después de la aparición de este artículo, el mismo
autor procedió a un desarrollo de sus tesis en un volumen cuya edición española
se corresponde con el significativo título de El fin de la historia y el
último hombre [Fukuyama, 1992].
4 Huntington, 1997.
5 Citado en Orden simbólico. ¿Orden político? de Ana
María Fernández [Fernández, 2001].
6 En ese sentido, indica: «mi hipótesis sostiene que hay un
aspecto positivo y un aspecto negativo en la ideología y en la utopía y que la
polaridad entre estos dos aspectos de cada término puede esclarecerse explorando
una análoga polaridad entre los dos términos. Creo que esta polaridad entre
ideología y utopía y la polaridad que hay en el seno de cada una de ellas pueden
atribuirse a ciertos rasgos estructurales de lo que he llamado imaginación
cultural» [Ricoeur, 1999: 45-46].
7 Ricoeur analiza los distintos desplazamientos que
la noción de ideología experimentará en la tradición crítica marxista. Ésta
evolución conceptual se corresponde con una triple oposición que abarca desde
los primeros escritos de Marx hasta las posteriores aportaciones de autores como
Engels y Althusser, pasando por las obras de madurez de aquél, como El
Capital. La primera, entre ideología y realidad, entendida ésta como praxis
social, como proceso real de la vida. La segunda, entre ideología y ciencia, lo
cual implica una identificación de aquélla con el socialismo utópico de
Saint-Simon, Fourier, Cabet, etc. Y la tercera, en relación con el propio
estatus que los marxistas tardíos y los posmarxistas conceden al concepto de
ciencia, entre el carácter ideológico de determinadas sociologías positivistas
de corte funcionalista y la auténtica cientificidad de la sociología crítica
procedente de la Escuela de Frankfurt, o, como en la obra de Althusser, entre la
contaminación ideológica del humanismo y la fortaleza científica del
estructuralismo [Ricoeur, 1999].
8 Para acentuar el déficit de racionalidad de los
sistemas de legitimación, Ricoeur, siguiendo a Weber, aclara que esto es válido
incluso para los que afirman haber roto totalmente con la autoridad de la
tradición, así como con la autoridad de todo líder carismático: «posiblemente
ningún sistema de autoridad puede romper por completo con esas figuras
primitivas y arcaicas de la autoridad» [Ricoeur, 1999: 55. Un acercamiento a las
profundas relaciones entre el mito y el discurso político legitimador, lo que
conectaría, a su vez, con los pertinentes estudios de los recursos retóricos de
verosimilitud referencial, lógica, poética y tópica que configuran éste, puede
verse en Huici, 1996. Un descripción metodológica de los referidas formas de
verosimilitud que forman parte del nivel nuclear del análisis del discurso se
encuentra en Jociles, 2000.
9 Aparte de las interesantes consideraciones que Fernández
Buey hace acerca de la obra de Bloch en el capítulo de Ni Tribunos, cuyo
revelador título es Dialéctica de la esperanza utópica [Fernández Buey y
Riechmann, 1997], puede encontrarse un tratamiento más amplio y sistemático de
dicha obra en el tema 6 del curso “Ética i Filosofía Política C (11567),
impartido en el 2001-2002 por el propio Fernández Buey en la Universitat Pompeu
Fabra. Se encuentra disponible en Internet: <www.upf.es/fhuma/docencia/materials/11567/01-02/tema6.htm>.
10 Reinhart Koselleck utiliza la expresión de “futuro pasado”
para dar cuenta del modo en que el historiador estudia, desde su propio
presente, el pasado. Esto, por cuanto, considera, en realidad, un presente
pasado desde la óptica de los efectos producidos “después” de lo que investiga
como presente [Koselleck, 1993].
11 Para un análisis del papel que el pesimismo de las utopías
negativas puede jugar, desde el diagnóstico crítico del presente que encarnan,
de cara a la configuración de una proyección auténticamente abierta hacia el
futuro, ver Vera, 1997.
12 He de resaltar que el anabaptismo de Münzer constituye el
primer modelo de utopía en la tipología de Karl Mannheim. Me remito, de nuevo, a
Ricoeur, 1999. Y del mismo modo, el citado Ernst Bloch también percibe, en una
obra escrita hacia 1921, la religiosidad de Thomas Münzer como una de las más
perfectas concreciones del espíritu utópico, es decir, de su filosofía de la
posibilidad [Bloch, 2002].
13
Ver Cruz, 1991.
14 Me refiero a las tres consignas del Partido que, en el
1984 de George Orwell, lucían en “letras de elegante forma” en la fachada
del Ministerio de la Verdad, el dedicado a la información, el mundo del
espectáculo, la educación y las bellas artes.
15
En ese sentido, la neohermenéutica gadameriana puede ser decisiva. Consúltese,
por ejemplo, Gadamer, 2000.
16 Cita extraída de Nosotros somos una parte de la
Tierra, conocido y muy extendido mensaje del Gran Jefe Seattle al Presidente
de los Estados Unidos de América en el año de 1855. Sobre la vigencia actual de
estas palabras quizá no sea necesario insistir. Sobre la necesidad de
recordarlas a nuestros actuales grandes jefes blancos, probablemente,
tampoco.
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